Celos y posesión
Cenizas de una obsesión compartida
El amanecer se filtró por las rendijas de las persianas de la habitación de Midoriya, dibujando líneas de luz dorada sobre el desastre que había quedado tras la tormenta. Katsuki Bakugo abrió los ojos lentamente, sintiendo un peso inusual sobre sus costillas y un dolor sordo en todo el cuerpo. Lo primero que registró su olfato fue el olor a sexo, sudor y ese inconfundible aroma metálico que desprendía la piel de Kirishima cuando se esforzaba al máximo.
Al mover la cabeza, se encontró con la imagen que su corazón había estado exigiendo a gritos durante los últimos días. Eijiro estaba allí, profundamente dormido, con la respiración pesada y rítmica. Ninguno de los dos llevaba ropa; solo una manta delgada y revuelta los cubría a medias, revelando el mapa de marcas que se habían dejado el uno al otro. La mano de Kirishima, grande y callosa, descansaba posesivamente sobre la cintura de Bakugo, como si incluso en sueños temiera que el rubio se esfumara.
Katsuki se quedó inmóvil, permitiéndose un momento de vulnerabilidad que nunca mostraría estando despierto. Había funcionado. Anoche, en medio de la desesperación y la furia, habían convertido la habitación del "nerd" en un campo de batalla carnal. Lo habían hecho en el escritorio, contra la pared, en el suelo frío y, finalmente, en esa cama que no les pertenecía. Fue un sexo salvaje, casi violento por momentos, donde Kirishima parecía luchar entre la neblina del don del villano y la memoria muscular de sus sentimientos por Bakugo. Cada embestida, cada mordida que Eijiro le había dado en el cuello y los hombros, se había sentido como un intento de Kirishima por aferrarse a la realidad a través del dolor y el placer.
— Estúpido pelos de mierda —susurró Bakugo con la voz ronca, sintiendo una punzada de alivio que casi lo hizo llorar.
Sin embargo, al mirar alrededor, la culpa y la rabia volvieron a aflorar. Estaba en la cama de Deku. Había recuperado a su novio, o al menos una parte de él, profanando el santuario del chico al que Kirishima creía amar. Pero no le importaba. Si quemar el mundo de Midoriya era el precio por tener a Kirishima de vuelta, Bakugo encendería la cerilla sin dudarlo.
A kilómetros de allí, en la quietud casi sepulcral de la casa de los Todoroki, Izuku Midoriya no había dormido ni un solo segundo. Estaba sentado frente a la ventana, viendo cómo el sol iluminaba el jardín zen, pero sus ojos no veían la belleza del paisaje. Solo veía la oscuridad de sus propios pensamientos.
El dilema en su cabeza era un parásito que se alimentaba de su moralidad. Shoto estaba en la cocina, probablemente preparando un desayuno saludable, actuando como si todo pudiera volver a la normalidad si simplemente esperaban a que el tiempo pasara. Pero Izuku sabía que algo se había roto. La forma en que Kirishima lo había mirado, la forma en que lo había tocado... había despertado un hambre que el amor sereno de Todoroki no podía saciar.
"Solo quedan tres días", pensó Izuku, apretando los puños sobre sus muslos. "Tres días antes de que Eijiro vuelva a ser de Kacchan. Tres días antes de que yo vuelva a ser el Deku que solo conoce besos suaves y promesas de futuro".
Era egoísta. Era una traición a Shoto, a Bakugo y a la amistad que compartían todos. Pero la dopamina del villano, o tal vez una parte oscura y reprimida de su propia psique, le susurraba que él también merecía esa intensidad. Quería sentirse deseado de esa manera varonil y cruda una vez más. Quería que Kirishima lo tomara de nuevo, no por error, sino porque Izuku se lo permitía.
Sin hacer ruido, Midoriya se levantó. Tomó su mochila y se cambió de ropa rápidamente. Su corazón latía con una fuerza que le dolía en los oídos. Dejó una nota breve sobre el futón, algo vago sobre necesitar aire y caminar por los alrededores, sabiendo que Shoto respetaría su espacio el tiempo suficiente para que él pudiera escapar.
Salió por la puerta trasera, evitando las cámaras de seguridad con la agilidad que solo un héroe en formación poseía. Su objetivo era claro: los dormitorios de la UA. Necesitaba llegar antes de que el efecto se desvaneciera, antes de que el destino le arrebatara la oportunidad de ser, por una noche, el objeto de una obsesión absoluta.
***
En la habitación 2-A, Kirishima comenzó a removerse. Bakugo contuvo el aliento, observando cómo los ojos del pelirrojo se abrían lentamente. Por un segundo, hubo una claridad reconfortante en su mirada, pero pronto fue reemplazada por la confusión turbia que el don del villano imponía.
— ¿Bakugo? —preguntó Kirishima, su voz era un hilo de desconcierto—. ¿Qué... qué hacemos aquí? ¿Por qué estamos en la habitación de Izuku?
Katsuki sintió que el estómago se le caía a los pies. Kirishima recordaba su nombre, pero la prioridad en su mente seguía siendo el peliverde.
— No importa por qué estamos aquí, idiota —dijo Bakugo, tratando de sonar firme a pesar del temblor en sus manos—. Lo que importa es lo que hicimos. ¿Lo sientes, no? Sientes que tu cuerpo me pertenece, no a ese maldito nerd.
Kirishima se sentó en la cama, dejando que la manta resbalara y revelara los arañazos que Bakugo le había dejado en la espalda. Se pasó una mano por el rostro, gimiendo de frustración.
— Recuerdo... recuerdo que me sentía en llamas. Recuerdo que quería tocarte hasta romperte —admitió Kirishima, mirando a Bakugo con una mezcla de culpa y deseo residual—. Pero cuando cierro los ojos, sigo viendo a Izuku. Sigo sintiendo que tengo que protegerlo, que tengo que estar con él. Bakugo, me duele la cabeza... es como si hubiera dos personas peleando dentro de mí.
— Pues deja que gane el que te ama de verdad, maldita sea —rugió Bakugo, agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo—. ¡Yo soy el que ha estado a tu lado! ¡Yo soy el que te aguanta las idioteces! ¡No él!
Antes de que Kirishima pudiera responder, un ruido en el pasillo los puso en alerta. Unos pasos rápidos y ligeros que Bakugo reconocería en cualquier lugar. La puerta de la habitación se abrió de golpe, y allí estaba él.
Midoriya estaba jadeando, con el cabello revuelto y la cara roja por el esfuerzo de haber corrido desde la estación de tren. Sus ojos verdes escanearon la habitación, deteniéndose en la cama deshecha, en la desnudez de sus dos compañeros y en el evidente rastro de lo que había ocurrido allí.
El silencio que siguió fue asfixiante. Bakugo sintió una oleada de odio puro hacia el recién llegado, mientras que Kirishima, impulsado por el químico en su sangre, se puso de pie de inmediato, ignorando su propia desnudez.
— ¡Izuku! —exclamó Kirishima, y el tono de su voz, cargado de un alivio devoto, fue como un puñetazo para Bakugo—. Volviste. Estaba tan preocupado... Todoroki me dijo que te habías ido.
Midoriya no miró a Bakugo. No miró el desastre. Sus ojos estaban fijos en Kirishima, en la forma en que sus músculos se tensaban al verlo. La culpa que Izuku esperaba sentir no llegó; en su lugar, una oleada de triunfo oscuro recorrió sus venas.
— He vuelto, Eijiro —dijo Midoriya, su voz era más baja de lo habitual, casi desafiante—. No podía quedarme lejos.
Bakugo se levantó también, envolviéndose en una sábana con un gesto de desprecio absoluto. Caminó hacia Midoriya hasta quedar a centímetros de su rostro.
— ¿Qué mierda haces aquí, Deku? —le espetó Bakugo, sus manos soltando chispas que olían a peligro—. Deberías estar con el Mitad-Mitad, lamiéndote las heridas. Aquí no pintas nada.
— Esta es mi habitación, Kacchan —respondió Midoriya, sosteniéndole la mirada por primera vez en años sin parpadear—. Y Kirishima me estaba buscando. ¿No es así, Eijiro?
Kirishima se colocó entre los dos, su cuerpo endureciéndose por instinto. Sus ojos brillaban con esa luz roja obsesiva que el don del villano alimentaba.
— Bakugo, vete —dijo Kirishima. Su voz no era cruel, pero era definitiva—. Necesito hablar con él. A solas.
— ¡¿Te estás burlando de mí?! —gritó Bakugo, la rabia desbordándose—. ¡Acabamos de follar durante horas! ¡Te he traído de vuelta! ¡No puedes simplemente mandarme a la mierda porque este nerd ha decidido aparecer!
— Lo que pasó anoche... fue intenso, Bakugo. No lo niego —dijo Kirishima, mirando al rubio con una tristeza que le partió el alma—. Pero ahora que lo veo a él, todo lo demás se siente como un sueño borroso. Por favor, vete. No quiero pelear contigo hoy.
Bakugo miró a Midoriya. El peliverde tenía una expresión serena, casi angelical, pero había un fuego en sus ojos que Bakugo nunca había visto. Era el fuego de alguien que ha decidido quemar su propia moralidad por un capricho del destino.
— Te vas a arrepentir de esto, Deku —susurró Bakugo, su voz temblando de furia contenida—. Y tú, pelos de mierda... cuando despiertes y te des cuenta de lo que has hecho, no vengas llorando a mi puerta.
Bakugo recogió su ropa del suelo con movimientos bruscos y salió de la habitación, dando un portazo que pareció sacudir los cimientos del edificio.
Una vez solos, el ambiente en la habitación cambió drásticamente. Midoriya cerró la puerta con llave, un sonido metálico que resonó como una sentencia. Se giró hacia Kirishima, que lo observaba con una adoración que rozaba la locura.
— Viniste por mí —susurró el pelirrojo, acercándose a él—. Sabía que no me dejarías solo con él.
— No podía, Eijiro —dijo Midoriya, dejando caer su mochila al suelo—. Pensé en lo que dijiste... en que me deseabas. Y me di cuenta de que yo también quiero sentir eso. Aunque solo sea por unos días. Aunque sea un error.
Kirishima lo tomó por la cintura, levantándolo del suelo con una facilidad asombrosa. Midoriya rodeó el cuello del pelirrojo con sus piernas, sintiendo la piel caliente y marcada de Eijiro contra la suya.
— Te voy a hacer olvidar a Todoroki —gruñó Kirishima contra su cuello, buscando el lugar donde lo había mordido anteriormente—. Te voy a marcar de tal forma que nadie más pueda tocarte sin pensar en mí.
— Hazlo —respondió Midoriya, cerrando los ojos—. Hazme tuyo, Eijiro. No pienses en nada más.
Mientras tanto, en el pasillo, Bakugo se apoyaba contra la pared, deslizándose hasta el suelo. Se cubrió el rostro con las manos, tratando de ahogar los sonidos que ya empezaban a filtrarse a través de la puerta de madera. Eran los mismos sonidos que él había provocado unas horas antes, pero ahora tenían un destinatario diferente.
Sentado a unos metros de allí, en las escaleras, Shoto Todoroki observaba a Bakugo con una expresión de vacío absoluto. Había seguido a Midoriya, esperando encontrar una explicación, una disculpa, algo que salvara su relación. Pero lo que encontró fue la confirmación de que el "buen" Midoriya había muerto, reemplazado por alguien que estaba dispuesto a alimentar su propia codicia emocional a costa del dolor de los demás.
— Somos unos idiotas, Bakugo —dijo Todoroki, su voz rompiendo el silencio del pasillo.
Bakugo levantó la vista, sus ojos rojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
— Cállate, Mitad-Mitad.
— Se han ido —continuó Shoto, ignorándolo—. Los dos. Kirishima se ha perdido en una mentira química y Midoriya se ha perdido en su propia oscuridad. Ya no hay nada que rescatar ahí dentro.
— ¡No voy a rendirme! —gritó Bakugo, poniéndose de pie con dificultad—. ¡Ese es mi novio! ¡No voy a dejar que ese nerd se lo quede!
— Ya no es tu novio, Bakugo. Es un adicto a una droga que Midoriya le está suministrando con su presencia —Todoroki se levantó también, su lado izquierdo emitiendo un frío intenso—. Y Midoriya... él ya no es el chico que yo amaba. El chico que yo amaba nunca habría dejado que alguien sufriera así por su placer.
Dentro de la habitación, el estruendo de un mueble al caer y los gemidos de Midoriya marcaron el inicio de una nueva fase en esta guerra de sentimientos. Kirishima no tenía piedad. Su don de endurecimiento se activaba de forma intermitente, creando una fricción dolorosa pero adictiva que hacía que Izuku gritara su nombre una y otra vez. Era un sexo desesperado, nacido de la culpa y la obsesión, una danza de dos personas que sabían que su tiempo se agotaba y que estaban decididas a consumirse mutuamente antes de que llegara el final.
Midoriya se aferraba a la espalda de Kirishima, sintiendo cómo el pelirrojo lo reclamaba con cada embestida. En ese momento, no le importaba Todoroki, no le importaba la UA, ni siquiera le importaba su futuro como héroe. Solo existía el calor de Eijiro, la fuerza de sus brazos y la forma en que su nombre sonaba en los labios del pelirrojo.
Bakugo y Todoroki se quedaron en el pasillo, dos sombras de lo que alguna vez fueron parejas felices, escuchando cómo el mundo que conocían terminaba de romperse tras una puerta cerrada. La etapa dulce de Todoroki y Midoriya se había quemado en el altar del deseo, y la pasión de Bakugo y Kirishima se había convertido en una herida abierta que sangraba con cada grito de placer de Izuku.
Faltaban tres días para que el efecto desapareciera. Tres días en los que las marcas en la piel de Midoriya se profundizarían y las cicatrices en el alma de Bakugo y Todoroki se volverían permanentes. Porque cuando la dopamina finalmente se fuera, lo que quedaría no sería el amor, sino las cenizas de una traición que ninguno de los cuatro podría olvidar jamás.