Volver al resumen

Company

Entre el Olvido y el Adiós

La casa de los Álvarez, que siempre había sido un refugio de risas y complicidad, se había transformado en un mausoleo de silencios hirientes. Desde la noche en que Kevin descubrió la verdad, el aire se sentía espeso, casi irrespirable. Atenea caminaba por los pasillos como un fantasma, evitando las zonas comunes para no encontrarse con la mirada de hielo de su hermano.

Kevin no le gritaba. No había más explosiones de furia. Lo que había era algo mucho peor: indiferencia. Para él, Atenea se había vuelto invisible. Si ella entraba a la cocina, él salía. Si ella intentaba dirigirle la palabra, él subía el volumen de la televisión o simplemente se ponía los auriculares. Era un castigo silencioso que le estaba desgarrando el alma más que cualquier reproche.

Atenea se encontraba en su habitación, rodeada de maletas abiertas. El caos de ropa y libros contrastaba con el vacío que sentía en el pecho. Su teléfono vibró sobre la cama. Era Nailea.

—¿Estás en casa? —preguntó su amiga en cuanto Atenea contestó. Su voz sonaba cargada de preocupación.

—Sí, Nai. Aquí estoy. Encerrada, como siempre.

—Voy para allá. No acepto un no por respuesta. Kevin está en el club, así que no habrá escenas.

Quince minutos después, Nailea entraba en la habitación de Atenea. Al ver las maletas, se detuvo en seco, y su rostro, usualmente alegre, se ensombreció.

—Dime que esas maletas son porque vas a hacer una limpieza profunda de closet, Ate —dijo Nailea, sentándose en la orilla de la cama y apartando un par de jeans—. Dime que no es lo que estoy pensando.

Atenea se dejó caer en su silla de escritorio, cubriéndose la cara con las manos. Las lágrimas, que habían sido sus únicas compañeras en los últimos días, volvieron a asomarse.

—No puedo más, Nai. Kevin me odia. Ni siquiera me mira. Siento que cada vez que respiro en esta casa, le recuerdo la traición de Brian. Mi papá me llamó anoche... quiere que me vaya a vivir con él a Monterrey.

Nailea soltó un suspiro largo, frotándose las sienes. Ella había estado en medio del fuego cruzado, tratando de consolar a un Kevin devastado y a una Atenea rota.

—Monterrey está muy lejos, Atenea. Si te vas ahora, la brecha entre tú y Kevin nunca se va a cerrar. Él está dolido, sí, pero es tu hermano. Te ama más que a nada.

—¡Pues no parece! —exclamó Atenea, levantando la vista con los ojos enrojecidos—. Me trata como si fuera una extraña. Prometió cuidarme, pero ahora parece que lo que más quiere es que desaparezca. Si me voy, al menos dejará de sufrir cada vez que me vea. Tal vez así pueda perdonar a Brian algún día, si yo no estoy en medio.

—¿Y Brian? —preguntó Nailea en voz baja—. ¿Sabe esto?

—Sabe que estoy desesperada. Le dije lo de mi papá, pero no le he dicho que ya tomé la decisión. Él también la está pasando mal. Kevin no le habla en los entrenamientos, solo lo necesario para el juego. El vestidor es un campo de batalla.

Nailea se acercó y tomó las manos de su amiga, apretándolas con fuerza.

—Ate, escúchame bien. No puedes tomar una decisión tan grande basada solo en el miedo. Kevin es terco, es un Álvarez, tiene el orgullo por las nubes, pero se va a arrepentir si te vas.

—No quiero perderlo, Nai —sollozó Atenea, rompiendo en un llanto desconsolado—. Es mi hermano mayor. Mi héroe. Pero no puedo seguir viviendo en una casa donde soy el enemigo. Prefiero irme y que me extrañe a quedarme y que me desprecie.

Nailea la abrazó, permitiendo que Atenea se desahogara. Sabía que la situación era insostenible. Kevin se sentía traicionado en los dos pilares más grandes de su vida: su mejor amigo y su hermana pequeña. Para un hombre que vivía bajo un código de lealtad tan estricto, el golpe había sido casi mortal.

Esa misma tarde, después de que Nailea se fuera, Atenea recibió una visita que no esperaba. Escuchó unos golpes suaves en la puerta trasera de la cocina. Sabía perfectamente quién era.

Al abrir, se encontró con Brian. Se veía cansado, con ojeras marcadas y el cabello rubio más revuelto de lo habitual. Sin decir nada, él entró y la envolvió en sus brazos. Atenea se hundió en su pecho, aspirando el aroma que tanto la reconfortaba.

—Kevin llegará en cualquier momento —susurró ella, aunque no hizo el menor intento por soltarlo.

—No me importa —respondió Brian, separándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos—. He intentado hablar con él mil veces, Atenea. Le he pedido que me pegue, que me grite, que me saque del equipo si quiere, pero que no te trate así a ti.

—No sirve de nada, Brian. Está cerrado.

Brian suspiró, acariciando la mejilla de Atenea con el pulgar.

—Me dijo Nailea que lo de Monterrey es en serio.

Atenea asintió, bajando la mirada.

—Me voy el domingo, Brian. Mi papá ya compró el boleto.

El silencio que siguió fue doloroso. Brian cerró los ojos, apretando la mandíbula. Él sabía que, en parte, esto era culpa suya. Si no se hubiera enamorado de la hermana de su mejor amigo, o si al menos hubiera tenido el valor de hablar antes, las cosas serían distintas.

—No quiero que te vayas —dijo él, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Pero entiendo por qué lo haces. Esta casa es una cárcel para ti ahora mismo.

—Prométeme una cosa —dijo Atenea, tomando el rostro de Brian entre sus manos—. No dejes de intentar arreglar las cosas con él. No por nosotros, sino por ustedes. Eran hermanos antes de que yo apareciera en medio. No permitas que mi ausencia sea en vano.

—Te voy a extrañar tanto que me va a doler correr, Atenea.

—Estaré a un vuelo de distancia. Y esto no es un adiós para nosotros, Brian. Es solo un... hasta que el ruido se calme.

Se besaron con una mezcla de desesperación y melancolía. Era un beso que sabía a despedida, a promesas susurradas en la oscuridad y a un futuro incierto. Brian se marchó antes de que Kevin llegara, dejando a Atenea con el corazón más pesado que sus maletas.

El domingo por la mañana, la casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Atenea ya tenía todo listo. Su padre pasaría por ella en un par de horas para llevarla al aeropuerto. Kevin estaba en la sala, desayunando mecánicamente frente al televisor apagado.

Atenea bajó con su última mochila, se detuvo en el umbral de la sala y miró la espalda de su hermano. El nudo en su garganta era tan grande que apenas podía tragar.

—Kevin —dijo ella, con la voz temblorosa.

Él no se movió. No hubo respuesta.

—Kevin, por favor. Me voy a Monterrey. Me voy a vivir con papá.

Vio cómo los hombros de su hermano se tensaban por un segundo, pero él no se giró. Siguió mirando hacia la nada, con la mandíbula apretada.

—Sé que estás enojado. Sé que te fallé. Pero no quería que las cosas terminaran así —continuó ella, las lágrimas fluyendo libremente—. Te dejé una carta en tu mesa de noche. Solo... solo quiero que sepas que te quiero. Y que lamento haber roto tu promesa a mamá. Pero no lamento haber amado a Brian.

Esperó un momento, rogando internamente por una palabra, un gesto, incluso un grito. Pero Kevin se mantuvo como una estatua de sal.

—Adiós, hermano —susurró ella finalmente.

Atenea salió de la casa, cargando su equipaje hacia el coche de su padre que acababa de estacionarse. Nailea estaba allí, esperándola con los ojos llorosos para darle el último abrazo. Brian observaba desde su auto, un par de casas más abajo, oculto tras los cristales tintados, cumpliendo su promesa de no causar más problemas pero sin poder evitar verla partir.

Mientras el coche se alejaba, Atenea miró hacia la ventana de la sala. Por un breve instante, creyó ver la cortina moverse, creyó ver la silueta de Kevin observándola partir, pero la distancia y las lágrimas le impidieron estar segura.

Dentro de la casa, Kevin Álvarez permanecía sentado en el mismo lugar. Solo cuando escuchó el motor del coche perderse en la distancia, se permitió derrumbarse. Cubrió su rostro con las manos y soltó un sollozo ahogado, uno que llevaba días guardando en lo más profundo de su ser.

Se levantó con pasos erráticos y subió a su habitación. Sobre su mesa de noche, efectivamente, había un sobre blanco con su nombre escrito en la caligrafía redonda y clara de su hermana pequeña.

La abrió con manos temblorosas.

"Kev: Mamá te pidió que me cuidaras con tu vida, y lo hiciste. Me cuidaste de los monstruos bajo la cama, de los niños que me molestaban en la escuela y de la soledad cuando papá se fue. Pero no pudiste cuidarme de mi propio corazón. Irme es lo más difícil que he hecho, pero lo hago por ti. No quiero que me mires y veas una traición. Quiero que algún día vuelvas a mirarme y veas a tu hermana. Cuida a Brian, aunque ahora lo odies. Él te necesita tanto como yo. Te quiero siempre. —Ate."

Kevin apretó la carta contra su pecho, dejándose caer en la cama. El silencio de la casa ahora era absoluto, un vacío ensordecedor que le recordaba que, en su afán por proteger su orgullo y su lealtad, había permitido que lo más valioso que tenía se marchara.

A miles de metros de altura, Atenea miraba por la ventanilla del avión las nubes que se extendían como un mar de algodón. Llevaba consigo solo sus recuerdos y la esperanza de que el tiempo, ese juez implacable pero sanador, pusiera cada cosa en su lugar.

El secreto ya no existía. La relación estaba rota. El equipo seguía jugando. Pero en el corazón de los Álvarez, el partido más importante apenas comenzaba su tiempo de compensación. Y nadie sabía si habría una remontada.