Celos Infinitos
El monopolio del Infinito y otras adicciones de Satoru Gojo
La Academia de Hechicería de Tokio se había convertido, para desgracia de sus habitantes, en el escenario personal de un drama de posesividad que rozaba lo absurdo. Satoru Gojo, el hombre que caminaba sobre la fina línea entre la divinidad y la arrogancia, había decidido que su estatus como "el más fuerte" le otorgaba también el derecho exclusivo sobre el tiempo, el espacio y la atención de Shoko Ieiri.
Ya no se trataba solo de alejar al pobre Ijichi con miradas que prometían el vacío absoluto. Ahora, la red de Satoru se había extendido.
Nanami Kento, con su habitual expresión de estoicismo ante el inminente colapso de la civilización, se encontraba en el pasillo principal revisando unos documentos junto a Shoko. No había nada romántico en la escena; eran dos adultos funcionales intercambiando datos sobre la fatiga de las barreras de energía. Sin embargo, para los Seis Ojos que acechaban desde la vuelta de la esquina, aquello era una invasión de territorio.
— Entonces, Shoko, si ajustamos la rotación de los turnos médicos para... —Nanami no pudo terminar la frase.
Una ráfaga de viento blanco y negro se interpuso entre ambos. Satoru apareció de la nada, rodeando los hombros de Shoko con un brazo largo y pesado, mientras con la otra mano le revolvía el cabello a la doctora como si fuera una mascota.
— ¡Nanamin! ¡Qué energía tan gris traes hoy! —exclamó Satoru con una sonrisa que brillaba demasiado para ser sincera—. Shoko-chan está muy cansada para hablar de horarios. El exceso de burocracia le da alergia, ¿verdad, Shoko?
Shoko exhaló una bocanada de humo, mirando a Nanami con una mezcla de disculpa y entretenimiento.
— Satoru, solo estamos trabajando —dijo ella, tratando de apartar la mano de Gojo de su cabeza, aunque sin mucho éxito.
— El trabajo es una maldición, Gojo —respondió Nanami, ajustándose las gafas con un suspiro cansado—. Y tu necesidad de atención es una patología. Shoko, te enviaré el resto por correo interno. No tengo paciencia para lidiar con adolescentes de casi treinta años.
Nanami se retiró con paso firme, dejando a Satoru victorioso, aunque Shoko le dio un codazo suave en las costillas.
— Estás espantando a todo el mundo —murmuró ella, aunque no se apartó de su abrazo.
— No los espanto, solo les recuerdo las prioridades —Satoru bajó la cabeza, apoyando la barbilla en el hombro de Shoko—. Además, hueles a café y a ese perfume que me gusta. No quiero que Nanami se acostumbre a ese olor. Es mi olor favorito.
Shoko soltó una risita seca.
— Eres un caso perdido.
Esa era la nueva normalidad. Satoru se había vuelto una sombra constante. Si el Director Yaga intentaba hablar con ella sobre suministros médicos, Satoru aparecía para "ayudar", lo que generalmente significaba hacer malabares con las grapadoras o contar chistes malos hasta que Yaga se marchaba frotándose las sienes. Incluso con los alumnos, la posesividad de Gojo no conocía límites.
Un día, Itadori y Megumi se acercaron a Shoko para pedirle unos parches curativos tras un entrenamiento intenso. Antes de que Shoko pudiera siquiera abrir el botiquín, Satoru se deslizó entre ellos, abrazando a Shoko por la cintura y levantándola unos centímetros del suelo.
— ¡Niños! ¡La doctora está en una pausa sagrada! —anunció Satoru, ignorando las quejas de Shoko—. Si quieren parches, busquen a Ieiri-sensei en media hora. Ahora estamos ocupados discutiendo... cosas de adultos.
— ¡Pero Gojo-sensei, solo necesitamos un parche! —protestó Itadori, confundido.
— ¡Media hora! —Satoru comenzó a caminar hacia la oficina de Shoko, llevándosela prácticamente a rastras bajo el brazo.
Una vez dentro de la oficina, Shoko se soltó de su agarre y se sentó en su silla giratoria, mirándolo con una ceja arqueada. Satoru no pareció arrepentido; se dejó caer en el sofá de la esquina, estirando sus interminables piernas.
— ¿Cosas de adultos? —preguntó ella—. ¿Te refieres a que vas a intentar robarme los dulces que guardo en el cajón?
— No, me refiero a esto —Satoru se levantó y, en un movimiento fluido, se colocó detrás de ella.
Sus manos bajaron a los costados de Shoko y empezó a mover los dedos con rapidez. Shoko, a pesar de su fachada de frialdad, era extremadamente sensible a las cosquillas.
— ¡Satoru! ¡No! —chilló ella, retorciéndose en la silla mientras intentaba atrapar sus manos—. ¡Detente, idiota! ¡Tengo un bisturí cerca!
— ¡Admite que soy más divertido que Nanami! —exigía él, riendo con esa alegría desbordante que solo mostraba con ella—. ¡Admite que mi presencia es vital para tu salud mental!
— ¡Eres... eres un estorbo! —logró decir ella entre risas, finalmente logrando girarse y atraparlo por las muñecas.
Se quedaron así por un momento: Shoko jadeando ligeramente por la risa, con las mejillas sonrosadas, y Satoru mirándola desde arriba con la venda ligeramente ladeada. La intensidad en los ojos de él, incluso ocultos, era palpable. No era solo juego; era una necesidad voraz de reafirmar que ella estaba allí, que era real y que le pertenecía de una forma que el resto del mundo jamás entendería.
Satoru se inclinó, eliminando el espacio entre ellos, y le dio un beso inesperado en la comisura de los labios. Fue un gesto rápido, pero cargado de una ternura posesiva que hizo que el corazón de Shoko diera un vuelco.
— Eres insoportable —susurró ella, aunque sus manos no soltaron las muñecas de él.
— Pero te encanta —respondió él con suficiencia—. Te divierte verme perder los estribos cada vez que alguien te mira por más de dos segundos.
Shoko sonrió. No podía negarlo. Había algo profundamente satisfactorio en ver al "hombre más fuerte del mundo", aquel que podía pulverizar montañas y expandir dominios infinitos, reducido a un manojo de nervios y celos por algo tan simple como una conversación con un colega. Le resultaba adorable, casi tierno, ver cómo esa omnipotencia se desmoronaba ante la idea de no ser el centro absoluto de su universo.
Y, a veces, Shoko no podía evitar jugar con fuego.
Días después, mientras Satoru merodeaba por la enfermería fingiendo que revisaba unos informes, Shoko decidió que era hora de divertirse un poco.
— Sabes, Satoru —dijo ella, mientras organizaba unos frascos—, el otro día vino un técnico nuevo para revisar los equipos de refrigeración. Era muy joven. Y muy... atento.
Satoru se tensó visiblemente. El informe que sostenía en la mano crujió bajo la presión de sus dedos.
— ¿Ah, sí? —su voz salió un poco más aguda de lo normal—. ¿Y qué tiene de especial un técnico de neveras?
— Nada en particular —continuó Shoko, dándole la espalda para ocultar su sonrisa—. Solo que sabía mucho de medicina forense. Me preguntó si podía quedarse a ver una autopsia algún día. Dijo que mi precisión era... fascinante.
El aire en la habitación pareció volverse denso. Satoru dejó el informe sobre la mesa y caminó hacia ella. Shoko sintió el calor de su cuerpo antes de que él hablara.
— ¿Fascinante? —Satoru la rodeó por detrás, pegando su pecho a la espalda de ella y rodeándola con sus brazos en un abrazo que no dejaba espacio ni para el Infinito—. ¿Un técnico de neveras hablando de precisión? Shoko, eso suena a una clara violación de los protocolos de seguridad. Tendré que investigar a ese hombre.
— Oh, no seas exagerado —dijo ella, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Solo era un cumplido.
— No permito cumplidos de extraños —Satoru enterró su rostro en el hueco del cuello de ella, dejando besos cortos y húmedos que le arrancaron un escalofrío—. Solo yo puedo decirte lo fascinante que eres. Solo yo entiendo lo que significa esa precisión tuya.
Shoko se giró entre sus brazos, rodeándole el cuello con las manos.
— Eres tan fácil de provocar —se burló ella—. El gran Satoru Gojo, celoso de un técnico de refrigeración. Si el mundo supiera...
— El mundo no importa —dijo él, su voz volviéndose seria por un instante—. Solo importa que sepas que no voy a compartirte. Ni con Nanami, ni con los alumnos, ni con nadie que crea que puede ocupar un milímetro del espacio que tengo en tu vida.
Satoru la levantó y la sentó sobre la mesa de metal, separando sus piernas para colocarse entre ellas. Sus manos subieron por los muslos de Shoko, apretando con una firmeza que reclamaba posesión.
— Eres mía, Shoko —afirmó él, bajándose la venda para que sus ojos azules, brillantes como estrellas a punto de estallar, se clavaran en los de ella—. Dilo.
Shoko lo miró, disfrutando de la intensidad cruda que emanaba de él. Le encantaba llevarlo hasta ese punto, hasta ese borde donde el hechicero desaparecía y solo quedaba el hombre necesitado de su validación.
— Soy tuya, Satoru —susurró ella, acercando su rostro al de él—. Pero eso no significa que vayas a dejar de ser un idiota posesivo.
— Nunca —prometió él antes de sellar sus labios en un beso profundo, dominante, que sabía a café y a una promesa eterna de exclusividad.
Los días seguían pasando y la intensidad de Satoru no disminuía; al contrario, parecía alimentarse de la complicidad de Shoko. A menudo, cuando ella estaba tratando de escribir sus informes nocturnos, él aparecía y se sentaba en el suelo, abrazando sus piernas y apoyando la cabeza en sus rodillas, negándose a moverse hasta que ella le acariciara el cabello.
— Satoru, tengo que terminar esto —decía ella, aunque sus dedos ya estaban enredados en los mechones blancos.
— El informe puede esperar. Yo no —respondía él, cerrando los ojos con un ronroneo casi felino.
A veces, la molestaba solo por el placer de ver su reacción. Le robaba los cigarrillos y los escondía en lugares altos donde ella no podía alcanzarlos, solo para obligarla a pedirle ayuda. Y cuando ella lo hacía, él aprovechaba para pedir un "pago" en forma de besos o abrazos prolongados.
— Eres un extorsionador —le dijo ella una tarde, después de que él finalmente le devolviera su encendedor tras diez minutos de persecución por la oficina.
— Soy un negociador experto —corrigió él, atrapándola de nuevo contra la pared—. Y tú eres una cliente muy satisfecha, aunque no quieras admitirlo.
Satoru comenzó a hacerle cosquillas de nuevo, esta vez en las costillas y bajo los brazos, ignorando las protestas fingidas de ella. Shoko se retorcía, riendo a carcajadas, golpeando débilmente los hombros de él.
— ¡Ya... ya basta, Satoru! —exclamó ella, sin aliento—. ¡Me rindo! ¡Eres el mejor negociador!
Él se detuvo, pero no la soltó. La mantuvo atrapada contra la pared, con sus manos a ambos lados de su cabeza, mirándola con una devoción que rozaba la locura.
— Me gusta cuando te ríes así —dijo él en voz baja—. Me gusta saber que soy el único que puede sacarte ese sonido.
Shoko suspiró, su risa apagándose para dar paso a una ternura silenciosa. Estiró la mano y le acarició la mejilla, sintiendo la suavidad de su piel. Satoru cerró los ojos ante el contacto, inclinándose hacia su palma.
— Eres demasiado intenso, Satoru —murmuró ella—. Cualquier otra persona habría salido corriendo hace años.
— Pero tú no eres cualquier otra persona —respondió él, abriendo los ojos y capturando su mirada—. Tú eres la única que puede soportar el peso de mi Infinito. Y por eso, nunca voy a dejarte ir.
Él se inclinó y la besó de nuevo, un beso que empezó como un reclamo posesivo pero que terminó siendo una súplica silenciosa de permanencia. Shoko respondió con la misma intensidad, aceptando el caos que significaba estar con él, aceptando sus celos, sus tonterías y su necesidad constante de ser el centro de su mundo.
Incluso cuando Satoru interrumpía sus reuniones con el Director Yaga solo para presumir un nuevo tipo de dulce que había comprado, o cuando alejaba a los alumnos con excusas absurdas para tener cinco minutos a solas con ella, Shoko no podía evitar encontrarlo adorable.
Era su "hombre más fuerte", su "hombre más celoso", y sobre todo, el único hombre que lograba que su vida en la morgue, rodeada de muerte y sombras, se sintiera vibrante y llena de luz.
Una tarde, mientras caminaban por los jardines de la academia, Satoru se detuvo de repente y la atrajo hacia sí, abrazándola por la espalda mientras miraban el atardecer.
— Shoko —dijo él, su voz inusualmente suave.
— ¿Mmm?
— Si algún día decido que el mundo no vale la pena... ¿seguirás aquí para hacerme cosquillas y decirme que soy un idiota?
Shoko se giró en sus brazos, mirándolo con esa mezcla de realismo y afecto que solo ella poseía.
— Estaré aquí, Satoru. Alguien tiene que mantener tus pies en la tierra, aunque sea a base de insultos y café frío.
Satoru sonrió, una sonrisa que no era para el mundo, ni para sus alumnos, ni para sus enemigos. Era una sonrisa solo para ella.
— Entonces el mundo puede irse al infierno —concluyó él, besando su frente—. Mientras tú estés aquí, yo siempre seré el más fuerte. Y el más tuyo.
Caminaron de regreso hacia el edificio, con Satoru molestándola de nuevo, intentando robarle un beso cada dos pasos y quejándose de que el Director Yaga le había dado una mirada "demasiado larga" a Shoko esa mañana. Ella solo se reía, dejándose querer, disfrutando de la maravillosa y posesiva locura que era amar a Satoru Gojo.
Porque al final del día, en ese rincón del mundo lleno de maldiciones, ellos habían encontrado su propia bendición: un lazo que ni el Infinito podía separar y una posesividad que, lejos de asfixiar, les daba el aire necesario para seguir adelante. Shoko lo provocaba, él reaccionaba, y en ese baile eterno de celos y azúcar, ambos habían encontrado su hogar.