Cosas
El eco de la ausencia
El silencio en la casa de Aaron Hotchner ya no era el refugio compartido que solía ser. Ahora era una barrera, un muro de cristal decorado con palabras en idiomas que él apenas comprendía y una cortesía que le resultaba insoportable. Habían pasado tres meses desde el accidente de Leah, y la unidad de cuidados intensivos había dado paso a una rutina doméstica que se sentía como una obra de teatro interminable.
Aaron estaba de pie en la cocina, observando a Leah a través del umbral. Ella estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de libros de medicina, pero no los estudiaba con la voracidad crítica de antes. Ahora, tarareaba una melodía francesa mientras trazaba diagramas anatómicos con una delicadeza artística, casi infantil.
—Aaron, *cher*, ¿has visto mi pluma estilográfica? —preguntó ella, levantando la vista. Su sonrisa era radiante, pura, carente de cualquier rastro de la malicia que solía encender el aire entre ellos—. Siento que las palabras fluyen mejor cuando el trazo es elegante.
—Está sobre la chimenea, Leah —respondió él, con una voz que sonaba extraña en sus propios oídos, despojada de su habitual calidez privada.
Él la observó levantarse. Leah se movía con una gracia etérea, sin ruidos, lejos de aquel andar decidido y desafiante que solía hacer retumbar el suelo de Quantico. Ya no había jeans rotos ni camisetas de bandas de rock; ahora vestía un suéter de lana suave de color crema que la hacía parecer una aparición.
Hotch sintió una punzada de culpa en el pecho, una tan afilada como los bisturíes que ella solía coleccionar. La amaba, o al menos, amaba la idea de lo que ella representaba. Pero cada vez que la miraba, buscaba a la chica que le decía que su perfil era aburrido, a la mujer que lo desafiaba a ser algo más que un agente federal. Esta nueva Leah era perfecta, era dulce, era una políglota brillante que trataba a todos con una compasión infinita.
Y eso era precisamente lo que lo estaba matando.
—*Ti trovo stanco* —dijo ella, acercándose y poniendo sus manos cálidas sobre el pecho de Aaron—. Has estado trabajando en ese caso de Virginia demasiado tiempo. Deberías descansar, dejar que el mundo se cuide solo por una noche.
—No puedo hacer eso, Leah. Sabes que no puedo —dijo él, retirándose sutilmente de su contacto.
Leah parpadeó, y por un segundo, una sombra de duda cruzó sus ojos claros. Pero la duda fue reemplazada rápidamente por esa nueva y persistente serenidad.
—*Verzeihung* —susurró ella—. Olvido que tu corazón carga con el peso de los que no tienen voz. Eres tan noble, Aaron.
Hotch apretó la mandíbula. "Noble". Esa era la última palabra que la antigua Leah habría usado para describirlo. Ella lo llamaba "cabezota", "frío" o "arrogante", y lo hacía con un brillo de adoración en los ojos que lo hacía sentir real. La nobleza, en el mundo de la UAC, era a menudo solo un sinónimo de tragedia inminente.
Esa noche, Hotch no pudo dormir. Se quedó mirando el techo mientras Leah descansaba a su lado, respirando con una paz que él envidiaba y detestaba a partes iguales. Se dio cuenta de que estaba de luto. Estaba de luto por una mujer que todavía estaba viva, pero cuya esencia se había drenado por una grieta en su cráneo.
Al día siguiente, en la oficina, el ambiente no era mejor. Rossi lo observaba desde su despacho, y Morgan evitaba hablar de Leah. Todos se daban cuenta. La consultora brillante y mordaz había sido reemplazada por una presencia angelical que enviaba notas de agradecimiento en italiano a la recepción del edificio.
—Hotch, tenemos que hablar —dijo Rossi, entrando sin previo aviso y cerrando la puerta tras de sí.
—Si es sobre el caso de los incendios, Dave, ya he enviado el perfil —cortó Aaron, sin levantar la vista de su escritorio.
—No es sobre el caso. Es sobre ti. Y sobre ella —Rossi se sentó, cruzando las piernas con elegancia—. Estás vacío, Aaron. Estás aquí físicamente, pero tu mente está buscando a alguien que ya no habita ese cuerpo.
—Ella está mejor, Dave. Los médicos dicen que es un milagro —respondió Hotch, con una frialdad mecánica.
—Es un milagro neurológico, pero es una tragedia para ti —Rossi suspiró—. Leah era tu ancla porque era la única que no te tenía miedo. Esta nueva versión de ella te idolatra. Y tú no necesitas una seguidora, Aaron. Necesitas a alguien que te devuelva el golpe.
Hotch no respondió. No tenía argumentos porque Rossi tenía razón. La relación se había convertido en un monólogo de dulzura al que él no sabía cómo replicar.
Cuando regresó a casa esa tarde, encontró a Leah en la cocina preparando una cena compleja, algo que olía a hierbas provenzales. Ella se giró al oírlo entrar y corrió a abrazarlo.
—*¡Bienvenue!* He hecho *coq au vin*. He leído que la comida francesa ayuda a elevar los niveles de serotonina —dijo ella, besando su mejilla.
Aaron la apartó suavemente, pero esta vez no soltó sus hombros. La miró a los ojos, buscando desesperadamente un rastro de la "perra" testaruda que lo había cautivado en aquel sótano de Virginia Occidental. Pero solo encontró una devoción límpida.
—Leah, tenemos que hablar —dijo él. Su voz era la misma que usaba para dar noticias devastadoras a las familias de las víctimas.
Leah se tensó, y por primera vez en semanas, su sonrisa vaciló.
—*¿Cosa c'è que non va?* ¿He hecho algo mal, Aaron?
—No, no has hecho nada mal. Ese es el problema —Aaron soltó un suspiro que pareció arrancar parte de su alma—. Leah, te miro y veo a una mujer maravillosa. Eres amable, eres brillante, eres... perfecta.
—¿Entonces? —preguntó ella, con la voz empezando a temblar.
—Pero no eres la mujer de la que me enamoré —continuó él, con una honestidad brutal que le dolió más a él que a ella—. La Leah que yo conocía me habría gritado por llegar tarde. Me habría dicho que este estofado es una pérdida de tiempo cuando hay criminales sueltos. Me habría amenazado con un bisturí por mirarla con lástima.
—Pero estoy sana, Aaron —dijo ella, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, rompiendo la máscara de serenidad—. Ya no tengo miedo. Ya no tengo que pelear con todo el mundo. ¿No es eso lo que querías? ¿Que estuviera a salvo?
—Quería que estuvieras a salvo, no que desaparecieras —dijo Hotch, y su voz se quebró—. Esta paz que tienes... es hermosa, Leah. Pero es una paz en la que yo no encajo. Yo vivo en la oscuridad, en el conflicto. Tú solías ser la única que caminaba conmigo en esa oscuridad sin dejarse cegar por ella. Ahora, eres pura luz. Y la luz y la sombra no pueden ocupar el mismo espacio sin que una destruya a la otra.
Leah retrocedió, chocando contra la encimera. Sus manos temblaban violentamente.
—Me estás dejando —susurró ella. Ya no había francés, ni italiano, ni alemán. Era solo una chica de veinticinco años con el corazón roto—. Me estás dejando porque me curé. Porque ya no estoy rota.
—No estás curada, Leah. Estás cambiada. Y yo no puedo pedirte que finjas ser quien eras, porque eso sería una tortura para ambos —Hotch sintió que las lágrimas quemaban sus propios ojos, pero no dejó que cayeran. Tenía que ser el perfilador, el hombre de granito, una última vez—. No puedo seguir despertándome cada mañana buscando a alguien que ya no está ahí. Me hace daño a mí, y te hace daño a ti, porque te estoy pidiendo que llenes un vacío que no te pertenece.
—¡Soy yo! ¡Sigo siendo yo! —gritó ella, y por un momento, un destello de la antigua Leah surgió en la violencia de su grito—. ¡Mis recuerdos están aquí! ¡Sé lo que hicimos! ¡Sé lo que sentimos!
—Pero no lo sientes igual —dijo Hotch con suavidad—. Tu cerebro ha decidido que la supervivencia significa ser dulce. Y yo no puedo amar a una persona que solo sobrevive. Necesito a la mujer que vivía con fuego.
Leah se derrumbó en el suelo de la cocina, sollozando con una angustia que no entendía de idiomas ni de neurología. Era el sonido más humano que había emitido desde el accidente.
—*Por favor...* —suplicó ella, volviendo al español—. No me dejes sola en esta claridad, Aaron. Tengo miedo de esta paz si no estás tú.
Hotch se arrodilló frente a ella, pero no la tocó. Sabía que si la abrazaba, nunca tendría la fuerza para irse. Y sabía que si se quedaba, terminaría odiándola por no ser quien era, y odiándose a sí mismo por no poder amarla como ella merecía ahora.
—Necesitas encontrar quién eres ahora, Leah. Pero no puedes hacerlo a mi sombra —dijo él—. Tienes un mundo entero de idiomas y conocimientos en tu cabeza. Tienes una bondad que este mundo necesita desesperadamente. Pero yo... yo soy parte de la versión de ti que ya no existe.
—Eres un cobarde —siseó ella, y por un segundo, el hielo azul de sus ojos brilló con una intensidad familiar—. Eres un cobarde que prefiere la guerra a la paz.
Hotch esbozó una sonrisa triste. Aquel insulto fue el mejor regalo que ella pudo darle en ese momento.
—Tal vez tengas razón —admitió él—. Pero es el único hombre que sé ser.
Aaron se levantó. Caminó hacia la entrada, recogió su maleta que ya estaba preparada en el pasillo —el perfilador siempre anticipándose al final— y se detuvo en el umbral. No miró atrás. Sabía que si veía a Leah llorando en el suelo de la cocina, su resolución se desmoronaría.
—Dejaré que Rossi venga a por el resto de mis cosas —dijo Hotch—. La casa es tuya. Tienes los fondos necesarios. Cuídate, Leah.
—*Va' al diavolo, Aaron Hotchner* —le gritó ella desde la cocina, con una mezcla de italiano y rabia que resonó en las paredes vacías.
Él cerró la puerta.
El aire frío de la noche de Virginia lo golpeó en la cara, y por primera vez en meses, Aaron Hotchner respiró hondo. Le dolía el pecho como si le hubieran arrancado un pulmón, pero el peso de la simulación había desaparecido. Caminó hacia su coche, sintiendo la soledad familiar envolviéndolo como un viejo abrigo.
Dentro de la casa, Leah se quedó en silencio. Se levantó lentamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Miró el estofado que todavía humeaba en la cocina, el símbolo de su intento fallido de ser la mujer perfecta para un hombre que solo sabía amar a las guerreras.
Caminó hacia el estudio y buscó en el cajón del escritorio. Allí, al fondo, estaba el pequeño bisturí quirúrgico que Aaron había guardado después del accidente. Lo tomó entre sus dedos, sintiendo el frío del metal.
—*C'est fini* —susurró ella para sí misma.
Miró su reflejo en la ventana. La dulzura seguía allí, grabada en sus rasgos por la neuroquímica, pero en el fondo de sus pupilas, algo empezaba a arder de nuevo. No era la misma llama de antes; era algo nuevo, algo forjado en el rechazo y en el dolor de ser abandonada por el hombre que se suponía que debía protegerla de todo, incluso de sí misma.
Leah no volvió a llorar. Tomó el bisturí y, con un movimiento preciso, cortó una de las flores del jarrón que Aaron le había regalado. La observó marchitarse en su mano.
Aaron Hotchner había vuelto a la oscuridad, buscando a su fantasma. Y Leah, en medio de su nueva y brillante paz, acababa de descubrir que el dolor era el único idioma que no necesitaba traducción.
Esa noche, Aaron durmió en un hotel cerca de Quantico. Leah durmió en la casa vacía, soñando en idiomas que ya no quería hablar. Ambos estaban solos, ambos estaban rotos a su manera, pero por primera vez desde el accidente, ambos eran reales.
El precio de la verdad había sido el amor, y en el mundo de Mentes Criminales, ese era un precio que Aaron Hotchner siempre había estado dispuesto a pagar, aunque le costara el alma. Mientras tanto, en la oscuridad de la casa, Leah apretaba el bisturí contra su palma, sintiendo el pequeño y agudo dolor que le recordaba que, a pesar de todo, ella seguía siendo una superviviente. Y las supervivientes, como Aaron bien sabía, siempre terminan encontrando el camino de vuelta a la pelea.