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Bendita sea esta Paladín Pervertida

Réquiem por un Soltero (y su Cordura)

***

El silencio que siguió a la partida de Lord Aldred no fue un silencio pacífico. Fue un silencio espeso, pesado y lleno de la energía de una explosión a punto de ocurrir. El pergamino con los planos de la boda yacía sobre la mesa como un tratado de rendición incondicional. El escabel, nuestra fallida prueba de embarazo, seguía en el suelo, un monumento a nuestra estupidez.

Yo estaba en el sofá. No me había movido. Creía que si me concentraba lo suficiente, podría desintegrarme. Simplemente dejar de existir. Era una habilidad que no tenía, pero en ese momento, la deseaba más que `Steal`, más que `Drain Touch`, más que un millón de eris.

Mi cerebro era un bucle infinito que repetía la misma palabra: Boda. Boda. Boda. Una palabra de cuatro letras que contenía más terror que «Rey Demonio».

Una boda. Con Darkness.

No era que la idea fuera completamente repulsiva. Físicamente, Darkness era un diez. Un once. Era la fantasía de cualquier hombre hecha realidad: rubia, pechos enormes, un cuerpo que podría hacer llorar a una diosa de la belleza. Y yo era un hombre. Un hombre muy, muy adolescente en su forma de pensar. Una parte primitiva de mi cerebro, la misma que me hacía usar `Steal` en momentos inoportunos, estaba haciendo una pequeña fiesta.

Pero luego, el resto de mi cerebro, la parte que tenía que vivir con ella, entraba en pánico. ¡Era Darkness! La mujer que encontraba placer en ser cubierta de baba de sapo. La mujer cuya falta de puntería era tan legendaria que podría fallar un golpe contra el propio planeta. La mujer que había creado un embarazo falso para evitar un matrimonio y había terminado atrapada en otro. Casarme con ella no era un matrimonio. Era apuntarse voluntariamente a una vida de caos, humillación y reparaciones constantes. Era como firmar un contrato para ser el cuidador a tiempo completo de un desastre natural con forma humana.

—¡Una boda! —chilló una voz, rompiendo mi catatonia.

Era Aqua. Sus ojos brillaban con la luz febril de alguien que acaba de enterarse de que habrá barra libre en el fin del mundo.

—¡Oh, por todos los dioses, una boda! ¡Necesito un vestido nuevo! ¡Algo que resalte mi aura divina y me permita moverme con libertad por la zona de los canapés! ¡Y el alcohol! ¡Darkness, tu padre es rico! ¡Tiene que haber vino de la mejor calidad! ¡No podemos permitir que sirvan esa basura que beben los campesinos!

—Estoy de acuerdo —intervino Megumin, con una solemnidad que daba miedo. Se había levantado y estaba examinando el pergamino con los planos—. La ceremonia es en la capilla real. Un lugar de gran importancia histórica y estructural. Sería una pena que un evento tan trascendental no culminara con una exhibición pirotécnica adecuada.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Kazuma, como padrino… no, espera, como novio, es tu deber asegurarte de que tenga un lugar privilegiado para lanzar mi hechizo. ¡Una `Explosion` nupcial! ¡Será la comidilla del reino durante décadas! ¡El símbolo de vuestro amor explosivo!

Me las quedé mirando. Una planeando emborracharse hasta el coma y la otra planeando cometer un acto de terrorismo en la capital. Mis compañeras. Mi futura familia política, por así decirlo.

Sentí que iba a vomitar.

Lentamente, me giré para mirar a la otra protagonista de esta tragedia. Darkness estaba de pie junto a la mesa, mirando el escabel en el suelo como si fuera el cadáver de su buen juicio. Estaba pálida, temblaba y parecía a punto de desmayarse. Por un instante, sentí una punzada de compasión. Estaba tan atrapada como yo.

—Yo… —susurró, su voz un hilo roto—. Yo lo he arruinado todo.

Se llevó las manos a la cara.

—Mentí. Engañé a mi padre. Te arrastré a esto. Soy… soy la peor.

Sus hombros empezaron a sacudirse. Iba a llorar. Bien. Perfecto. Que llorara. Que sintiera el peso de su monumental estupidez. Se lo merecía. Yo me lo merecía. Todos nos lo merecíamos.

Pero entonces, su respiración cambió. La sacudida de sus hombros no era por sollozos. Era… diferente. Un jadeo suave y entrecortado escapó de sus labios.

—Ah… —susurró, y su voz estaba teñida de una emoción completamente distinta—. Una boda… forzada. Delante de toda la nobleza. Atada a Kazuma… para siempre. El escándalo si alguien descubriera la verdad… la humillación… ¡El peso de esta mentira sobre mis hombros! ¡Es tan… tan…!

Se estremeció, un rubor intenso extendiéndose por su cuello.

Y ahí estaba. La Darkness que todos conocíamos y temíamos. Incluso en el apocalipsis de nuestras vidas personales, encontraba una forma de disfrutarlo.

Fue la gota que colmó el vaso.

—¡Cállate! —grité, poniéndome en pie de un salto. Mi voz sonó estridente, al borde de la histeria—. ¡Simplemente… cállate! ¡Ni una palabra más sobre lo «excitante» que es esta situación!

Me miró, sorprendida, el éxtasis masoquista interrumpido.

—¡Y vosotras dos! —me giré hacia Aqua y Megumin—. ¡No va a haber ningún vestido nuevo porque no pienso pagarlo! ¡Y no va a haber ninguna explosión porque si lanzas un petardo cerca de la capital, te juro que te venderé a un circo de goblins como la «maga que no sabe hacer otra cosa»!

Se quedaron en silencio, sorprendidas por mi arrebato.

Caminé por la habitación como un animal enjaulado, tirándome del pelo.

—Tenemos que salir de esto. Tiene que haber una forma.

—Podríamos decirle la verdad —sugirió Megumin, con una lógica fría y cruel—. Las probabilidades de que tu padre sufra un fallo cardíaco fatal son, estadísticamente, de un 63.4%. No es un cien por cien.

—¡No podemos arriesgarnos! —exclamó Darkness, horrorizada—. ¡No podría vivir conmigo misma si…!

—¡Huir! —dije, aferrándome a la idea como a un salvavidas—. ¡Podemos huir! ¡Cogemos el dinero que tenemos, nos vamos a otra ciudad, cambiamos nuestros nombres! ¡Yo seré… John Smith! ¡Y vosotras seréis… mis molestas y costosas hermanas!

—¡No podemos huir! —volvió a protestar Darkness—. ¡Es mi deber como noble! ¡No puedo abandonar a mi padre, ni a mi tierra! ¡Y tú eres el hombre que me salvó! ¡Mi héroe! ¡No puedo permitir que te conviertas en un fugitivo por mi culpa!

—¡Prefiero ser un fugitivo a ser tu marido! —repliqué, aunque una parte de mí sabía que tenía razón. No podía huir. No después de todo lo que había invertido, financiera y emocionalmente, en este estúpido grupo.

Me detuve frente al pergamino. El mapa de mi perdición. Lo miré con odio. Lista de invitados. Menú. Flores. Música. Cada palabra era un clavo en mi ataúd.

Estaba atrapado. Completamente, absolutamente y sin ninguna esperanza, atrapado. Mis habilidades eran inútiles. `Steal` no podía robar un compromiso. `Drain Touch` no podía drenar las expectativas de un padre. `Lurk` no podía hacerme invisible para toda la nobleza del reino.

Por primera vez en mi vida, no tenía un plan. No había un truco sucio, una estrategia cobarde o una salida de emergencia. Estaba frente a un problema que no se podía resolver con violencia, engaños o suerte. Era un problema social. Un problema de sentimientos y responsabilidades. Mi kriptonita.

Una desesperación fría y pesada se asentó en mi pecho. Era la misma sensación que tuve cuando me enfrenté al Destructor, pero peor. Al menos al Destructor podía lanzarle una explosión. A esto… a esto solo podía sonreír y decir «Sí, quiero».

—Me voy a mi cuarto —anuncié, mi voz hueca. Necesitaba estar solo. Necesitaba pensar. O, más probablemente, acurrucarme en un rincón y llorar.

Subí las escaleras, dejando atrás el murmullo de mis compañeras reanudando sus estúpidos planes. Entré en mi habitación, o lo que quedaba de ella. El agujero en la pared seguía ahí, una boca negra y silenciosa que se burlaba de mí.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la cama. El fantasma del pene en mi mejilla parecía latir al ritmo de mi pulso acelerado.

¿Qué hacía un hombre cuando estaba completamente jodido? ¿Cuando todas las puertas estaban cerradas y las paredes se cernían sobre él?

Mi mente, en su desesperación, se aferró a la idea más ridícula y patética que había tenido nunca. Una idea tan estúpida, tan contraria a mi naturaleza, que casi me reí.

Rezar.

Era absurdo. Yo no rezaba. Yo me quejaba, maldecía, hacía trampas y me abría paso a la fuerza. Rezar era para los creyentes, para los débiles, para la gente como Darkness que confiaba en un poder superior. Mi único poder superior era mi estadística de suerte anormalmente alta.

Pero, ¿qué más me quedaba?

Me levanté y miré a mi alrededor. Necesitaba un lugar tranquilo. Un lugar donde nadie pudiera verme hacer el ridículo. El tejado. Era perfecto.

Subí la última escalera que llevaba a la trampilla del desván y salí al tejado de la mansión. La noche era fresca y el cielo estaba despejado, lleno de estrellas que no conocía. La luna, o lo que fuera que hacía de luna en este mundo, bañaba la ciudad de Axel en una luz plateada.

Me senté en el borde, con los pies colgando en el vacío. Desde allí, el mundo parecía tranquilo. Pacífico. Una mentira.

Respiré hondo, sintiendo el aire frío llenar mis pulmones. Me sentía como un idiota. Un completo y absoluto idiota.

Junté las manos. Se sentía extraño, antinatural. Como si intentara usar un tenedor para beber sopa.

Cerré los ojos.

—Vale… —murmuré al aire—. Allá vamos.

Hice una pausa, sin saber a quién dirigirme. A Aqua no, desde luego. Rezarle a ella era como pedirle a un ladrón que te guarde la cartera.

Solo quedaba una opción.

—Oye, Eris —empecé, mi voz un susurro avergonzado—. Soy yo, Kazuma. Sí, ese Kazuma. El que te robó las bragas. Por cierto, lo siento por eso. Bueno, no mucho. Eran bonitas.

»Mira, sé que probablemente estás ocupada. Ya sabes, siendo una diosa de verdad, gobernando el más allá, rellenando tu sujetador… lo que sea que hagáis las diosas. Pero tengo un problema. Un problema gordo. Nivel «me voy a casar con una masoquista con tendencias suicidas». Y necesito ayuda.

»He intentado de todo. La lógica no funciona. La violencia no es una opción. Huir es imposible. Estoy atrapado. Y todo es por intentar hacer lo correcto, ¿te lo puedes creer? Por una vez en mi vida, intento ser el héroe y mira dónde acabo. A punto de firmar mi sentencia de muerte en un altar.

»Así que… te lo pido. No, te lo suplico. Si tienes un mínimo de piedad por este pobre y desgraciado pecador… o si simplemente te apetece ver a Aqua sufrir un poco porque su seguidor más valioso le está rezando a su rival… haz algo.

»No pido mucho. Un dragón que ataque la ciudad el día de la boda. Una plaga de langostas. Un escándalo financiero que arruine a la familia Dustiness. ¡Incluso un ataque del Rey Demonio! ¡Acepto un ataque del Rey Demonio! ¡Cualquier cosa es mejor que una boda! ¡Cualquier cosa!

»Por favor, Eris. Sálvame. Saca tu tarjeta de crédito divina y sácame de este lío. Te lo devolveré. De alguna manera. Quizás.

Terminé mi patética oración y abrí los ojos. El cielo seguía igual. Las estrellas no se habían movido. Ningún dragón apareció en el horizonte.

Suspiré. Por supuesto que no había funcionado. ¿Qué esperaba? ¿Un rayo de luz divina y una voz diciendo «Petición recibida, Kazuma Satō. Su apocalipsis personal ha sido programado»?

Me sentí aún más estúpido que antes. No solo estaba atrapado, sino que ahora también era un idiota que rezaba a los tejados.

—¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO?

La voz chillona y furiosa me hizo dar un respingo tan fuerte que casi me caigo del tejado. Me giré.

Aqua estaba de pie en la trampilla, con las manos en las caderas y una expresión de indignación divina en el rostro. Su pelo azul parecía brillar con furia bajo la luz de la luna.

—¡Te he oído! —gritó, acercándose a mí con pasos amenazantes—. ¡Estabas rezando! ¡Y no a mí! ¡A esa diosa de pacotilla con el pecho plano!

—¡Baja la voz! ¡Vas a despertar a toda la ciudad! —siseé, poniéndome en pie.

—¡No me importa! ¡Esto es una traición! ¡Una blasfemia! ¡Yo soy tu diosa! ¡Yo te traje a este mundo! ¡Yo te he aguantado, te he resucitado, he purificado tus aguas residuales emocionales! ¿Y así me lo pagas? ¿Rezándole a la competencia?

—¡Le rezo a alguien que podría escuchar! —repliqué, mi propia ira empezando a burbujear. Ya estaba harto de todo—. ¡Tú estabas abajo, planeando cómo convertir mi boda en tu festival personal de alcoholismo! ¡No estabas exactamente en modo «diosa compasiva»!

—¡Mi presencia en tu boda sería una bendición! —chilló—. ¡Deberías estar agradecido! ¡En lugar de eso, vienes aquí a susurrarle cosas a Eris! ¿Qué le has pedido, eh? ¿Un aumento de suerte para poder robar bragas de mejor calidad?

—¡Le he pedido ayuda! ¡Algo que tú nunca ofreces a menos que haya una botella de vino de por medio!

—¡Yo siempre ayudo! ¡Mis trucos de fiesta levantan la moral! ¡Mi `Purification` limpia las heridas… y a veces los dibujos de penes! ¡Soy una diosa de apoyo de primera clase!

—¡Eres un parásito de primera clase! ¡Lo único que apoyas es tu propio trasero en mi sofá!

Nos quedamos frente a frente, fulminándonos con la mirada. La brisa nocturna agitaba nuestro pelo. Era una escena ridícula. Dos idiotas discutiendo sobre teología en un tejado mientras mi vida se iba al garete. Era tan… KonoSuba.

—¡Eres un seguidor infiel! —me acusó, sus ojos llenándose de lágrimas de cocodrilo—. ¡Después de todo lo que he hecho por ti!

—¿Qué has hecho tú por mí? ¡Aparte de endeudarme y causarme migrañas!

—¡Te resucité! ¡Un montón de veces!

—¡Porque siempre muero por culpa de tus estúpidos planes o por limpiar los desastres que provocáis vosotras!

—¡Detalles, detalles! ¡El caso es que me debes tu lealtad! ¡Y la has traicionado! ¡Por Eris! ¡Ni siquiera tiene seguidores tan devotos como yo!

—¡Tiene un cofre del tesoro más grande que el tuyo, eso seguro!

Aqua soltó un grito ahogado, como si la hubiera apuñalado.

—¡Eso ha sido un golpe bajo! ¡Todo el mundo sabe que el valor de una diosa no se mide por el tamaño de su… de su devoción pectoral!

Estaba a punto de responder con algo aún más hiriente cuando una tercera voz, tranquila y culpable, nos interrumpió.

—¿Kazuma? ¿Aqua?

Nos giramos. Darkness estaba en la trampilla, con el pelo suelto y una manta sobre los hombros. Nos miraba con una expresión de profunda preocupación. El éxtasis masoquista había desaparecido por completo, reemplazado por una tristeza genuina.

—Os oí gritar… ¿Está todo bien?

Aqua y yo nos quedamos en silencio, nuestra estúpida pelea muriendo en el aire. La tensión se disipó, reemplazada por la cruda realidad de nuestra situación.

—No. No está todo bien —dije, mi voz perdiendo toda su fuerza. Me pasé una mano por la cara, sintiéndome increíblemente cansado—. Nada está bien.

Me volví a sentar en el borde del tejado, la energía abandonándome por completo.

Darkness se acercó lentamente y se sentó a mi lado, manteniendo una distancia respetuosa. Aqua, por una vez, pareció sentir el cambio de ambiente y se quedó atrás, en silencio, observándonos.

—Kazuma… —empezó Darkness en voz baja—. Lo siento.

No era la disculpa jadeante de antes. Era una disculpa tranquila, profunda y llena de pesar.

—Sé que decir «lo siento» no arregla nada. Pero necesito que sepas que… que nunca quise esto. Sé que bromeo sobre la humillación y… y todo lo demás. Pero eso es solo… una coraza. Una forma estúpida de lidiar con las cosas. La verdad es que estoy aterrorizada.

La miré. A la luz de la luna, podía ver el brillo de las lágrimas en sus ojos. Lágrimas de verdad.

—Estoy aterrorizada de casarme. Estoy aterrorizada de atraparte en mi vida, en mi familia. No te lo mereces. Te mereces… ser libre. Te mereces la paz. Y yo solo te he traído problemas. Desde el primer día.

Suspiró, un sonido tembloroso en la noche.

—Si hubiera una forma de deshacer todo esto sin herir a mi padre, la tomaría en un instante. Renunciaría a mi título, a mi nombre… a todo. Solo para liberarte de esta carga.

Sus palabras me golpearon con una fuerza inesperada. Detrás de la paladín pervertida, detrás de la noble torpe, había una mujer que estaba dispuesta a sacrificarlo todo por mí. No por masoquismo, sino por un genuino y doloroso sentido de la justicia.

Me sentí como la peor persona del mundo por haberle gritado.

—No es solo culpa tuya —dije, mi voz más suave de lo que pretendía—. Yo podría haber dicho que no. Podría haber sido más listo. Pero seguí adelante. Porque… —hice una pausa, buscando una excusa cínica que no llegaba—… porque no quería que te sintieras mal por la muerte de tu padre.

Ella me miró, sorprendida.

—Supongo que… supongo que estamos juntos en esto —continué, encogiéndome de hombros—. Como siempre. Atrapados en un lío monumental creado por una serie de malas decisiones. Es nuestra especialidad, ¿no?

Una pequeña y temblorosa sonrisa apareció en sus labios.

—Supongo que sí.

Nos quedamos en silencio durante un rato, mirando las luces de la ciudad. Aqua se había sentado detrás de nosotros, abrazando sus rodillas, inusualmente callada.

—¿Sabes? —dije finalmente, rompiendo el silencio—. En la Tierra, las bodas son un gran negocio. La gente gasta fortunas en flores, comida, música… todo para un solo día. Es una locura.

—Aquí también —respondió ella—. Es un símbolo. Un contrato. Una promesa delante de los dioses y los hombres.

—Una promesa, sí… —repetí, pensativo. Miré a Darkness. A la mujer que se había ofrecido a mí en un acto de desesperación. A la mujer que había luchado en misiones suicidas para pagarme una deuda. A la mujer que había inventado un embarazo para protegerme de su familia y ahora estaba atrapada en una boda por protegerme a mí.

Era una completa idiota. Pero era una idiota leal. Mi idiota.

—Oye, Darkness —dije.

—¿Sí, Kazuma?

—Si vamos a hacer esto… si vamos a pasar por esta farsa… solo te pido una cosa.

—Lo que sea —respondió al instante.

Me incliné hacia ella, mi voz un susurro serio.

—Intenta no disfrutarlo *demasiado*, ¿vale? La parte de la humillación pública y todo eso. Al menos, no delante de tu padre. Me pondrías en una posición muy incómoda.

Ella parpadeó. Y entonces, por primera vez esa noche, una risa genuina, suave y clara, escapó de sus labios.

—Lo intentaré, Kazuma —prometió—. Pero no te prometo nada.

Sonreí. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real. La desesperación no se había ido. El pánico seguía ahí, acechando en el fondo de mi mente. Pero ya no me sentía tan solo.

—Bueno —dije, poniéndome en pie y estirándome—. Supongo que si voy a ser un hombre casado, necesitaré dormir un poco. Mañana tengo que empezar a aprenderme los nombres de todos tus tíos y primos raros.

Le tendí una mano para ayudarla a levantarse. Dudó un segundo antes de tomarla. Su mano era suave, pero su agarre era firme. El de una guerrera.

Cuando nos dimos la vuelta, Aqua estaba de pie, mirándonos con una expresión extraña.

—Si te casas con ella —dijo, su voz sorprendentemente seria—, eso me convierte en una especie de familiar, ¿no? Como una hermana divina o algo así.

—Técnicamente, sí —respondió Darkness.

—En ese caso —continuó Aqua, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios—, ¡exijo una asignación familiar! ¡Y mi propio barril de vino personal en la bodega! ¡Son mis derechos como cuñada divina!

Suspiré. La normalidad, nuestra caótica y estúpida normalidad, había vuelto.

Mi oración a Eris no había sido respondida. Ningún dragón había aparecido. Pero mientras bajábamos del tejado, con Aqua ya planeando su dote y Darkness caminando a mi lado, una extraña calma se apoderó de mí.

Estaba jodido. Estaba a punto de casarme con una masoquista. Mi vida iba a ser un infierno.

Pero, al menos, no estaría solo en él. Y en el mundo de KonoSuba, esa era la única bendición por la que valía la pena rezar.