danmachi reacciona a fate
La Melodía del Olvido y el Juicio de la Reina del Hielo
La niebla que envolvía a Orario no era un fenómeno meteorológico común; era una sustancia densa, fría y con un olor metálico que recordaba a los callejones más insalubres de una metrópolis industrial. En el centro de esta bruma, la Familia Hestia y los restos de la Familia Loki se encontraban espalda contra espalda. La visibilidad se había reducido a menos de dos metros, y el silencio solo era roto por el eco de risas infantiles que parecían rebotar en las paredes de piedra de la Calle Principal.
—¡No se separen! —gritó Finn Deimne, cuya voz sonaba extrañamente amortiguada—. ¡Riveria, usa tu magia para disipar esto!
—Lo he intentado, Finn —respondió la elfa, con una expresión de frustración que rara vez mostraba—. Mi viento no puede moverla. Es como si esta niebla estuviera anclada a la realidad misma por una voluntad superior. No es un hechizo, es... una presencia.
En las pantallas que flotaban sobre la ciudad, la imagen del guerrero de azul, Cu Chulainn, se cruzó de brazos con una mueca de desagrado.
—Es inútil, elfa —dijo el Lancer desde la pantalla—. La niebla de Jack no es algo que puedas soplar. Es la manifestación de miles de deseos de niños que nunca llegaron a nacer, el rencor de las sombras de Londres. Para ella, esto es su hogar. Para ustedes, es su tumba.
Bell Cranel sentía que su corazón latía con una fuerza dolorosa. Su habilidad "Deseo Inocente" (Liaris Freese) vibraba, pero no por la presencia de un enemigo que superar, sino por una tristeza abrumadora que emanaba de la niebla. De repente, un destello plateado cortó el aire cerca de su cuello. Bell reaccionó por instinto, bloqueando con la Daga de Hestia. El sonido del metal chocando fue agudo y breve.
—¡Ji, ji, ji! —la risa de una niña resonó a su derecha—. ¡Mamá, mira! ¡Este tiene un alma que brilla mucho! ¿Podemos destriparlo? ¿Podemos ver qué hay dentro?
—¡Bell! —gritó Hestia, que estaba siendo protegida por Welf—. ¡Ten cuidado! ¡No es una niña, es un monstruo!
—No es un monstruo, Diosa —dijo Bell, con la mirada fija en la oscuridad—. Es... algo mucho más triste.
De la niebla emergió una figura pequeña. Jack el Destripador, en su forma de Servant, no era el hombre de los mitos de Orario, sino una niña de cabellos plateados y ojos desquiciados, vestida con harapos y empuñando cuchillos de carnicero que goteaban un líquido negro. Su presencia emitía una presión que hacía que los aventureros de nivel bajo cayeran de rodillas, asfixiados por el peso de la "Maldad de la Humanidad".
—¡Bete, ahora! —ordenó Finn.
El hombre lobo se lanzó como un rayo hacia la niña, pero en el momento en que sus garras iban a alcanzarla, Jack se desvaneció en jirones de niebla.
—¡Ocultamiento de Presencia: Rango A! —la voz de la Nada retumbó desde el cielo—. En esta niebla, ella es invisible e intangible hasta que decide matar. No busquen su cuerpo, busquen su intención.
—¡Es imposible! —rugió Bete, lanzando patadas al aire—. ¡No puedo olerla! ¡Su rastro desaparece cada segundo!
—Porque ella no es una persona —explicó la Nada—. Es la leyenda del asesino que nunca fue capturado. En la oscuridad, Jack el Destripador es invicta.
Mientras la Familia Loki intentaba en vano acorralar a la esquiva Assassin, una nueva imagen comenzó a formarse en las pantallas, desplazando la figura de Cu Chulainn. Esta vez, era una mujer de una belleza gélida, con una armadura que parecía hecha de cristales de nieve y una capa de piel blanca. Su mirada era la de una soberana que ha visto caer imperios.
—Parece que la pequeña Jack se está divirtiendo —dijo la mujer de la pantalla. Su voz era como el crujir del hielo en invierno—. Pero el tiempo se agota. La Nada desea ver si estos aventureros pueden resistir no solo el miedo, sino la autoridad absoluta.
—¿Quién eres tú? —preguntó Ais Wallenstein, sintiendo que su propio viento se congelaba ante la mirada de la mujer.
—Soy Anastasia Nikolaevna Romanova —respondió la Caster, acariciando a una criatura extraña que flotaba a su lado, un Viy de ojos múltiples—. Y he venido a traer el invierno eterno a vuestro pequeño jardín de juegos.
En ese instante, la temperatura en Orario, que ya había bajado por la niebla de Jack, descendió drásticamente. El vapor de la niebla comenzó a cristalizarse, convirtiéndose en agujas de hielo que caían del cielo. Los edificios de la ciudad empezaron a cubrirse de una escarcha azulada que devoraba la piedra.
—¡Esto es magia de área de gran escala! —exclamó Riveria, levantando su báculo—. ¡Canten! ¡Protejan a los civiles con barreras térmicas!
—Es inútil —sentenció la Nada—. Anastasia es una Caster que representa la caída de un imperio y la llegada de una era de hielo. Su Viy puede ver todas las debilidades, todos los secretos. No hay barrera que pueda ocultar vuestro miedo de sus ojos.
Bell vio cómo sus compañeros empezaban a temblar. El frío no era solo físico; era un frío que atacaba la mente, que susurraba que todo esfuerzo era en vano, que el final de todas las cosas era el silencio blanco.
—¡No se rindan! —gritó Bell, su voz rompiendo el hechizo de desesperación—. ¡Si nos rendimos ahora, todo lo que vimos de Saber y Lancer no habrá servido de nada! ¡Ellos lucharon hasta el final!
—¡Palabras valientes para un niño que está a punto de congelarse! —se burló Anastasia desde la pantalla—. ¡Viy, Viy, Viy! ¡Abre tus ojos y muestra la verdad!
Un rayo de energía gélida descendió del cielo, impactando en el centro de la plaza. El suelo estalló en mil pedazos de hielo, y de la grieta surgieron criaturas hechas de nieve y odio: los soldados de la antigua Rusia, sombras de un ejército que ya no existía.
—¡Aventureros de Orario! —la voz de Finn Deimne recuperó su fuerza—. ¡Esta es nuestra ciudad! ¡No permitiremos que unas sombras del pasado nos dicten nuestro destino! ¡Familia Loki, Familia Hestia, ataquen!
La batalla estalló en un caos de acero, magia y hielo. Bell se encontró luchando contra tres soldados de sombra a la vez, sus movimientos entorpecidos por el frío extremo. Cada vez que intentaba usar su Argonaut, la niebla de Jack se cerraba sobre él, obligándolo a esquivar cuchillas invisibles.
—¡Eres lento, mamá! —susurró la voz de Jack cerca de su oído.
Bell rodó por el suelo, sintiendo el corte de un cuchillo en su hombro. La sangre que brotó se congeló casi instantáneamente.
—Welf, necesito fuego! —gritó Bell.
—¡Estoy en ello! —respondió el herrero, blandiendo una espada mágica que emitía un calor carmesí—. ¡Pero este frío es tan intenso que mis espadas se están quebrando! ¡Nunca había visto algo así, ni siquiera en los pisos profundos!
En medio del combate, Ottar, el capitán de la Familia Freya, permanecía inmóvil cerca de la Torre de Babel. Sus ojos estaban fijos en Anastasia. Para él, esta mujer no era una guerrera, sino un fenómeno natural.
—Su poder no proviene de la Falna —observó Ottar para sí mismo—. Proviene de su historia. De la tragedia de su linaje. Es una fuerza que no podemos medir con nuestros estándares.
—¿Qué pasa, Ottar? —la voz de Freya resonó detrás de él—. ¿Tienes miedo de una reina que ya está muerta?
—No es miedo, mi señora —respondió el Boaz—. Es comprensión. Estamos viendo el poder de las almas que han sido grabadas en el universo. Comparados con ellas, somos... efímeros.
De repente, una risa estruendosa interrumpió la batalla. No era la risa de Jack, ni la burla de Anastasia. Era una risa cargada de una alegría salvaje y una sed de batalla que hizo que el hielo de la plaza se agrietara.
En las pantallas, una nueva figura apareció, desplazando a Anastasia. Era un hombre gigantesco, de piel oscura y músculos que parecían tallados en la misma montaña. No vestía armadura, solo unos trozos de tela y cadenas rotas que colgaban de sus muñecas. Sus ojos eran rojos, brillantes de pura locura.
—¡GRAAAAAAAARGH! —el rugido del Berserker hizo que incluso los dioses en sus palacios se taparan los oídos.
—¡Hércules! —anunció la Nada con una nota de triunfo—. El héroe más grande de la mitología griega. Invocado bajo la clase Berserker, ha perdido su humanidad y su técnica, pero ha ganado una inmortalidad que desafía a la muerte misma.
—¿Hércules? —Hestia palideció—. Pero... ese es uno de los nombres que nosotros, los dioses, conocemos de nuestras historias antiguas. ¡Se supone que es un mito!
—Para ustedes es un mito —dijo la Nada—. Para el Trono, es una realidad indestructible. Él posee el Noble Phantasm "God Hand". Deben matarlo doce veces para que desaparezca. Y cada vez que muera por una causa, se volverá inmune a ella en su siguiente vida.
El Berserker no esperó. Saltó desde lo alto de un edificio, cayendo en medio de la plaza como un meteoro. El impacto creó un cráter de diez metros de profundidad. Con un solo barrido de su hacha-espada de piedra, mandó a volar a una docena de aventureros de Nivel 4 como si fueran muñecos de trapo.
—¡Esto es una locura! —gritó Tione, intentando frenar el avance del gigante—. ¡Ni siquiera Ottar podría aguantar un golpe directo de eso!
—¡No luchen contra él de frente! —advirtió Finn—. ¡Usen ataques combinados! ¡Riveria, Lefiya, preparen la magia de más alto rango!
Bell vio cómo el gigante se acercaba a su posición. La presión era tan grande que sentía que sus huesos iban a romperse antes de que el hacha lo tocara. Pero en ese momento, una idea cruzó su mente. Miró la niebla de Jack, sintió el frío de Anastasia y observó la furia de Hércules.
—¡Están peleando entre ellos! —gritó Bell—. ¡La Nada no los ha enviado como un equipo! ¡Son sombras que actúan según su propia naturaleza!
Era cierto. El Berserker, en su locura, comenzó a atacar también a los soldados de sombra de Anastasia. Jack, asustada por la presencia abrumadora del gigante, se alejó de Bell para ocultarse en los rincones más profundos de la niebla.
—¡Escuchen! —Bell se subió a un escombro para que todos pudieran verlo—. ¡Si logramos que sus leyendas choquen, podemos ganar tiempo! ¡Welf, usa tu fuego para guiar al gigante hacia la niebla de Jack! ¡Ais, usa tu viento para dirigir el frío de Anastasia hacia el Berserker!
Finn Deimne sonrió. El plan era arriesgado, pero era la única oportunidad que tenían contra seres que los superaban en todo.
—¡Ya oyeron al chico! —ordenó Finn—. ¡Ejecuten el plan!
La plaza se convirtió en un campo de maniobras tácticas. Ais, con una precisión asombrosa, utilizó su "Ariel" no para atacar, sino para canalizar las ráfagas heladas que Anastasia lanzaba desde el cielo, dirigiéndolas hacia las piernas de Hércules. El gigante, sintiendo que sus movimientos se ralentizaban, rugió con furia y lanzó un golpe devastador hacia el origen del frío, destruyendo la proyección de la Caster en la pantalla principal y provocando queAnastasia tuviera que concentrar su energía en defenderse.
Mientras tanto, Welf y Mikoto crearon un rastro de llamas que Jack, en su naturaleza de sombra, no podía evitar seguir, llevándola directamente hacia la trayectoria de los ataques del Berserker. El caos era absoluto, pero por primera vez, los aventureros de Orario no eran solo víctimas; eran los directores de una orquesta de leyendas en conflicto.
—Interesante —comentó la Nada—. Han aprendido a usar las debilidades de los mitos contra ellos mismos. Pero no canten victoria todavía. El tiempo de las sombras está terminando, y el verdadero juicio está por comenzar.
De repente, todas las pantallas se apagaron. La niebla de Jack se disipó como si nunca hubiera existido, el frío de Anastasia se desvaneció y el Berserker se detuvo en seco, su cuerpo disolviéndose en partículas de luz negra.
El silencio volvió a Orario, pero era un silencio diferente. Ya no era el silencio del miedo, sino el de la calma antes de la tormenta definitiva.
—Han pasado la primera fase —dijo la Nada, y su voz ahora emanaba de una única pantalla gigante que se materializó sobre la Torre de Babel—. Han demostrado ingenio y valor. Pero ahora, las sombras se retiran para dejar paso a la verdad.
—¿La verdad? —preguntó Bell, jadeando, con su armadura destrozada y el cuerpo cubierto de heridas.
—Voy a invocar a un único Espíritu Heroico —declaró la Nada—. No una sombra, no un reflejo. Un Servant real, con toda su voluntad y poder. Si logran resistir su presencia durante diez minutos, Orario será perdonada y les concederé el conocimiento del Trono. Si no... la ciudad será borrada para dar paso a una nueva era.
En la cima de Babel, una luz dorada comenzó a brillar con una intensidad que eclipsaba cualquier cosa que hubieran visto antes. No era la luz cálida de Saber, ni la luz solar de Karna. Era una luz arrogante, majestuosa y aterradora.
—Contemplen al Rey de los Héroes —sentenció la Nada—. El que posee todos los tesoros del mundo. El que juzga a los reyes y a los dioses por igual.
De la luz emergió un hombre joven, con una armadura de oro que brillaba con la pureza del primer sol de la creación. Su cabello era rubio y sus ojos, de un rojo carmesí, observaban a la multitud de Orario con un desprecio absoluto, como si estuviera mirando a una horda de insectos.
—¿Quién les ha dado permiso para mirar mi rostro, mestizos? —la voz de Gilgamesh resonó en cada rincón de la ciudad, haciendo que incluso los dioses sintieran el impulso de arrodillarse.
—Ese hombre... —susurró Freya, retrocediendo un paso—. Su alma... no es un alma. Es un sol. Un sol que consume todo lo que toca.
Gilgamesh levantó una mano, y detrás de él, el espacio mismo comenzó a ondularse. Cientos de portales dorados se abrieron, revelando las empuñaduras de armas que irradiaban un poder legendario.
—Diez minutos —dijo Gilgamesh con una sonrisa cruel—. Veamos si esta "era de los dioses" tiene algo que valga la pena salvar, o si simplemente debo limpiar este mundo de vuestra mediocridad.
Bell Cranel apretó su daga. Sabía que todo lo que habían enfrentado hasta ahora era solo el prólogo. El verdadero desafío, el pináculo de la humanidad, estaba frente a ellos. Y el Rey de los Héroes no tenía intención de ser clemente.
—¡Prepárense! —gritó Bell, aunque su voz era apenas un susurro ante la presencia del Rey—. ¡Esta es la batalla final!
El cielo de Orario se llenó de portales dorados, y el primer tesoro del Rey comenzó a descender, marcando el inicio del juicio final de la humanidad. La era de los mitos había vuelto, y Orario era el escenario donde se decidiría si los nuevos héroes merecían un lugar junto a los antiguos.