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Bendita sea esta Paladín Pervertida

Crónica de una Boda Anunciada

***

El día del juicio final olía a cera para muebles y a pánico. Habían pasado cuarenta y siete horas desde la llegada de la fatídica carta, y cada segundo había sido una clase magistral de tortura psicológica. La fase de «entrenamiento de embarazo» había sido un fracaso tan monumental que Megumin había llenado tres páginas de su cuaderno con diagramas sobre la «trayectoria balística de un cojín eyectado».

Al final, habíamos abandonado los cojines. Eran demasiado blandos, demasiado propensos a deformarse de maneras poco naturales. La solución, propuesta por Aqua en un raro destello de lucidez etílica, fue un pequeño escabel redondo que habíamos encontrado en una de las salas de estar abandonadas de la mansión. Era del tamaño adecuado y tenía una forma convenientemente abovedada. El único problema era que estaba hecho de madera maciza y pesaba una tonelada.

—No puedo… respirar… —jadeó Darkness, mientras yo terminaba de asegurarle el mueble a la cintura con un complicado sistema de cinturones de cuero.

—¡Perfecto! —dije, dándole una palmada en el «vientre» de madera. Sonó un *toc* sordo y hueco—. El sufrimiento te hará parecer más auténtica. Ahora, camina.

Darkness dio un paso, luego otro, moviéndose con la gracia de un golem con artritis. El escabel se balanceaba peligrosamente bajo su vestido.

—¡No te contonees como si estuvieras en un desfile! —la regañé—. ¡Camina como si llevaras el peso del futuro de la casa Dustiness, no como si estuvieras intentando seducir al posadero! Espalda arqueada, mano en el vientre, cara de sufrimiento noble.

Ella lo intentó. Arqueó la espalda, puso una mano sobre el escabel y adoptó una expresión. Pero no era de sufrimiento noble. Era la misma expresión de éxtasis contenido que ponía cuando un sapo gigante la cubría de baba.

—Ah… el peso… la restricción… —susurró, sus mejillas sonrojándose—. Es tan… opresivo.

—¡Te prohibí jadear! —le recordé, pellizcándole el brazo—. ¡Si tu padre te oye hacer ese ruidito, pensará que el bebé está intentando salir por la vía rápida!

Aqua y Megumin, nuestras espectadoras no deseadas, estaban sentadas en el sofá, comiendo unas galletas que habían aparecido misteriosamente.

—El centro de gravedad es completamente erróneo —analizó Megumin, con la boca llena—. Si se inclina más de quince grados hacia adelante, la inercia del mueble la hará pivotar sobre sus pies. Es un diseño inherentemente inestable.

—¡Deberías haber usado mis orbes de fiesta! —se lamentó Aqua—. ¡Son ligeros, brillantes y se pueden llenar de vino para emergencias!

Justo en ese momento, el sonido de un carruaje deteniéndose frente a la mansión cortó el aire. Era un sonido caro, el crujido de un eje bien engrasado y el resoplido de caballos de pura raza.

El pánico se apoderó de la habitación.

—¡Está aquí! —chilló Darkness, intentando alisarse el vestido sobre el bulto de madera.

—¡Posiciones! ¡Todo el mundo a sus posiciones! —ordené como un general en vísperas de una batalla perdida—. ¡Aqua, intenta parecer sobria! ¡Megumin, esconde ese cuaderno y no menciones la palabra «explosión»! ¡Darkness, siéntate en ese sillón y no te muevas! ¡Parece más creíble si estás en reposo!

Corrieron a sus puestos con una torpeza que presagiaba el desastre. Me miré por última vez en el reflejo de una ventana. El fantasma del pene seguía ahí, en mi mejilla, un estigma grisáceo y humillante. Aqua había intentado cubrirlo con polvos, pero solo había conseguido crear una mancha blanquecina que lo hacía parecer un pene empolvado. Era un desastre.

Respiré hondo y abrí la puerta.

Lord Aldred Dustiness era más frágil de lo que recordaba. Se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata y su rostro estaba surcado de arrugas de preocupación. Pero sus ojos, los mismos ojos azules de su hija, brillaban con una determinación de acero.

—Kazuma, hijo mío —dijo, su voz una mezcla de cansancio y afecto. Me ofreció una mano temblorosa.

*Hijo mío*. La palabra me revolvió el estómago. Le estreché la mano, forzando la sonrisa más falsa de mi vida.

—Lord Dustiness. Es un honor tenerle en nuestra… humilde morada.

Sus ojos se posaron en la mancha de mi mejilla. Entornó la vista.

—¿Te has herido, muchacho? Parece… una extraña cicatriz.

—Un encuentro con un calamar de tinta espectral —improvisé rápidamente—. Un monstruo muy raro. Y muy… fálico.

Lord Aldred asintió, aceptando la absurda explicación sin pestañear. Su atención no estaba en mí. Sus ojos buscaron más allá, hacia el interior de la mansión.

Y entonces la vio.

Darkness estaba sentada en el sillón, tal y como le había ordenado. Estaba rígida, con las manos entrelazadas sobre su vientre de madera, su rostro una máscara de pánico sonriente. Desde la puerta, la iluminación era favorable. El bulto parecía casi… real.

El rostro de Lord Aldred se transformó. La fatiga desapareció, reemplazada por una emoción pura y abrumadora. Las lágrimas brotaron de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas arrugadas.

—Lalatina… —susurró, su voz rota.

Caminó, o más bien se arrastró, hacia ella, con los brazos extendidos. Se arrodilló torpemente junto al sillón, un acto que debió costarle un dolor inmenso. Sus manos temblorosas se posaron sobre el escabel.

—Mi niña… mi pequeña niña… —sollozó, apoyando la frente en el «vientre» de su hija—. Llevas en tu interior la continuación de nuestra estirpe. La promesa de un futuro.

Darkness estaba petrificada. Me miró por encima de la cabeza de su padre, sus ojos gritando «¡HAZ ALGO!». Aqua se tapó la boca para ahogar un sollozo, conmovida por la escena. Megumin, por su parte, calculaba en silencio el ángulo de estrés en las rodillas del anciano.

—Has hecho a este viejo hombre el más feliz del mundo —continuó Lord Aldred, sin levantar la cabeza—. Saber que veré a mi nieto antes de que los dioses me llamen… es el mayor regalo que podrías haberme dado.

Me acerqué, sintiendo que tenía que intervenir antes de que el hombre muriera de felicidad allí mismo.

—Lord Dustiness, por favor, levántese. No debe esforzarse tanto. Darkness necesita tranquilidad.

Con mi ayuda, el anciano se puso en pie, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Tienes razón, Kazuma. Tienes razón. Debo ser fuerte. Por ellos.

Nos sonrió a ambos, una sonrisa radiante y genuina.

—Habéis construido un hogar aquí. Extraño, caótico… pero un hogar. Y ahora, lo habéis llenado con la mayor de las alegrías.

La velada fue una caminata por un campo de minas con los ojos vendados. Lord Aldred insistió en cenar con nosotros, rechazando la idea de retirarse a descansar. La mesa era un escenario de tensión. Darkness y yo tuvimos que sentarnos juntos, y su padre nos observaba con una atención de halcón.

—Se te ve radiante, hija mía —comentó, mientras Aqua servía la sopa con una mano sospechosamente temblorosa—. El embarazo te sienta de maravilla.

—Ah… sí… es el peso de… la responsabilidad —logró decir Darkness, recordando mis instrucciones.

En un intento de parecer un marido atento, puse mi brazo sobre los hombros de Darkness. Se puso tan rígida que sentí cómo sus músculos se convertían en piedra. Me incliné y le susurré al oído:

—Relájate. Pareces una estatua a la que le ha salido barriga.

—Es que… tu mano… —susurró de vuelta, su voz un hilo tembloroso.

Sentí que iba a empezar a jadear, así que, disimuladamente, le di un pellizco en el costado bajo la mesa. Soltó un pequeño chillido ahogado.

—¿Ocurre algo, hija? —preguntó su padre, preocupado.

—¡El bebé ha dado una patada! —exclamé, pensando rápido—. Es un niño muy… activo. Probablemente será un gran aventurero.

—¡O una aventurera! —replicó Darkness, fulminándome con la mirada.

—¿Habéis pensado ya en un nombre? —preguntó Lord Aldred, con los ojos brillantes de ilusión.

—¡Sí! —dijimos los dos al unísono.

—Kazuma Junior —dije yo.

—Lalatina Segunda —dijo ella.

Nos miramos fijamente durante un segundo.

—Hemos decidido combinar nuestras ideas —improvisé, sudando frío—. Se llamará… uh… Kazutina.

—¡O Lalazuma! —añadió ella.

—¡No, Kazutina suena mejor!

—¡Lalazuma es más noble!

—¿Y bien? —preguntó Lord Aldred, confundido.

—Lo estamos debatiendo —dije, forzando una sonrisa—. Es nuestra primera discusión de pareja. Ya sabes, cosas de padres.

Sorprendentemente, se lo creyó. Se rio entre dientes.

—Ah, el amor joven. Me recordáis a vuestra madre y a mí. Discutimos durante una semana sobre tu nombre, Lalatina. Yo quería llamarte Brunhilda.

La cena continuó. Aqua intentó convencer a Lord Aldred de las propiedades curativas de su «agua bendita especial», que olía sospechosamente a ginebra. Megumin le explicó con todo lujo de detalles cómo la magia de explosión era una metáfora del ciclo de la vida y la muerte, y cómo el nacimiento de un niño era, en esencia, una «detonación de potencial biológico». De alguna manera, a pesar de todo, logramos mantener la farsa a flote. El anciano parecía encantado con nuestra extraña y disfuncional familia.

El desastre llegó con el postre. Aqua, en un intento de impresionar a nuestro invitado, anunció que realizaría su famoso truco de fiesta: «La Purificación Acrobática de la Fruta».

—Observad —declaró, poniéndose en pie y lanzando tres manzanas al aire—, cómo mis divinas manos no solo hacen malabares, sino que también limpian cualquier impureza de estos humildes frutos.

Era un truco que había hecho mil veces, normalmente con éxito. Pero esa noche, había estado bebiendo más de lo habitual para calmar los nervios. Y había derramado un poco de vino en el suelo de baldosas pulidas.

Sus pies resbalaron en el pequeño charco.

El tiempo pareció ralentizarse. Las tres manzanas salieron disparadas en direcciones aleatorias. Una golpeó a Megumin en la cabeza. Otra se estrelló contra una armadura decorativa. Y la tercera, la que selló nuestro destino, voló por la habitación como un proyectil.

Aqua, perdiendo el equilibrio, se tambaleó hacia atrás, agitando los brazos en un intento desesperado por no caer. Y se estrelló directamente contra Darkness, que se había puesto en pie para aplaudir el truco.

El impacto fue brutal. Darkness soltó un grito ahogado, no de placer, sino de pura sorpresa. La ley de la física, tan elocuentemente descrita por Megumin, entró en acción. El peso del escabel, combinado con el empujón de Aqua, la hizo perder el equilibrio.

Cayó hacia delante.

Con un estrépito de madera y tela rasgada, el escabel salió disparado de debajo de su vestido. Rodó por el suelo del salón, girando sobre sí mismo como una rueda descontrolada. Y fue a detenerse, con un último y suave *toc*, justo a los pies de Lord Aldred Dustiness.

La habitación se sumió en un silencio sepulcral.

Darkness estaba en el suelo, con el vestido revuelto y el vientre completamente plano. Aqua estaba a su lado, con una expresión de horror culpable. Megumin había dejado de frotarse la cabeza y miraba la escena con una fascinación puramente científica.

Yo me quedé paralizado. Mi mente se quedó en blanco. Se acabó. Este era el final.

Lentamente, Lord Aldred bajó la mirada. Observó el escabel. Luego levantó la vista hacia el vientre plano de su hija. Luego sus ojos se encontraron con los míos. Vi la confusión, la incredulidad y, finalmente, la comprensión.

Cerré los ojos, esperando el grito de dolor. El sonido de un cuerpo desplomándose. El estertor de un corazón roto. Esperé la muerte de la que yo, y solo yo, sería el culpable.

Pero el sonido que llegó no fue un grito.

Fue una risa.

Al principio fue un sonido suave, ahogado, como si le costara salir. Luego creció, convirtiéndose en una risa genuina, temblorosa y llena de un alivio desconcertante.

Abrí los ojos. Lord Aldred se reía. Se reía tanto que tuvo que apoyarse en el respaldo de su silla, con lágrimas corriendo de nuevo por sus mejillas. Pero esta vez, no eran lágrimas de alegría paternal. Eran lágrimas de pura, absoluta y desconcertante hilaridad.

—Un escabel… —logró decir entre jadeos—. ¡Por todos los dioses, habéis usado un escabel!

Nos quedamos mirándolo, estupefactos. ¿Se había vuelto loco? ¿El shock le había frito el cerebro?

—Padre… —susurró Darkness desde el suelo, su voz un hilo de vergüenza—. Nosotros… podemos explicarlo.

—¡Oh, no hace falta! —dijo él, tratando de controlar la risa—. ¡Lo entiendo todo! ¡Creíais que este viejo tonto se moriría del disgusto si descubría la verdad! ¡Así que montasteis… esta… esta maravillosa farsa!

Se acercó y ayudó a su hija a levantarse. Luego me miró, y su sonrisa era cálida y extrañamente cómplice.

—No voy a mentiros. Cuando leí tu carta, Lalatina, mi corazón se llenó de alegría ante la idea de ser abuelo. Pero una parte de mí… una pequeña y anticuada parte de mí, estaba… preocupada.

Hizo una pausa, su expresión volviéndose seria.

—Un hijo es una bendición. Pero un hijo fuera del sagrado vínculo del matrimonio… para una casa noble como la nuestra, sigue siendo una mancha. Me preocupaba el honor de la familia. Me preocupaba ti, hija mía.

Nos quedamos en silencio, procesando sus palabras.

—Pero ahora… —continuó, y su sonrisa regresó, más amplia que antes—. ¡Ahora todo es perfecto! ¡No hay bebé, no hay embarazo! ¡Solo dos jóvenes enamorados que intentaron proteger a un viejo tonto!

—¿Entonces… no estás enfadado? —pregunté, incrédulo.

—¿Enfadado? —se rio—. ¡Muchacho, estoy aliviado! ¡Esto simplifica enormemente las cosas!

—¿Simplifica… qué cosas? —preguntó Darkness, confundida.

Lord Aldred se frotó las manos con una energía renovada. Parecía diez años más joven.

—¡El principal problema logístico que teníamos ha desaparecido! Llevaba semanas dándole vueltas. ¿Cómo diseñar un vestido de novia que disimulara elegantemente un embarazo de varios meses? ¡Era una pesadilla para los sastres! ¡Pero ahora… ahora no tenemos ese problema!

Se acercó a una maleta que uno de sus sirvientes había dejado en la entrada y sacó un enorme rollo de pergamino. Lo desenrolló sobre la mesa del comedor. Estaba cubierto de planos, listas y dibujos detallados.

—¿Qué es eso? —pregunté, acercándome con cautela.

—¿Esto? —dijo él, con orgullo—. ¡Los planes para la boda!

Nos quedamos helados.

—Asumí que, siendo un aventurero como tú, Kazuma, no habrías tenido tiempo para una ceremonia adecuada. Así que me tomé la libertad de empezar los preparativos. He contratado a los mejores organizadores de bodas de la capital. ¡La capilla del palacio real está reservada! ¡El arzobispo oficiará la ceremonia! ¡He encargado un pastel de siete pisos y una orquesta de cien músicos!

Señaló un punto en el pergamino.

—Iba a ser una ceremonia apresurada, para formalizar vuestra unión antes de que el embarazo fuera demasiado evidente. Pero ahora… ¡ahora podemos tomarnos nuestro tiempo! ¡Hacerlo bien! ¡Una boda como la casa Dustiness merece!

Nos miró a ambos, su rostro rebosante de una felicidad maníaca.

—He fijado la fecha. Dentro de cinco semanas. Será tiempo suficiente para enviar las invitaciones a todos los nobles del reino y para que los sastres confeccionen el vestido perfecto para mi hija. ¡Un vestido blanco puro, sin necesidad de ocultar nada!

Se acercó y me dio una palmada en la espalda tan fuerte que casi me saca el aire.

—Has salido de un problema para entrar en otro, ¿eh, Kazuma? —dijo, guiñándome un ojo—. Bienvenido a la familia.

Se dio la vuelta, se estiró y bostezó.

—Bueno, ha sido una noche de lo más emocionante. Creo que este viejo necesita descansar. Mañana hablaremos de los detalles. Lista de invitados, menú, flores…

Y con eso, se dirigió tranquilamente hacia la habitación de invitados que le habíamos preparado, tarareando una alegre melodía.

Nos quedamos solos en el salón. El escabel seguía en el suelo, como la prueba de un crimen que había desembocado en una sentencia peor. El pergamino con los planes de la boda ocupaba toda la mesa, un mapa hacia mi propia ejecución.

Aqua y Megumin nos miraban, sus expresiones una mezcla de asombro y diversión.

Lentamente, me giré hacia Darkness.

Estaba completamente roja. Desde la punta de las orejas hasta el cuello de su vestido. El vapor casi salía de su cabeza. Sus ojos estaban fijos en mí, abiertos como platos, en ellos se arremolinaba una tormenta de pánico, humillación, incredulidad y, muy en el fondo, una chispa diminuta y aterradora de emoción masoquista al verse atrapada de una forma tan absoluta.

—Boda… —susurró, la palabra apenas audible.

Miré el pergamino. Miré a Darkness. Me toqué la mejilla, donde el fantasma del pene aún se aferraba a mi piel como el último vestigio de mi antigua vida.

Había escapado de la muerte a manos de generales del Rey Demonio. Había sobrevivido a la bancarrota, a la estupidez de una diosa y a la locura de una maga. Pero esto… esto era diferente. Esto era una trampa de la que no había escapatoria. Una trampa forjada con buenas intenciones, mentiras estúpidas y el amor de un padre.

Me quería morir.

No de forma dramática. No con una explosión. Quería simplemente dejar de existir. Disolverme en el aire. Reencarnar como una ameba. Cualquier cosa era mejor que esto.

—Kazuma… —empezó Darkness, su voz un temblor.

Levanté una mano para silenciarla. No podía soportar oír una palabra más.

Caminé hacia el sofá y me dejé caer, mi cuerpo sin fuerzas. Mi mirada se perdió en el techo.

De la ruina financiera a un embarazo falso. De un embarazo falso a una boda real. Mi vida no era una aventura. Era una comedia de errores escrita por un dios sádico con un terrible sentido del humor.

Y yo era el protagonista. El novio.

Mierda.