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Celos Infinitos

Ecos de un espejo roto: La guerra de las pequeñas cosas

La enfermería de la Academia de Hechicería de Tokio solía ser un refugio de calma blanca y olor a alcohol isopropílico, pero esa tarde estaba impregnada del aroma a fresas de un champú barato y de las quejas vibrantes de Nobara Kugisaki. Shoko Ieiri, con la paciencia que solo otorgan años de tratar con adolescentes con delirios de grandeza, limpiaba una herida superficial en el hombro de la chica.

— ¡Es que es un idiota, Shoko-san! —exclamó Nobara, gesticulando con el brazo sano—. Estábamos practicando el control del flujo de energía y, en cuanto Fushiguro se acercó para corregir mi postura, ¡PUM! Itadori aparece de la nada y lo empuja con la excusa de que "había una hormiga gigante en su espalda". ¡Una hormiga! ¡En pleno invierno!

Shoko emitió un sonido que pretendía ser de simpatía, aunque en realidad estaba luchando por contener una carcajada. Aplicó un poco de ungüento con movimientos expertos, observando el ceño fruncido de la joven hechicera.

— ¿Y tú qué crees que fue, Nobara? —preguntó Shoko, dejando los instrumentos sobre la bandeja metálica.

— ¡Celos! ¡Celos infantiles y absurdos! —Nobara se cruzó de brazos, indignada—. Itadori actúa como si fuera mi guardaespaldas personal o algo así. No puede ver a Megumi a menos de un metro de mí sin que le dé un ataque de "ayuda innecesaria". Es agotador.

Shoko se retiró los guantes de látex con un chasquido seco. La ironía de la situación le golpeó con la fuerza de un camión. La nueva generación parecía estar heredando no solo las técnicas malditas, sino también las disfunciones emocionales de sus mentores.

— Sabes —dijo Shoko, apoyándose contra la mesa y encendiendo un cigarrillo, ignorando las normas de seguridad de su propia enfermería—, eso me recuerda mucho a alguien que conozco. Un hombre muy alto, muy albino y con una incapacidad patológica para compartir la atención de los demás.

Nobara arqueó una ceja, captando la indirecta de inmediato.

— ¿Gojo-sensei? No me diga que él también...

— Oh, Nobara, no tienes idea —Shoko soltó una nube de humo, sus ojos ojerosos brillando con una diversión melancólica—. Satoru es capaz de lanzar un ataque de grado especial si siente que alguien le está "robando" su lugar en el mundo de alguien más. Ver a Itadori actuar así es como ver una versión en miniatura de los berrinches de Satoru.

— Pues espero no terminar como usted, aguantando a un ególatra celoso el resto de mi vida —bufó Nobara, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo suave.

— Créeme —suspiró Shoko—, es una guerra de desgaste. Pero a veces, la única forma de ganar es devolviendo el golpe.

***

Mientras tanto, a cientos de kilómetros de distancia, en las gélidas y tradicionales tierras de Kioto, el "ególatra celoso" en cuestión estaba teniendo un día particularmente irritante. Satoru Gojo caminaba por los jardines del templo principal con una zancada que obligaba a Utahime Iori a correr prácticamente para mantener el ritmo.

— ¡Satoru! ¡Detente un momento! —gritó Utahime, ajustándose su traje de miko—. El director Gakuganji nos espera para la reunión informativa. No puedes simplemente aparecer, pasear por los jardines y pretender que no tienes responsabilidades.

— ¡Ay, Utahime! Siempre tan tensa —Satoru se detuvo en seco, haciendo que ella casi chocara contra su espalda protegida por el Infinito—. El viejo puede esperar. Además, el aire de Kioto es tan... conservador. Me pica la piel.

Utahime lo miró con desprecio, pero notó algo diferente en él. Satoru no estaba simplemente siendo molesto; estaba distraído. Su teléfono vibraba constantemente en su bolsillo y él lo revisaba con una frecuencia inusual, frunciendo el ceño cada vez que veía la pantalla.

— ¿Qué te pasa ahora? —preguntó Utahime, cruzándose de brazos—. Pareces un adolescente esperando un mensaje de su novia. ¿Es Shoko?

Satoru guardó el teléfono con un movimiento brusco.

— Shoko está... ocupada. Aparentemente, Ijichi encontró una nueva cafetería "temática" y ella decidió que era una excelente idea enviarme fotos de su postre. Con la mano de Ijichi sosteniendo la cuchara en el fondo de la imagen.

Utahime parpadeó, incrédula, antes de estallar en una carcajada que resonó por todo el patio zen.

— ¡No puede ser! ¡Shoko te está tomando el pelo! —Utahime se dobló de risa, señalándolo—. ¡El gran Gojo Satoru está siendo torturado psicológicamente por un asistente y una médico forense! Esto es lo mejor que me ha pasado en todo el año.

— No tiene gracia, Utahime —gruñó Satoru, ajustándose la venda—. Es una falta de respeto profesional. Yo soy el que debería estar llevándole postres. Ese tipo ni siquiera sabe distinguir un buen matcha de uno de máquina expendedora.

Utahime dejó de reír, pero una chispa de malicia se encendió en sus ojos. Conocía a Shoko desde hacía años y sabía que la mujer estaba disfrutando de cada segundo de la desesperación de Satoru. Pero también conocía a Satoru, y sabía que la mejor forma de que él dejara de molestarla a ella era dándole un nuevo objetivo.

— Sabes, Satoru... —dijo Utahime, suavizando su tono y acercándose un poco más de lo habitual—, Shoko cree que te tiene comiendo de su mano. Cree que puede provocarte con Ijichi y que tú simplemente te quedarás aquí, haciendo pucheros en Kioto.

Gojo ladeó la cabeza, interesado.

— ¿A dónde quieres llegar, Utahime?

— A que deberías darle una cucharada de su propia medicina —Utahime sonrió, una sonrisa que prometía caos—. Ella te envía fotos con Ijichi. ¿Por qué no le envías tú algo que le demuestre que tú también puedes "divertirte" en Kioto?

Satoru procesó la idea. Sus Seis Ojos analizaron las posibilidades a una velocidad vertiginosa. Un plan empezó a formarse en su mente: una contraofensiva estética y emocional.

— Utahime... —Satoru sonrió, una expresión brillante y peligrosa—. A veces olvido que tú también puedes ser muy retorcida.

— Solo cuando se trata de darte una lección, idiota —respondió ella—. Ahora, quédate quieto.

Utahime se acercó y, con una delicadeza fingida, desordenó un poco el cabello blanco de Satoru. Luego, se colocó a su lado, lo suficientemente cerca como para que pareciera una foto íntima, y rodeó su brazo con el suyo.

— Sonríe, "el más fuerte" —instó ella—. Vamos a darle a Shoko algo en qué pensar mientras disecciona sus cadáveres.

Satoru sacó su teléfono, extendió su brazo largo para tomar la selfie y puso su mejor sonrisa de modelo de revista, esa que sabía que irritaba y atraía a partes iguales. En la foto, Utahime parecía estar riéndose de algo que él le decía, con el fondo idílico de los cerezos de Kioto enmarcando la escena.

— Enviado —anunció Satoru con un tono triunfal.

***

De vuelta en Tokio, el teléfono de Shoko vibró sobre la mesa de autopsias. Ella terminó de vendar el brazo de Nobara y, con un gesto perezoso, tomó el dispositivo.

Al ver la imagen, sus cejas se elevaron casi hasta el nacimiento de su cabello.

— Vaya, vaya —murmuró Shoko, apagando el cigarrillo en el cenicero—. Parece que el niño ha decidido jugar a la guerra.

Nobara, curiosa por naturaleza, se asomó por encima del hombro de la doctora.

— ¿Ese es Gojo-sensei con la profesora Utahime? —Nobara silbó—. Se ven... muy cercanos. ¿No se supone que ella lo odia?

— Oh, lo odia —confirmó Shoko, guardando el teléfono en el bolsillo de su bata—. Pero odia más quedarse atrás en un juego de ingenio. Satoru cree que esto me va a poner celosa. Cree que voy a llamarlo histérica preguntándole qué hace con ella.

— ¿Y no lo va a hacer? —preguntó Nobara, extrañada por la calma de la mujer.

— No —Shoko sonrió, y fue una sonrisa que hizo que Nobara diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia—. Voy a hacer algo mucho mejor. Nobara, ¿todavía tienes ese contacto de la revista de moda que quería hacerme una entrevista sobre "mujeres en la ciencia de la hechicería"?

— ¡Sí! Me han estado acosando para que la convenza. ¿Por qué?

— Diles que acepto. Pero con una condición: quiero que el fotógrafo sea ese chico guapo que trajeron la última vez. El que no dejaba de decir que mis ojeras eran "poéticas".

Nobara abrió los ojos como platos, comprendiendo de inmediato la jugada.

— ¡Shoko-san, es usted malvada! ¡Me encanta!

***

Dos horas después, Satoru Gojo estaba sentado en la reunión con los altos mandos de Kioto, ignorando por completo el discurso monótono de Gakuganji sobre la seguridad de las reliquias. Su atención estaba centrada exclusivamente en su teléfono.

— ¿Por qué no responde? —susurró para sí mismo—. Ya pasaron dos horas. Debería haber enviado al menos un insulto o un emoji de duda.

Utahime, sentada a su lado, le dio un codazo en las costillas.

— Cállate, Satoru. Van a notar que no estás prestando atención.

— No me importa el viejo de las cuerdas —replicó él—. Me importa que Shoko está aplicando la técnica del silencio absoluto. Es una táctica de bajo nivel, Utahime. Esperaba más de ella.

En ese momento, el teléfono de Satoru vibró. No era un mensaje de texto. Era una notificación de una red social. Shoko Ieiri acababa de publicar una foto.

Satoru abrió la imagen y sintió que el mundo a su alrededor se detenía. No era una foto borrosa en una cafetería. Era una fotografía profesional, de alta calidad. Shoko aparecía sentada en su escritorio de la morgue, pero no lucía cansada. Tenía una luz suave iluminando su rostro, su cabello marrón caía con una elegancia descuidada sobre sus hombros y estaba mirando a la cámara con una media sonrisa que Satoru conocía bien: la sonrisa que ella solo usaba cuando sabía que tenía el control total de la situación.

Pero lo que hizo que la energía maldita de Satoru fluctuara peligrosamente fue el pie de foto: *"Sesión terminada. Gracias a Yuki por ver la belleza donde otros solo ven cansancio. A veces, un cambio de perspectiva es justo lo que se necesita."*

Y etiquetado, en el centro de la imagen, estaba un fotógrafo joven, de cabello rubio y sonrisa perfecta, que comentaba: *"Fue un honor, doctora. Sus ojos son el misterio más fascinante que he capturado jamás."*

Satoru apretó el teléfono con tanta fuerza que la pantalla empezó a resquebrajarse.

— ¿Quién... quién es Yuki? —preguntó Satoru, su voz saliendo en un susurro que heló la sangre de los presentes en la sala.

Gakuganji dejó de hablar y miró a Gojo por encima de sus gafas.

— ¿Pasa algo, Gojo Satoru?

— Pasa que voy a tener que retirarme —dijo Satoru, poniéndose de pie con una calma aterradora—. Ha surgido una emergencia de Grado Especial en Tokio. Una... una distorsión en el tejido de la realidad que requiere mi atención inmediata.

— ¡Satoru, siéntate! —le siseó Utahime—. ¡Apenas estamos empezando!

— Lo siento, Utahime —dijo él, ajustándose la venda con una mano temblorosa de pura irritación—. Pero parece que hay gente en Tokio que necesita recordar quién es el hombre más fuerte... y el más presente.

Sin esperar respuesta, Satoru utilizó su técnica de desplazamiento. En un parpadeo, desapareció de la sala de reuniones de Kioto, dejando tras de sí una ráfaga de viento y a una Utahime completamente exasperada.

***

En la Academia de Tokio, Shoko estaba terminando su café cuando la puerta de la morgue se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que hizo vibrar los frascos de muestras.

Satoru Gojo estaba allí, todavía con el uniforme de viaje, el cabello ligeramente desordenado y una expresión que Shoko solo podía describir como "caos contenido".

— ¿Dónde está? —preguntó él, caminando hacia ella con pasos pesados.

— ¿Quién, Satoru? —preguntó Shoko con inocencia, sin levantar la vista de sus papeles—. ¿El director? Creo que está en el dojo.

— ¡No! ¡El tal Yuki! ¡El de la "belleza poética"! —Satoru se inclinó sobre el escritorio de ella, apoyando las manos en la madera—. He cruzado medio país en tres segundos, Shoko. No me vengas con juegos.

Shoko levantó la vista y lo miró fijamente. Verlo así, con la máscara de perfección rota por los celos más puros y mundanos, era su victoria definitiva.

— Se fue hace una hora, Satoru. Era solo un fotógrafo profesional. Muy amable, por cierto. Me dijo que mis ojos le recordaban a un mar profundo en calma.

— ¡Tus ojos son míos! —exclamó Satoru, y luego se detuvo, dándose cuenta de lo que acababa de decir. Se enderezó, aclarándose la garganta y tratando de recuperar la compostura—. Lo que quiero decir es... que como tu compañero de años, soy el único calificado para hacer juicios estéticos sobre tu fisonomía. Los civiles no entienden la complejidad de un hechicero.

Shoko soltó una risa suave y melodiosa, una que esta vez no tenía nada de actuación.

— Eres un caso perdido, Satoru. Te envías una foto con Utahime para intentar molestarme y terminas rompiendo la barrera del sonido porque un fotógrafo me hizo un cumplido.

Gojo suspiró, dejándose caer en la silla frente a ella. Por primera vez en todo el día, sus hombros se relajaron.

— Me ganaste —admitió él, quitándose la venda y frotándose los ojos—. Me ganaste por goleada. La foto con Utahime fue idea suya, pero yo acepté porque... porque odio que Ijichi te haga reír de esa forma tan fácil.

— Ijichi es fácil porque es normal, Satoru. Ya te lo dije —Shoko se puso de pie y caminó hacia él. Se detuvo a su lado y, con una suavidad que rara vez mostraba, le revolvió el cabello blanco—. Pero la "normalidad" es aburrida después de un rato.

Satoru levantó la vista, sus ojos azules brillando con una chispa de esperanza.

— ¿Eso significa que soy mejor que el fotógrafo rubio?

— Significa que eres el único idiota capaz de viajar desde Kioto solo porque no soportas que alguien más me mire —Shoko le entregó un vaso de café frío que tenía en la mesa—. Tómate esto. Pareces a punto de tener un colapso.

Satoru tomó el café, bebiéndolo como si fuera el elixir de la vida. Se quedaron en silencio por un momento, un silencio cómodo que solo existe entre personas que se conocen desde que el mundo era diferente.

— Por cierto —dijo Satoru, recuperando su tono juguetón—, Nobara y Itadori están teniendo el mismo problema. Itadori casi mata a Fushiguro hoy por acercarse demasiado a ella.

Shoko se rió, apoyando la cabeza en su mano.

— Lo sé. Nobara estuvo aquí quejándose. Parece que tus malos hábitos se están contagiando, Satoru. Vas a crear una generación de hechiceros posesivos.

— No son malos hábitos —corrigió él, poniéndose de pie y estirándose—. Es instinto de preservación. Cuando encuentras algo valioso en este mundo de mierda, no dejas que nadie más le ponga las manos encima. Ni siquiera para una foto.

Shoko lo miró mientras él se dirigía a la puerta, ya planeando seguramente cómo molestar a Itadori por sus "tácticas de novato".

— Satoru —lo llamó ella.

Él se detuvo en el umbral, mirándola por encima del hombro.

— La próxima vez que quieras ponerme celosa, intenta algo mejor que Utahime. Ella me envió un mensaje hace diez minutos disculpándose por tu estupidez.

Gojo soltó una carcajada vibrante y llena de vida.

— ¡Esa mujer no sabe guardar un secreto! —exclamó antes de salir al pasillo, tarareando una canción.

Shoko se quedó sola en la enfermería. Miró la foto en su teléfono una vez más, la foto de Satoru e Utahime, y luego la suya propia. Guardó el dispositivo y volvió a sus informes, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el café.

La guerra de los celos podía continuar. Podían seguir enviándose fotos, provocándose con asistentes o fotógrafos, y rompiendo récords de velocidad por puro orgullo. Pero al final del día, ambos sabían la verdad. En un mundo lleno de maldiciones y sombras, ellos eran el único punto de luz constante del otro.

Y mientras Satoru Gojo fuera el hombre más celoso del mundo, Shoko Ieiri sabía que nunca tendría que caminar sola por la oscuridad de la morgue. Porque él siempre estaría allí, rompiendo puertas y distorsionando el espacio, solo para asegurarse de que nadie más ocupara su lugar en el desordenado y fascinante universo de ella.