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Cosas

La Fragilidad del Cristal

El sonido no fue una explosión, ni un disparo, ni ninguno de los ruidos violentos a los que Aaron Hotchner estaba acostumbrado en su línea de trabajo. Fue un golpe seco, sordo, seguido por el repiqueteo metálico de un estetoscopio rebotando contra los escalones de madera de su casa.

—¿Leah? —llamó Aaron desde la cocina, con el ceño fruncido mientras sostenía una botella de vino recién abierta.

No hubo respuesta. Solo un silencio espeso que le heló la sangre más rápido que cualquier amenaza de un ignoto. Corrió hacia el vestíbulo y la vio. Leah estaba al final de la escalera, en una posición antinatural, con el cabello negro esparcido como una mancha de tinta sobre el suelo de mármol. Un hilo de sangre, brillante y espeso, nacía de su sien.

—¡Leah! —El grito de Hotch fue desgarrador, perdiendo toda la compostura que lo caracterizaba.

Se arrodilló a su lado, con las manos temblando mientras buscaba su pulso. Estaba allí, débil, como el aleteo de un pájaro moribundo. Sus ojos, antes llenos de una inteligencia feroz y desafiante, estaban cerrados. La chica que bromeaba con apuñalarlo para practicar suturas estaba ahora rota, frágil, convertida en un rompecabezas de huesos fracturados y piel pálida.

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron un borrón de luces de hospital, olor a antiséptico y el sonido rítmico de los monitores cardíacos en la Unidad de Cuidados Intensivos. El equipo de la UAC estaba allí, apostado en la sala de espera como una guardia pretoriana. Morgan no dejaba de caminar, Rossi bebía café tras café en silencio, y García lloraba bajito apoyada en el hombro de un Reid que intentaba, sin éxito, recitar estadísticas sobre traumatismos craneoencefálicos para calmarse a sí mismo.

Hotch no se movió del lado de su cama. No se quitó el traje, aunque la camisa estaba arrugada y la corbata, aquella que ella tanto odiaba, colgaba deshecha. Le sostenía la mano, rezando a un Dios en el que apenas creía, pidiendo que su "perra testaruda" volviera para insultarlo.

Al tercer día, los dedos de Leah se movieron.

—Aaron... —susurró él, acercándose tanto que podía sentir el calor de su respiración.

Leah abrió los ojos. Pero no eran sus ojos. La mirada azul hielo que solía analizar el mundo con desdén y precisión quirúrgica estaba nublada, suave, teñida de una confusión infantil.

—*Où suis-je?* —preguntó ella con una voz suave, casi musical—. *Est-ce que c'est le paradis?*

Hotch se quedó paralizado. Sabía algo de francés por sus años de estudio, pero el acento de Leah era perfecto, nativo, algo que ella nunca había mencionado poseer.

—Leah, soy yo. Aaron. Estás en el hospital. Te caíste —dijo él, hablando despacio, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Ella lo miró y, en lugar de la réplica mordaz que él esperaba, en lugar de un "cállate, Hotchner, sé perfectamente dónde estoy", Leah le dedicó una sonrisa tímida y dulce. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—*Ti conosco...* —murmuró ella, esta vez en italiano—. *Sei l'uomo dei miei sogni. Sei così gentile.*

Hotch llamó a los médicos a gritos. Lo que siguió fue una batería de pruebas neurológicas. El diagnóstico fue tan fascinante como aterrador: Síndrome del Acento Extranjero combinado con una forma extremadamente rara de hipermnesia traumática y un cambio drástico en la personalidad debido al daño en el lóbulo frontal. El golpe había reconfigurado las conexiones de su cerebro. Los idiomas que Leah había escuchado de pasada en sus libros de medicina o en viajes —francés, italiano, alemán y ruso— se habían desbloqueado y estructurado de forma nativa, mientras que su temperamento defensivo, esa armadura de "perra" que construyó tras su secuestro, parecía haberse evaporado.

Dos semanas después, Hotch la llevó a casa. El regreso fue extraño. Leah caminaba con cuidado, apoyada en él, pero no con la suficiencia de quien acepta ayuda por necesidad, sino con una gratitud que resultaba casi dolorosa de presenciar.

—Gracias, Aaron —dijo ella mientras él la ayudaba a sentarse en el sofá. Hablaba en inglés ahora, pero con una cadencia suave, casi poética—. Las flores que trajiste son hermosas. ¿Sabías que en alemán se diría que tienen *Lebenskraft*? Fuerza vital. Siento que tengo mucha de esa ahora, gracias a ti.

Hotch se sentó a su lado, estudiándola. Leah lucía igual, pero era una extraña. La chica que le habría dicho que las flores eran una pérdida de dinero y que el jarrón era feo, ahora acariciaba los pétalos con una ternura infinita.

—Leah, ¿te acuerdas de lo que hablábamos antes del accidente? —preguntó él, buscando a su antigua compañera—. Sobre tu examen de cirugía. Sobre... el bisturí que guardas en la bota.

Leah soltó una risita suave, una que no tenía ni rastro de ironía.

—¿Un bisturí? Oh, Aaron, eso suena tan violento. ¿Por qué querría llevar algo así? La medicina es para sanar, para cuidar a las personas. *Es ist alles so klar jetzt*. Todo es tan claro ahora. Solo quiero que todos estén bien. Especialmente tú. Pareces tan cansado, mi amor.

Leah extendió la mano y acarició la mejilla de Hotch. No era el toque posesivo y dominante de antes; era una caricia de seda, llena de una compasión que Aaron no sabía cómo manejar.

—Echo de menos tus bromas —admitió él, con la voz quebrada.

—*Non piangere, amore mio* —respondió ella, limpiando una lágrima que Hotch no sabía que había escapado—. Sigo aquí. Solo que... ya no hay ruido en mi cabeza. La rabia se ha ido. ¿No es maravilloso?

Para Hotch, no lo era. Se sentía como un traidor por pensar así, pero extrañaba a la mujer que desafiaba a los directores del FBI, la que le decía que su corbata era un crimen contra la moda y la que lo hacía sentir joven porque ella misma era fuego puro. Esta nueva Leah era un remanso de paz, una políglota dulce y delicada, pero Aaron sentía que estaba viviendo con el fantasma de la mujer que amaba.

Esa tarde, el equipo pasó a visitarla. Rossi trajo comida, Morgan y Reid trajeron libros y García una manta tejida a mano.

—¡Leah! —exclamó García, abrazándola con cuidado—. Estábamos tan asustados.

—*Privyet, Penélope* —respondió Leah, devolviendo el abrazo con una calidez que dejó a la analista en shock—. *Ty takaya dobraya*. Eres tan buena persona. Tu aura es de color rosa brillante hoy.

García se separó, parpadeando confundida. Miró a Hotch, quien solo pudo encogerse de hombros con una expresión de derrota.

—¿Ha dicho que soy buena en ruso? —susurró García.

—Y que tienes un aura rosa —añadió Reid, fascinado—. Es increíble. El traumatismo ha afectado las áreas inhibitorias del comportamiento social. La Leah que conocíamos era un mecanismo de defensa constante. Esta... esta es la Leah sin traumas, sin defensas. Es la pureza de su intelecto mezclada con una empatía desmedida.

—Es una pesadilla —murmuró Morgan, aunque con cariño—. Extraño que me llame "musculitos sin cerebro".

Leah, que los escuchaba, se acercó a Morgan y le tomó la mano.

—Derek, lamento mucho si alguna vez fui cruel contigo. *Je m'excuse du fond du cœur*. Solo estaba asustada, aunque no lo sabía. Eras un buen amigo y yo no sabía cómo ser una buena amiga.

Morgan se quedó sin palabras. Aquella chica, la que habría preferido cortarse un dedo antes que pedir disculpas, lo estaba mirando con una sinceridad que desarmaba a cualquiera.

La velada continuó en un tono surrealista. Leah alternaba idiomas con una fluidez asombrosa, explicando conceptos médicos con una suavidad que los hacía parecer cuentos de hadas, y ofreciendo té y mantas a todos. No hubo insultos, no hubo sarcasmo, no hubo desafíos a la autoridad de Hotch.

Cuando todos se fueron, Aaron se quedó solo con ella en la penumbra del salón. Leah se había quedado dormida apoyada en su hombro. Él la miró, sintiendo una soledad inmensa en medio de su compañía.

De repente, Leah se removió y abrió los ojos. Por un instante, solo un breve segundo, el destello de hielo volvió a sus pupilas.

—Aaron... —dijo ella, y su voz recuperó ese tono cortante y familiar—. Aaron, mi cabeza... parece que alguien ha intentado hacer una lobotomía con una cuchara de madera. Es patético.

Hotch contuvo el aliento.

—¿Leah? ¿Eres tú?

Ella parpadeó, y el destello desapareció tan rápido como había llegado. La suavidad regresó, inundando su rostro.

—*Ich liebe dich, Aaron* —susurró ella, acurrucándose más contra él—. Eres mi caballero de la armadura oscura.

Hotch cerró los ojos y la abrazó con fuerza. Entendió entonces que su vida había cambiado para siempre. Leah seguía siendo brillante, seguía siendo astuta en su nueva forma de procesar el mundo, pero la guerrera se había retirado. Ahora tenía a una mujer que hablaba los idiomas del mundo pero que parecía haber olvidado el lenguaje de la guerra que los había unido.

—Yo también te quiero, Leah —respondió él, besando su frente—. En cualquier idioma que elijas.

—*Sempre* —murmuró ella antes de volver a dormirse.

Aaron se quedó despierto mucho tiempo después, mirando las sombras en la pared. Sabía que el equipo la protegería, que él la cuidaría con su vida, pero también sabía que guardaría en un rincón secreto de su corazón el recuerdo de la chica de veintitrés años que lo amenazaba con un bisturí. La vida le había devuelto a Leah, pero el destino se había quedado con su fuego, dejándole a cambio una sinfonía de palabras extranjeras y una paz que Aaron Hotchner, el hombre de las sombras, todavía no sabía cómo habitar.