Clandestino
Anatomía de una Confesión
El mediodía se sintió como una sentencia. Satoru Gojo, el hombre que podía doblar el espacio y detener lo imparable, estuvo congelado en el tiempo durante noventa y siete minutos. Los contó. Cada segundo era una gota de ácido en su estómago. Se había quedado en la enfermería, el epicentro de su secreto, como si su presencia allí pudiera de alguna manera anclar a Shoko y traerla de vuelta a salvo. Era una superstición estúpida, indigna de él, pero se aferró a ella con la desesperación de un moribundo.
Paseaba de un lado a otro como un animal enjaulado, el linóleo frío bajo sus pies marcando el ritmo de su ansiedad. Sus Seis Ojos, que normalmente le mostraban el mundo en una claridad abrumadora, hoy solo proyectaban escenarios de pesadilla. Veía a Shoko, sola, rodeada de sombras sin rostro en una habitación oscura. Veía sus labios apretados en una línea de desafío mientras los ancianos la despojaban de su dignidad con preguntas insidiosas. Veía la trampa cerrándose, y él estaba a kilómetros de distancia, maniatado por su propia promesa.
Cuando la puerta finalmente se abrió, él se giró con la velocidad de un rayo, su energía maldita erizándose bajo su piel, lista para explotar.
Era ella.
Shoko Ieiri estaba de pie en el umbral, su bata de laboratorio impecablemente blanca, su rostro una máscara de neutralidad profesional. Se detuvo, sus ojos marrones encontrándose con los suyos. Por un instante, Satoru no pudo leer nada en ellos. Y ese instante fue la peor de las torturas.
—¿Y bien? —su voz salió más áspera de lo que pretendía.
Shoko cerró la puerta tras de sí, el suave clic del cerrojo pareció liberar toda la tensión contenida en la habitación. Se apoyó contra la madera, y la máscara se desmoronó. Sus hombros se hundieron, exhaló un largo suspiro y se frotó la frente con el dorso de la mano.
—Falsa alarma —dijo, su voz teñida de un agotamiento profundo—. Querían una evaluación detallada de las lesiones de los equipos que volvieron de la misión en Osaka. Discutir sobre la eficacia de las nuevas barreras protectoras. Jerga burocrática. Una pérdida de tiempo monumental.
Satoru no se movió. Siguió mirándola, sus Seis Ojos escaneándola, buscando cualquier mentira, cualquier señal de que estaba ocultando algo para protegerlo. Pero no encontró nada. Solo un cansancio infinito y el regusto amargo de una ansiedad compartida.
El alivio lo golpeó con la fuerza de un puñetazo, dejándolo sin aliento. Sintió que sus rodillas flaqueaban por un segundo. El hechicero más fuerte del mundo, casi derribado por la ausencia de una catástrofe.
—¿Estás segura? —preguntó, necesitando oírlo de nuevo.
—Satoru, pasé una hora y media explicando la diferencia entre una laceración por energía maldita residual y una quemadura por técnica elemental a un grupo de hombres que probablemente todavía piensan que la sangría es un tratamiento viable —dijo ella con un deje de su habitual cinismo—. Si sabían algo, son los mejores actores del mundo. O los más sádicos. Y aunque son sádicos, no son tan sutiles.
Él asintió, el nudo en su pecho finalmente comenzando a deshacerse. Dio un paso hacia ella, luego otro. Quería tocarla, abrazarla, hundir su rostro en su cabello y asegurarse de que era real, que estaba allí, a salvo. Pero se detuvo. La advertencia de ella de la noche anterior todavía resonaba en sus oídos. El precipicio seguía allí, aunque no hubieran caído.
—Bien —dijo, su voz ahora controlada—. Bien.
Shoko lo miró, viendo la distancia que él se imponía, la contención en cada línea de su cuerpo. Y en sus ojos, vio el reflejo de su propio miedo.
—Pero no podemos bajar la guardia —añadió ella, su tono volviéndose serio—. La forma en que me miraba Gakuganji… era como un entomólogo examinando un insecto particularmente interesante. No creo que sepan nada concreto. Pero están observando. Buscando grietas.
—Mei Mei —dijo Satoru, el nombre era una maldición en sus labios.
—No lo sé. Pero a partir de ahora, tenemos que ser fantasmas.
Y así lo hicieron. Los siguientes cuatro días fueron un ejercicio de contención brutal. Se convirtieron en lo que el mundo esperaba que fueran: colegas distantes, unidos solo por la conveniencia y una historia compartida que se sentía cada vez más lejana.
Durante el día, sus interacciones eran un modelo de profesionalismo frío. Él aparecía en la enfermería solo cuando era estrictamente necesario, con un estudiante a cuestas o con una pregunta legítima sobre un informe. Sus bromas eran públicas, diseñadas para una audiencia, carentes de la intimidad que solían tener. Ella respondía con un sarcasmo cortante, despachándolo con una eficiencia que helaba el aire. Se cruzaban en los pasillos y compartían un asentimiento apenas perceptible, sus ojos encontrándose por una fracción de segundo antes de apartarse. Cada mirada era una conversación completa y una puñalada silenciosa. *¿Estás bien? Te echo de menos. Esto es una mierda. Ten cuidado.*
Las noches eran peores. La enfermería, su santuario, se convirtió en un desierto. Shoko se encontraba trabajando hasta altas horas, el silencio de la habitación ahora opresivo en lugar de cómplice. Cada crujido del edificio, cada cambio en la presión del aire, la hacía levantar la vista con una esperanza dolorosa, solo para encontrar la habitación vacía. El olor a ozono y a dulces caros se había desvanecido, reemplazado por completo por el aroma estéril de la muerte y el desinfectante.
Satoru, por su parte, se encontraba vagando por los terrenos de la academia como un espectro. Entrenaba hasta el agotamiento, iba a misiones que no le correspondían, cualquier cosa para llenar las horas que antes pasaba con ella. Su apartamento, siempre un lugar de paso, ahora se sentía como una tumba de lujo. El silencio allí era absoluto, un recordatorio de que, a pesar de todo su poder, estaba fundamentalmente solo. Respetaba la decisión de Shoko, la necesidad de precaución. Entendía la lógica. Pero entender algo y poder soportarlo eran dos cosas muy diferentes.
En la cuarta noche, algo se rompió.
Shoko estaba en la morgue, de pie frente a una mesa de acero vacía y reluciente bajo la luz fluorescente. No había autopsias que hacer, ni informes que escribir. Estaba allí simplemente porque no sabía dónde más estar. El frío del metal parecía filtrarse en sus huesos.
El miedo de la reunión con el consejo había mutado. Ya no era un miedo abstracto a ser descubierta. Se había convertido en algo mucho más visceral, catalizado por la amenaza de Satoru de quemar el mundo por ella. Mientras miraba la mesa vacía, no podía dejar de imaginarlo. No a un hechicero anónimo. A él. Su cabello blanco manchado de sangre contra el acero frío. Sus ojos azules, normalmente tan vibrantes, vacíos y sin vida. Su cuerpo, un mapa de poder y arrogancia, reducido a un objeto para que ella lo catalogara, lo abriera, lo analizara.
La imagen la golpeó con una fuerza física. Un nudo de puro terror se formó en su garganta, ahogándola. Se apoyó en la mesa, sus nudillos blancos. Podía soportar la muerte. Era su trabajo. Podía soportar la soledad. Era su condición. Pero la idea de su muerte, de tener que ser ella quien confirmara el fin de su existencia… eso era un abismo en el que no se atrevía a mirar.
Y en ese momento de claridad aterradora, se dio cuenta de la estupidez de su situación. Se estaban escondiendo, manteniéndose separados, para evitar un futuro en el que los separaran a la fuerza. Estaban muriendo de sed junto a un pozo por miedo a que el agua estuviera envenenada.
La lógica se hizo añicos. La precaución se evaporó. Solo quedó una necesidad cruda y primordial. La necesidad de confirmar que él todavía estaba vivo. Que estaba entero. Que estaba allí.
Salió de la morgue sin siquiera coger su bata. Caminó por los pasillos silenciosos de la academia, sus pasos rápidos y decididos. No iba a la enfermería. Sabía que él no estaría allí. Sabía, con una intuición que trascendía la lógica, dónde encontrarlo.
Lo encontró en uno de los campos de entrenamiento superiores, uno que tenía vistas a las luces parpadeantes de Tokio. Estaba de pie en el borde de un pequeño acantilado, de espaldas a ella, una silueta alta y solitaria contra el resplandor de la ciudad. No llevaba su venda ni sus gafas. El viento nocturno agitaba su cabello blanco. Parecía una deidad desterrada, contemplando un mundo que podía destruir pero al que no podía pertenecer del todo.
Shoko no hizo ningún ruido al acercarse, pero él supo que estaba allí. Sintió su presencia como un cambio en la gravedad. Sin embargo, no se giró.
—Deberías estar en la cama, Shoko —dijo, su voz tranquila, llevada por el viento.
Ella no respondió. Siguió caminando hasta que estuvo justo detrás de él. Podía oler el aire fresco de la noche en su ropa, el leve rastro de ozono que siempre lo seguía.
—Satoru.
Él se giró lentamente. Su rostro, en la luz ambiental de la ciudad lejana, estaba grabado con una tristeza y una soledad que le partieron el corazón. Sus ojos azules la miraron, y en ellos vio el reflejo de sus propios cuatro días de infierno.
—No deberíamos estar aquí —dijo él, su voz un murmullo—. No juntos. No al aire libre.
—Lo sé —respondió ella.
Dio el último paso que los separaba, invadiendo su espacio personal. Él se quedó inmóvil, una estatua de contención. Ella levantó una mano, no para acariciarlo, sino para agarrar la parte delantera de su chaqueta de cuello alto. Lo empujó hacia atrás hasta que su espalda chocó contra el tronco de un viejo cerezo que marcaba el borde del campo.
Satoru la miró, confundido, una chispa de sorpresa en sus ojos normalmente omniscientes.
—Shoko, ¿qué…?
Ella no lo dejó terminar. Se puso de puntillas, tiró de él hacia abajo por el cuello de su chaqueta y estampó su boca contra la de él.
No fue un beso. Fue una colisión. Un acto de desesperación y de afirmación. Fue el sabor de cuatro días de abstinencia, de miedo y de anhelo reprimido. Al principio, él se quedó rígido, sorprendido por su repentina agresión. Pero fue solo por un instante. Luego, un gemido grave vibró en su pecho y sus brazos la rodearon, levantándola del suelo y presionándola contra el árbol, respondiendo a su urgencia con una propia que era diez veces más fuerte.
El beso se transformó. Dejó de ser un simple choque de labios y se convirtió en una batalla, en una exploración febril. La lengua de Shoko se abrió paso entre sus labios, y la de él la encontró con una avidez que la dejó sin aliento. Era un beso francés, pero despojado de todo romance y lleno de una crudeza animal. Un enredo de lenguas, un intercambio de aliento, un intento desesperado de consumir al otro, de fusionarse en una sola entidad para que ninguna fuerza en el universo pudiera volver a separarlos.
Las manos de Satoru se movían por su cuerpo con una necesidad frenética, una en su espalda, presionándola más contra él, la otra enredada en su cabello, sosteniendo su cabeza como si temiera que fuera a desaparecer. Las manos de ella se aferraban a su chaqueta, a sus hombros, a cualquier parte de él que pudiera alcanzar, sus uñas arañando la tela.
No había nada de su habitual juego previo, nada de su danza de seducción lenta. Esto era hambre pura. Un hambre que había estado creciendo en la oscuridad durante cuatro largos días y que finalmente había estallado.
Se separaron, jadeando, con las frentes apoyadas la una en la otra. El aire nocturno era frío en sus pieles recalentadas. Satoru la miraba, sus ojos azules ardiendo con una mezcla de confusión, deseo y preocupación.
—Shoko… ¿qué ha sido eso? —respiró, su voz ronca.
Ella no respondió de inmediato. Su pecho subía y bajaba rápidamente, sus labios estaban hinchados y sensibles. Levantó la vista hacia él, y la máscara de cinismo, la fachada de control, todo había desaparecido. Lo que él vio en sus ojos lo dejó helado: un miedo puro y absoluto.
—He estado pensando —dijo ella, su voz temblorosa, apenas un susurro—. En mi trabajo. En las mesas de metal.
Él frunció el ceño, sin entender.
—Odio mi trabajo, Satoru. Lo odio con cada fibra de mi ser. Odio el olor, odio el frío, odio tener que escribir informes sobre cómo se apaga la vida de chicos que eran demasiado jóvenes. Pero lo hago. Lo soporto. Me he acostumbrado a la muerte. Es… ruido de fondo.
Hizo una pausa, tragando saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que Satoru no había visto en ella desde que eran adolescentes, desde la muerte de Suguru.
—Pero hoy… hoy estaba mirando una de esas mesas vacías —continuó, su voz rompiéndose—. Y te vi a ti sobre ella.
El aire abandonó los pulmones de Satoru. El mundo a su alrededor se silenció. El viento, las luces de la ciudad, todo desapareció. Solo existía la expresión de absoluto terror en el rostro de ella.
—Odio pensar… —su voz era ahora un hilo apenas audible—, odio la idea de que en algún momento, el cuerpo que traigan en una bolsa negra sea el tuyo. Que tenga que ser yo la que pase mis manos por tu piel fría y busque la herida que finalmente logró detenerte. Que tenga que abrirte y escribir en un papel la causa exacta por la que el hechicero más fuerte del mundo dejó de existir.
Levantó una mano temblorosa y tocó su pecho, justo sobre su corazón. Podía sentir el latido fuerte y rápido bajo su palma.
—Podría soportar que los altos mandos nos descubrieran. Podría soportar que me encerraran. Podría soportar no volver a verte nunca más. Pero no creo… —una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla—, no creo que pudiera soportar perderte de esa manera. Perder al único que me queda de aquellos días. El último de nosotros.
La confesión quedó suspendida entre ellos, tan cruda y tan vulnerable que Satoru sintió como si su propio corazón se hubiera roto y recompuesto en un instante.
Toda su relación, todos sus encuentros clandestinos, él siempre había sido el protector. El que desafiaba al mundo por ella. El que la protegía de los ancianos, de las amenazas, de la soledad. Pero nunca se había detenido a pensar en su miedo. No en el miedo a ser descubierta, sino en el miedo a perderlo a él. El miedo profesional y profundamente personal de la única persona que tendría que enfrentarse a su cadáver.
Con una delicadeza que contradecía la pasión de momentos antes, Satoru la rodeó con sus brazos, atrayéndola en un abrazo que era a la vez ferozmente protector y abrumadoramente tierno. Enterró su rostro en su cuello, inhalando su aroma a café y a ella, el olor de su única cordura.
—Shoko… —susurró contra su piel, su propia voz cargada de una emoción que rara vez se permitía—. Mírame.
Ella levantó la cabeza. Él ahuecó su rostro con sus manos, limpiando la solitaria lágrima con su pulgar.
—Nunca. ¿Me oyes? —dijo, su intensidad quemándola—. Nunca voy a terminar en una de tus mesas. Soy Satoru Gojo. Soy el más fuerte. No voy a morir. No de una manera tan aburrida. Te lo prometo.
Era una promesa arrogante, imposible, una fanfarronada contra el propio destino. Pero en ese momento, era exactamente lo que Shoko necesitaba oír. Era la única promesa que él podía hacerle.
Ella soltó una risa temblorosa y ahogada.
—Idiota. Eres un idiota arrogante.
—Soy tu idiota arrogante —replicó él, una suave sonrisa formándose en sus labios. Se inclinó y la besó de nuevo, pero esta vez fue diferente. No había desesperación, ni hambre. Era un beso lento, profundo, lleno de la verdad que acababan de confesar. Sabía a sal de las lágrimas de ella y a la certeza de la promesa de él.
Cuando se separaron, se quedaron abrazados contra el árbol, en silencio, mientras la ciudad de Tokio brillaba a sus pies como una galaxia caída. El precipicio seguía allí. Los peligros no habían desaparecido. Pero algo fundamental había cambiado.
Su relación clandestina había trascendido el deseo y la rebelión. Se había convertido en un ancla. Un pacto contra la mortalidad. Ya no se trataba solo de robar momentos de placer en la oscuridad. Se trataba de aferrarse a la vida, a la del otro, en un mundo que constantemente intentaba arrebatársela.
—No más distancia —dijo Satoru, su voz una orden silenciosa contra su cabello—. No podemos hacer eso. Nos mata más rápido que cualquier anciano del consejo.
—Seremos cuidadosos —respondió ella, su voz más firme ahora, anclada por la confesión y su respuesta—. Pero no volveremos a ser fantasmas. No el uno para el otro.
Él la apretó más fuerte. La anatomía de su secreto había revelado una nueva capa, la más profunda y vulnerable de todas. No era el miedo a ser descubiertos lo que los destrozaría. Era el miedo a perderse. Y esa noche, bajo la mirada indiferente de la ciudad, ambos entendieron que la única manera de combatir ese miedo no era esconderse, sino aferrarse el uno al otro con todas sus fuerzas, como si sus vidas dependieran de ello.
Porque, en realidad, así era.