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Celos Infinitos

El colapso del Infinito y el reclamo del Rey

El aire en la Academia de Hechicería de Tokio siempre había sido pesado, cargado de residuos de energía maldita y el eco de arrepentimientos antiguos, pero para Satoru Gojo, esa tarde el oxígeno parecía haberse convertido en plomo. Caminaba por los pasillos con una elegancia mecánica, sus pasos resonando contra el suelo de madera con una cadencia que presagiaba una tormenta. Sus Seis Ojos, incluso tras la venda, le enviaban tal cantidad de información que su cerebro procesaba cada partícula de polvo, cada fluctuación en el ambiente.

Y entonces, lo percibió. Al final del corredor que conectaba con el área médica, dos firmas de energía conocidas estaban demasiado cerca la una de la otra.

Satoru se detuvo. El mundo a su alrededor pareció congelarse. A través de la pared, sus ojos captaron la silueta de Shoko Ieiri, apoyada contra el marco de la puerta de su oficina, y frente a ella, Kiyotaka Ijichi. Pero no estaban intercambiando informes. No estaban discutiendo sobre el presupuesto de los "Velo" ni sobre los daños colaterales de la última misión de Itadori.

Ijichi, el hombre que solía temblar ante la sola mención del nombre de Gojo, tenía sus brazos rodeando los hombros de Shoko en un abrazo que, a ojos de Satoru, era una declaración de guerra. Shoko no se apartaba; al contrario, su cabeza descansaba por un segundo en el hombro del asistente, y una risa suave, casi inaudible, escapaba de sus labios.

Algo se rompió dentro de Satoru Gojo. No fue una rotura limpia, como el cristal al caer, sino algo violento y sordo, como el crujido de una placa tectónica desplazándose. El "hombre más fuerte del mundo" sintió cómo su autocontrol, ese que cultivaba con bromas ácidas y una máscara de indiferencia divina, se desintegraba en una fracción de segundo.

— Se acabó —susurró para sí mismo, y el aire a su alrededor vibró con una frecuencia que hizo que las luces del pasillo parpadearan.

No hubo advertencia. No hubo un "¡Yo-ho!" juguetón ni una entrada teatral. Satoru apareció en el umbral como una sombra proyectada por un sol negro. La presión de su presencia fue tan súbita que Ijichi soltó a Shoko de inmediato, cayendo de espaldas contra la pared, con el rostro pálido como el de un cadáver y las gafas a punto de resbalar de su nariz.

— ¡G-Gojo-san! Yo... nosotros solo... —balbuceó Ijichi, sintiendo que sus pulmones se negaban a expandirse.

Satoru ni siquiera lo miró. Sus ojos, ocultos tras la tela negra, estaban fijos en Shoko. Ella se irguió lentamente, exhalando un suspiro de humo, con esa mirada cansada que siempre parecía decirle que ya era demasiado vieja para sus berrinches.

— Satoru, estás asustando al personal de nuevo —dijo ella con voz monótona, aunque había un brillo de cautela en sus pupilas.

Sin decir una sola palabra, Gojo avanzó. Su mano, grande y firme, se cerró alrededor del antebrazo de Shoko. No fue un agarre doloroso, pero era inamovible, una fuerza de la naturaleza reclamando lo que consideraba suyo por derecho de existencia.

— ¡Gojo-san, espere! —intentó intervenir Ijichi, dando un paso valiente pero patético hacia adelante.

Satoru giró la cabeza apenas unos milímetros. La intención de matar que irradió fue tan pura que el asistente se quedó petrificado, incapaz de mover un solo músculo.

— Vete, Ijichi —dijo Gojo. Su voz no era alta, pero tenía el peso de una sentencia—. Ahora mismo. Antes de que olvide que eres necesario para conducir el coche.

Ijichi no necesitó una tercera advertencia. Desapareció por el pasillo con la velocidad de alguien que acaba de ver a la muerte a la cara.

Satoru tiró del brazo de Shoko, obligándola a caminar con él hacia el patio interior. Ella no opuso resistencia física, conocía a Satoru lo suficiente como para saber que, en este estado, cualquier intento de razonar sería como soplar contra un huracán. Cruzaron el umbral hacia el jardín zen, donde el frío del atardecer empezaba a calar en los huesos.

— ¿Se puede saber qué demonios te pasa? —preguntó Shoko cuando finalmente él la soltó en medio del patio, bajo la sombra de un cerezo desnudo—. Has perdido el juicio por completo.

Satoru se giró. Se quitó la venda con un movimiento violento, dejando que sus ojos azules brillaran con una intensidad eléctrica bajo la luz mortecina del crepúsculo. Se veía magnífico y aterrador al mismo tiempo, un dios griego en medio de un ataque de furia mortal.

— ¿Que qué me pasa? —repitió él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una agresividad que hizo que el Infinito entre ellos vibrara—. Te vi, Shoko. Te vi abrazándolo. Te vi riendo con él como si fuera la persona más importante de tu vida.

— Era un abrazo de consuelo, idiota —replicó ella, cruzándose de brazos y sosteniendo su mirada—. Ijichi ha tenido una semana horrible por tu culpa. Estaba siendo amable. Algo que tú pareces haber olvidado cómo se hace.

— ¡No me hables de amabilidad! —rugió Satoru—. No cuando se trata de ti. No soporto verlo tocarte. No soporto que busques en él lo que yo te ofrezco cada maldito día. Soy el más fuerte, Shoko. Puedo darte el mundo entero si lo pides, puedo protegerte de todo lo que existe...

— ¡Pero no puedes dejar de ser un niño caprichoso! —lo interrumpió ella, su voz elevándose por primera vez—. No eres mi dueño, Satoru. No soy un objeto que guardas en tu inventario de hechicero para cuando te apetezca sentirte humano.

Satoru se detuvo a escasos centímetros de ella. Su respiración era agitada, el vapor saliendo de su boca en pequeñas nubes blancas. La rabia, los celos acumulados durante semanas de verla compartir cigarrillos y confidencias con otros, y ese sentimiento de soledad que solo ella lograba apaciguar, estallaron en una mezcla volátil.

— Tienes razón —dijo él, su voz volviéndose peligrosamente baja—. No eres un objeto. Eres Shoko. Y por eso mismo, no voy a permitir que nadie más te mire de la forma en que yo lo hago.

Antes de que ella pudiera responder, Satoru acortó la distancia final. Sus manos se cerraron en el rostro de Shoko, sus dedos enredándose en su cabello castaño con una urgencia que rozaba la desesperación. Se inclinó y la besó.

No fue un beso suave ni una exploración tímida. Fue un reclamo. Fue un choque de fuerzas donde Satoru volcó toda la frustración, la posesividad y el amor retorcido que sentía por ella. Sus labios eran exigentes, moviéndose contra los de ella con un hambre que parecía querer consumirla. Era un beso apasionado, sí, pero también cargado de una autoridad absoluta, como si estuviera marcando un territorio que nunca debió ser cuestionado.

Shoko, tomada por sorpresa, soltó un pequeño gemido de asombro que fue ahogado por la boca de él. Por un segundo, sus manos quedaron suspendidas en el aire, pero luego, el calor abrasador de Satoru, ese fuego que siempre ardía bajo su piel de hielo, la envolvió. Sus dedos se cerraron en la tela negra de su abrigo, tirando de él hacia abajo, respondiendo al beso con una intensidad que nació del cansancio de años de tensión no resuelta.

El mundo alrededor de ellos desapareció. No había hechiceros, no había maldiciones, no había un destino cruel esperando en las sombras. Solo existía el sabor a tabaco de ella y el gélido aroma a ozono de él, mezclándose en una lucha de lenguas y respiraciones entrecortadas.

Satoru la apretó más contra su cuerpo, eliminando cualquier rastro de espacio. Su técnica de Infinito estaba desactivada; por primera vez en mucho tiempo, el hombre intocable estaba permitiendo que alguien lo sintiera por completo, sin barreras, sin filtros. Podía sentir el latido acelerado del corazón de Shoko contra su pecho, un ritmo que compasaba con el suyo propio, salvaje y desbocado.

Cuando finalmente se separaron para buscar aire, sus frentes permanecieron unidas. Los ojos de Satoru estaban entrecerrados, las pestañas blancas rozando la piel de ella, mientras sus pulgares acariciaban sus pómulos con una delicadeza que contrastaba con la violencia del beso anterior.

— Mía —susurró él, la palabra saliendo como una orden y una promesa al mismo tiempo—. No me importa si suena infantil, Shoko. No me importa si el mundo piensa que soy un monstruo o un dios. No vuelvas a dejar que nadie más te toque así.

Shoko respiraba con dificultad, sus labios ligeramente hinchados y sus ojos brillantes con una mezcla de irritación y deseo. Se apartó un poco, lo suficiente para mirarlo a la cara, y le dio un golpe seco en el pecho con el puño cerrado.

— Eres un idiota arrogante, Satoru Gojo —dijo ella, aunque su voz no tenía la dureza de antes—. Un idiota celoso y posesivo que no sabe cómo pedir las cosas sin causar un desastre natural.

— Pero soy tu idiota —replicó él, una pequeña sonrisa arrogante empezando a curvar sus labios—. Y no me digas que no te gustó. Tus Seis Ojos personales me dicen que estás tan afectada como yo.

Shoko soltó un bufido, buscando distraídamente un cigarrillo en su bolsillo para ocultar el temblor de sus manos. Satoru se lo quitó antes de que pudiera encenderlo.

— Nada de fumar ahora —dijo él—. Tenemos cosas que discutir. Como, por ejemplo, cuántas misiones extra le voy a asignar a Ijichi por haberse atrevido a abrazarte.

— Déjalo en paz, Satoru. Él no tiene la culpa de que tú seas un inmaduro —Shoko lo miró fijamente, su expresión volviéndose seria—. Si vas a actuar así cada vez que hablo con alguien, esto va a ser un infierno.

Gojo la rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el cuello de ella, aspirando su aroma. Se sentía extrañamente vulnerable ahora que el estallido de adrenalina estaba pasando.

— No puedo evitarlo, Shoko —confesó contra su piel—. Todo el mundo quiere un pedazo de mí. Todo el mundo espera que sea el pilar que sostiene el cielo. Pero contigo... contigo solo quiero ser yo. Y la idea de que alguien más pueda tener acceso a esa parte de tu vida, a esa normalidad que solo tú me das... me vuelve loco.

Shoko suavizó su postura, dejando que sus manos descansaran en la nuca de él. Sabía que Satoru cargaba con un peso que nadie más podía imaginar. Ser "el más fuerte" era una soledad absoluta, una existencia en una cima donde el aire es demasiado ralo para respirar. Ella era su oxígeno.

— No necesito a nadie más para eso, tonto —susurró ella, cerrando los ojos—. Pero si vuelves a asustar a Ijichi de esa manera, tendré que empezar a cobrarte las consultas psiquiátricas que le vas a causar.

Satoru se rió, una risa limpia que rompió la tensión final de la tarde. Se separó lo suficiente para mirarla de nuevo, sus ojos azules ahora más tranquilos, como un mar después de la tempestad.

— Está bien. Seré "bueno". Pero con una condición.

— Sabía que habría una condición —suspiró Shoko.

— La próxima vez que necesites un abrazo —Satoru se inclinó, rozando sus labios con los de ella en un beso corto pero posesivo—, me buscas a mí. No importa dónde esté, no importa si estoy luchando contra un Grado Especial o en una reunión con los viejos del consejo. Vienes a mí.

Shoko lo miró durante un largo rato, viendo la sinceridad cruda detrás de la máscara del hechicero más poderoso. Sabía que esto era lo más parecido a una declaración de amor que obtendría de un hombre como él: una demanda de exclusividad envuelta en arrogancia.

— Trato hecho —dijo ella finalmente—. Pero ahora, ve a buscarme un café. El de verdad, no el que traes de tus viajes solo porque el envase es bonito.

Satoru sonrió, esa sonrisa que podía iluminar todo Tokio pero que, en ese momento, solo brillaba para ella.

— ¡A la orden, doctora! —exclamó, recuperando su tono juguetón mientras se ponía la venda de nuevo—. Pero antes...

— ¿Antes qué?

Gojo la tomó de la cintura y la levantó en el aire, dándole una vuelta rápida mientras ella protestaba entre risas.

— Antes tengo que asegurarme de que todos en esta academia sientan mi energía y sepan que Gojo Satoru está de muy, muy buen humor.

— ¡Bájame, idiota! ¡Alguien nos va a ver! —gritó Shoko, aunque no hacía ningún esfuerzo real por soltarse.

— Que miren —dijo él, volviendo a ponerla en el suelo pero sin soltarla—. Que miren y que aprendan. El más fuerte no comparte sus tesoros.

Caminaron de regreso hacia el edificio principal, con Satoru pasando un brazo protector y posesivo sobre los hombros de Shoko. Ella fingía estar irritada, pero caminaba pegada a su costado, disfrutando del calor que emanaba de él.

Lejos de allí, en un rincón oscuro del estacionamiento, Ijichi seguía tratando de recuperar el aliento, preguntándose si su seguro de vida cubría "ataques de celos de un semidiós". No sabía que, a partir de ese día, su vida sería mucho más tranquila, al menos en lo que respecta a Shoko, porque Satoru Gojo finalmente había dejado claro quién era el dueño del corazón de la médico de la academia.

El hombre más fuerte del mundo era, efectivamente, el hombre más celoso. Pero esa tarde, mientras el sol se ocultaba tras los templos de la escuela, también era el hombre más feliz. Había reclamado su lugar, había roto el Infinito y, en el proceso, había encontrado que el único poder que realmente importaba era el que le permitía sostener la mano de Shoko mientras caminaban juntos hacia la oscuridad.

— Satoru —dijo ella de repente, deteniéndose frente a la entrada.

— ¿Sí, Shoko-chan?

— Si vuelves a besarme así frente a los alumnos, te haré la autopsia estando vivo.

Gojo soltó una carcajada que resonó por todo el campus.

— ¡Acepto el desafío! Pero admite que fue el mejor beso de tu vida.

— Sigue soñando, presumido.

Cerraron la puerta tras ellos, dejando el patio en silencio. La guerra de los celos había terminado, dando paso a algo mucho más profundo, algo que ni siquiera los Seis Ojos podían explicar por completo, pero que Shoko Ieiri y Satoru Gojo entendían a la perfección: en un mundo de caos, ellos eran el único orden que importaba.