danmachi reacciona a fate
El Esplendor de la Victoria Prometida y el Peso de una Corona
En el centro de Orario, el silencio era tan denso que se podía escuchar el latir de miles de corazones sincronizados por la expectación. Las pantallas, que hasta hace un momento mostraban diagramas y conceptos abstractos, se inundaron de una luz blanca que pronto se transformó en colores vívidos: el verde profundo de las colinas de una Bretaña antigua y el gris plomizo de un cielo cargado de presagios.
Bell Cranel no podía apartar la vista. A su lado, Ais Wallenstein parecía haber dejado de respirar. La "Princesa de la Espada" sentía una vibración en su interior que no provenía de su magia de viento, sino de algo mucho más primigenio.
—Esa mujer... —susurró Ais, sus ojos dorados fijos en la figura que caminaba sobre el campo de batalla.
En la pantalla, la joven de cabellos dorados avanzaba entre los restos de una guerra devastadora. No vestía las armaduras ornamentadas y ligeras de los aventureros de alto nivel de Orario, diseñadas para la movilidad en la Mazmorra. Vestía una armadura de placas azul y plata, austera pero imponente, que parecía una extensión de su propia voluntad.
—Se ve tan pequeña... —comentó Hestia, abrazando el brazo de Bell—. No parece mucho mayor que tú, Bell. ¿Cómo puede alguien así ser llamada el "Rey de los Caballeros"?
—No te dejes engañar por su apariencia, Diosa —intervino Ottar, cuya voz profunda resonó con un respeto que rara vez mostraba—. Su postura... no hay ni una sola grieta en su defensa. Incluso caminando entre cadáveres, su espíritu es una fortaleza inexpugnable.
La voz de la Nada volvió a resonar, envolviendo la ciudad como un manto.
—Arturia Pendragon. La hija del Rey Uther que, al extraer la espada de la roca, aceptó una carga que ningún mortal debería llevar. No buscaba la gloria, ni el oro, ni el favor de los dioses. Buscaba la salvación de su pueblo en una era de oscuridad. Ella es el ideal del caballero, la encarnación de la clase Saber.
La imagen cambió bruscamente. Ya no era un campo de batalla silencioso, sino una carga de caballería. Arturia cabalgaba al frente, y la velocidad a la que se movía hizo que incluso los miembros de la Familia Loki, expertos en combate ágil, retrocedieran un paso.
—¡Miren su velocidad! —exclamó Tiona Hiryute, emocionada—. ¡No tiene Falna y se mueve como un Nivel 6! ¡No, es más rápido!
—No es solo velocidad física —observó Finn Deimne, analizando cada fotograma con su mente táctica—. Es una eficiencia absoluta. No hay movimientos desperdiciados. Cada estocada es una sentencia de muerte.
De repente, la pantalla mostró un enfrentamiento contra un enemigo formidable, un ser envuelto en sombras que blandía una lanza roja. Arturia esquivó un golpe que pulverizó el suelo de piedra a su alrededor. En sus manos, no se veía nada. Parecía estar luchando con las manos vacías, pero el sonido del metal chocando contra el metal decía lo contrario.
—¿Qué está pasando? —preguntó Lefiya Viridis, confundida—. ¿Está usando magia de invisibilidad en su arma?
—Aire Invisible: Bound Field of the Wind King —explicó la Nada—. Un hechizo que comprime y gira el aire a una presión extrema para ocultar la longitud y el alcance de su espada. Un arma invisible es el terror de cualquier guerrero, pues no puedes juzgar la distancia del golpe.
—¡Eso es increíblemente práctico! —Hermes soltó una carcajada nerviosa, aunque sus ojos estaban llenos de una seriedad inusual—. Ocultar tu mayor ventaja para que el enemigo nunca sepa por dónde vendrá el golpe final... Esa chica es una pragmática de la guerra.
Pero la atmósfera cambió cuando la música en la proyección se tornó solemne. La imagen mostró a Arturia en una colina, rodeada de sus caballeros, bajo el estandarte de un dragón. Se veía la construcción de Camelot, una ciudad de una belleza que hacía que Babel pareciera un monumento a la vanidad.
—Ella creó una utopía —dijo la voz de la Nada—. Pero el camino de un rey es solitario. Para ser el juez perfecto, Arturia abandonó sus propias emociones. Se convirtió en el "Rey que no entiende el corazón de los hombres".
Bell sintió una punzada de dolor en el pecho. Las imágenes mostraban a Arturia comiendo sola, entrenando sola, siempre manteniendo una fachada de perfección gélida mientras sus propios caballeros empezaban a murmurar a sus espaldas.
—¿Por qué? —murmuró Bell—. Si ella lo hacía todo por ellos... ¿por qué la dejaron sola?
—Porque los humanos temen a lo que no pueden comprender, Bell Cranel —respondió la Nada, como si pudiera leer sus pensamientos—. Un héroe que es demasiado perfecto deja de ser humano a los ojos de los demás. Se convierte en un objeto, en una herramienta de salvación. Y las herramientas no tienen sentimientos, o eso prefirieron creer ellos.
Loki, que había estado inusualmente callada, apretó los dientes.
—Esto es... cruel. Nosotros los dioses jugamos con los humanos, pero les damos nuestra sangre, creamos lazos. Esa chica... ella se impuso una carga divina sin ser una diosa. Es una estupidez de proporciones épicas.
—Es un sacrificio —corrigió Freya desde su balcón, sus ojos brillando con una fascinación casi divina—. Su alma... es de un color que nunca he visto. Es un blanco tan puro que duele, pero está manchado por el gris del deber. Es la belleza del martirio.
La pantalla mostró entonces el clímax de su tragedia: la batalla de Camlann. Un campo de muerte donde Arturia se enfrentaba a su propio hijo, Mordred. La traición, la sangre y el fuego consumían el sueño de Camelot.
Los aventureros de Orario, acostumbrados a celebrar sus victorias en la taberna, guardaron un silencio sepulcral. Ver a un héroe de tal magnitud caer no por un monstruo de la Mazmorra, sino por las manos de su propia gente y el peso de sus ideales, era algo que no habían procesado nunca.
—¿Así es como termina? —preguntó Welf, con la voz quebrada—. ¿Todo ese esfuerzo para nada?
—Un héroe no se define por su final, sino por la marca que deja en el mundo —sentenció la Nada—. Y ahora, verán por qué ella es la cima de la clase Saber. Contemplen la cristalización de su leyenda. Su Noble Phantasm.
En la pantalla, Arturia estaba rodeada por un ejército de sombras. Ella cerró los ojos y, por primera vez, el viento que ocultaba su espada comenzó a dispersarse. Una luz dorada, más brillante que el sol de mediodía, comenzó a emanar de sus manos.
—Esa presión... —Uranos, en su cámara subterránea, se puso de pie—. El aire mismo está vibrando. Es como si el planeta estuviera respondiendo a su llamado.
Arturia levantó la espada sobre su cabeza. Era una hoja de oro puro, grabada con runas de una era olvidada. La luz se intensificó hasta que la pantalla misma pareció temblar.
—¡Ex... —la voz de Arturia en la pantalla era un grito que contenía todas las esperanzas y sueños de sus súbditos caídos— ...calibur!
Un torrente de luz dorada barrió el campo de batalla. No fue una explosión de fuego, ni un rayo de energía bruta. Era una ola de calor y justicia que desintegró todo lo que representaba la oscuridad. El paisaje mismo fue transformado por la magnitud del poder.
En Orario, varios aventureros cayeron de rodillas. Bell Cranel estaba temblando, no de miedo, sino de una emoción que lo desbordaba. Aquello no era una técnica de combate; era un milagro.
—Excalibur: La Espada de la Victoria Prometida —declaró la Nada—. No es una espada forjada por manos humanas, sino por el mundo mismo en el núcleo del planeta. Es el arma definitiva para proteger a la humanidad de las amenazas externas. Es la fe de todos los soldados, pasada, presente y futura, convertida en luz.
—Increíble... —susurró Hephaestus, con lágrimas en los ojos—. Como artesana, esto... esto trasciende cualquier cosa que pueda crear. Es un arma hecha de sueños.
Ais Wallenstein dio un paso hacia la pantalla, extendiendo una mano como si quisiera tocar la luz.
—¿Ese es el poder de un Espíritu Heroico? —preguntó Ais en voz alta—. ¿Sin Falna? ¿Sin la bendición de un dios?
—Así es, Princesa de la Espada —respondió la Nada—. Arturia Pendragon no necesitó que un dios le escribiera una historia en la espalda. Ella escribió su propia historia con su sangre y su voluntad. Ella no es un "héroe" porque tenga estadísticas altas. Es un héroe porque, incluso sabiendo que su final sería la tragedia, nunca dejó de blandir esa espada por el bien de otros.
La imagen de Arturia se desvaneció lentamente, mostrando ahora a la joven descansando en la mítica isla de Avalon, esperando el momento en que su mundo volviera a necesitarla.
—Ella es la "Rey de Pasado y Futuro" —concluyó la Nada—. Pero ella es solo el comienzo. El Trono de los Héroes alberga a muchos otros. Algunos más oscuros, otros más brillantes, pero todos igualmente grabados en la esencia misma de la existencia.
—¿Hay más como ella? —preguntó Finn, recuperando su compostura de líder, aunque sus manos aún temblaban ligeramente.
—Muchos más —dijo la voz—. Pero antes de continuar con los guerreros, deben entender que el heroísmo no siempre viste armadura. A veces, el héroe es aquel que busca el conocimiento prohibido o aquel que, en su locura, encuentra una verdad que los dioses temen.
Las pantallas parpadearon y la imagen de una biblioteca infinita apareció. Un hombre de cabello largo y mirada melancólica, rodeado de libros y frascos de alquimia, comenzó a materializarse.
—Prepárense —advirtió la Nada—. Pues ahora verán a la clase Caster. Aquellos que moldean el mundo no con acero, sino con la verdad de sus palabras y la profundidad de su sabiduría.
Bell Cranel se sentó en el suelo, exhausto por la intensidad de lo que acababa de ver. Miró su propia daga y luego al cielo, donde la imagen de Arturia aún parecía flotar en su memoria.
—Abuelo... tenías razón —susurró Bell para sí mismo—. Los héroes de verdad son mucho más grandes de lo que imaginaba.
Hestia se acercó a su dependiente y puso una mano sobre su hombro. Ella también estaba conmovida. Como diosa, siempre había visto a los humanos como niños a los que cuidar y guiar. Pero lo que acababa de ver... esa mujer, Arturia, no era una niña. Era una gigante que hacía que la estatura moral de muchos dioses pareciera minúscula.
—Bell —dijo Hestia con suavidad—, no te compares con ellos todavía. Ellos ya terminaron sus historias. La tuya apenas está comenzando.
—Lo sé, Diosa —respondió Bell con una determinación renovada—. Pero ahora sé hacia dónde quiero ir. No quiero ser solo un aventurero de Orario. Quiero ser alguien capaz de sostener una luz como esa.
En otro punto de la ciudad, Ottar miraba a Freya. La diosa de la belleza estaba en silencio, con la mirada perdida en el vacío.
—Mi señora —dijo Ottar—. ¿Qué opina de este "Rey de los Caballeros"?
Freya sonrió, una sonrisa triste y hermosa a la vez.
—Opino que este ser, la Nada, tiene razón en una cosa, Ottar. Somos unos tontos. Nos hemos divertido tanto en nuestro pequeño jardín que olvidamos que, ahí fuera, en el cosmos de las almas, existen incendios que podrían consumirnos a todos. Esa Saber... su alma es una advertencia.
Las pantallas volvieron a brillar, y un nuevo nombre comenzó a formarse en letras doradas, anunciando al siguiente Espíritu Heroico que sería revelado a los habitantes de un mundo que creía conocerlo todo, pero que apenas estaba empezando a despertar.
—Siguiente registro —anunció la Nada—. El tejedor de historias, el hombre que convirtió la tragedia en arte. El Caster de la literatura.
La curiosidad volvió a encenderse en Orario. La lección del Trono de los Héroes continuaba, y nadie, ni siquiera los dioses más antiguos, estaba preparado para lo que vendría después. El velo se había levantado, y la realidad de Danmachi se resquebrajaba ante la magnitud de las almas legendarias.