Celos y posesión
Ecos de un pecado bajo la piel
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la sala común de la 1-A, proyectando sombras alargadas que parecían dedos acusadores sobre los presentes. El ambiente, que alguna vez fue el refugio de risas y camaradería, ahora se sentía como una tumba abierta. Izuku Midoriya estaba sentado en uno de los sofás, con una taza de té entre las manos y una expresión de serenidad que resultaba, a ojos de cualquier observador atento, profundamente perturbadora.
Llevaba el cuello de su uniforme perfectamente abotonado, pero todos en la sala sabían lo que se escondía debajo. Sabían que, mientras Todoroki y Bakugo se consumían en un infierno de celos y desolación, Izuku había pasado las últimas horas entregándose a una pasión que no le pertenecía. Lo más aterrador no era el hecho de que hubiera sucedido, sino la forma en que Midoriya actuaba ahora: como si hubiera alcanzado una iluminación espiritual, como si el peso de su traición fuera una pluma.
— Shoto, ¿te encuentras bien? —preguntó Izuku con voz suave, girándose hacia Todoroki, que estaba sentado a su lado con la rigidez de una estatua de hielo—. Te noto muy callado desde que regresamos de... bueno, de mi habitación.
Todoroki lo miró de reojo. Sus ojos bicolores, usualmente llenos de una chispa de ternura cuando se posaban en el peliverde, ahora estaban apagados, nublados por una bruma de incredulidad.
— No sé cómo puedes preguntar eso, Midoriya —respondió Shoto, su voz era un susurro gélido que cortó el aire—. Te vi. Vi cómo lo mirabas. Vi cómo lo dejaste entrar en tu espacio de una manera que a mí siempre me has negado.
Izuku dejó la taza sobre la mesa con una delicadeza exasperante. No había rastro de la timidez crónica que solía definirlo. El One For All parecía vibrar bajo su piel, pero no como una herramienta de justicia, sino como un amplificador de su nueva confianza, una nacida del deseo prohibido.
— Fue un accidente del destino, Shoto —dijo Izuku, acercándose para poner una mano sobre el hombro de Todoroki—. Eijiro me necesitaba. Su mente está confundida por el Don, y alejarlo solo le causaba dolor. ¿No es lo que hace un héroe? ¿Aliviar el dolor de los demás?
Todoroki se apartó del contacto como si la mano de Midoriya estuviera al rojo vivo.
— No me hables de heroísmo, Izuku. No cuando usaste la debilidad mental de un compañero para satisfacer algo que... que ni siquiera puedo reconocer en ti. Kirishima es la víctima aquí, pero tú... tú estabas perfectamente consciente.
— Lo que sentí no fue malvado —insistió Midoriya, y por un segundo, un brillo de egoísmo puro cruzó sus pupilas—. Me sentí vivo. Me sentí fuerte. Kirishima saca una parte de mí que tú siempre intentas proteger, Shoto. Quizás no quiero ser protegido todo el tiempo.
En el rincón opuesto de la sala, Katsuki Bakugo escuchaba cada palabra. Sus manos estaban hundidas en los bolsillos de su pantalón, apretadas en puños tan fuertes que sus uñas estaban empezando a perforar la piel de sus palmas. El olor a nitroglicerina era tan fuerte a su alrededor que los demás estudiantes se mantenían a una distancia prudencial.
Bakugo no sentía la resignación melancólica de Todoroki. Él sentía una furia volcánica, una que amenazaba con reducir toda la academia a cenizas. Ver a "Deku" actuar con esa hipocresía, ver cómo intentaba manipular a Shoto después de haberle robado a Kirishima, era más de lo que podía soportar.
— ¡Cierra la maldita boca, Deku! —rugió Bakugo, poniéndose en pie de un salto. El estruendo de su silla al caer hizo que varios compañeros saltaran de susto—. ¡Deja de fingir que eres un maldito mártir!
Izuku se giró lentamente, manteniendo esa sonrisa tenue y vacía que estaba volviendo loco a Katsuki.
— Kacchan, estás muy alterado. Deberías ir a descansar. Eijiro está durmiendo ahora, el esfuerzo de anoche lo dejó agotado.
El comentario fue un dardo envenenado, lanzado con una precisión quirúrgica. Bakugo sintió que la sangre le subía a la cabeza. Se lanzó a través de la sala, agarrando a Midoriya por las solapas del uniforme antes de que Todoroki pudiera intervenir.
— ¡Escúchame bien, pedazo de mierda! —le gritó Bakugo a escasos centímetros de su cara—. El pelo pincho está drogado. Su cerebro es un puré de químicos ahora mismo. Él no sabe lo que hace, pero tú... tú eres el mismo nerd asqueroso de siempre. Sabías que él me pertenece. Sabías que cada vez que te tocaba, estaba buscando mi cuerpo en el tuyo.
Midoriya no se inmutó. La fuerza de Bakugo, que antes lo habría hecho temblar, ahora parecía ser un combustible para su nueva arrogancia.
— ¿Estás seguro de eso, Kacchan? —preguntó Izuku, bajando la voz para que solo Bakugo pudiera escucharlo—. Porque anoche, cuando gritaba mi nombre, no parecía estar buscando a nadie más. Sus manos estaban sobre mí, sus dientes estaban en mi cuello. Si fuera al revés... si Kirishima fuera el que estuviera cuerdo y yo el que estuviera bajo el efecto del Don... ¿crees que él me habría aceptado?
Bakugo apretó los dientes con tanta fuerza que un sonido de crujido escapó de su mandíbula.
— Kirishima es un hombre de verdad, no una rata oportunista como tú —escupió Bakugo—. Él me habría apartado. Habría buscado una forma de salvarte sin profanar lo que tenemos. Porque él es leal, Deku. Algo que tú, con toda tu palabrería de heredero de All Might, nunca entenderás.
— La lealtad es un concepto muy flexible cuando el deseo entra en juego —replicó Midoriya, soltándose del agarre de Bakugo con un movimiento brusco potenciado por el One For All—. Shoto lo entiende, ¿verdad, Shoto? Él sabe que a veces el fuego es necesario para no morir de frío.
Todoroki se levantó, mirando a ambos con una expresión de profunda náusea.
— No me metas en tus justificaciones, Midoriya. Bakugo tiene razón en algo: esto no es el Don. Esto eres tú demostrando que tu ambición no tiene límites, ni siquiera en el amor.
Shoto salió de la sala común sin mirar atrás, dejando a los dos rivales de la infancia solos en medio de un círculo de compañeros que observaban la escena con horror silencioso. Iida y Uraraka intentaron acercarse, pero la mirada asesina de Bakugo los detuvo en seco.
— Esto no se ha acabado —dijo Bakugo, su voz bajando a un tono peligrosamente calmado—. Faltan pocos días para que el efecto desaparezca. Y cuando Kirishima despierte y vea lo que le has hecho... cuando vea cómo usaste su cuerpo mientras él no era dueño de sí mismo... no seré yo quien te destruya, Deku. Será él.
— Eijiro nunca me odiaría —dijo Midoriya con una seguridad aterradora—. Porque aunque el efecto se vaya, el recuerdo de lo que sintió conmigo se quedará grabado en su instinto. Le he dado algo que tú nunca podrías: paz. Tú solo le das guerra, Kacchan. Solo le das explosiones y gritos. Yo le di un refugio.
Bakugo soltó una carcajada seca y amarga.
— ¿Paz? Lo que le diste fue veneno. Lo convertiste en un traidor sin que él pudiera elegir. Pero te olvidas de algo, nerd. Kirishima vive por el honor. Cuando se dé cuenta de que su honor fue pisoteado por tu capricho, no habrá "refugio" en el mundo que te salve de su decepción.
Bakugo se dio la vuelta y caminó hacia la salida, pero antes de irse, se detuvo y miró a Midoriya por encima del hombro.
— Disfruta de tus tres días, Deku. Porque son los últimos que pasarás sintiéndote así de grande. Cuando el químico se evapore, volverás a ser lo que siempre has sido: una sombra que intenta desesperadamente brillar con la luz de otros.
Katsuki salió al pasillo, sintiendo que el aire le faltaba. Se dirigió hacia el gimnasio de entrenamiento, necesitando destruir algo, necesitando que el dolor físico superara al vacío que sentía en el pecho. Al pasar por la enfermería, vio a través del cristal a Kirishima, que seguía descansando bajo la observación de Recovery Girl.
El pelirrojo se veía tan tranquilo, tan ajeno al desastre que se desarrollaba fuera. Bakugo apoyó la frente contra el cristal frío.
— Vuelve a mí, Eijiro —susurró, y por primera vez en años, su voz sonó pequeña—. Por favor, vuelve y dime que todo esto fue una pesadilla. Dime que sigues siendo el idiota varonil que me mordía el cuello porque no podía contener lo mucho que me quería.
Mientras tanto, en la sala común, Midoriya volvió a sentarse. Uraraka se acercó a él, con los ojos llenos de lágrimas.
— Deku-kun... ¿por qué haces esto? Estás lastimando a todos. A Shoto, a Bakugo... incluso a Kirishima-kun cuando se recupere.
Izuku la miró y, por un momento, la máscara de confianza se agrietó, dejando ver una chispa de la duda que siempre lo había atormentado. Pero la cerró rápidamente. El recuerdo del peso de Kirishima sobre él, de la forma en que sus mundos habían colisionado, era demasiado embriagador para soltarlo.
— A veces, para salvar a alguien, tienes que dejar que se pierda un poco, Uraraka-san —dijo él, aunque sus palabras sonaban vacías incluso para sus propios oídos—. Eijiro está feliz ahora. ¿No es eso lo que importa?
— No si su felicidad es una mentira —respondió ella, alejándose con decepción.
Midoriya se quedó solo en el sofá. Se llevó una mano al cuello, acariciando la tela del uniforme que ocultaba la marca de Kirishima. Sentía que caminaba sobre la cuerda floja, con el abismo a ambos lados. Por un lado, el amor estable y seguro de Todoroki; por el otro, la tormenta de Bakugo. Y en medio, este interludio de pecado y dopamina que lo hacía sentir más poderoso que el mismísimo All Might.
Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Sabía que estaba traicionando cada ideal que alguna vez defendió. Pero mientras el calor de la mordida de Kirishima siguiera allí, recordándole que había sido capaz de doblegar la voluntad de un hombre tan fuerte, Midoriya no podía arrepentirse.
En su mente, ya no era el sucesor del One For All. Era el hombre que había robado el fuego de Bakugo y el hielo de Todoroki, y que ahora ardía en una hoguera de su propia creación.
Lejos de allí, en un callejón oscuro de la ciudad, el villano que había disparado el Don de Dopamina sonreía mientras leía las noticias sobre la inestabilidad en la UA. Sabía que su Don no solo creaba amor; creaba grietas. Y las grietas en los cimientos de los héroes eran mucho más peligrosas que cualquier ataque directo.
La cuenta atrás seguía su curso. Tres días. Setenta y dos horas para que la química se rindiera ante la realidad. Bakugo entrenaba hasta que sus manos sangraban, Todoroki se hundía en un silencio sepulcral, e Izuku Midoriya esperaba, con una sonrisa de ángel y un corazón de traidor, el momento en que Kirishima volviera a abrir los ojos para reclamar su dosis de mentiras.
Porque hay verdades que son demasiado dolorosas para ser aceptadas, y hay mentiras que son demasiado dulces para ser abandonadas. Y en el centro de ese torbellino, cuatro corazones estaban a punto de colisionar en una explosión que cambiaría el curso de sus vidas para siempre.
Bakugo, solo en el gimnasio, lanzó una última explosión masiva contra un robot de entrenamiento, reduciéndolo a chatarra.
— No te voy a dejar ir, Eijiro —dijo entre jadeos, mientras el sudor y las lágrimas se mezclaban en su rostro—. Voy a luchar por ti, aunque tenga que arrancarte de las manos de ese maldito nerd con mis propias uñas. Porque lo nuestro es real, y lo de él... lo de él es solo el eco de un deseo que nunca debió existir.
La noche cayó sobre la Academia UA, trayendo consigo una calma engañosa. Pero bajo la superficie, el veneno del deseo seguía fluyendo, marcando el camino hacia un final donde nadie saldría ileso.