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Clandestino

Anatomía de un Precipicio

La noche en la enfermería se había convertido en un lienzo sobre el que pintaban su propia realidad. Bajo la luz parpadeante y el zumbido de los equipos, el mundo exterior con sus reglas y sus horrores se desvanecía, dejando solo el microcosmos que habían construido entre esas cuatro paredes. Era un universo hecho de piel contra piel, de susurros y del ritmo compartido de dos corazones que, durante el día, latían en solitario.

Satoru yacía en una de las camas, con el torso desnudo y la cabeza apoyada en el regazo de Shoko. Ella estaba sentada contra la cabecera, sus dedos trazando perezosamente las líneas de los músculos de su pecho, deteniéndose en las finas cicatrices, vestigios de batallas que él apenas recordaba. El silencio entre ellos no era vacío; estaba lleno de una comodidad que bordeaba lo doméstico, una palabra peligrosa y prohibida que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.

—Tus manos son demasiado analíticas, incluso cuando no estás trabajando —murmuró Satoru, con los ojos cerrados. Su voz, despojada de su habitual arrogancia, era una vibración grave que resonaba en el muslo de ella—. Siento como si estuvieras catalogando mis imperfecciones.

—Alguien tiene que hacerlo. Tu ego necesita un control de la realidad de vez en cuando —replicó Shoko, su tono bajo y suave. Sus dedos se detuvieron sobre el arco de su esternón—. Además, no son imperfecciones. Son un mapa. Cada una cuenta una historia de estupidez y suerte.

Él sonrió, una curva perezosa en sus labios.

—La mayoría es habilidad, te informo.

—Claro. Habilidad para meterte justo en la trayectoria de algo afilado.

Satoru abrió los ojos, ese azul infinito que contenía galaxias, y la miró desde abajo. La vulnerabilidad de esa postura era algo que solo se permitía con ella. Para el resto del mundo, Satoru Gojo siempre estaba por encima, intocable. Aquí, era solo Satoru, y estaba a su merced.

—Hoy me he cruzado con Utahime en el pasillo —dijo Shoko de repente, su voz perdiendo el tono juguetón. Sus dedos se quedaron quietos.

Satoru se tensó sutilmente, aunque no se movió.

—¿Y? ¿Se quejaba de mí otra vez? Es su pasatiempo favorito. Le da sentido a su vida.

—No. Me miró de una forma extraña. Dijo: «Te ves… diferente últimamente. Menos cansada, pero más… alerta. ¿Pasa algo?».

El aire de la habitación se enfrió un grado. Satoru se incorporó lentamente, sentándose frente a ella en la cama. La intimidad se había roto, reemplazada por la fría sombra de su realidad.

—Probablemente no fue nada —dijo Satoru, aunque su tono carecía de convicción—. Utahime se preocupa por ti. Somos amigos desde hace mucho. Es normal que note cambios.

—No fue preocupación, Satoru. Fue curiosidad. Del tipo peligroso. La conozco. Es una buena persona, pero es impulsiva. Y no sabe guardar un secreto ni aunque su vida dependiera de ello. Si llegara a sospechar algo…

—No lo hará —la interrumpió él, su confianza una fina capa de hielo sobre un lago profundo y oscuro—. Somos cuidadosos.

—¿Lo somos? —replicó ella, arqueando una ceja—. Hace unas semanas, casi nos descubre la mitad de tu clase de segundo año. Y luego, tu propio hijo adoptivo nos pilló con las manos en la masa. Nuestra suerte se está agotando, Satoru.

El recordatorio de la noche en que Megumi los descubrió pesó entre ellos. Habían tenido suerte. Una suerte demencial. Megumi, con su lealtad forjada en el abandono y el pragmatismo, era el único testigo que podían permitirse. Cualquier otro…

—Bien. Hagamos un juego —propuso Satoru, su mente cambiando de marcha, volviéndose analítica, como si estuviera planeando una estrategia de batalla—. Repasemos las amenazas. ¿Quién es el mayor riesgo?

Shoko suspiró, reconociendo el intento de Satoru de controlar una situación incontrolable a través de la lógica. Le siguió el juego. Era mejor que dejarse consumir por la ansiedad.

—Dejando a un lado a los estudiantes, que son demasiado jóvenes e ingenuos para entenderlo… Empecemos por los fáciles. Ijichi.

Satoru resopló.

—Ijichi me tiene tanto miedo que si nos viera, probablemente se borraría su propia memoria por pura supervivencia. No es una amenaza. Es un espectador aterrorizado en el mejor de los casos.

—De acuerdo. Siguiente. Nanami.

La expresión de Satoru se suavizó un poco. Un respeto mutuo existía entre él y el ex-asalariado.

—Nanami es… Nanami. Lo desaprobaría en voz alta, nos llamaría idiotas irresponsables, daría una conferencia de diez minutos sobre el profesionalismo y luego se iría a su casa y no le diría una palabra a nadie. Su integridad es un coñazo, pero es sólida como una roca.

Shoko asintió. Estaba de acuerdo. Kento Nanami podía juzgarlos, pero nunca los traicionaría.

—Eso nos deja con las dos mujeres problemáticas de nuestro círculo —dijo Shoko, y la tensión volvió—. Utahime…

—Utahime se enfadaría. Gritaría. Probablemente te abofetearía y a mí me lanzaría algún objeto contundente. Pero al final, su lealtad hacia ti ganaría. El peligro con ella no es la malicia. Es un comentario accidental, una copa de más con alguien, un desliz. Es un riesgo, pero uno pasivo.

—Un riesgo pasivo que podría quemarnos vivos —puntualizó Shoko—. Y luego está la otra.

Satoru no necesitó que dijera el nombre. Su rostro se endureció, sus ojos perdiendo todo rastro de calidez. El aire a su alrededor pareció crepitar, un atisbo del poder aterrador que siempre mantenía bajo control.

—Mei Mei.

Shoko sintió un escalofrío. Solo pronunciar su nombre en ese contexto era como invocar a un demonio.

—Mei Mei no es un riesgo pasivo —continuó Shoko, su voz baja y grave—. Es un depredador. Si se enterara, no nos confrontaría. No gritaría. Sonreiría. Y luego calcularía el precio de nuestro secreto.

—Y lo vendería al mejor postor —terminó Satoru, su voz un témpano de hielo—. Los Zenin pagarían una fortuna por cualquier cosa que pudiera debilitarme. Los Kamo también. Pero los compradores más obvios, los que pagarían el precio más alto…

—Los altos mandos —susurró Shoko.

La frase quedó suspendida en el aire, cargada de una amenaza existencial. Los ancianos del consejo de hechicería. Los guardianes de un sistema arcaico y sediento de poder que despreciaban a Satoru tanto como lo necesitaban. Él era la anomalía que rompía su equilibrio, el poder que no podían controlar. Y siempre estaban buscando una palanca, una debilidad.

Shoko era esa debilidad.

—¿Qué crees que harían? —preguntó ella, la pregunta puramente retórica. Ya sabía la respuesta.

—A ti no te tocarían directamente. Eres demasiado valiosa —dijo Satoru, su mirada perdida en la distancia, sus Seis Ojos probablemente visualizando cada escenario posible con una claridad aterradora—. Eres la única que puede usar la Técnica Inversa para curar a otros de forma fiable. Eres el sistema de salud de todo nuestro mundo. No, a ti te aislarían. Te pondrían en un pedestal de oro, pero sería una jaula. Te asignarían esa «seguridad permanente» de la que hablé, pero no sería para protegerte. Sería para controlarte. Para mantenerme alejado.

Su mirada volvió a ella, y estaba ardiendo.

—Y a mí… oh, a mí me darían la excusa perfecta. «El hechicero más fuerte, comprometido por un apego sentimental. Un riesgo para la seguridad. Una responsabilidad». Me enviarían a una misión tras otra en los confines del mundo. Misiones suicidas, incluso para mí. Con la esperanza de que una de ellas finalmente me desgastara. O simplemente para mantenerme ocupado, lejos de ti, hasta que ambos nos rindiéramos o cometiéramos un error fatal. Nos separarían, Shoko. Nos desmantelarían pieza por pieza.

La imagen que pintó era tan vívida, tan plausible, que a Shoko le costó respirar. Sentía las paredes de la enfermería, su único refugio, encogiéndose a su alrededor.

—Entonces, esto tiene que parar —dijo ella, más para sí misma que para él. La lógica fría de la supervivencia se imponía—. El riesgo es demasiado alto.

Satoru se acercó, tomando su rostro entre sus grandes y cálidas manos. La obligó a mirarlo.

—No.

La palabra fue un mandato, no una sugerencia.

—Satoru, no seas estúpido…

—No —repitió él, su voz más suave pero con un filo de acero—. Escúchame. He vivido toda mi vida siendo «El Más Fuerte». Una existencia solitaria en la cima, donde todos me necesitan pero nadie puede tocarme. Este… —sus pulgares acariciaron sus pómulos—, esto es lo único que es mío. Lo único que he elegido no por deber, no por poder, sino porque lo quiero. No voy a renunciar a ello porque un grupo de viejos decrépitos y asustados le teman a la felicidad.

—No es felicidad, Satoru, es un riesgo mortal. Es jugar a la ruleta rusa con nuestras vidas.

—Entonces jugaré —replicó él con una ferocidad que la sorprendió—. Pero quiero que sepas una cosa. Si alguno de esos fósiles se atreve a tocarte un solo pelo, Shoko… si intentan usarte para llegar a mí, si te encierran, si te hacen daño de cualquier forma…

Hizo una pausa, y la temperatura de la habitación pareció desplomarse. La energía maldita a su alrededor se arremolinó, una presencia casi visible, un aura de poder absoluto y aterrador. Sus ojos azules ya no eran el cielo; eran el vacío helado del espacio profundo.

—No habrá una masacre —dijo, su voz un susurro mortal que prometía aniquilación—. Será una extinción. Borraré sus clanes del mapa. Me aseguraré de que sus nombres solo se encuentren en los libros de historia como una nota a pie de página sobre la estupidez y la arrogancia. Haré que el mundo de la hechicería se arrepienta del día en que decidieron que podías ser una pieza en su tablero.

El terror que sintió Shoko fue puro y visceral. No era la promesa de un amante protector. Era el juramento de un dios de la destrucción. Y lo peor de todo era que sabía, con una certeza que le helaba los huesos, que él lo decía en serio. Y que podía hacerlo. Podía destruir el mundo que ambos estaban obligados a proteger.

—No vuelvas a decir eso nunca más —siseó ella, apartando sus manos de su rostro. El miedo se convirtió en ira—. ¿No lo entiendes? ¡Eso es lo que perderíamos! ¡Todo! No solo nosotros. Los estudiantes. El futuro que dices que quieres construir. Todo se convertiría en cenizas por un ataque de ira tuyo. No quiero esa clase de protección. No quiero ser la razón por la que el mundo arda.

Satoru la miró, la furia en sus ojos retrocediendo lentamente, reemplazada por una profunda y dolorosa comprensión. Ella tenía razón. Su poder era una salvaguarda y una amenaza. Protegerla de esa manera sería destruirlo todo, incluida la mujer que intentaba proteger.

Estaba a punto de responder, de intentar encontrar las palabras para explicar el terror impotente que sentía ante la idea de perderla, cuando un sonido agudo y repetitivo rompió la tensión.

*Toc. Toc. Toc.*

No venía de la puerta. Venía de la ventana.

Ambos se giraron bruscamente. Posado en el alféizar exterior, visible a través del cristal, había un cuervo. No era un pájaro cualquiera. Su plumaje era de un negro antinaturalmente brillante, y sus ojos eran dos puntos inteligentes que los observaban sin pestañear. Un Cuervo Kasugai. Un mensajero.

Atado a su pata había un pequeño pergamino, sellado con cera roja. El sello era inconfundible: el emblema del consejo de altos mandos de la hechicería.

El corazón de Shoko se detuvo. El aire abandonó sus pulmones. La conversación que acababan de tener, la paranoia, el miedo… todo se cristalizó en ese pequeño pájaro y su ominoso mensaje.

Satoru se levantó de la cama en un solo movimiento fluido, su cuerpo una espiral de tensión. Cruzó la habitación en dos zancadas silenciosas y abrió la ventana. El cuervo saltó al interior, graznando suavemente, y extendió la pata. Satoru desató el pergamino con dedos que, por una vez, no eran del todo firmes. El pájaro, cumplida su misión, salió volando hacia la noche.

Satoru se quedó de pie junto a la ventana, con el pequeño rollo de papel en la mano, como si sostuviera una granada sin anilla.

—¿Qué dice? —preguntó Shoko, su voz extrañamente tranquila. Era la calma que precedía a la catástrofe.

Satoru rompió el sello y desenrolló el pergamino. La luz de la enfermería iluminó la caligrafía elegante y arcaica. Leyó en silencio, su rostro una máscara impenetrable. Cuando terminó, sus hombros se hundieron una fracción de milímetro. Fue la única señal externa de la tormenta que sin duda se estaba desatando en su interior.

—Es para ti —dijo, su voz plana.

Caminó hacia ella y le entregó el pergamino. Shoko lo tomó, sus dedos fríos rozando los suyos. Leyó las palabras, cada una un golpe de martillo contra su compostura.

*«Se requiere la presencia de la doctora Shoko Ieiri en la Cámara del Consejo mañana al mediodía. Se discutirán asuntos pertinentes a la seguridad y los activos logísticos de la Academia de Hechicería de Tokio. Su asistencia es obligatoria e inapelable».*

No había ninguna mención a él. Ninguna acusación directa. Pero la redacción era deliberadamente ambigua y amenazante. «Activos logísticos». Así la veían. Un recurso. Una pieza en el tablero.

—Lo saben —susurró Shoko, el pergamino temblando en su mano.

—No. No lo sabemos —replicó Satoru, su voz recuperando su filo—. Podría ser cualquier cosa. Una revisión de presupuesto. Una nueva directiva sobre el tratamiento de los estudiantes. Es una táctica de intimidación. Quieren ver cómo reaccionas. Quieren ver cómo reacciono *yo*.

—Pues está funcionando —admitió ella, una risa seca y sin alegría escapando de sus labios—. Estoy aterrorizada.

—Iré contigo —decretó Satoru, su decisión instantánea y absoluta. El dios de la destrucción había sido reemplazado por el guardián furioso—. Entraré en esa sala y…

—No —lo cortó Shoko, su voz firme y clara, recuperando el control—. Absolutamente no.

Satoru la miró, incrédulo.

—Shoko, no voy a dejar que vayas sola a esa cueva de lobos.

—Tienes que hacerlo —insistió ella, levantándose para enfrentarlo, la diferencia de altura entre ellos más pronunciada que nunca. Pero en ese momento, ella parecía la más alta de los dos—. ¿No lo ves? ¡Eso es exactamente lo que están esperando! Si tú apareces a mi lado, si muestras la más mínima preocupación personal, les estaremos entregando la prueba en bandeja de plata. Confirmarás todas sus sospechas. Sería como firmar nuestra propia sentencia.

—¡Entonces que la firmen! —exclamó él, su frustración estallando—. ¡Que lo intenten! ¡Quiero verlos intentarlo!

—¡No, Satoru! —gritó ella, algo que rara vez hacía—. ¡Esto no es una pelea que puedas ganar con los puños o con tu técnica! Esto es política. Es un juego de sombras. Y si juegas con tus cartas, perdemos. Tienes que dejarme manejar esto a mí.

Él la agarró por los hombros, su agarre fuerte pero no doloroso. Su rostro era una tormenta de furia impotente.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Sentarme aquí a esperar mientras te interrogan, te amenazan y te diseccionan psicológicamente?

—Sí —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos, su propia mirada inquebrantable—. Se supone que debes confiar en mí. Soy la doctora Shoko Ieiri. No soy una damisela en apuros. He sobrevivido en este mundo de mierda tanto tiempo como tú, y no lo he hecho siendo estúpida. Iré a esa reunión. Seré profesional, fría y aburrida. Les hablaré de suministros médicos y protocolos de cuarentena hasta que se duerman en sus asientos. No les daré nada. Y tú… tú te quedarás aquí. Actuarás como si no pasara nada. Irás a clase, molestarás a tus estudiantes, comerás tus estúpidos dulces. Serás Satoru Gojo, el imbécil arrogante al que no le importa nada ni nadie. ¿Puedes hacer eso por mí?

La petición lo desarmó. No le estaba pidiendo que luchara. Le estaba pidiendo que no hiciera nada. Para él, el hombre de acción infinita, era la tarea más difícil del mundo.

Soltó sus hombros lentamente, sus manos cayendo a sus costados. La energía furiosa pareció drenarse de él, dejando solo un cansancio infinito. Estaba atrapado. Su inmenso poder era inútil. Si actuaba, la condenaba. Si no actuaba, sentía que la abandonaba.

—Puedo —dijo finalmente, la palabra un peso en su lengua—. Lo haré.

Shoko asintió, un gesto corto y tenso. Se dio la vuelta y empezó a recoger sus cosas, su bata de laboratorio, su bolso. Sus movimientos eran rígidos, mecánicos. La máscara de la doctora volvía a su lugar.

—Tengo que irme —dijo, sin mirarlo—. Necesito dormir un poco si voy a enfrentarme a esos vejestorios mañana.

Satoru no se movió. Se quedó de pie en medio de la habitación, una estatua de poder inútil. La observó mientras ella caminaba hacia la puerta, cada paso un golpe en su pecho.

Cuando llegó al umbral, se detuvo y se giró. Sus ojos se encontraron a través de la habitación. No había miedo en su mirada ahora, solo una determinación de acero y algo más, algo que parecía una despedida silenciosa, por si acaso.

—Satoru.

—Shoko.

No se dijeron nada más. No había nada que decir. Ella se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta tras de sí. El clic del cerrojo resonó en el silencio.

Satoru se quedó solo en la enfermería. El espacio, que momentos antes había sido su refugio, ahora se sentía como una jaula. El olor a café y a ella todavía flotaba en el aire, un fantasma burlón.

Caminó hacia la cama donde habían estado tumbados, el calor de sus cuerpos aún latente en las sábanas. Se sentó en el borde, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.

Estaban en el borde de un precipicio. Y él, el hombre que podía volar, el ser que dominaba el espacio, no podía hacer nada más que mirar cómo ella se acercaba al borde, sola.

El silencio que quedó tras su partida no era de paz. Era el silencio tenso y vibrante de una bomba a punto de estallar. Y Satoru Gojo, el hechicero más fuerte del mundo, solo podía esperar. Y esperar, se dio cuenta, era una forma de tortura mucho peor que cualquier batalla.