Bendita sea esta Paladín Pervertida
Tinta, Cosquillas y Testigos Inoportunos
***
El primer indicio de que algo andaba terriblemente mal fue la paz. Me desperté lentamente, envuelto en un capullo de sábanas suaves y calor ajeno. La luz del alba se filtraba a través del gran ventanal, pintando la habitación con tonos grises y dorados. Por primera vez en lo que parecía una eternidad, no me había despertado por los gritos de una diosa borracha, los planes explosivos de una maga loca o la pesadilla recurrente de mis deudas. Había dormido. Profundamente.
A mi lado, un bulto bajo las sábanas respiraba con un ritmo lento y constante. Darkness. El recuerdo de la noche anterior volvió a mí: la pared destruida, su oferta, la tensión insoportable, la conversación en la oscuridad y, finalmente, esa tregua tácita. Habíamos sobrevivido a la noche sin incidentes. Tal vez, solo tal vez, esta dinámica de «papá y mamá» no era tan mala. Tal vez estábamos madurando. Tal vez…
Una ligera sensación de tirantez en mi mejilla derecha me sacó de mi ensoñación optimista. La ignoré. Probablemente era solo la marca de una arruga en la almohada. Giré la cabeza con cuidado, sin querer despertarla. Estaba boca abajo, con la cara hundida en la almohada y su cascada de pelo rubio desparramada a su alrededor. Parecía un ángel caído. Un ángel caído con una espalda increíblemente bien tonificada.
Sus hombros temblaron ligeramente.
Mi primer pensamiento fue de preocupación. ¿Tenía frío? ¿Estaba llorando en sueños? Una punzada de esa estúpida y molesta emoción protectora se agitó en mi pecho. Me acerqué un poco, con la intención de taparla mejor con la sábana.
Fue entonces cuando lo oí.
No fue un sollozo. Fue un sonido ahogado, un resoplido contenido que intentaba desesperadamente no convertirse en una carcajada. Sus hombros no temblaban de frío, sino de risa reprimida.
El hielo se deslizó por mi espina dorsal.
Lentamente, mi mano subió a mi cara. Mis dedos rozaron mi mejilla. Tinta. Sentí el contorno seco de un dibujo hecho con marcador. La paz de la mañana se hizo añicos, reemplazada por una horrible y absoluta certeza.
Me levanté de la cama en silencio, como un depredador acechando a su presa. Necesitaba un espejo. La habitación de una noble como Darkness seguro que tenía uno. No, mejor. No quería arriesgarme a hacer ruido. A pocos metros, sobre una silla, descansaba una de sus hombreras, pulida hasta brillar como la calva de un monje. La cogí.
Usando mi habilidad `Create Water`, conjuré una fina película de agua sobre la superficie metálica. No era un espejo perfecto, pero era suficiente. Acerqué el metal a mi rostro.
Y lo vi.
Mi reflejo me devolvió la mirada, pero con una adición grotesca. Alguien, una paladín traidora y embustera, había usado mi cara como lienzo para su arte profano. Justo en mi mejilla derecha, dibujado con un trazo sorprendentemente firme, había un… bueno, era largo. Y cilíndrico. Con un par de esferas en la base y una punta redondeada. Un cohete. Sí, un cohete a punto de despegar. Un cohete muy, muy detallado.
Me quedé mirando el dibujo, mudo. La ira, la traición, la humillación… todo se arremolinaba en mi interior. ¡La muy pervertida! ¡Había esperado a que me durmiera para profanar mi rostro! ¡Toda esa charla sobre la confianza, sobre ser una familia, sobre la paz! ¡Era una farsa! ¡Una elaborada treta para bajar mi guardia y poder dibujarme un pene en la cara!
Era demasiado bueno para ser verdad. Por supuesto que lo era. Esto era KonoSuba. La paz era solo el preludio del caos.
Solté la hombrera, que cayó sobre la alfombra con un ruido sordo. Mis ojos se clavaron en la figura temblorosa de la cama. Ella sabía que la había descubierto. El temblor de sus hombros se intensificó.
Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en mis labios. Ah, ¿quería reírse? Perfecto. Yo la haría reír. La haría reír hasta que suplicara clemencia. La haría reír hasta que se arrepintiera del día en que decidió que mi cara era un buen lugar para practicar sus habilidades artísticas fálicas.
Recordé sus palabras en el baño. «Me gusta sentirme libre». En ese momento, solo llevaba su ropa interior. Era una apuesta, pero una apuesta segura. Si se había mantenido fiel a su costumbre, ahora mismo estaba bajo esas sábanas con una defensa mínima.
Con la velocidad que me otorgaba mi habilidad `Lurk`, me moví alrededor de la cama, silencioso como una sombra. Ella seguía fingiendo dormir, la muy cobarde. Pero yo sabía la verdad.
Me abalancé.
—¡Guerra! —grité, arrancando las sábanas de un tirón.
¡Bingo! Tal y como había sospechado, solo llevaba el mismo conjunto de algodón blanco de la noche anterior. Se giró de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, pero ya era demasiado tarde. La risa culpable aún brillaba en ellos.
—¡Ka-Kazuma! ¡Estaba dormida! ¡No sé de qué…!
Su protesta fue interrumpida por un chillido agudo. Mis dedos, afilados como garras y cargados de venganza, se clavaron en sus costados, justo debajo de las costillas, un punto débil universal.
La reacción fue instantánea y espectacular.
—¡NO! ¡JAJAJAJAJA! ¡ESPERA! ¡KAZUMA, BASTA! ¡AJAJAJA!
Su cuerpo se arqueó, intentando escapar de mi asalto, pero yo era implacable. Me subí a horcajadas sobre sus caderas para inmovilizarla, liberando mis dos manos para desatar el infierno de las cosquillas. Mis dedos bailaban sobre su abdomen, sus costados, sus axilas. Cada ataque era recibido con una nueva oleada de risas incontrolables y súplicas entrecortadas.
—¿Te parece gracioso? —le pregunté, mi voz una mezcla de furia y diversión—. ¿Te gusta dibujar cohetes en la cara de la gente mientras duerme, eh, paladín pervertida?
—¡NO FUE… JAJAJA… UN COHETE! ¡ERA UNA TORRE DE MAGO! ¡AJAJAJAJA! ¡PARA! ¡POR FAVOR!
—¡Una torre de mago con dos observatorios en la base! ¡No soy idiota! —repliqué, intensificando el ataque.
Se retorcía bajo mi peso, su cuerpo convulsionando con cada carcajada. Su pelo rubio se agitaba a su alrededor, pegándose a su piel sudorosa. Las lágrimas, esta vez de pura hilaridad, brotaban de sus ojos. Era una risa genuina, cristalina, desprovista de cualquier matiz masoquista. Era la risa de Lalatina, no la de Darkness. Y, muy a mi pesar, era un sonido contagioso y extrañamente adorable.
Por un momento, me perdí en la escena. La luz de la mañana, su risa llenando la habitación, la sensación de su cuerpo cálido y vibrante bajo mis manos… Era una intimidad caótica, una venganza que se había convertido en algo parecido a un juego. Una parte de mí, la parte que no estaba furiosa por el pene en mi cara, estaba disfrutando de esto. Estaba disfrutando de verla así, desarmada y feliz.
—¡Me rindo! ¡Me rindo! —gritó entre jadeos y risas—. ¡Tregua! ¡Bandera blanca! ¡Lo siento!
Estaba a punto de ceder. Mi venganza estaba casi completa. Estaba a punto de detenerme, de disfrutar de mi victoria y de obligarla a limpiarme la cara con su propia lengua si era necesario.
Y fue en ese preciso instante, en el clímax de mi justa retribución, cuando la puerta de la habitación se abrió.
El sonido del pestillo liberándose fue como un trueno en el silencio que siguió a las risas. El tiempo se congeló. Mi cabeza se giró lentamente hacia la puerta. Mis manos seguían sobre sus costados. Mi cuerpo seguía a horcajadas sobre ella. Ella, en ropa interior, despeinada, sonrojada y con lágrimas en los ojos. Yo, encima, con una expresión de triunfo maníaco y un pene dibujado en la mejilla.
En el umbral, estaban Aqua y Megumin.
Aqua llevaba su habitual atuendo de diosa y sostenía una botella de vino medio vacía como si fuera un cetro real. Sus ojos azules, normalmente vacíos o vidriosos, estaban abiertos como platos. Su boca se abrió y se cerró un par de veces, como un pez fuera del agua.
Megumin, a su lado, con su sombrero de bruja ligeramente ladeado, se ajustó el parche en el ojo. Su única pupila visible se contrajo, analizando la escena con una intensidad académica. Un rubor se extendió por sus mejillas, una mezcla de vergüenza ajena y una curiosidad casi científica.
El silencio que cayó sobre la habitación fue tan denso que podría haberlo cortado con mi espada corta. Fue un silencio cargado de implicaciones, de malentendidos y de la inminente explosión de un escándalo de proporciones épicas.
—Oh —dijo Megumin finalmente, su voz un susurro cargado de revelación—. Así que esto era lo que querías decir con «perfeccionar tus aplicaciones tácticas», Kazuma.
Me bajé de Darkness como si me hubiera quemado, tropezando hacia atrás y casi cayendo sobre una alfombra carísima.
—¡No! ¡No es lo que parece! —grazné, la frase más inútil y cliché de la historia de la humanidad. Mi corazón latía con la fuerza de un millar de tambores de guerra orcos.
Darkness se incorporó a toda prisa, intentando cubrirse con los restos de la sábana, su rostro pasando de un rojo divertido a un rojo de pánico y humillación absoluta.
—¡Yo…! ¡Nosotros solo…! ¡Él me estaba…!
Aqua finalmente encontró su voz. Y, por supuesto, fue para sacar la conclusión más lasciva y escandalosa posible.
—¡LO SABÍA! —chilló, apuntándonos con su botella de vino—. ¡Sabía que algo pasaba! ¡Toda esa farsa de «papá y mamá»! ¡Era una tapadera para vuestros actos indecentes y nocturnos!
—¡No hubo actos indecentes! —grité, sintiendo el calor subir a mi cara. Probablemente el pene dibujado se estaba poniendo rojo también—. ¡Ella me dibujó esto en la cara y yo solo me estaba vengando!
Señalé frenéticamente mi mejilla.
Aqua entornó los ojos, intentando enfocar.
—¿El qué? ¿Esa mancha? ¡Una excusa barata para tus depravaciones, Kazuma nini pervertido! ¡Aprovechándote de la pobre y pura Darkness mientras dormía!
—¡No soy pura! —protestó Darkness, lo que no ayudó en absoluto a mi caso. Un jadeo se escapó de sus labios, el primer indicio de que su lado masoquista estaba empezando a disfrutar de la humillación pública—. ¡Ah… ser descubierta así… en un estado tan vulnerable…!
—¡CÁLLATE, DARKNESS! —le espeté, al borde de la desesperación—. ¡Estás empeorando las cosas!
Megumin se cruzó de brazos, asintiendo sabiamente.
—La dinámica de poder es fascinante. Kazuma inicia la agresión, pero Darkness parece obtener una gratificación psicológica de la subyugación. Una simbiosis perversa. Esto requerirá un análisis más profundo para mi próximo volumen de «Crónicas de la Explosión».
—¡No escribas nada sobre esto! —le ordené—. ¡Y no es una simbiosis perversa! ¡Es una guerra de cosquillas! ¡Cos-qui-llas!
—«Cosquillas» —repitió Aqua, saboreando la palabra como si fuera un vino añejo y sospechoso—. ¿Es así como lo llaman los jóvenes ahora? ¡En mis tiempos como diosa, a eso lo llamábamos fornicación!
—¡Nadie ha fornicado aquí! —grité, mi voz rompiéndose por la frustración. Estaba perdiendo la batalla en todos los frentes—. ¡Mirad! ¡Hay un marcador!
Me acerqué a la cama y busqué el arma del crimen. Allí estaba, tirado junto a la almohada. Lo levanté como si fuera la prueba definitiva de mi inocencia.
—¿Veis? ¡Un marcador! ¡Ella lo usó!
Megumin se acercó, lo tomó de mi mano y lo examinó.
—Tinta permanente a base de alcohol. Difícil de quitar sin un solvente adecuado o un hechizo de purificación de alto nivel. Una elección audaz para un arma de broma.
—¡Exacto! ¡Es una criminal! ¡Y yo soy la víctima!
Aqua se acercó a mí, me arrebató el marcador y lo olfateó.
—Huele a vino barato. ¡Probablemente lo llenaste con alcohol para tener una excusa para acercarte a ella! ¡Eres un monstruo, Kazuma! ¡Un monstruo con cara de pervertido y, aparentemente, un dibujo de un champiñón raro!
Mis hombros se hundieron en la derrota. Era inútil. Su estupidez era un escudo impenetrable contra la lógica y la razón. Cualquier cosa que dijera solo serviría para alimentar el fuego de su imaginación calenturienta.
Me giré hacia Darkness, buscando un último y desesperado aliado.
—Darkness, por el amor de Eris, diles la verdad.
Ella me miró. Su rostro era un campo de batalla de emociones. La vergüenza, el pánico, la culpa… y, para mi horror, un creciente éxtasis. Su respiración se había vuelto entrecortada. El rubor de sus mejillas ya no era de vergüenza, sino de placer.
—Ah… —jadeó, apretando la sábana contra su pecho—. Ser el centro de un escándalo tan… tan jugoso… Que todos piensen que Kazuma y yo… que él me tomó por la fuerza durante la noche… ¡Qué humillación tan exquisita! ¡Es como si mi honor estuviera siendo mancillado delante de todo el mundo!
El último clavo en mi ataúd.
Aqua y Megumin la miraron, luego a mí, y luego intercambiaron una mirada que lo decía todo. En sus mentes, el caso estaba cerrado. Yo era el culpable, el depredador nocturno. Y Darkness era mi víctima… dispuesta.
—Eres increíble —le dije a Darkness, mi voz vacía de toda emoción. Había trascendido la ira y había llegado a un estado de resignación zen—. Eres una máquina de destruir reputaciones. Podrías acabar con la carrera de un rey solo con tus jadeos.
—¡Ah! ¡Repréndeme más, Kazuma! ¡Dime lo destructiva que soy! —suplicó, retorciéndose ligeramente en la cama.
Me pasé las manos por la cara, sintiendo el estúpido dibujo bajo mis palmas. Esto era un desastre. Un desastre absoluto e irrecuperable. La noticia correría por el gremio antes del mediodía. Aqua se aseguraría de ello. Para la noche, toda la ciudad de Axel creería que yo era un depravado que se aprovechaba de sus compañeras de equipo.
—Ya está. Me rindo —anuncié al vacío—. He terminado. Que penséis lo que queráis.
Caminé hacia la puerta, apartando a Aqua de un empujón.
—Espera, Kazuma —dijo Megumin, deteniéndome con una mano en el brazo. Su expresión era extrañamente seria—. Si lo que dices es cierto…
—Lo es.
—…entonces mi acción de anoche fue la causa indirecta de este… incidente. Al destruir tu habitación, te obligué a entrar en este entorno volátil. Por lo tanto, como maga del Clan Demonio Carmesí, debo asumir parte de la responsabilidad.
La miré, esperando una disculpa. En su lugar, me tendió una pequeña bolsa de monedas.
—Aquí tienes. Cien mil eris.
Parpadeé.
—¿Qué?
—La apuesta —aclaró—. Aposté con Aqua a que no durarías ni cinco minutos antes de hacer algo pervertido. Técnicamente, has aguantado toda la noche. He ganado. Pero como mi experimento fue la causa raíz, es justo que comparta las ganancias contigo. Consideralo una compensación por el daño a tu reputación y a tu rostro.
Tomé la bolsa, la sopesé en mi mano y la miré fijamente. Luego miré a Aqua, que estaba haciendo un puchero por haber perdido la apuesta. Luego a Darkness, que seguía en su propio mundo de éxtasis humillante. Y finalmente, al pene dibujado en mi cara a través de mi reflejo en los ojos de Megumin.
Mi vida era una comedia de errores. Una farsa interminable.
—Gracias, Megumin —dije, mi voz monótona—. Eres la única persona remotamente funcional en esta casa.
Salí de la habitación, dejando atrás el escándalo. Caminé por el pasillo hasta mi propio cuarto, o lo que quedaba de él. Me paré frente al agujero humeante en la pared, el origen de toda esta catástrofe. El aire olía a polvo y a sueños rotos.
Detrás de mí, oí la voz de Aqua, ahora llena de una nueva misión.
—¡Darkness! ¡Cuéntamelo todo! ¡No omitas ningún detalle sórdido! ¿Fue gentil? ¿Fue dominante? ¿Usó alguna de sus habilidades de ladrón?
Un suspiro largo y pesado escapó de mis pulmones. La paz había durado exactamente ocho horas. Un nuevo récord, supongo.
Me senté en el borde de mi cama destrozada, con la bolsa de monedas en una mano. El dinero era bueno, sí. Pero el precio había sido mi dignidad.
Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de mis labios. Recordé la risa de Darkness. La risa real, no los jadeos pervertidos. El sonido de pura alegría mientras se retorcía bajo mis dedos. Era un buen sonido.
Quizás, solo quizás, por ese sonido, la humillación había valido la pena. Casi.
—Maldita paladín pervertida —murmuré para mí mismo, frotándome la mejilla—. Me la pagarás. La próxima vez, usaré pintura. Pintura de la que no se quita nunca.
Sí. La guerra no había terminado. Esto era solo una batalla. Y en este extraño, caótico y disfuncional hogar, la guerra era nuestra forma de decir «te quiero». O, al menos, eso era lo que me decía a mí mismo para no volverme completamente loco.