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Besos amargos

Lecciones de Inervación y Puntos de Calor

La biblioteca estaba casi vacía, sumida en ese silencio sepulcral que solo se rompe por el zumbido de las luces de neón y el pasar de las páginas. Jenni Ackerman se ajustó las gafas de montura fina, sintiendo el peso del cansancio en sus hombros, pero su postura seguía siendo impecable. Llevaba una falda de cuero negro ajustada y una blusa de seda color esmeralda que resaltaba la palidez de su piel. Frente a ella, Luke parecía una sombra imponente, con su sudadera negra de tirantes dejando al descubierto los tatuajes que serpenteaban por sus brazos como enredaderas de tinta.

Habían pasado dos días desde la fiesta. Jonathan había intentado llamarla incesantemente, enviando mensajes de texto cargados de arrepentimiento que Jenni borraba sin siquiera leer. No sentía el vacío que todos esperaban; sentía una liberación quirúrgica. Sin embargo, su atención ahora estaba centrada en el examen final de anatomía que se cernía sobre ellos como una sentencia.

—Hoy vamos a dejar de lado los huesos, Luke —dijo Jenni, abriendo un atlas de gran formato en una sección que hacía que la mayoría de los estudiantes se sonrojaran—. Vamos a hablar del sistema nervioso autónomo y la inervación de los órganos sensoriales. Es un tema complejo porque no se trata solo de cables eléctricos; se trata de respuesta, de estímulo y de cómo el cuerpo reacciona antes de que el cerebro procese la orden.

Luke se recostó en la silla, observando a la pequeña rubia con una intensidad que nada tenía que ver con los libros. El olor a tabaco y a un perfume amaderado que siempre lo acompañaba parecía llenar el estrecho espacio entre ellos.

—Inervación... —repitió él, su voz ronca vibrando en el silencio—. Suena a algo que requiere mucha práctica y poca teoría.

—Requiere precisión —corrigió Jenni, ignorando el tono coqueto de él—. Mira este diagrama. Aquí están los receptores táctiles. El cuerpo humano tiene terminaciones nerviosas distribuidas de forma desigual. Hay zonas con una densidad tan alta que el más mínimo roce provoca una respuesta simpática inmediata: aumento del ritmo cardíaco, dilatación de las pupilas, sudoración.

Jenni señaló con su bolígrafo una ilustración de la dermis. Luke, en lugar de mirar el libro, se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia hasta que sus rodillas rozaron las de ella bajo la mesa. Jenni sintió una chispa eléctrica, pero no se inmutó.

—¿Y qué pasa cuando el estímulo es demasiado fuerte, profesora? —preguntó Luke, fijando sus ojos castaños en los labios de ella—. ¿El sistema se colapsa o simplemente se rinde?

—El sistema se adapta —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una firmeza que lo sorprendió—. Pero para entenderlo, tienes que saber dónde están esos puntos de presión. Si tocas aquí —señaló el cuello en el diagrama—, estás activando el plexo cervical. Es una zona de vulnerabilidad extrema.

Luke extendió una mano, moviéndola lentamente sobre la mesa. Sus dedos largos y pálidos, adornados con un par de anillos de plata, se detuvieron a milímetros de la mano de Jenni.

—¿Vulnerabilidad? —murmuró él—. Yo lo llamaría de otra forma.

—¿Ah, sí? ¿Cómo lo llamaría un chico que reprueba anatomía cada semestre? —lo retó ella con una sonrisa desafiante.

—Lo llamaría instinto —dijo Luke. Sin previo aviso, acortó la distancia y colocó sus dedos sobre la muñeca de Jenni, justo donde late la arteria radial—. Tu pulso está acelerado, Ackerman. Tu sistema nervioso autónomo te está delatando. Según tu libro, eso significa que tu cuerpo está detectando una "amenaza" o un "estímulo intenso". ¿Cuál de los dos es?

Jenni sintió que el calor subía por su cuello, pero no retiró la mano. Su carácter fuerte era su mejor armadura. Se inclinó más, hasta que sus gafas casi rozaron la nariz de Luke.

—Es una respuesta fisiológica al calor de la habitación, Luke. No te des tanto crédito. Pero ya que te interesa la práctica, hablemos de la inervación cutánea.

Ella tomó la mano de Luke, sorprendiéndose por lo áspera y cálida que era, y la guió hacia el atlas.

—Si aplicas presión aquí, en la palma, activas los corpúsculos de Meissner. Son responsables de la sensibilidad al tacto fino. Pero si subes por el antebrazo —Jenni deslizó sus dedos pequeños por la piel tatuada de Luke, sintiendo el relieve de la tinta—, entras en una zona donde los vellos actúan como receptores. Es lo que causa la piloerección. Lo que tú llamas "piel de gallina".

Luke tragó saliva, su manzana de Adán moviéndose con pesadez. La pequeña rubia lo estaba desarmando con su propia lógica.

—Eres peligrosa con ese libro en las manos —dijo él, su voz apenas un susurro—. ¿Siempre eres así de clínica con todo? ¿Incluso cuando te rompen el corazón?

Jenni se tensó un momento, la imagen de Jonathan saliendo del baño con Jina cruzó su mente, pero la desechó con la misma frialdad con la que descartaría un tejido necrótico.

—Jonathan no rompió nada, Luke. Solo demostró que su anatomía era defectuosa. No pierdo el tiempo analizando errores de laboratorio —respondió ella, cerrando el libro de golpe, lo que provocó un eco sordo en la sala—. Ahora, volvamos a los pares craneales. El nervio trigémino. Es el responsable de la sensibilidad en la cara.

—Demuéstramelo —dijo Luke, desafiante—. Enséñame dónde está.

Jenni suspiró, pero había un brillo de diversión en sus ojos. Se quitó las gafas, dejándolas sobre la mesa, y se acercó a él. Sus dedos rozaron la mandíbula de Luke, siguiendo la línea de su hueso hasta la sien.

—Se divide en tres ramas —explicó ella, su voz volviéndose más suave—. La oftálmica, la maxilar y la mandibular. Si toco aquí... —sus dedos presionaron suavemente la mejilla de él—, estoy enviando una señal directamente a tu tronco encefálico. Tu cerebro procesa mi tacto antes de que puedas decidir si te gusta o no.

Luke cerró los ojos por un segundo, disfrutando del contacto. Jenni era pequeña, pero su presencia llenaba todo su campo de visión.

—Me gusta —admitió él, abriendo los ojos y atrapando la mano de ella contra su mejilla—. Y mi cerebro dice que deberías dejar de estudiar por un momento y mirar lo que tienes delante.

—Tengo delante a un estudiante que necesita un promedio de ocho para no ser expulsado del equipo —replicó ella, aunque no retiró la mano.

—Tienes delante a alguien que está harto de ver diagramas —dijo Luke. Se puso de pie, su altura de metro noventa obligando a Jenni a inclinar la cabeza hacia atrás de forma exagerada—. Acompáñame.

—¿A dónde? La biblioteca cierra en media hora.

—Al gimnasio. Está vacío a esta hora. Quiero enseñarte algo sobre la anatomía del movimiento que no viene en tus libros de texto.

Jenni dudó. Su parte lógica le decía que debía quedarse y repasar la miología del cuello, pero su instinto, ese que Luke tanto mencionaba, le pedía a gritos un poco de aire.

—Está bien —cedió ella, recogiendo sus cosas—. Pero si mañana no sabes identificar el nervio vago, te juro que te golpearé con el atlas.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr —dijo Luke con una sonrisa que hizo que el estómago de Jenni diera un vuelco.

Caminaron por el campus desierto, bajo la luz plateada de la luna. El aire fresco ayudó a despejar la tensión de la biblioteca, pero al entrar al gimnasio, la atmósfera volvió a cargarse. El olor a parqué encerado y a esfuerzo físico impregnaba el lugar. Luke encendió solo un par de focos, dejando la mayor parte de las gradas en sombras.

—¿Qué hacemos aquí, Luke? —preguntó Jenni, dejando su bolso en el primer escalón de las gradas.

Luke tomó un balón de básquet y comenzó a botarlo. El sonido rítmico llenaba el espacio vacío.

—Dices que entiendes cómo funcionan los músculos —dijo él, moviéndose con una agilidad que contrastaba con su apariencia descuidada—. Pero ver un dibujo del cuádriceps no es lo mismo que ver cómo se contrae bajo presión. Mira esto.

Luke corrió hacia la canasta y saltó. Fue un movimiento fluido, casi artístico. Jenni observó cómo sus músculos se tensaban, cómo su espalda se arqueaba y cómo sus brazos se extendían con una precisión matemática. Encestó sin esfuerzo.

—Impresionante —admitió ella, acercándose a la línea de tiros libres—. Pero sigo pensando que es pura física y palancas óseas.

—Ven aquí —dijo él, tendiéndole el balón—. Inténtalo.

—Mido uno cincuenta, Luke. La gravedad no es mi mejor amiga.

—Yo te ayudo con la gravedad.

Jenni tomó el balón, sintiendo su textura rugosa. Luke se colocó detrás de ella, envolviéndola con su cuerpo. Sus brazos largos rodearon los de ella, guiando sus manos sobre la pelota. Jenni podía sentir el calor que emanaba de su pecho, el ritmo constante de su corazón contra su espalda.

—Flexiona las rodillas —susurró él en su oído, su aliento acariciando su flequillo—. Siente el centro de gravedad en tus caderas. Ahora, cuando lances, usa la fuerza de tus piernas, no solo de tus brazos. Inervación motora, Ackerman. Envía la señal.

Jenni lanzó. El balón golpeó el aro y entró con un sonido satisfactorio. Ella soltó un grito de alegría espontáneo, girándose para mirar a Luke. Estaban tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos castaños.

—Lo hice —dijo ella, con la respiración entrecortada.

—Te dije que el cuerpo sabe qué hacer si dejas que el instinto tome el mando —respondió Luke. Sus manos seguían en la cintura de ella, sujetándola con firmeza—. ¿Sabes qué otra parte de la anatomía es fascinante?

—¿Cuál? —preguntó Jenni, sintiéndose extrañamente pequeña y protegida al mismo tiempo.

—Los receptores de dopamina —dijo él, acercando su rostro al de ella—. Esos que se activan cuando consigues lo que quieres.

Luke no esperó una respuesta académica. Se inclinó y la besó. Fue un beso lento, cargado de una intensidad que Jenni no había experimentado nunca con Jonathan. Con Jonathan todo era predecible, seguro, casi rutinario. Con Luke, era como una descarga eléctrica que recorría cada uno de sus nervios, desde la punta de los dedos hasta la base de la columna.

Jenni respondió al beso, enredando sus manos en el cabello castaño y desordenado de Luke. Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa del anotador que estaba a un lado de la cancha. La diferencia de altura desapareció, dejándolos al mismo nivel.

—Tu sistema simpático está fuera de control —murmuró Luke contra sus labios, su voz más ronca que nunca.

—Cállate y sigue con la práctica —respondió Jenni, atrayéndolo de nuevo hacia ella.

En ese momento, la puerta del gimnasio se abrió de golpe. La luz del pasillo inundó la cancha, y una figura alta y de cabello rojizo se detuvo en el umbral. Jonathan se quedó paralizado, mirando la escena con una mezcla de horror y furia.

—¿Jenni? —La voz de Jonathan sonó quebrada, despojada de toda su arrogancia habitual.

Jenni se separó de Luke lentamente, pero no se bajó de la mesa ni mostró un ápice de culpa. Se acomodó el cabello y miró a su exnovio con la misma mirada gélida que había usado en el baño del gimnasio días atrás.

—Jonathan. Llegas tarde. El entrenamiento terminó hace mucho —dijo ella con una calma que hizo que Luke soltara una risa contenida.

—¿Qué haces con él? —preguntó Jonathan, dando un paso hacia adelante—. ¿Con este tipo? Jenni, tú no eres así. Estás despechada, estás intentando herirme...

—No te creas tan importante, Jonathan —lo interrumpió ella, cruzando las piernas con elegancia—. No estoy intentando herirte. Simplemente estoy explorando mejores opciones de estudio. Luke tiene una comprensión de la anatomía... mucho más profunda que la tuya.

—¡Es un delincuente, Jenni! ¡No tiene futuro! —gritó Jonathan, señalando a Luke con un dedo tembloroso.

Luke dio un paso al frente, colocándose delante de Jenni como un escudo de carne y tatuajes. Su expresión ya no era burlona; era la de un hombre que estaba a punto de perder la paciencia.

—Vete, Jonathan —dijo Luke con una voz que helaba la sangre—. Ya escuchaste a la señorita Ackerman. No eres bienvenido aquí. Y si vuelves a levantarle la voz, voy a tener que explicarte personalmente cómo funciona la fractura del tabique nasal.

Jonathan miró a Luke, luego a Jenni, quien seguía observándolo con total indiferencia. Se dio cuenta de que había perdido. No solo había perdido a su novia, sino que había sido reemplazado por alguien a quien siempre había despreciado. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad del pasillo.

El silencio volvió a reinar en el gimnasio. Jenni soltó un suspiro largo, dejando que la tensión abandonara su cuerpo.

—Eso fue... intenso —dijo ella.

Luke se giró hacia ella, recuperando su sonrisa de chico malo.

—¿Estás bien, enana?

—Estoy perfecta —respondió Jenni, bajándose de la mesa—. Pero creo que ya tuvimos suficiente anatomía por hoy.

—¿Segura? —Luke la tomó de la mano, entrelazando sus dedos—. Todavía no hemos llegado a la parte del sistema cardiovascular. Mi corazón sigue latiendo a ciento veinte por minuto.

Jenni lo miró, ajustándose las gafas que se habían movido ligeramente.

—Eso es taquicardia, Luke. Podría ser peligroso.

—Entonces supongo que tendré que quedarme bajo supervisión médica —dijo él, guiñándole un ojo.

Caminaron juntos hacia la salida, dejando atrás las sombras del gimnasio. Jenni sabía que el camino no sería fácil; Jonathan no se rendiría tan rápido, y Luke seguía siendo un desastre con las notas y una reputación que limpiar. Pero mientras sentía la mano de Luke apretando la suya, se dio cuenta de que no le importaba.

A veces, para aprender de verdad, hay que tirar los libros por la ventana y dejar que el cuerpo experimente la lección. Y Jenni Ackerman, la chica más inteligente de la facultad, acababa de descubrir que la anatomía más importante no era la que se estudiaba entre huesos y tatuajes, sino la que se sentía cuando alguien finalmente lograba encender todos tus nervios a la vez.

—Mañana a las ocho en la biblioteca —dijo ella cuando llegaron a su coche—. Y no llegues tarde.

—Sí, jefa —respondió Luke, dándole un beso rápido en la frente—. Pero solo si prometes que habrá más "demostraciones prácticas".

Jenni subió a su coche y arrancó, viendo a Luke alejarse en su motocicleta por el espejo retrovisor. La vida era caótica, impredecible y llena de variables biológicas, pero por primera vez en mucho tiempo, Jenni sentía que tenía el control total de su propio organismo. Y el diagnóstico era claro: estaba exactamente donde quería estar.