Cosas
Ecos de una mente en blanco
El apartamento de Leah olía a estancamiento, a polvo acumulado sobre libros de medicina que ya no se abrían y a la desesperación silenciosa de quien ha dejado de luchar. Las persianas estaban bajadas, filtrando apenas unos hilos de luz grisácea que iluminaban las motas de polvo bailando en el aire viciado. Ya no había música francesa, ni susurros en italiano, ni el aroma a hierbas provenzales que antes inundaba la cocina. Solo quedaba el vacío.
Leah estaba ovillada en el sofá, envuelta en una manta que alguna vez olió a la colonia de Aaron, aunque ahora solo conservaba el aroma rancio del encierro. Sus ojos, antes dos faros de inteligencia feroz, estaban fijos en la pantalla apagada del televisor. Había renunciado a su puesto como consultora en la UAC hacía un mes, enviando una carta escueta que Rossi intentó ignorar y que Hotch, según los rumores, aceptó sin mediar palabra.
Ya no era la "perra" mordaz que ponía en su sitio a Morgan, ni la políglota dulce que buscaba el aura de García. Era una cáscara. La depresión se había asentado en sus huesos como un frío polar, apagando las luces de su cerebro una a una.
El sonido del timbre resonó en el pasillo como una explosión. Leah no se movió. El timbre insistió, seguido de una serie de golpes rítmicos y autoritarios que solo una persona en el mundo se atrevería a dar en su puerta.
—Leah, sé que estás ahí. Ábreme o llamaré a los bomberos para que derriben la puerta por un posible riesgo biológico —la voz de David Rossi se filtraba por la madera, cargada de esa mezcla de ironía y preocupación paternal que solo él manejaba.
Leah suspiró, un sonido que pareció arrancar las últimas fuerzas de sus pulmones. Se levantó con movimientos lentos, casi artríticos, y arrastró los pies hasta la entrada. Al abrir, la luz del pasillo la cegó momentáneamente. Rossi estaba allí, impecable en su traje de tres piezas, sosteniendo una bolsa de una charcutería italiana y una botella de vino que probablemente costaba más que el alquiler del apartamento.
Rossi no esperó invitación. Entró, arrugó la nariz ante el olor a aire viciado y dejó las cosas sobre la mesa llena de platos sucios.
—Santo cielo, Leah. He visto escenas del crimen más ordenadas que este salón —dijo Rossi, quitándose la chaqueta y remangándose la camisa—. Y mira qué aspecto tienes. Pareces un fantasma que ha olvidado cómo asustar.
—Vete, Dave —murmuró ella, volviendo al sofá y hundiéndose de nuevo en la manta—. No necesito un perfil, ni comida, ni tu lástima.
—No es lástima, es pragmatismo —Rossi empezó a abrir las ventanas de par en par, ignorando las quejas de Leah cuando el aire frío de Quantico entró de golpe—. La unidad es un desastre sin ti. Reid está corrigiendo la gramática de todo el mundo porque no tiene a nadie que lo desafíe intelectualmente, y Morgan está tan irritable que ha empezado a ir al gimnasio tres veces al día.
—Aaron está mejor sin mí —dijo ella, con una voz plana, carente de emoción—. Él quería a la chica que ya no existe. Y yo... yo ya no sé quién soy. No soy la guerrera y ya no puedo ser la santa políglota. Solo soy nada.
Rossi se detuvo y la miró con una seriedad que rara vez mostraba. Se acercó y se sentó en la mesa de centro, frente a ella, obligándola a establecer contacto visual.
—Aaron es un idiota —sentenció Rossi—. Siempre lo ha sido cuando se trata de su propia felicidad. Se asustó, Leah. Vio que podías ser feliz sin la oscuridad y pensó que eso lo excluía a él. Pero tú... tú no puedes dejar que su incapacidad para procesar emociones destruya la mente más brillante que he conocido en treinta años de carrera.
—¿Brillante? —Leah soltó una risa seca, un eco lejano de su antigua mordacidad—. Dave, ya ni siquiera puedo leer un libro de anatomía sin querer llorar. El conocimiento está ahí, pero no me importa. Nada me importa. Renuncié porque no puedo mirar una foto de una víctima sin sentir que soy yo la que está muerta en el suelo.
—Eso se llama trauma, Leah. Y tú solías comer traumatismos para desayunar —Rossi le tendió una copa de vino que había servido sin que ella se diera cuenta—. Bebe. Es un Brunello. No dejes que se desperdicie en esta cueva.
Leah tomó la copa con manos temblorosas. El primer sorbo le quemó la garganta, recordándole que todavía tenía sentidos.
—Él ni siquiera me ha llamado —susurró ella, mirando el fondo carmesí del cristal—. Ni una vez.
—Está castigándose —explicó Rossi—. Cree que si se mantiene alejado, te da la oportunidad de "curarte". No entiende que lo único que ha hecho es dejarte en un limbo. Pero yo no voy a dejar que te pudras aquí. Mañana tienes una cita con un terapeuta que no es del FBI. Alguien que no sabe quién es Hotchner y a quien no le importa el perfil de un asesino.
—No voy a ir —dijo Leah, cerrando los ojos.
—Irás —replicó Rossi, levantándose y empezando a recoger los platos sucios—. Porque si no lo haces, vendré aquí cada mañana a cantarte ópera en italiano hasta que desees haberme apuñalado con uno de tus famosos bisturíes.
Leah lo miró y, por un instante, un destello de su antigua chispa cruzó sus ojos.
—Cantas fatal, Rossi. Lo sé porque te escuché en aquel karaoke en la fiesta de jubilación de Miller.
—Exacto —sonrió él—. Es una amenaza real.
Rossi se quedó una hora más, limpiando la cocina y obligándola a comer un poco de queso y prosciutto. Antes de irse, se detuvo en la puerta y la miró con tristeza.
—Él te ama, Leah. A su manera retorcida y disfuncional, te ama. Pero tú tienes que amarte lo suficiente como para no desaparecer solo porque él no supo cómo sostenerte cuando cambió la marea.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó, pero ya no era tan pesado. Leah miró la botella de vino y luego sus libros de medicina. Se levantó, caminó hacia la estantería y tomó un volumen de neurología. Lo abrió por la página de los lóbulos frontales.
—*Ich bin noch hier* —susurró en alemán. "Todavía estoy aquí".
La depresión no se fue de golpe. Era un monstruo lento que se retiraba centímetro a centímetro. Durante las semanas siguientes, Leah empezó a asistir a terapia. Empezó a caminar por el parque, evitando los lugares donde pudiera encontrarse con alguien de la UAC. Pero el vacío de Aaron seguía siendo un agujero negro en su pecho.
Un mes después, Leah estaba en una pequeña cafetería lejos de Quantico cuando la puerta se abrió y el aire pareció succionarse de la habitación. Aaron Hotchner entró, vestido con su traje eterno, pero sin la chaqueta. Parecía más delgado, con ojeras profundas que ni siquiera su disciplina férrea podía ocultar.
Se detuvo al verla. El tiempo pareció congelarse entre las mesas de madera y el olor a grano de café tostado.
—Leah —dijo él. Su voz era un susurro quebrado, cargado de una angustia que la hizo estremecer.
—Hotchner —respondió ella. No usó su nombre de pila. No usó un idioma extranjero. Usó el apellido, como una armadura, como la chica que solía ser.
Él se acercó lentamente y se sentó frente a ella sin preguntar. Sus manos, siempre tan seguras, jugueteaban con una servilleta de papel.
—Rossi me dijo dónde encontrarte. Me dijo que si no venía, me relevaría del mando por incompetencia emocional —Aaron intentó bromear, pero no le salió bien.
—Rossi habla demasiado —dijo Leah, manteniendo la vista fija en su taza de café—. ¿A qué has venido, Aaron? ¿A ver si ya me he convertido en la persona que quieres que sea?
—He venido a pedirte perdón —dijo él, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Fui un cobarde. Tenías razón. Me asusté de la paz porque no sabía cómo vivir en ella contigo. Pensé que si no eras la mujer que me desafiaba, no sabría cómo amarte. Pero me equivoqué.
Leah sintió un nudo en la garganta. La rabia, esa vieja amiga que creía perdida, empezó a burbujear en su estómago.
—Me dejaste cuando más te necesitaba —siseó ella, inclinándose hacia adelante, recuperando ese tono afilado que solía usar con los criminales—. Me dejaste en un apartamento vacío con una mente que no reconocía y un corazón roto. Me hiciste creer que mi valor dependía de lo mucho que pudiera pelear contigo.
—Lo sé —murmuró Hotch—. Y no hay día en que no me arrepienta. He pasado noches enteras frente a tu edificio, mirando tu ventana, sin atreverme a subir porque pensaba que mi presencia solo te arrastraría de vuelta a la oscuridad.
—Ya estoy en la oscuridad, Aaron —dijo ella con amargura—. Renuncié a todo. A la medicina, a la UAC, a mí misma. Pasé semanas deseando que aquel golpe en la escalera me hubiera matado de verdad en lugar de dejarme a medias.
Hotch extendió la mano por encima de la mesa, intentando tocar la de ella, pero Leah la retiró.
—No —dijo ella—. No puedes entrar y salir de mi vida cuando te apetezca analizarme. No soy uno de tus casos.
—No eres un caso, Leah. Eres la única razón por la que todavía soporto este trabajo —dijo Hotch con una intensidad que la hizo temblar—. He intentado seguir adelante. He intentado ser el Agente Especial Supervisor Hotchner las veinticuatro horas del día, pero el despacho se siente como una tumba sin tus insultos y tus libros de medicina por todas partes.
Leah lo miró fijamente. Vio al hombre detrás del traje, al hombre que ella había rescatado de su propia rigidez.
—¿Qué quieres de mí, Aaron? —preguntó ella, con la voz entrecortada—. Ya no soy la chica de veintitrés años que bromeaba con apuñalarte. Y tampoco soy la santa que te hablaba en francés. Soy... algo intermedio. Estoy rota, estoy deprimida y no sé si volveré a ser "brillante" alguna vez.
—Quiero a la mujer que está frente a mí —respondió él con firmeza—. No me importa qué idioma hables o si nunca vuelves a tocar un bisturí. Solo quiero que vuelvas a casa. No para cuidarte, no para salvarte... sino porque no sé quién soy yo si no estás tú para recordármelo.
Leah guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. El peso de los meses de soledad, de la cama fría y de la renuncia profesional caía sobre ella.
—No voy a volver a la UAC —dijo finalmente—. No puedo. Todavía veo sombras donde no las hay.
—Lo entiendo —asintió Hotch—. Tómate el tiempo que necesites. Rossi dice que tu plaza de consultora estará esperándote diez años si es necesario. Pero no renuncies a nosotros.
Leah suspiró y, por primera vez en mucho tiempo, dejó que su mano rozara la de Aaron. El contacto eléctrico la hizo sentir un escalofrío que no era de frío, sino de reconocimiento.
—Eres un idiota, Hotchner —dijo ella, y una pequeña y afilada sonrisa apareció en sus labios—. Un idiota con un traje muy caro y una incapacidad patológica para pedir ayuda.
Hotch cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio que pareció vaciar sus pulmones de toda la tensión acumulada.
—Lo soy —admitió él—. ¿Eso significa que me dejarás invitarte a cenar? Prometo no analizar tu lenguaje corporal.
—Significa que voy a dejar que me lleves a casa —corrigió ella, levantándose y recuperando un poco de esa postura felina que lo había cautivado al principio—. Pero si intentas ser "noble" otra vez y decidir qué es lo mejor para mí sin consultarme, te juro por todos los santos que practicaré una sutura en tus labios para que no vuelvas a decir tonterías.
Hotch se levantó, rodeó la mesa y la tomó por la cintura. No fue un beso de película; fue un choque de necesidades, un reconocimiento de dos almas que sabían que la paz era aburrida y que el amor, a veces, era la guerra más difícil de ganar.
—He echado de menos tus amenazas —susurró él contra sus labios.
—Y yo he echado de menos tener a alguien a quien amenazar —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro.
Salieron de la cafetería juntos. El camino hacia la recuperación sería largo; Leah todavía tenía días en los que la depresión la envolvía como una niebla espesa, y Aaron todavía tenía que aprender a no ser un perfilador en su propia sala de estar. Pero mientras caminaban hacia el coche, bajo el cielo gris de Virginia, Leah sintió que los idiomas en su cabeza finalmente se silenciaban para dejar paso a una sola voz. Su propia voz.
Ya no era la víctima, ni la perra, ni la santa. Era Leah. Y por primera vez en mucho tiempo, eso era más que suficiente.
—Aaron —dijo ella mientras él abría la puerta del coche.
—¿Sí?
—Esa corbata sigue siendo horrible. Mañana la quemamos.
Hotch sonrió, una sonrisa auténtica que llegó hasta sus ojos.
—Como digas, Leah. Como tú digas.