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Cuando despierten las flores

El Peso de la Sangre y el Refugio de la Verdad

El invierno en Hogwarts siempre había tenido una cualidad espectral, pero ese año el frío parecía nacer de las mismas piedras del castillo. Adeline Malfoy caminaba por el corredor del tercer piso, sintiendo que el peso de su propio apellido era un yunque atado a sus tobillos. La noticia de la "ceremonia" en la Mansión Malfoy seguía vibrando en sus oídos como un zumbido eléctrico.

A pesar de la declaración pública de su relación con Theo, la presión no había disminuido; se había transformado. Ahora, no solo temía por su propio futuro, sino por lo que su asociación con ella podría hacerle a él. Los Nott y los Malfoy eran aliados históricos en la oscuridad, pero en el momento en que dos jóvenes decidían amarse por voluntad propia y no por contrato, la alianza se convertía en una amenaza para el orden establecido por sus padres.

—Estás pensando demasiado otra vez —la voz de Draco la sobresaltó.

Su hermano estaba apoyado contra una gárgola, con las manos hundidas en los bolsillos de su túnica negra. Se veía más delgado, y la luz pálida del atardecer resaltaba las sombras bajo sus ojos.

—Es difícil no hacerlo, Draco —respondió ella, deteniéndose a su lado—. La lechuza de padre volvió a llegar esta mañana. No me escribió a mí, te escribió a ti. ¿Qué decía?

Draco guardó silencio, mirando hacia el bosque prohibido que se extendía más allá de los terrenos nevados.

—Decía que mi lealtad está siendo puesta a prueba —admitió él con voz ronca—. Y que tu "distracción" con Nott es aceptable solo mientras no interfiera con los planes familiares. Padre cree que Theo es una herramienta para mantenerte controlada. No sabe que es él quien te está enseñando a ser libre.

Adeline sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

—Draco, si él se entera de que Theo no está de su lado... de que ninguno de nosotros quiere esa marca...

—No se enterará —la interrumpió Draco con ferocidad, girándose para mirarla—. He hablado con Snape. Él está... vigilando. Me ha dicho que mantenga las apariencias a toda costa. Pansy me sirve de cobertura, y tú debes seguir pareciendo la perfecta princesa de Slytherin.

—Odio fingir —susurró ella, sintiendo que el aire empezaba a faltarle—. Odio que cada vez que veo a Theo en el Gran Comedor, tenga que medir cuánto tiempo le sostengo la mano para que no parezca un acto de rebeldía, sino de conveniencia.

Draco se acercó y le puso una mano en el hombro. Sus dedos apretaron con fuerza, un gesto que en los Malfoy equivalía a un abrazo desesperado.

—Solo un poco más, Ade. Hogwarts es el lugar más seguro ahora. Una vez que termine el curso, veremos qué hacemos. Pero por ahora, si sientes que vas a colapsar, busca a Nott. Él es el único, aparte de mí, que sabe cómo desactivar tus tormentas.

Adeline asintió, aunque el nudo en su estómago no se deshizo. Se despidió de su hermano y se dirigió hacia la biblioteca, el lugar donde Theo solía refugiarse cuando el ruido de la sala común se volvía insoportable.

Lo encontró en una mesa al fondo, rodeado de libros sobre leyes de herencia mágica. Theo levantó la vista y, al ver la expresión en el rostro de Adeline, cerró el libro de golpe.

—Ven aquí —dijo él simplemente.

Adeline se sentó a su lado y, sin importar quién pudiera estar mirando tras las estanterías, apoyó la frente en su hombro.

—Draco dice que padre cree que eres mi carcelero, no mi novio —murmuró ella.

Theo soltó una risa amarga y le acarició el cabello con suavidad.

—Que lo crea. Si eso nos compra tiempo, seré el carcelero más dedicado de la historia. Pero tú y yo sabemos la verdad.

—Tengo miedo, Theo —confesó ella, y su voz tembló—. No es un ataque de ansiedad, es... es una certeza. Siento que algo se va a romper pronto. Draco está al límite. A veces lo miro y no veo a mi hermano, veo a un soldado que espera que le den una orden que no quiere cumplir.

Theo la obligó a levantar la cabeza, tomando su mentón con los dedos.

—Escúchame, Adeline. Tu hermano es más fuerte de lo que crees, y tú también. Tu padre vive en un mundo de sombras y miedo, pero nosotros hemos encontrado algo que él no puede entender. Él no puede controlar lo que no comprende.

—¿Y qué es lo que no comprende? —preguntó ella.

—La lealtad que no nace del miedo —respondió Theo con una seriedad absoluta—. Yo no estoy contigo porque mi apellido me lo ordene. Estoy contigo porque tú eres la única persona que hace que este castillo no parezca una prisión. Y Draco... Draco no te protege por el linaje, lo hace porque eres su vida. Esa es una fuerza que Lucius Malfoy nunca ha tenido en cuenta.

Adeline suspiró, sintiendo que el calor de Theo empezaba a filtrarse en sus huesos.

—A veces desearía que fuéramos personas normales. Sin mansiones, sin elfos domésticos, sin señores oscuros. Solo Adeline y Theodore.

—Lo somos —dijo él, esbozando una pequeña sonrisa—. Bajo todas estas capas de seda y expectativas, somos solo dos adolescentes asustados que intentan no ahogarse. Y mientras nos tengamos el uno al otro para flotar, no nos hundiremos.

Se quedaron en silencio, compartiendo un espacio de paz robado al tiempo. Sin embargo, la tranquilidad se rompió cuando un grupo de estudiantes de Gryffindor pasó cerca, lanzando miradas de desdén hacia la pareja de Slytherin. Adeline notó cómo Theo tensaba la mandíbula.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Es irónico —dijo Theo, volviendo a abrir su libro—. Los "héroes" nos miran como si fuéramos monstruos, y los "monstruos" nos miran como si fuéramos traidores. No hay un lugar intermedio para nosotros, Ade.

—Nosotros crearemos ese lugar —dijo ella con una determinación que la sorprendió a sí misma—. Draco dijo que quemaría el mundo por mí. Yo no quiero que el mundo se queme, Theo. Quiero que el mundo cambie.

Theo la miró con una mezcla de admiración y tristeza. Sabía que la inocencia de Adeline era su rasgo más precioso, pero también el más peligroso en los tiempos que corrían.

—¿Sabes qué día es mañana? —preguntó él de repente.

Adeline frunció el ceño, tratando de recordar.

—¿Catorce de febrero?

—San Valentín —confirmó Theo con un deje de burla—. Pansy ha estado planeando una fiesta en la sala común. Draco está horrorizado, pero sabe que tiene que asistir para mantener las apariencias.

—Oh, no —gimió Adeline—. Habrá pociones de amor ilegales, decoraciones horribles y Pansy intentando que Draco le declare amor eterno frente a todos.

—Exactamente —coincidió Theo—. Pero también es una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para que tú y yo nos escapemos —dijo él, bajando la voz—. Hay un pasadizo detrás de la estatua de la bruja tuerta que lleva a una bodega en Hogsmeade. Draco me dio el mapa hace tiempo. Podríamos ir a las Tres Escobas, o simplemente caminar por el pueblo lejos de los ojos de Hogwarts.

Adeline sintió un destello de emoción. La idea de salir del castillo, de respirar aire que no estuviera impregnado de la magia de siglos de expectativas, era tentadora.

—¿Y Draco? No nos dejará ir solos.

—Hablé con él esta mañana —dijo Theo—. Él nos cubrirá. Dirá que estás en la enfermería con una migraña y que yo estoy ayudando a Snape a organizar el inventario. Es un riesgo, pero Draco cree que necesitas un respiro antes de que lleguen las vacaciones de Pascua y tengamos que volver a casa.

—Es arriesgado, Theo. Si Umbridge nos atrapa...

—No lo hará —aseguró él, tomando su mano y besando el anillo de aguamarina—. Confía en mí. Confía en tu hermano.

El día siguiente llegó con una nevada ligera que cubrió Hogwarts de un manto de pureza engañosa. La sala común de Slytherin estaba, en efecto, decorada con guirnaldas de color verde y plata (Pansy se había negado rotundamente al rojo), y el ambiente era de una festividad forzada.

Draco estaba de pie junto a la chimenea, con una copa de zumo de calabaza en la mano y una expresión de aburrimiento supremo mientras Pansy le hablaba al oído. Cuando Adeline y Theo bajaron, Draco les lanzó una mirada rápida y asintió casi imperceptiblemente. Era la señal.

Adeline fingió un mareo repentino, apoyándose en el brazo de Theo.

—No me siento muy bien —dijo ella, lo suficientemente alto para que los que estaban cerca la oyeran—. Creo que el olor de estas flores me está dando náuseas.

—Te llevaré a la enfermería, Adeline —dijo Theo con su mejor tono de preocupación formal.

Draco se acercó, fingiendo molestia.

—Nott, asegúrate de que llegue bien. No quiero que Madame Pomfrey me envíe una nota diciendo que mi hermana se desmayó en un pasillo.

—Descuida, Malfoy —respondió Theo.

Salieron de la sala común bajo la mirada curiosa de algunos, pero una vez que doblaron la esquina, se echaron a correr. El camino por el pasadizo fue oscuro y estrecho, pero para Adeline, cada paso se sentía como una liberación. Cuando finalmente salieron al aire libre en las afueras de Hogsmeade, el frío la golpeó con una frescura renovadora.

—Estamos fuera —rio ella, dejando que los copos de nieve cayeran sobre su rostro—. Theo, estamos fuera.

Él la tomó de la cintura y la hizo girar. En ese momento, no eran los herederos de familias oscuras, eran solo dos jóvenes celebrando su primer San Valentín.

Caminaron por las calles nevadas de Hogsmeade, evitando los lugares más concurridos. Entraron en una pequeña tienda de música que estaba casi vacía. El sonido de un gramófono antiguo llenaba el lugar con una melodía suave.

—Baila conmigo —pidió Theo.

—¿Aquí? No hay nadie, Theo.

—Precisamente por eso.

Bailaron lentamente entre estanterías llenas de partituras y discos mágicos. No había pasos complicados, solo el movimiento rítmico de sus cuerpos y el calor compartido. Adeline apoyó la cabeza en el pecho de Theo, escuchando el latido constante de su corazón.

—Gracias por esto —susurró ella—. Lo necesitaba más de lo que creía.

—Te mereces el mundo, Adeline —dijo él, deteniéndose y mirándola con una devoción que la hizo temblar—. Sé que el futuro es incierto. Sé que hay una guerra llamando a nuestra puerta. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, tú eres mi hogar. No es una mansión, no es un castillo. Eres tú.

Adeline se puso de puntillas y lo besó. Fue un beso que sabía a libertad y a nieve, a promesas hechas en voz baja y a una lealtad que superaba cualquier juramento de sangre. En ese momento, ella supo que, aunque el ataque de ansiedad volviera, aunque su padre intentara marcar su destino, ella siempre tendría este recuerdo, este refugio.

Sin embargo, la realidad siempre encontraba una forma de volver. Al regresar al castillo, horas después, encontraron a Draco esperándolos en la entrada del pasadizo. Su rostro estaba más pálido de lo habitual.

—¿Qué pasa? —preguntó Adeline, sintiendo que el pánico regresaba instantáneamente.

—Ha llegado otra carta —dijo Draco, su voz temblando ligeramente—. Padre viene a Hogwarts mañana. Quiere hablar con los tres. Conmigo, contigo... y con Nott.

Theo apretó la mano de Adeline con tal fuerza que el anillo de aguamarina se hundió en su piel.

—¿Sabe algo? —preguntó Theo.

—No lo sé —respondió Draco—. Pero Snape dice que está furioso. Adeline, mañana tendrás que ser la mejor actriz que Slytherin haya visto jamás. Y Theo... prepárate. Mi padre no acepta bien que le roben sus posesiones.

Adeline miró a los dos hombres más importantes de su vida. Draco, el hermano que estaba dispuesto a sacrificar su alma por ella, y Theo, el chico que le había enseñado a respirar.

—No soy una posesión —dijo Adeline, y su voz no tembló—. Soy una Malfoy. Y si mi padre quiere una confrontación, la tendrá. Pero no le daré el gusto de verme caer.

Theo la miró con orgullo, y Draco esbozó una sonrisa triste.

—Esa es mi hermana —murmuró Draco.

Esa noche, en las mazmorras de Slytherin, el silencio era absoluto. Adeline se sentó en su cama, mirando el anillo en su dedo. Sabía que el día siguiente marcaría un antes y un después. La protección de Hogwarts estaba a punto de ser puesta a prueba, y la fuerza de su amor por Theo y su vínculo con Draco serían las únicas armas que tendrían contra la voluntad de Lucius Malfoy.

—Inhala, uno, dos, tres, cuatro —se susurró a sí misma—. Exhala, uno, dos, tres, cuatro.

El pánico no llegó. En su lugar, una frialdad decidida se instaló en su pecho. El fuego frío del que Theo hablaba estaba finalmente ardiendo con toda su intensidad. Mañana, el mundo de los Malfoy temblaría, y Adeline estaría allí para ver cómo las sombras finalmente se enfrentaban a la luz que ella había logrado encender.

Draco, en la habitación contigua, no dormía. Limpiaba su varita con un paño de seda, preparándose para lo que fuera necesario. Theo, en su propio dormitorio, miraba una foto de Adeline que guardaba en su mesa de noche. Los tres estaban unidos por algo más fuerte que la sangre: estaban unidos por la decisión de ser dueños de sus propias vidas.

La tormenta ya no estaba en el horizonte; estaba sobre ellos. Pero Adeline Malfoy ya no tenía miedo de mojarse. Había aprendido a nadar en la oscuridad, y tenía a los mejores aliados para no ahogarse. La "ceremonia" de su padre tendría que esperar, porque Adeline ya había hecho su propio juramento, y ese no pensaba romperlo jamás.

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