Bendita sea esta Paladín Pervertida
Crónica de una Mentira Anunciada
***
La dignidad era un recurso no renovable. Una vez que la perdías, recuperarla era más difícil que enseñarle a Aqua el concepto de la moderación. Y mi dignidad, en ese preciso instante, estaba tan agotada como mi cuenta bancaria antes del sacrificio de Darkness.
Estaba en mi habitación. O, mejor dicho, en las ruinas de lo que había sido mi santuario. Sentado en el borde de mi cama, con un espejo de mano robado del tocador de Darkness, contemplaba el desastre. No el agujero en la pared, que seguía ahí como un recordatorio humeante de la estupidez de Megumin. No. El desastre en mi cara.
—¡Purifícame de una vez, diosa inútil! —le ordené a Aqua, que me miraba con una mezcla de lástima y diversión mal disimulada.
—¡Lo estoy intentando! —se quejó—. ¡Pero esta tinta parece tener una voluntad propia! ¡Es como si estuviera imbuida de una energía perversa y persistente!
—¡Es un rotulador, no un artefacto maldito del Rey Demonio! —grité, exasperado.
Aqua puso sus manos sobre mi mejilla. Una luz azulada y suave emanó de sus palmas. Sentí un cosquilleo agradable.
—`Purification`!
Cuando retiró las manos, me miré en el espejo. El resultado fue… decepcionante. El falo artístico de Darkness no había desaparecido. Simplemente se había desvanecido ligeramente, pasando de un negro intenso y desafiante a un gris fantasmagórico y deprimente. Ahora parecía el fantasma de un pene. Casi peor.
—¡No ha funcionado! —protesté.
—Bueno, ¡algo sí ha hecho! —se defendió Aqua—. Está más… etéreo. ¡Como un espíritu fálico! ¡Quizás sea un presagio!
—¡El único presagio aquí es que voy a vender tu colección de vino para comprar disolvente industrial!
Mi mañana se había convertido en un infierno de humillación a fuego lento. El incidente en la habitación de Darkness se había extendido por la mansión como una plaga. Megumin me miraba con una curiosidad clínica, tomando notas en un pequeño cuaderno. Aqua me llamaba «Kazuma el Semental» y me guiñaba un ojo cada vez que pasaba a mi lado. Y Darkness… bueno, Darkness estaba en modo penitencia. Había intentado frotarme la cara con un trapo y jabón, pero sus manos temblaban tanto de la culpa y la risa contenida que casi me saca un ojo.
Estaba a punto de renunciar a mi rostro y aceptar mi nueva identidad como el hombre con el fantasma de un pene en la cara, cuando un sonido inusual interrumpió el caos matutino.
*Toc, toc, toc.*
No era el golpe torpe de Aqua buscando alcohol, ni el golpeteo impaciente de Megumin para su explosión diaria. Eran tres golpes firmes, medidos y autoritarios en la puerta principal.
Nos miramos los unos a los otros. ¿Visitas? Nadie nos visitaba. Éramos el equivalente social a una casa en cuarentena.
—Yo no espero a nadie —dije, encogiéndome de hombros.
—Quizás sea el repartidor de vino —sugirió Aqua con esperanza.
—O un emisario del Clan Demonio Carmesí, impresionado por la precisión de mi explosión de anoche —aventuró Megumin con orgullo.
Darkness, sin embargo, se había puesto pálida.
—Nadie de mi familia vendría sin avisar… —murmuró, más para sí misma que para nosotros.
Con un suspiro, me levanté y fui a abrir la puerta. Mi paciencia estaba por los suelos. Quienquiera que fuese, se iba a llevar una buena dosis de mi mal humor.
Abrí la puerta y me encontré con un hombre que parecía sacado de un cuento de hadas diferente al nuestro. Llevaba una armadura completa, pulida hasta el punto de que podía ver el reflejo distorsionado del pene fantasma en mi mejilla. Un yelmo con visera ocultaba su rostro, y sobre su tabardo lucía un escudo de armas que reconocí vagamente: el emblema de la casa Dustiness.
El caballero me miró de arriba abajo, su postura rígida e impersonal.
—¿Satō Kazuma? —su voz, amortiguada por el yelmo, era grave y sin emoción.
—El mismo —respondí, cruzándome de brazos—. ¿Qué quieres? Si vienes a cobrar alguna deuda de la familia de la pervertida, ponte a la cola.
El caballero no reaccionó a mi insulto. En su lugar, extendió un sobre sellado con lacre rojo. El mismo emblema del tabardo estaba impreso en el sello.
—Un mensaje de Lord Aldred Dustiness para su yerno.
La palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago. *Yerno*. ¿Su yerno? ¿Yo?
Tomé la carta con manos temblorosas, mi mente corriendo a mil por hora. El caballero hizo una reverencia casi imperceptible y se dio la vuelta, marchando con la misma eficiencia mecánica con la que había llegado.
Cerré la puerta lentamente, mi mirada fija en el sobre. Detrás de mí, las tres inútiles me miraban con curiosidad.
—¿Quién era, Kazuma? —preguntó Darkness, su voz teñida de ansiedad.
No respondí. Me senté en el sofá, mi corazón latiendo con un ritmo ominoso. Rompí el sello con el pulgar y desdoblé el papel. La caligrafía era elegante, la de un hombre acostumbrado a dar órdenes. Empecé a leer en voz alta, mi propia voz sonando extraña y distante.
—«Mi querido yerno Kazuma…»
—¿Yerno? —repitió Aqua, confundida—. ¿Te casaste sin decírnoslo? ¿Hay fiesta? ¿Habrá barra libre?
—¡Silencio! —la callé, continuando la lectura.
—«…espero que esta misiva te encuentre bien a ti y a mi amada hija, Lalatina. Han pasado varios meses desde los tumultuosos eventos que solidificaron vuestra unión, y mi corazón de padre anhela noticias. Mis días, como sabes, están contados, y mi mayor deseo antes de partir es asegurar la felicidad de mi linaje».
Tragué saliva. Esto sonaba mal. Muy mal.
—«Lalatina siempre fue una niña… particular». —continué leyendo—. «Pero confío en que, bajo tu guía, ha encontrado un propósito y una estabilidad. Tu audacia al rescatarla de las garras de Alderp, aunque poco ortodoxa, me demostró que posees el carácter necesario para manejarla».
—¿Ves? ¡Le caigo bien a tu padre! —dije, mirando a Darkness con una sonrisa nerviosa. Ella no sonreía. Estaba mordiéndose el labio, más pálida que la leche.
Mi mirada volvió a la carta. La siguiente línea hizo que la sangre se me helara en las venas.
—«Pero la verdadera razón de mi carta es una alegría que ha llegado a mis oídos. Una noticia que ha dado a este viejo y enfermo hombre una nueva razón para vivir. Lalatina me informó en su última carta que la semilla de vuestro amor ha florecido, y que pronto seré… abuelo».
El silencio en la habitación fue absoluto. Tan profundo que podía oír el zumbido en mis propios oídos. La palabra flotaba en el aire, pesada, monstruosa. *Abuelo*.
—¿Abuelo? —susurró Megumin, sus ojos abiertos de par en par.
Aqua soltó la botella de vino. Cayó sobre la alfombra con un ruido sordo, derramando un líquido rojo que parecía sangre.
Lentamente, levanté la vista de la carta y miré a Darkness. Estaba temblando, sus ojos llenos de un pánico que no había visto ni cuando se enfrentaba a un dragón.
—Darkness… —dije, mi voz un hilo de incredulidad—. ¿Qué…? ¿Qué mierda significa esto?
Ella se encogió, incapaz de sostener mi mirada.
—Yo… yo puedo explicarlo…
—¡Oh, más te vale! —grité, poniéndome en pie de un salto—. ¡Porque según esta carta, no solo soy tu marido, sino que también estoy a punto de ser padre! ¡Y nadie se molestó en informarme de la parte divertida que lleva a eso!
—¡Espera! ¡No te enfades! —suplicó—. Fue después de que me rescataras. Mi padre seguía insistiendo en buscarme un pretendiente. Alderp había sido humillado, pero había otros nobles… Estaba desesperada. Le escribí una carta diciéndole que no podía casarme porque… porque ya estaba comprometida contigo. ¡Y que… y que estaba embarazada!
Me quedé mirándola, boquiabierto. La audacia. La estupidez. La pura y absoluta demencia de esa mentira. Era tan… tan Darkness.
—¡Pensé que eso lo detendría! ¡Que me dejaría en paz! —continuó, al borde de las lágrimas—. ¡Y funcionó! ¡Dejó de presionarme! ¡No pensé que se lo tomaría tan en serio! ¡No pensé que…!
—¿Que querría conocer a su nieto inexistente? —terminé por ella, mi voz goteando sarcasmo—. ¡Brillante! ¡Un plan sin fisuras! ¡Digno de una paladín con la defensa de un golem y el cerebro de un rábano!
—¡Fue mi culpa! ¡Lo siento, Kazuma! ¡Lo siento mucho! —sollozó, cubriéndose la cara con las manos.
Aqua, recuperada del shock inicial, se acercó y le dio unas palmaditas en la espalda.
—No te preocupes, Darkness. ¡Serás una madre maravillosa! ¡Y yo seré la tía guay que le enseña al niño a hacer trucos de fiesta y a apreciar un buen vino!
—¡Y yo le enseñaré el noble arte de la magia de explosión! —añadió Megumin, sus ojos brillando con una luz fanática—. ¡Imagínalo! ¡El primer bebé del mundo cuyo primer hechizo sea `Explosion`! ¡Será una leyenda!
—¡NO VA A HABER NINGÚN BEBÉ! —rugí, silenciándolas a todas—. ¡Porque todo es una mentira! ¡Una estúpida y gigantesca mentira!
Me pasé las manos por el pelo, caminando en círculos como un animal enjaulado. Mi mente corría, buscando una salida, una solución.
—Ya está. Se acabó. Le diremos la verdad —declaré—. Le escribiremos una carta diciendo que todo fue un malentendido. Una broma de mal gusto. Que Darkness es una idiota y que yo no tengo nada que ver. Fin de la historia.
—¡No podemos! —exclamó Darkness, su voz llena de pánico.
—¿Y por qué no? —la desafié.
—¡Por esto! —dijo, quitándome la carta de las manos y señalando el último párrafo.
Volví a leerlo, esta vez para mí mismo.
«Por todo ello, he decidido hacer el arduo viaje hasta Axel. Partiré en dos días. Anhelo posar mis viejos ojos en mi hija, en el hombre que la ha hecho feliz y, sobre todo, en la curva de su vientre que promete la continuación de la casa Dustiness. No me falléis. Es mi última voluntad».
Dos días. Llegaría en dos días. La habitación empezó a darme vueltas.
—Y… y su corazón —susurró Darkness—. Los médicos dijeron que está muy débil. Cualquier disgusto fuerte… podría ser fatal.
El golpe final. El jaque mate. La trampa perfecta. Estaba atrapado. Estábamos atrapados. Si le decíamos la verdad, el shock podría matarlo. Si no se la decíamos, tendríamos que perpetuar la mentira más absurda de la historia. Fingir un embarazo.
Me dejé caer en el sofá, derrotado. El fantasma de un pene en mi cara parecía ahora un problema trivial, un recuerdo lejano de una época más sencilla.
—Nos has metido en un buen lío, Darkness —dije, mi voz vacía de toda emoción.
—Lo sé… —sollozó—. Soy una carga. Una noble inútil y torpe que solo causa problemas…
—¡Ah…! —jadeó de repente, su cuerpo tensándose. Su expresión cambió de la desesperación a… algo más. Sus mejillas se sonrojaron—. Pero… la idea de que mi padre venga… y que piense que tú y yo… que hemos estado haciendo cosas de adultos… y que ahora tengamos que fingir ser una pareja amorosa delante de él… ¡Qué humillación tan… tan pública y familiar! ¡Es una situación tan vergonzosa y excitante!
La miré. La miré fijamente, mientras pasaba de la culpa al éxtasis masoquista en menos de diez segundos. Y entonces, lo supe. Supe lo que tenía que hacer.
—De acuerdo —dije, mi voz fría y calculadora.
Todas me miraron, sorprendidas. Incluso Darkness interrumpió sus jadeos.
—¿De acuerdo? —repitió ella, confundida.
—Sí. De acuerdo. Lo haremos —afirmé, poniéndome en pie. Una nueva determinación, nacida de la pura desesperación, se apoderó de mí—. Fingiremos. Seremos la pareja perfecta. Seremos los padres expectantes más felices del mundo. Le daremos a tu padre el espectáculo de su vida.
Aqua y Megumin vitorearon. Darkness me miró con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad, Kazuma? ¿Harías eso… por mí?
—No —repliqué, mi voz cortante—. No lo haré por ti. Lo haré porque si tu padre muere de un disgusto, la culpa recaerá sobre ti. Te consumirás en la autocompasión y en el masoquismo, serás aún más inútil de lo que eres ahora, y eso afectará el rendimiento del grupo. Esto es una decisión puramente táctica para mantener la eficiencia del equipo.
Era una mentira, por supuesto. Lo hacía porque la idea de que ella cargara con la muerte de su padre era insoportable. Porque a pesar de todo, era mi amiga. Mi escudo. Mi… compañera. Pero jamás lo admitiría en voz alta.
—Además —añadí, una sonrisa maliciosa formándose en mis labios mientras me acercaba a ella—. Si vamos a hacer esto, lo haremos bien. Y si tú encuentras esta situación «excitante», entonces me aseguraré de que sea la experiencia más metódica, aburrida y anti-climática de tu vida. Voy a convertir tu fantasía pervertida en una tediosa tarea burocrática. Esa será mi venganza por el pene en mi cara.
El brillo en los ojos de Darkness se atenuó, reemplazado por la confusión. Bien. Ese era el objetivo.
—Muy bien, equipo de inútiles. Reunión —dije, aplaudiendo—. Tenemos menos de cuarenta y ocho horas para convertir a esta paladín pervertida en una madre embarazada creíble y a mí mismo en un futuro padre responsable. Esto no es una misión de rango S. Esto es una misión de rango Imposible. Necesitaremos un plan.
***
El plan era un desastre. La fase uno, «Enseñar a Darkness a actuar como una embarazada normal», fracasó estrepitosamente en los primeros cinco minutos.
—Vale, lección número uno: el vientre —dije, de pie frente a ella en el salón. Aqua y Megumin se habían sentado en el sofá con palomitas de maíz que Aqua había «creado» (probablemente robado de alguna despensa celestial)—. Tu padre querrá ver la «curva de tu vientre». Necesitamos algo que haga bulto.
—¡Puedo usar un cojín! —sugirió Darkness, ansiosa por ayudar.
—Bien. Ve a por uno.
Regresó con un pequeño cojín decorativo que apenas era más grande que mi mano.
—No, Darkness. Más grande. Se supone que estás embarazada, no que te has tragado una uva.
Volvió a irse y regresó con una almohada de su cama.
—Mejor. Ahora, póntelo debajo del vestido.
Se metió la almohada bajo la ropa. El resultado fue… asimétrico. Parecía que tenía un tumor extraño en un lado del estómago.
—Pareces un camello con una joroba mal puesta —critiqué—. Aqua, ¿no tienes nada redondo y divino que podamos usar?
—¡Tengo mis orbes de fiesta! —exclamó, sacando dos esferas de cristal que brillaban con luces de colores.
—Olvídalo. La almohada servirá por ahora. Ahora, la postura —continué, ignorando el bulto deforme—. Las embarazadas suelen caminar con la espalda arqueada por el peso. Y se tocan la barriga constantemente. Así.
Me puse de pie, arqueé la espalda y puse una mano sobre mi propio estómago, adoptando una expresión de serena maternidad.
—¡Oh, Kazuma! ¡Te ves tan maternal! —chilló Aqua.
—¡Cállate! Hazlo tú, Darkness.
Darkness intentó imitarme. Arqueó la espalda, sí, pero demasiado. Y en lugar de una expresión serena, su rostro se contrajo en una mueca de… placer.
—¡Ah! ¡Esta postura… ejerce una presión tan interesante en la parte baja de mi espalda! ¡Es un dolor sordo y persistente…! ¡Qué delicia!
—¡No! ¡Mal! —la corregí, desesperado—. ¡No se supone que te guste! ¡Se supone que te quejes! ¡Di «Ay, mi espalda»! ¡No «Ah, qué delicia»!
—¡Ay, mi espalda… qué delicia! —repitió, completamente perdida.
Me llevé la mano a la cara, donde el fantasma del pene seguía burlándose de mí. Esto iba a ser más difícil de lo que pensaba.
—Siguiente lección: los antojos. Las embarazadas tienen antojos raros. Diremos que tienes antojo de… encurtidos con helado. Es un clásico. Si tu padre te pregunta, eso es lo que dirás.
—Entendido. Encurtidos con helado —repitió, asintiendo seriamente.
—¡Pero no te olvides de las náuseas matutinas! —intervino Aqua, como una experta—. ¡Tienes que correr al baño por la mañana y hacer ruidos de arcadas! ¡Así! *¡Buaaargh! ¡Huuuurk!*
Aqua procedió a realizar una imitación tan realista de un vómito que casi me hace vomitar a mí.
—No, no haremos eso —decidí—. Si empieza a vomitar, con su suerte, acabará vomitando de verdad y nos descubrirán. Sin náuseas. Diremos que eres de esas afortunadas que no las tienen.
—Y por último —dije, acercándome a ella y adoptando un tono serio—. La parte más importante. La interacción de pareja.
El ambiente en la habitación cambió. Aqua y Megumin se inclinaron hacia delante, interesadas. Darkness se sonrojó.
—Tu padre esperará vernos… actuar como una pareja. Tendré que… tocarte.
—¿To-tocarme? —tartamudeó, su voz temblando.
—Sí. Poner mi mano en tu hombro. Quizás en tu… —tragué saliva— …barriga.
Extendí la mano lentamente, como si desactivara una bomba. Mis dedos se acercaron al bulto deforme de la almohada. Era un gesto simple, un movimiento de un actor en una obra de teatro. Pero en el momento en que mis dedos rozaron la tela de su vestido, sobre la almohada, una corriente eléctrica pareció recorrer la habitación.
Su respiración se detuvo. Mis ojos se encontraron con los suyos. El mundo pareció desvanecerse. No estaban Aqua ni Megumin. No había mentiras ni padres enfermos. Solo estábamos ella y yo, y mi mano sobre el símbolo de nuestra farsa. Y por un instante, un instante aterrador, no se sintió como una farsa. Se sintió… real. La imagen de una vida diferente, una vida tranquila y doméstica, brilló en mi mente. Una vida donde esto no era una actuación.
Y entonces, ella jadeó.
—¡Ah! ¡Kazuma…! ¡Tu mano…! ¡Tan dominante, reclamando lo que es tuyo… el fruto de tu…!
—¡Cállate! —siseé, retirando la mano como si me hubiera quemado—. ¡Has arruinado el momento! ¡No puedes hacer eso cuando tu padre esté aquí! ¡Tienes prohibido jadear! ¿Entendido? ¡Cero jadeos!
—Pero… ¿cómo se supone que respire? —preguntó, genuinamente confundida.
—¡Como una persona normal! ¡Inhala por la nariz, exhala por la boca! ¡Sin ruidos pervertidos!
Me alejé de ella, frustrado y extrañamente afectado. El contacto había sido breve, pero había dejado una marca. La línea entre la farsa y la realidad se estaba volviendo peligrosamente borrosa.
Miré a mis compañeras. Aqua estaba llorando de la risa, derramando palomitas por todo el sofá. Megumin nos observaba con una intensidad analítica, probablemente rediseñando la dinámica de poder en su cabeza para su estúpida novela.
Estábamos condenados. No había forma de que esto funcionara. Íbamos a ser descubiertos en los primeros cinco minutos, el padre de Darkness moriría de la impresión, y yo sería recordado en la historia como el hombre que mató a un noble con una mentira sobre un embarazo.
—Olvidadlo. Es inútil —dije, dejándome caer en una silla—. Necesitamos un milagro.
—Yo soy un milagro —dijo Aqua, señalándose a sí misma.
—Dije un milagro útil —repliqué.
Me quedé allí sentado, sumido en mi desesperación, mientras Darkness intentaba practicar su «caminata de embarazada» por el salón, tropezando con la alfombra y haciendo que la almohada se le saliera del vestido.
El sol comenzó a ponerse, tiñendo mi habitación en ruinas con tonos anaranjados. La cuenta atrás había comenzado. Cuarenta y ocho horas. Cuarenta y ocho horas para enseñar a una masoquista a fingir un embarazo, para convencer a un noble moribundo de nuestra farsa, y para no matar a nadie en el proceso.
Miré a Darkness, que ahora intentaba volver a meterse la almohada bajo el vestido con la ayuda de Megumin. Una extraña mezcla de pena y un retorcido cariño se apoderó de mí. Era una idiota. Una completa y absoluta idiota.
Pero era mi idiota.
Suspiré.
—Muy bien, desde el principio —dije, levantándome—. Esta vez, intenta quejarte del dolor de espalda como si realmente te doliera, no como si estuvieras recibiendo un masaje de un súcubo. Y por el amor de Eris, ¡camina como si llevaras un bebé, no como si estuvieras intentando atraer la atención de un grupo de goblins!
Éramos padres de una mentira. Y el abuelo estaba a punto de llegar a casa.
Esto no iba a ser un desastre. Iba a ser una obra de arte del desastre. Un `Explosion` de caos social. Y yo, por desgracia, estaba en el centro de la detonación.