demon slayer SSBBW
El Ritual de las Aguas Sagradas
El aire en la habitación principal de la mansión del Jefe estaba cargado con el vapor de los tés calientes y el aroma dulce de los pasteles recién horneados. Mitsuri y Shinobu, las dos antiguas pilares del Cuerpo de Cazadores de Demonios, se encontraban en un estado de éxtasis letárgico. Sus cuerpos, transformados por meses de indulgencia y especias secretas, eran ahora monumentos a la abundancia. Mitsuri, con su risa vibrante y su piel rosada, parecía una colina de algodón de azúcar, mientras que Shinobu, antes tan afilada y pequeña, se había convertido en una presencia de una suavidad abrumadora, con curvas que se derramaban con una gracia perezosa sobre los cojines.
— Mitsuri-chan —susurró Shinobu, su voz ahora más profunda y aterciopelada—, siento que si como un bocado más, me convertiré en parte del mismo tatami.
Mitsuri soltó una carcajada que hizo que su pecho colosal ondulara como un mar en calma, enviando vibraciones a través del cuerpo de Shinobu, que estaba parcialmente hundida contra ella.
— ¡Oh, Shinobu-chan! Pero si ese es el objetivo, ¿no? Ser tan suaves que el mundo entero quiera descansar sobre nosotras.
En ese momento, la puerta corredera se deslizó sin hacer ruido. Lady Gasuto entró, pero esta vez no venía sola. Detrás de ella, ocho mujeres de la aldea, todas vestidas con kimonos sencillos y sus rostros ocultos tras las máscaras tradicionales, avanzaron en fila. Portaban cuencos de madera de sándalo, aceites esenciales que brillaban bajo la luz de las lámparas y esponjas de seda natural.
— Mis señoras —dijo Gasuto con una inclinación que denotaba una devoción absoluta—, el Jefe Doragon’eiji ha solicitado que se preparen para la festividad de esta noche. El ritual del baño y la unción debe comenzar.
Mitsuri parpadeó, tratando de enfocar sus ojos verdes entre la bruma de su propio bienestar.
— ¿Un baño? —preguntó ella, acariciando distraídamente la inmensa curva de su vientre—. No sé si tengo fuerzas para llegar a las termas, Gasuto. Me siento... muy bien aquí abajo.
Gasuto sonrió tras su máscara, una expresión que se adivinaba en sus ojos entornados.
— No será necesario que se muevan, Lady Mitsuri. Las aguas vendrán a ustedes. Estas ocho mujeres han sido entrenadas específicamente para atender cuerpos de su... magnífica envergadura.
Las ocho asistentes se dividieron en dos grupos de cuatro. Con una coordinación perfecta, comenzaron a rodear a las dos mujeres. Shinobu, que todavía conservaba una pizca de su instinto analítico a pesar de la neblina de azúcar en su cerebro, observó cómo se acercaban.
— ¿Qué es esto exactamente? —preguntó Shinobu, sintiendo una mezcla de curiosidad y una extraña anticipación.
— Es el cuidado que merecen las joyas de la aldea —respondió Gasuto—. Por favor, relájense.
Las asistentes comenzaron por Mitsuri. Dos de ellas se colocaron a sus costados, mientras otras dos se situaron cerca de sus hombros. Con manos expertas y firmes, empezaron a desatar los múltiples obis que mantenían su yukata apenas cerrado. Al liberarse la presión, la carne de Mitsuri pareció expandirse aún más, llenando cada centímetro de espacio disponible.
— ¡Ah! —exhaló Mitsuri cuando sintió las primeras esponjas tibias y empapadas en agua de manantial rozar su piel—. Eso se siente... increíblemente bien.
Las mujeres no solo limpiaban; comenzaron a masajear. Sus manos se hundían profundamente en la suavidad de los hombros de Mitsuri, amasando la carne que ahora cubría sus antiguos músculos. Otras manos descendieron hacia su pecho, sosteniendo con reverencia el peso abrumador de sus senos mientras aplicaban aceites de jazmín.
— Lady Mitsuri es tan generosa —susurró una de las asistentes mientras sus dedos desaparecían en los pliegues bajo el busto de la Hashira—. Es como tocar la misma tierra fértil.
Mientras tanto, el otro grupo comenzó a trabajar con Shinobu. La antigua Hashira del Insecto soltó un suspiro involuntario cuando sintió manos cálidas rodeando sus muslos. Sus piernas, que alguna vez fueron delgadas y veloces, ahora eran tan vastas que las asistentes tenían que trabajar juntas para rodear una sola pantorrilla.
— Sus piernas son tan suaves, Lady Shinobu —dijo otra asistente, aplicando una presión rítmica que enviaba oleadas de relajación por todo su cuerpo—. Parecen hechas de seda y crema.
— Es... extraño —murmuró Shinobu, cerrando los ojos y dejando que su cabeza cayera hacia atrás, donde una de las mujeres sostenía su nuca—. Nunca pensé que dejar que otros tocaran mi cuerpo de esta manera pudiera ser tan... necesario.
Las ocho mujeres trabajaban al unísono, creando una sinfonía de tacto. Para Mitsuri, la sensación era embriagadora. Sentía cómo cada parte de su inmenso ser era reconocida y adorada. Las manos de las aldeanas exploraban la vasta extensión de su vientre, masajeando los costados donde la piel estaba más tensa debido a su rápido crecimiento.
— ¡Ji, ji! ¡Eso me da cosquillas! —rio Mitsuri, y el movimiento de su risa hizo que las asistentes tuvieran que esforzarse para mantener el equilibrio sobre la masa ondulante de su cuerpo.
— Por favor, Lady Mitsuri, manténgase quieta —pidió Gasuto con suavidad—. Queremos que el aceite penetre bien en cada pliegue. Deben brillar para el Jefe.
El ritual continuó durante lo que parecieron horas. Las asistentes usaban aceites de camelia para el cabello y bálsamos de miel para las zonas donde la piel se encontraba más presionada. Shinobu se encontró en un estado de trance. La forma en que las mujeres manipulaban su carne, moviendo sus brazos y piernas con una delicadeza extrema, la hacía sentirse como una deidad en proceso de ser esculpida.
— Siento que mis huesos se han derretido —confesó Shinobu, cuya barriga ahora brillaba bajo el aceite, reflejando la luz de las velas—. Ya no sé dónde termino yo y dónde empieza el tatami... o dónde empiezas tú, Mitsuri.
— Estamos mezcladas, Shinobu-chan —respondió Mitsuri, cuya piel estaba ahora tan radiante que parecía emitir su propia luz—. Somos una sola cosa grande y feliz.
Las ocho asistentes comenzaron entonces la fase final: la unción total. Vertieron aceites tibios sobre los pechos y vientres de ambas mujeres, usando sus palmas abiertas para extender el líquido con movimientos circulares y lentos. El contacto era constante; no había un solo centímetro de las dos antiguas guerreras que no estuviera siendo acariciado, presionado o masajeado.
— Nunca... nunca me he sentido tan cuidada —dijo Mitsuri, sus ojos verdes empañados por lágrimas de pura gratitud—. En el Cuerpo, siempre teníamos que ser fuertes, duras... pero esto... esto es lo que realmente quería mi corazón.
— Todas queríamos esto, Lady Mitsuri —dijo Gasuto, acercándose con una toalla de seda para limpiar el exceso de aceite de la frente de la Hashira—. La aldea solo ha sacado a la luz lo que ustedes siempre desearon en secreto: ser amadas sin condiciones y sin límites.
Shinobu, en medio de su propio tratamiento, sintió cómo una de las asistentes masajeaba sus dedos, uno por uno, con una devoción casi religiosa.
— Gasuto —llamó Shinobu con voz débil—, ¿por qué hacéis esto? No solo por el Jefe... hay algo más, ¿verdad?
Gasuto se detuvo y miró a las dos mujeres, que juntas formaban un paisaje de opulencia carnal que desafiaba cualquier descripción.
— Porque ustedes son nuestra paz —respondió Gasuto con sinceridad—. Mientras ustedes estén aquí, felices, alimentadas y cuidadas, los demonios parecen un recuerdo de otra vida. Su peso es nuestra ancla al mundo real, a un mundo de placer y seguridad.
El ritual de tacto llegó a su clímax cuando las ocho mujeres se unieron para ayudar a las dos Hashiras a reacomodarse. Fue una tarea hercúlea; tuvieron que coordinar sus fuerzas para desplazar los cuerpos aceitados y pesados hacia futones nuevos y limpios, decorados con motivos de flores de cerezo.
— ¡Uf! —exclamó Mitsuri mientras se asentaba en su nueva posición, sus senos reposando pesadamente sobre el centro de su torso—. Me siento como una reina.
— Eres más que eso, Mitsuri-chan —dijo Shinobu, acomodándose a su lado, sintiendo cómo sus propias caderas chocaban contra las de su amiga, creando una barrera de calor insuperable—. Eres el corazón de este lugar.
Las asistentes terminaron su trabajo y se retiraron hacia las sombras de la habitación, quedando solo Gasuto presente. El silencio que siguió fue denso y dulce, roto solo por el sonido de la lluvia fina que comenzaba a caer afuera, contrastando con el calor sofocante y perfumado del interior.
— El Jefe Doragon’eiji entrará en breve —anunció Gasuto—. Él mismo terminará de vestirlas con las sedas ceremoniales.
— Esperaremos —dijo Mitsuri, cerrando los ojos con una sonrisa de satisfacción pura—. No es que podamos ir a ningún lado, ¿verdad, Shinobu-chan?
Shinobu soltó una pequeña risa, una que hizo vibrar su papada y sus pechos recién ungidos.
— No, Mitsuri-chan. Creo que finalmente hemos encontrado el lugar del que no queremos escapar jamás.
Cuando Doragon’eiji entró momentos después, se detuvo en el umbral, impactado por la visión. Mitsuri y Shinobu brillaban bajo los aceites, dos monumentos de suavidad y deseo que llenaban la estancia no solo con su tamaño físico, sino con una aura de paz absoluta. El Jefe se acercó, sabiendo que su vida, y la de la aldea, estaba ligada para siempre a la felicidad de esas dos montañas de seda y carne que él llamaba esposas.
El ritual de las ocho mujeres había cumplido su propósito: no solo limpiar sus cuerpos, sino sellar sus almas en el dulce veneno de la comodidad absoluta. Ya no eran cazadoras; eran las guardianas de la abundancia, y su única batalla a partir de ahora sería contra el hambre que siempre, inevitablemente, volvía a despertar tras cada festín.