Cuando despierten las flores
El Juramento de las Sombras y el Terciopelo
El invierno en Escocia no tenía piedad, y esa noche, el viento aullaba contra los muros de Hogwarts como una bestia herida que intentaba entrar a toda costa. Sin embargo, en un rincón recóndito del séptimo piso, frente al tapiz de Bárnabas el Chiflado, el aire se sentía extrañamente estático.
Adeline Malfoy caminaba de un lado a otro, apretando su bufanda de Slytherin contra su pecho. Sus manos, siempre pálidas, estaban rojas por el frío de los pasillos. A sus quince años, sentía que su vida se dividía en dos: antes y después de que Theodore Nott le enseñara a contar sus respiraciones.
La puerta de la Sala de los Menesteres apareció con un suave crujido de madera vieja. Adeline no lo pensó dos veces y entró. El interior no era la sala de entrenamiento que Draco usaba a veces, ni el almacén de objetos perdidos; era un salón acogedor, iluminado por el resplandor ámbar de una chimenea y decorado con estanterías que llegaban hasta el techo y sillones de terciopelo verde bosque.
Theo estaba allí, de pie junto a una pequeña mesa donde descansaba un juego de té de plata. Al verla entrar, su rostro, habitualmente una máscara de indiferencia aristocrática, se transformó. Sus ojos oscuros se suavizaron, adquiriendo ese brillo que solo ella conocía.
—Has venido —dijo él, su voz resonando como una nota baja de violonchelo en la sala silenciosa.
—Draco se quedó dormido revisando los mapas de las patrullas de los prefectos —respondió Adeline, acercándose al fuego—. Me dijo que si salía, no quería saberlo, pero que si volvía con un solo rasguño, te convertiría en un hongo.
Theo soltó una risa seca, un sonido que siempre lograba que el nudo de ansiedad en el estómago de Adeline se aflojara un poco.
—Tu hermano tiene una forma muy peculiar de dar su bendición. Ven aquí, Ade. Estás temblando.
Él no esperó a que ella se acercara. Acortó la distancia y la envolvió en sus brazos. Adeline hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a cedro, tinta y ese frío limpio que siempre parecía acompañar a Theo. Por un momento, el mundo exterior —las cartas amenazantes de su padre, la marca que Draco ocultaba bajo su manga, la guerra que se cernía sobre ellos— dejó de existir.
—Hoy ha sido un día difícil —susurró ella contra su piel—. Pansy no dejaba de hablar sobre la pureza de sangre en la cena y sentí que el aire se me acababa otra vez. Sentí que las paredes del Gran Comedor se cerraban sobre mí como una prensa.
Theo la separó apenas unos centímetros, lo suficiente para tomar su rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su linaje.
—Mírame —ordenó suavemente—. Uno, inhalamos. Dos, exhalamos. Estás aquí. Conmigo. El aire es tuyo, Adeline. Nadie puede quitártelo.
Adeline cerró los ojos y siguió el ritmo de Theo hasta que su corazón dejó de martillear contra sus costillas. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con una intensidad en la mirada de él que la dejó sin aliento por una razón muy distinta.
—He estado pensando mucho en lo que dijiste el otro día —comenzó Theo, guiándola hacia uno de los sillones—. Sobre cómo nuestras familias nos ven como piezas de ajedrez. Como extensiones de sus propios pecados.
—Lo somos, ¿no? —dijo ella con amargura, sentándose y dejando que el calor del fuego le devolviera la sensibilidad a los dedos—. Somos Malfoy y Nott. Estamos marcados antes de nacer.
—No —dijo Theo con firmeza, arrodillándose frente a ella, una posición que ningún sangre pura de su estatus adoptaría jamás a menos que fuera por algo trascendental—. Eso es lo que ellos creen. Pero yo he decidido que no quiero ser una sombra de mi padre. Y no quiero que tú seas solo "la hermana de Draco" o "la hija de Lucius".
Adeline lo miró, confundida y expectante. El fuego proyectaba sombras alargadas en las paredes, y en ese momento, Theo parecía mucho mayor de sus diecisiete años.
—¿Qué estás diciendo, Theo?
—Digo que estoy cansado de los secretos en los pasillos y de las miradas robadas en la biblioteca —dijo él, tomando sus manos y entrelazando sus dedos con los de ella—. Sé que el mundo se está cayendo a pedazos. Sé que Draco está asustado, aunque pretenda ser de acero. Pero precisamente porque todo es incierto, quiero algo que sea real. Algo que tenga nombre.
Theo metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó una pequeña caja de madera oscura, tallada con delicadeza. Al abrirla, Adeline vio un anillo de plata antigua con una piedra de aguamarina tallada en forma de lágrima, rodeada de pequeñas runas de protección.
—No es un anillo de compromiso formal —aclaró él rápidamente, notando el asombro de Adeline—, no todavía. Es un anillo de promesa. Una promesa de que, pase lo que pase en esa Mansión o en este castillo, tú eres mía y yo soy tuyo. Quiero que todos lo sepan. Quiero que cuando Draco me mire, no vea solo a su amigo, sino al hombre que dará su vida por su hermana.
Adeline sintió que las lágrimas nublaban su visión. No eran lágrimas de pánico, sino de una alegría tan abrumadora que dolía.
—Theo... nuestro padre... si se entera...
—Que se entere —la interrumpió él con una valentía gélida—. Mi padre ya me ha perdido, aunque él aún no lo sepa. Mi lealtad no está con una marca o con un señor oscuro. Mi lealtad empieza y termina contigo. Adeline Malfoy, ¿me permitirías ser tu novio ante los ojos de este mundo que se desmorona?
Adeline no pudo responder con palabras de inmediato. Se lanzó hacia él, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo suavemente sobre la alfombra frente a la chimenea.
—Sí —sollozó ella entre risas y lágrimas—. Sí, mil veces sí.
Theo la abrazó con fuerza, ocultando su rostro en su cabello rubio platino. Por un instante, el chico serio y sombrío desapareció, dejando paso a alguien que simplemente estaba desesperado por amar y ser amado en libertad. Se separaron lo justo para que él deslizara el anillo en el dedo de ella. La joya se ajustó mágicamente a su tamaño, y Adeline sintió un calor reconfortante emanando de las runas.
—Es hermoso —susurró ella, admirando cómo la aguamarina reflejaba el fuego—. Parece un trozo de cielo atrapado en plata.
—Es para recordarte que siempre hay un cielo despejado encima de las nubes de tormenta —dijo él, volviendo a besarla.
El beso fue diferente a los anteriores. No fue un consuelo rápido ni un encuentro furtivo. Fue un sello, un contrato firmado con el alma. Sabía a chocolate amargo y a esperanza. Cuando se separaron, Adeline se sintió más fuerte de lo que jamás se había sentido en su vida.
—Mañana —dijo ella, acariciando la nuca de Theo—, cuando bajemos al Gran Comedor, nos sentaremos juntos.
Theo arqueó una ceja, impresionado por la determinación de su ahora novia.
—¿Estás segura? Pansy va a tener un ataque de nervios y Blaise no dejará de hacer bromas durante una semana.
—Que lo haga —dijo Adeline con una sonrisa traviesa—. Y si alguien tiene algún problema, Draco estará allí para recordárles por qué no se debe molestar a una Malfoy. Pero ya no necesito que Draco luche todas mis batallas, Theo. Quiero luchar las mías contigo.
Pasaron el resto de la noche en la Sala de los Menesteres, hablando de futuros imposibles y de planes que no incluían guerras. Theo le contó cómo quería viajar a Francia para estudiar las propiedades de las plantas mágicas en los Pirineos, y Adeline le confesó que soñaba con escribir un libro sobre la historia de la magia que no fuera tan aburrido como el de Bathilda Bagshot.
Cuando finalmente decidieron que era hora de volver a las mazmorras para no levantar sospechas antes de tiempo, el pasillo estaba desierto. Al llegar al muro de piedra que servía de entrada a la sala común de Slytherin, encontraron a Draco Malfoy apoyado contra la pared opuesta. Tenía los brazos cruzados y una manzana verde en la mano.
Al verlos llegar de la mano, Draco no se movió. Sus ojos plateados bajaron a sus manos entrelazadas y luego subieron al rostro de Theo.
—Has tardado más de lo que esperaba, Nott —dijo Draco, dándole un mordisco a la manzana con aparente indiferencia.
—Las cosas importantes llevan su tiempo, Draco —respondió Theo, sin soltar la mano de Adeline.
Draco se enderezó y caminó hacia ellos. Se detuvo frente a Theo, su altura casi igualada. El silencio era tenso, cargado de años de amistad y de la responsabilidad que Draco sentía sobre sus hombros. Adeline contuvo el aliento, temiendo que su hermano pusiera alguna objeción de último minuto.
—Si la haces llorar —dijo Draco, su voz bajando a un tono peligroso que recordaba mucho a su padre—, no me importará cuántos años de amistad tengamos. Te borraré de la faz de la tierra.
Theo no parpadeó.
—Si la hago llorar, Draco, yo mismo te daré la varita para que lo hagas. Pero no planeo hacerlo. Planeo ser la razón por la que ella deje de tener miedo.
Draco estudió a su amigo durante un largo minuto. Luego, para sorpresa de ambos, extendió una mano y la puso sobre el hombro de Theo, apretándolo con fuerza.
—Bien —murmuró Draco—. Entonces bienvenido a la familia, Theo. Aunque técnicamente ya estabas en ella, supongo que ahora es... oficial.
Adeline se lanzó a los brazos de su hermano, abrazándolo con una fuerza que lo hizo tambalearse.
—Gracias, Draco. Gracias por apoyarme.
—Alguien tiene que hacerlo, pequeña —dijo él, besando su coronilla—. Además, prefiero que sea Nott que cualquier otro idiota de esta escuela. Al menos él sabe cuándo cerrar la boca.
Entraron los tres en la sala común. El fuego aún ardía débilmente. Draco se despidió con un gesto de cabeza y subió a los dormitorios de los chicos, dejando a la pareja sola un momento más.
—Mañana será un día interesante —dijo Adeline, mirando su anillo de promesa.
—Mañana será el primer día de nuestra vida, Adeline —corrigió Theo, dándole un último beso en la mano—. Ve a dormir. Sueña con los Pirineos y con cielos de aguamarina.
Adeline subió a su habitación sintiéndose ligera, como si hubiera dejado atrás un lastre de plomo. Al acostarse, el sonido del viento afuera ya no le pareció una amenaza, sino una canción de cuna. Tenía a su hermano, tenía a Theo y, por primera vez, tenía un futuro que ella misma había elegido.
A la mañana siguiente, el Gran Comedor estaba a rebosar. Cuando Adeline entró, vio a Draco sentado en su lugar habitual, con Pansy colgada de su brazo hablando sobre el próximo partido de Quidditch. Theo ya estaba allí, sentado frente a Draco, dejando un espacio libre a su lado.
Adeline caminó con la cabeza alta. Su uniforme estaba impecable y su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Al llegar a la mesa de Slytherin, no se sentó junto a las chicas de su año como solía hacer. Se sentó directamente al lado de Theodore Nott.
El silencio se extendió por la mesa de las serpientes como una mancha de aceite. Pansy dejó de hablar a mitad de una frase, con la boca abierta. Blaise Zabini, que estaba bebiendo zumo de calabaza, se atragantó ligeramente.
Theo, con una calma exasperante, estiró la mano sobre la mesa y tomó la de Adeline, entrelazando sus dedos a la vista de todos. El anillo de aguamarina brilló bajo la luz de las velas flotantes.
—¿Qué significa esto? —chilló Pansy, mirando de Adeline a Draco—. Draco, ¿has visto esto?
Draco se encogió de hombros, cortando un trozo de salchicha con una elegancia glacial.
—Significa que mi hermana tiene mejor gusto de lo que pensaba, Pansy. Come y cállate.
Adeline miró a Theo y él le devolvió la mirada con una sonrisa imperceptible. En ese momento, ella supo que no importaba qué tormentas trajera el correo o qué oscuridad acechara en los bosques prohibidos. Ella ya no era una Malfoy asustada buscando aire en los pasillos. Era Adeline, la chica que amaba a Theodore Nott, y juntos, tenían todo el oxígeno que necesitaban para sobrevivir a la guerra que estaba por venir.
—¿Me pasas la mermelada, Theo? —preguntó ella, con voz clara y segura.
—Por supuesto, Adeline —respondió él, y el mundo, por fin, pareció estar en su sitio.