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danmachi reacciona a fate

El Tejedor de la Tragedia y el Espejo de la Humanidad

La luz dorada de Excalibur todavía parecía grabada en las retinas de los habitantes de Orario. El silencio que siguió a la desaparición de la imagen de Arturia Pendragon no era de vacío, sino de una pesadez reverencial. Los aventureros, desde los novatos de Nivel 1 hasta los veteranos de la Familia Loki, se miraban entre sí con una mezcla de humildad y una extraña vergüenza. Durante años, se habían jactado de sus "niveles", de sus "habilidades" y de sus "bendiciones", pero acababan de presenciar a una joven que, sin nada de eso, había alcanzado una altura que rozaba lo divino a través del puro sacrificio.

—Esa luz... —susurró Bell Cranel, frotándose los ojos—. No era solo magia. Se sentía como si... como si todo el mundo quisiera que ella ganara.

—Eso es porque así fue, Bell-kun —respondió Hestia, cuya expresión juguetona había sido reemplazada por una madurez que rara vez mostraba—. Si lo que "la Nada" dice es cierto, esa espada era la voluntad del planeta mismo. Nosotros los dioses bendecimos a los niños para que alcancen su potencial, pero ella... ella era la respuesta de la humanidad a su propia extinción.

En la Torre de Babel, Freya se acariciaba el mentón, sumida en sus pensamientos. Su obsesión por Bell siempre se había basado en la pureza de su alma, pero ahora se preguntaba cuántas almas de ese calibre existían en ese "Trono de los Héroes".

—Ottar —dijo la diosa sin apartar la vista de la pantalla—. ¿Crees que podrías haber bloqueado ese ataque?

El guerrero más fuerte de Orario guardó silencio por un momento largo, analizando la devastación que había visto.

—Si fuera un ataque físico, quizás —respondió Ottar con honestidad brutal—. Pero eso no era una técnica. Era una sentencia. Contra una luz que representa los sueños de la humanidad, no hay escudo que aguante, mi señora.

De repente, las pantallas parpadearon. El resplandor dorado fue reemplazado por un tono azul medianoche, salpicado de chispas que parecían tinta flotando en el agua. La atmósfera en la ciudad cambió; ya no se sentía la presión heroica y marcial de Saber, sino una curiosidad intelectual, una melancolía que calaba hasta los huesos.

—Han visto al guerrero —la voz de la Nada volvió a retumbar, vibrando con un matiz de ironía—. Han visto la espada que protege. Ahora, observen la mente que disecciona. No todos los héroes se forjan en el campo de batalla con acero. Algunos cambian el mundo con una pluma, con una idea, o con la capacidad de ver la verdad detrás de las mentiras que los dioses y los hombres se cuentan a sí mismos.

La imagen se aclaró. No era un campo de batalla, sino una habitación oscura, iluminada solo por velas que se consumían. Miles de libros estaban apilados en desorden, y en el centro, sentado en un escritorio de madera vieja, se encontraba un hombre. Vestía ropas elegantes pero algo descuidadas, de una época que recordaba a la alta aristocracia. Su cabello era largo y oscuro, y sus ojos, cansados y profundos, parecían observar algo que nadie más podía ver.

—Clase Caster —anunció la Nada—. Pero no un mago de vuestros cuentos. Él no lanza bolas de fuego ni levanta muros de hielo. Su magia es la de la observación y la narrativa. Contemplen al hombre que desnudó el alma humana: William Shakespeare.

Un murmullo de confusión recorrió la Plaza Central.

—¿Un escritor? —preguntó Loki, rascándose la cabeza—. ¿Me estás diciendo que un tipo que escribe cuentos está al mismo nivel que esa chica de la espada gigante? ¡No me jodas! ¡Caster debería ser alguien como Riveria, capaz de borrar un piso de la Mazmorra con un canto!

Riveria Ljos Alf, la maga más poderosa de Orario, no se unió a las quejas de su diosa. Ella observaba al hombre en la pantalla con una intensidad analítica.

—Mira sus manos, Loki —dijo Riveria en voz baja—. No tienen callos de espada, pero la forma en que sostiene esa pluma... hay una autoridad en él. No subestimes a alguien que puede definir la realidad con palabras.

En la pantalla, Shakespeare se puso de pie y comenzó a caminar por un escenario de teatro vacío. Sus movimientos eran teatrales, exagerados, como si cada paso fuera parte de una función eterna.

—"El mundo entero es un escenario" —recitó el Caster, y su voz, aunque provenía de la pantalla, se sintió como si estuviera susurrando al oído de cada persona en Orario—. "Y todos los hombres y mujeres son meros actores; tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo representa muchas partes".

—¿Qué está haciendo? —preguntó Lili, sintiéndose extrañamente incómoda bajo la mirada del hombre en la pantalla.

—Está activando su territorio —explicó la Nada—. La habilidad de clase de un Caster: Creación de Territorio. Pero el territorio de Shakespeare no es un taller de magia o un templo. Es el "Globo", el teatro de la vida. Dentro de su alcance, la realidad se pliega a las necesidades de la trama.

La imagen cambió a un enfrentamiento. Shakespeare no estaba solo. Frente a él, un guerrero imponente cargaba con una lanza. El escritor no se inmutó. Simplemente comenzó a escribir en un pergamino que flotaba en el aire.

—"¡Que la duda corroa tu corazón!" —exclamó Shakespeare con una sonrisa maníaca—. "¡Que veas en tu aliado al traidor que más temes!"

De repente, el guerrero se detuvo. Sus ojos se llenaron de terror. Empezó a atacar al aire, gritando nombres de personas que no estaban allí. Estaba viviendo una tragedia en su propia mente, una historia escrita por el Caster en tiempo real.

—Su Noble Phantasm —continuó la voz de la Nada mientras la escena se volvía más intensa—: First Folio. No daña el cuerpo, pero juzga el alma. Obliga al oponente a revivir sus traumas, sus pecados y sus fracasos más profundos en forma de una obra teatral ineludible. Si el corazón del oponente se quiebra ante la narrativa, su existencia física lo sigue.

Bell sintió un escalofrío. Recordó su propia lucha contra sus miedos, contra la idea de no ser lo suficientemente fuerte para proteger a sus amigos. Si se enfrentara a ese hombre... ¿podría resistir ver sus fracasos proyectados como una burla pública?

—Esto es... aterrador —murmuró Welf Crozzo—. Es un tipo de fuerza que no se puede medir con niveles. No importa cuán alta sea tu Fuerza o tu Resistencia si tu mente es la que te traiciona.

—Exactamente —dijo la Nada—. Shakespeare representa el atributo Humano. Él no es un hijo de dioses, ni una estrella de esperanza. Es el espejo de la humanidad. Es un héroe porque capturó la esencia de lo que significa ser humano: la ambición, los celos, el amor y la caída. En el Trono de los Héroes, el conocimiento es tan letal como el acero.

La pantalla mostró entonces una serie de visiones rápidas: otros Casters. Una mujer de mirada gélida y traicionera llamada Medea, que podía anular contratos divinos con una daga; un hombre de apariencia humilde llamado Hans Christian Andersen, que convertía las vidas de los demás en cuentos de hadas crueles; y un sabio de barba blanca, Avicebron, que construía gigantes de piedra para alcanzar el Edén.

—Los Casters son los arquitectos de la victoria —sentenció la Nada—. Mientras que los Sabers y Lancers ganan batallas, los Casters ganan guerras antes de que estas comiencen.

—Me gusta este tipo —dijo Hermes, con una sonrisa astuta—. Entiende el valor de una buena historia. Pero... —su mirada se volvió hacia el cielo—, hay algo que me molesta. Esa mujer de antes, Arturia, parecía sufrir por su pueblo. Este Shakespeare parece disfrutar del sufrimiento ajeno como si fuera entretenimiento. ¿Cómo pueden ambos ser "héroes"?

—Como les dije al principio —la voz de la Nada se volvió fría—, el Trono de los Héroes no se rige por vuestra moralidad simplista de "bueno" o "malo". Un Espíritu Heroico es aquel que dejó una huella imborrable en la historia humana. La maldad, cuando es absoluta y cambia el curso del mundo, también es heroica en su magnitud. Pero no se preocupen, si buscan oscuridad, pronto la encontrarán.

Las pantallas se oscurecieron de nuevo, pero esta vez, un sonido comenzó a filtrarse por los altares de Orario. Era un sonido gutural, un rugido que no parecía provenir de una garganta humana, sino de una tormenta de metal y odio.

—¿Qué es eso? —preguntó Tiona, retrocediendo y agarrando su pesada arma, Urga.

—La clase que todos los dioses temen —respondió la Nada—. Aquellos que han perdido la razón pero han ganado el poder de un huracán. La clase que no conoce el miedo, porque ya no conoce el pensamiento.

En la pantalla apareció una figura envuelta en una armadura negra como el carbón. No emitía luz; al contrario, parecía absorberla. Un aura de humo negro y púrpura lo rodeaba, y cada vez que se movía, el suelo debajo de él se agrietaba por la pura presión de su existencia. No usaba una espada de luz, sino una viga de hierro retorcida que blandía con una ferocidad que hacía que el Minotauro que Bell enfrentó pareciera un cachorro.

—Clase Berserker —la voz de la Nada vibró con una nota de peligro—. Lancelot del Lago. El Caballero del Lago, una vez el más grande de los compañeros de Arturia Pendragon, ahora consumido por la locura de su propia traición y amor prohibido.

Bell abrió mucho los ojos al reconocer el nombre.

—¿Era uno de los caballeros de la chica de antes? —preguntó Bell, horrorizado.

—Sí —respondió la Nada—. Su culpa lo volvió loco. Intercambió su cordura por el Encantamiento de Locura. En este estado, sus habilidades físicas se multiplican hasta niveles que desafían la lógica. No siente dolor, no conoce el cansancio y no tiene piedad.

La pantalla mostró a Lancelot Berserker enfrentándose a un ejército entero. No usaba tácticas. Era un torbellino de destrucción. Lo más aterrador fue cuando agarró un poste de luz de metal y, al tocarlo, el objeto se transformó, imbuido de su aura negra.

—Knight of Owner —explicó la Nada—. Su habilidad para convertir cualquier cosa que reconozca como un arma en su propio Noble Phantasm. Puede convertir un trozo de madera en una lanza capaz de atravesar la armadura de un dios.

Loki se puso pálida.

—¿Cualquier cosa? ¿Me estás diciendo que si ese tipo agarra una piedra, esa piedra se vuelve un arma de nivel divino? ¡Eso es hacer trampa!

—Es la tragedia de la clase Berserker —dijo la Nada—. Un poder inmenso a cambio de la pérdida total del yo. Lancelot es un recordatorio de que el heroísmo también puede ser una maldición. Un hombre que fue el epítome de la caballerosidad, reducido a una bestia aullante por el peso de sus pecados.

La imagen de Lancelot rugiendo hacia el cielo, con su armadura negra desprendiendo chispas de odio, quedó fija en las pantallas durante varios segundos. Los aventureros de Orario sintieron un nudo en la garganta. Habían visto la luz de Saber, la astucia de Caster y ahora, la furia de Berserker.

—¿Ven la diferencia? —preguntó la Nada—. Vuestros aventureros suben de nivel para obtener poder. Estos seres *son* el poder. Son conceptos hechos carne. Y todavía no han visto lo más profundo del Trono.

—¿Por qué nos haces esto? —gritó de repente Hestia, mirando hacia la pantalla principal—. Nos estás mostrando sus sufrimientos, sus locuras... ¿Solo para decirnos que somos débiles?

—No, pequeña diosa —la voz de la Nada se suavizó por primera vez—. Se lo muestro porque el mundo de arriba, vuestro mundo, se ha vuelto complaciente. Creéis que la Mazmorra es el único desafío. Pero la verdadera prueba siempre ha sido, y siempre será, el alma humana enfrentada a lo imposible.

La Nada hizo una pausa, y las pantallas comenzaron a mostrar un mapa de Orario, pero con puntos rojos marcando ubicaciones específicas.

—He reunido a todos los dioses y aventureros aquí por una razón. Orario es la "Cuna de los Héroes" de este mundo, ¿no es así? Pues bien, vamos a poner a prueba esa afirmación. No solo verán las leyendas... las vivirán.

Un temblor sacudió la ciudad. No era un terremoto común. Era como si el tejido de la realidad se estuviera rasgando.

—He traído una pequeña muestra —continuó la Nada—. Siete Servants han sido manifestados en los alrededores de la ciudad. No son los originales, son sombras, reflejos de su poder. Pero son suficientes para borrar Orario del mapa si no son detenidos.

El pánico comenzó a extenderse, pero Finn Deimne dio un paso adelante, su pulgar derecho doliéndole intensamente, su señal de peligro inminente.

—¿Quieres que luchemos contra ellos? —preguntó Finn, su voz proyectándose con autoridad.

—Quiero ver si vuestro "heroísmo" de Falna puede compararse con el "heroísmo" del Trono —respondió la Nada—. Si logran derrotar a las siete sombras, les permitiré seguir observando y, quizás, les concederé un deseo que incluso los dioses no pueden cumplir. Si fallan... bueno, este mundo siempre fue un experimento fallido para mí.

Bell Cranel miró a sus compañeros. Welf, Mikoto, Lili... todos estaban asustados, pero había algo más en sus ojos. Inspiración. La luz de Excalibur todavía brillaba en sus mentes.

—No vamos a fallar —dijo Bell, dando un paso adelante. Su voz no tembló—. Hemos visto de lo que es capaz un héroe de verdad. No podemos quedarnos atrás.

—Así me gusta, "Little Rookie" —la voz de la Nada pareció sonreír—. Entonces, que comience la primera prueba. En el sector norte, cerca de las murallas, una sombra de la clase Lancer los espera. Un hombre que sacrificó su divinidad por su honor.

Las pantallas mostraron una figura solitaria de pie sobre la muralla norte. Vestía una armadura dorada que emitía un calor sofocante, y en su mano sostenía una lanza que parecía hecha de luz solar pura. Sus ojos eran fríos, pero en ellos había una nobleza que dolía mirar.

—Karna —susurró la Nada—. El Hijo del Dios Sol. Vayan, aventureros. Demuestren que vuestras leyendas no son solo ceniza.

Bell Cranel desenvainó su daga, que brilló con una intensidad inusual. La ciudad de Orario, que hasta hace unas horas celebraba una victoria familiar, ahora se preparaba para la batalla más grande de su historia. Ya no luchaban por niveles o por el favor de un dios; luchaban para demostrar que ellos también podían ser grabados en las estrellas.

—¡Familia Hestia, en marcha! —gritó Bell.

Ais Wallenstein ya estaba corriendo hacia el norte, con su viento rugiendo a su alrededor. No buscaba solo la victoria; buscaba entender. Quería ver de cerca esa fuerza que no provenía de un dios, sino del interior.

El cielo de Orario cambió de color una vez más, tornándose de un naranja ígneo mientras el sol parecía descender para encontrarse con su hijo en la muralla. La era de los Espíritus Heroicos había llegado a Danmachi, y nada volvería a ser igual.