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Celos Infinitos

El sabor agridulce de la provocación

El laboratorio de Shoko Ieiri siempre olía a una mezcla estéril de formaldehído, café recalentado y el rastro persistente de tabaco que se negaba a abandonar las paredes. Era su santuario, un lugar donde la muerte era diseccionada con precisión quirúrgica y donde nadie, absolutamente nadie, se atrevía a entrar sin permiso. Excepto él.

Satoru Gojo no conocía el concepto de "espacio personal" ni el de "protocolo". Para él, las puertas eran sugerencias y las reglas eran obstáculos que otros debían saltar. Pero esa tarde, Satoru no entró con su habitual arrogancia radiante. Se quedó en el umbral, con los brazos cruzados sobre su pecho y la mandíbula tan tensa que Shoko juraría haber escuchado el rechinar de sus dientes desde el otro lado de la habitación.

Shoko no levantó la vista de su microscopio. Sabía perfectamente por qué estaba allí.

— Si vienes a quejarte de que Ijichi te compró el café con leche de soja en lugar de leche entera, ahórratelo —dijo ella, ajustando el enfoque de la lente—. Estoy ocupada.

— No es sobre el café, Shoko —la voz de Satoru era un barítono bajo, cargado de una irritación que vibraba en el aire—. Es sobre tu comportamiento.

Shoko finalmente se apartó del ocular y giró su silla giratoria. Se cruzó de piernas, dejando que su bata blanca se abriera ligeramente, y lo miró con esa apatía característica que solía desarmar a cualquiera. Bajo su ojo derecho, el lunar parecía acentuarse con su expresión de aburrimiento.

— ¿Mi comportamiento? ¿Ahora eres mi tutor legal, Satoru? —preguntó ella, buscando un cigarrillo en el bolsillo de su camisa.

— Te vi en el estacionamiento —continuó él, ignorando su sarcasmo. Dio un paso hacia el interior de la sala, su figura de 190 centímetros proyectando una sombra imponente—. Estabas hablando con él. Otra vez. Y no era sobre informes de misiones. Estaban... riendo.

Shoko encendió el cigarrillo, soltando una bocanada de humo gris que se disipó contra el techo.

— Ijichi es un hombre fascinante cuando no está temblando como una hoja —repuso ella con una calma exasperante—. Tiene anécdotas muy divertidas sobre cómo tiene que lidiar con los berrinches del "hechicero más fuerte". Me pareció justo darle un poco de consuelo.

— ¡No necesita consuelo! —exclamó Satoru, y por un momento, la barrera del Infinito pareció fluctuar con su agitación—. Necesita hacer su trabajo. Y tú necesitas dejar de alentarlo. Estás... estás siendo demasiado amable con ese espécimen.

Shoko contuvo una sonrisa. Ver a Gojo Satoru, el hombre que podía distorsionar el espacio y el tiempo, reduciéndose a un manojo de nervios y celos por un asistente administrativo era el punto culminante de su semana. Era adorable, en una forma retorcida y destructiva. Era como ver a un león herido en su orgullo porque una gacela se atrevió a mirar a otra parte.

— ¿Y qué si lo soy? —desafió ella, inclinándose hacia adelante—. Ijichi es atento. Me trae dulces sin que se los pida, me escucha cuando hablo de mis casos y, lo más importante, no intenta ser el centro del universo cada cinco segundos. Es refrescante.

Satoru se quitó la venda con un movimiento brusco, revelando esos ojos azul claro que parecían contener galaxias enteras. En ese momento, no eran los ojos de un dios, sino los de un hombre profundamente irritado y, aunque nunca lo admitiría, herido.

— Yo puedo ser refrescante —dijo él, su voz bajando a un susurro peligroso—. Yo puedo traerte todos los dulces de la ciudad. Puedo escucharte hablar de cadáveres hasta que salga el sol. No necesitas a ese tipo de baja estatura y gafas tristes para eso.

— Pero él lo hace de forma natural, Satoru —golpeó ella, sabiendo exactamente dónde dolía—. Tú lo haces como si fuera una competencia. Como si tuvieras que ganar una medalla por ser el "mejor compañero". Con él es... sencillo.

Satoru golpeó la mesa metálica con la palma de la mano. El sonido resonó en la morgue como un disparo.

— ¡Porque él no tiene nada más! —estalló—. Es un hombre común, Shoko. No tiene poder, no tiene presencia, no tiene nada que ofrecerte que yo no pueda triplicar. Me revuelve el estómago verlo cerca de ti, tocándote el brazo como si tuviera derecho a hacerlo. Si vuelve a hacerlo, juro que le lanzaré un Púrpura que lo enviará directamente a tu mesa de autopsias.

Shoko dejó escapar una carcajada seca, llena de humo.

— Estás loco. Estás absolutamente loco de celos, Satoru.

— ¡No son celos! —gritó él, aunque sus mejillas mostraban un ligero tinte rosado que contradecía sus palabras—. Es protección de activos. Eres mi compañera. Eres parte de mi mundo. No quiero que ese... ese administrativo mediocre manche tu tiempo.

Shoko se puso de pie lentamente. A pesar de la diferencia de altura, no se sintió intimidada. Se acercó a él hasta que solo unos centímetros de aire (y el Infinito invisible) los separaron. Podía ver el reflejo de las luces fluorescentes en sus pupilas dilatadas.

— ¿Protección de activos? —repitió ella, arrastrando las palabras—. Qué posesivo te has vuelto. ¿Desde cuándo soy de tu propiedad?

Satoru guardó silencio, su respiración volviéndose errática. La cercanía de Shoko siempre tenía ese efecto en él; era la única persona que podía entrar en su espacio personal sin activar sus alarmas defensivas. Ella era su ancla, el último hilo que lo unía a su humanidad compartida, a los días en que eran tres y el mundo parecía más simple.

— Sabes a lo que me refiero —murmuró él, su agresividad transformándose en una súplica silenciosa—. No me gusta cómo te mira. No me gusta cómo le sonríes. Me hace sentir que... que hay algo que él puede darte y yo no.

Shoko sintió una punzada de ternura en medio de su diversión. Satoru Gojo era un hombre que lo tenía todo, pero en el fondo, seguía siendo ese chico que temía quedarse solo en la cima de la montaña. Su arrogancia era su armadura, pero sus celos eran la grieta por la que se filtraba la verdad.

— Eres un idiota, Satoru —dijo ella, extendiendo una mano para tocar su mejilla. El Infinito se desvaneció bajo su tacto, permitiendo que sus dedos fríos rozaran la piel cálida del hechicero—. Eres el hombre más fuerte del mundo, pero tienes el ego de un niño de cinco años.

Satoru cerró los ojos ante el contacto, inclinando la cabeza hacia su mano.

— Es porque eres tú, Shoko —confesó, su voz apenas un hilo—. Si fuera cualquier otra persona, no me importaría. Pero verte con él... es como si me estuvieras diciendo que mi poder no significa nada. Que prefieres la normalidad de un hombre gris a todo lo que yo soy.

Shoko suspiró, dejando caer la mano. Volvió a su microscopio, dándole la espalda para ocultar la pequeña sonrisa que no podía reprimir.

— No prefiero a Ijichi, Satoru. Pero me gusta verte así. Me gusta saber que, a pesar de ser un semidiós, todavía puedes sentirte amenazado por un hombre que tiene miedo de su propia sombra. Me recuerda que sigues aquí, conmigo.

Satoru se ajustó la venda, recuperando su compostura con la rapidez de quien ha pasado años perfeccionando su máscara.

— Pues deja de divertirte a mi costa —dijo, aunque su tono ya no tenía veneno—. Es agotador tener que vigilar a Ijichi cada vez que sales a fumar.

— Entonces deja de vigilarme y haz algo útil —replicó ella sin mirarlo—. Ve a comprarme esos bollos de crema de los que tanto presumes. Y que sean de la tienda de la que me habló Ijichi.

Satoru soltó un gruñido de frustración genuina.

— ¡No voy a comprar nada que ese hombre haya recomendado! —exclamó mientras se dirigía a la puerta—. Buscaré una pastelería mejor. Una que requiera cruzar medio país si es necesario. ¡Te traeré los mejores bollos que hayas probado en tu vida, Shoko Ieiri!

— ¡Y no te olvides del café! —gritó ella cuando él ya estaba en el pasillo.

— ¡Lo traeré yo mismo! ¡Y tendrá la temperatura perfecta! —la voz de Satoru se desvaneció mientras se alejaba a toda velocidad, probablemente para aterrorizar a algún pobre pastelero con sus exigencias.

Shoko se quedó sola en el silencio de la morgue. Apagó su cigarrillo en un cenicero improvisado y volvió a su trabajo, pero su mente seguía en la conversación anterior. Era divertido, sí. Ver a Satoru irritado y posesivo era una de las pocas distracciones que hacían su vida soportable. Pero más allá de la broma, sabía que esa irritación nacía de un lugar de lealtad absoluta.

Unos minutos después, la puerta se abrió tímidamente. Era Ijichi, cargando una pila de documentos y luciendo más pálido de lo habitual.

— D-doctora Ieiri... —balbuceó el asistente—. Acabo de cruzarme con Gojo-san en el pasillo. Me miró de una forma... bueno, sentí que mis órganos internos se congelaban. ¿Dije algo malo antes?

Shoko levantó la vista y le dedicó a Ijichi una sonrisa suave, casi maternal.

— No te preocupes, Kiyotaka. Solo está teniendo uno de sus días.

— Parecía que quería borrarme de la existencia —dijo Ijichi, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Me preguntó si sabía la diferencia entre un asistente y un "obstáculo arquitectónico". No supe qué responder.

Shoko soltó una risita.

— Ignóralo. Es solo que está celoso de que seas capaz de mantener una conversación normal conmigo sin intentar presumir de tu energía maldita.

Ijichi parpadeó, completamente confundido.

— ¿Celoso? ¿De mí? Doctora, con todo respeto, eso es imposible. Él es Gojo Satoru. Yo soy... bueno, yo soy el que conduce el coche.

— Precisamente por eso, Kiyotaka —dijo ella, volviendo a su microscopio—. A veces, el hombre que lo tiene todo envidia al hombre que no tiene nada que demostrar.

Ijichi se quedó allí unos segundos, procesando la información, antes de dejar los documentos sobre la mesa y retirarse con una reverencia apresurada. No entendía la dinámica entre esos dos, y francamente, prefería no entenderla si eso significaba sobrevivir un día más.

Poco después, Satoru regresó. No llamó a la puerta; simplemente apareció en medio de la sala mediante su técnica de desplazamiento, sosteniendo una caja de madera elegantemente decorada y dos vasos de café humeante.

— Aquí tienes —dijo, dejando la caja sobre la mesa con un aire de triunfo—. Hechos a mano por un chef que ganó tres premios internacionales. Tuve que convencerlo de abrir la tienda solo para mí.

Shoko abrió la caja. El aroma a vainilla y mantequilla inundó la habitación. Eran, sin duda, los bollos más perfectos que había visto jamás. Tomó uno y le dio un mordisco, cerrando los ojos mientras el sabor dulce explotaba en su paladar.

— Están aceptables —dijo ella, aunque su expresión delataba que eran deliciosos.

Satoru se sentó en el borde de su mesa, observándola comer. La irritación había desaparecido, reemplazada por una satisfacción silenciosa.

— ¿Mejor que los de Ijichi? —preguntó, su voz cargada de una expectación casi infantil.

Shoko lo miró, viendo al hombre detrás de la leyenda. Vio al compañero que se preocupaba demasiado, al amigo que no sabía cómo expresar afecto sin ser posesivo, y al hechicero que, a pesar de su poder infinito, solo buscaba su aprobación.

— Mucho mejores, Satoru —admitió ella finalmente.

Gojo sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro de una forma que ninguna técnica de luz podría igualar. Se inclinó hacia ella, robándole un trozo de su bollo antes de que pudiera protestar.

— Lo sé —dijo él, masticando con alegría—. Soy el más fuerte, después de todo. En todo lo que hago.

Shoko negó con la cabeza, soltando un suspiro que era mitad cansancio y mitad afecto. Sabía que mañana él volvería a ser un dolor de cabeza, que volvería a amenazar a Ijichi y que volvería a reclamar su atención de las formas más absurdas posibles. Pero mientras estuviera allí, trayéndole dulces y desafiando al mundo por una de sus sonrisas, ella estaría bien.

— Eres un caso perdido, Satoru Gojo —murmuró ella, dándole un sorbo a su café.

— Pero soy tu caso perdido —replicó él, guiñándole un ojo por debajo de la venda—. Y no dejaré que nadie más intente resolverlo.

En la penumbra de la morgue, entre el olor a muerte y el sabor a azúcar glass, los dos compartieron un momento de paz que el resto del mundo nunca entendería. Un momento donde el poder no importaba, donde los celos eran solo una forma torpe de decir "te necesito", y donde el hombre más fuerte del mundo se sentía, por fin, en casa.