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demon slayer SSBBW

El Festín de la Caja de Cedro

El aire en la mansión del Jefe de la Aldea de los Herreros era tan espeso que casi podía palparse. El aroma a sándalo, aceites de jazmín y el vapor constante de las bandejas de comida creaban una atmósfera de sopor eterno. En el centro de la gran estancia, Mitsuri y Shinobu descansaban como dos colinas de seda y carne suave. Sus figuras, que alguna vez fueron ágiles y letales, se habían fusionado en una vasta extensión de curvas generosas. Mitsuri, con sus pechos como grandes almohadones de azúcar, y Shinobu, cuya elegancia se había transformado en una opulencia compacta y cálida, compartían risas perezosas mientras sus dedos, ahora rechonchos, buscaban distraídamente trozos de fruta en almíbar.

— ¿Sabes, Shinobu-chan? —murmuró Mitsuri, dejando que su cabeza se hundiera en el hombro acolchado de su compañera—. A veces olvido que solíamos llevar uniformes negros. Eran tan... apretados.

Shinobu soltó una risita que hizo vibrar su papada y sus pechos ungidos en aceite.

— No digas eso, Mitsuri. Creo que si intentara ponerme mi antiguo haori ahora, estallaría como un capullo de seda demasiado lleno. Me gusta mucho más este yukata, aunque necesitemos tres asistentes para cerrarlo.

En ese momento, la puerta corredera se abrió con un deslizamiento suave. Lady Gasuto entró, pero su expresión tras la máscara no era la habitual de calma absoluta. Parecía... intrigada. Detrás de ella, dos herreros cargaban una caja de madera de cedro, reforzada con bandas de hierro. Era una caja que ambas mujeres conocían muy bien.

— Lady Mitsuri, Lady Shinobu —saludó Gasuto con una inclinación—. Ha llegado un envío especial desde la sede central. Dicen que fue encontrada cerca de los límites de la aldea. Parece que alguien la dejó allí deliberadamente.

Mitsuri parpadeó, tratando de enfocar su vista entre los pliegues de su propio rostro.

— Esa es... la caja de Tanjiro —susurró, intentando incorporarse. Su vientre, una masa monumental de suavidad, protestó con un movimiento pesado y sordo—. ¿Dónde está el joven Kamado?

— No había nadie más, solo la caja —respondió Gasuto, haciendo una señal a los herreros para que la depositaran en el centro de la habitación, justo frente a las dos montañas de carne—. Pero parece que su ocupante tiene mucha hambre.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, la puerta de la caja se abrió de golpe. Una figura pequeña y ágil salió disparada. Era Nezuko. La joven demonio tenía el trozo de bambú en su boca, pero sus ojos rosados no mostraban agresividad, sino una especie de determinación frenética. Olfateó el aire, saturado de las especias calóricas y los dulces que rodeaban a las Hashiras, y sus pupilas se dilataron.

— ¡Nezuko-chan! —exclamó Mitsuri con alegría, extendiendo sus brazos gruesos—. ¡Ven aquí, pequeña! ¡Mira cuánto hemos crecido!

Nezuko se acercó, pero no para un abrazo. Sus instintos de demonio, alterados quizás por el aroma de las especias de la aldea que impregnaban el ambiente, parecían haber detectado una misión. Miró a Mitsuri, luego a Shinobu, y finalmente a las bandejas de comida que Gasuto acababa de traer: una montaña de bollos de crema, pasteles de arroz y tempura de calamar.

Con una velocidad asombrosa, Nezuko tomó un bollo de crema. Pero en lugar de comerlo, se abalanzó sobre Mitsuri.

— ¿Eh? ¿Nezuko? —Mitsuri soltó una exclamación de sorpresa cuando la pequeña demonio usó su fuerza sobrehumana para presionar el bollo contra sus labios—. ¡Mmmph!

Nezuko no se detuvo. Con una mano sostenía la nuca de Mitsuri, hundiéndola en su propia suavidad, y con la otra le introducía la comida a una velocidad vertiginosa. Mitsuri, cuya voluntad ya estaba debilitada por meses de indulgencia, no pudo evitar tragar. El sabor era celestial, potenciado por las especias que Nezuko parecía elegir con instinto.

— ¡Espera, Nezuko! —intentó intervenir Shinobu, tratando de mover su pesado cuerpo para ayudar a su amiga—. No puedes... ¡ah!

Nezuko se giró hacia Shinobu con un movimiento borroso. Antes de que la antigua Hashira del Insecto pudiera reaccionar, Nezuko ya estaba sobre ella. La pequeña demonio se sentó sobre el inmenso vientre de Shinobu, usando su peso para inmovilizarla, y comenzó a introducirle pasteles de arroz uno tras otro.

— ¡Mmm! —protestó Shinobu, pero sus ojos se pusieron en blanco ante el placer del sabor—. ¡Mmmph!

Gasuto observaba la escena desde la esquina, sus ojos brillando con una chispa de genialidad malévola.

— Parece que Nezuko ha comprendido el propósito de esta casa mejor que nadie —susurró Gasuto para sí misma—. Ella será la catalizadora perfecta.

Durante las horas siguientes, la habitación se convirtió en el escenario de un festín forzado pero extrañamente placentero. Nezuko se movía entre las dos mujeres con una energía incansable. Si Mitsuri intentaba descansar, Nezuko aparecía con un cuenco de udon; si Shinobu cerraba los ojos, Nezuko le ofrecía una tarta de miel. Lo más extraño era que la propia Nezuko, al estar expuesta a los vapores y probar ocasionalmente los restos de la comida, comenzó a cambiar también.

El cuerpo de la demonio, que solía ser menudo y capaz de encogerse, empezó a expandirse. No era un crecimiento muscular, sino una transformación idéntica a la de las Hashiras. Sus mejillas se redondearon, perdiendo su forma infantil para volverse suaves y llenas. Sus brazos y piernas comenzaron a ganar capas de grasa saludable y firme, y su pequeño kimono empezó a tensarse sobre un pecho que florecía con una rapidez sobrenatural.

— ¡Miren! —exclamó una de las asistentes de Gasuto—. ¡La pequeña demonio también está floreciendo!

Para el final del día, el agotamiento y la saciedad habían vencido a las tres. Nezuko ya no podía moverse con la agilidad de antes. Se había desplomado en el espacio entre Mitsuri y Shinobu, convertida ahora en una joven de proporciones épicas. Su vientre, hinchado y redondo, descansaba sobre el de Mitsuri, mientras que sus muslos, ahora tan gruesos como troncos de cerezo, se entrelazaban con los de Shinobu.

Mitsuri, con un esfuerzo supremo, acarició la cabeza de Nezuko.

— Eres... una niña muy traviesa... —jadeó la Hashira del Amor, cuya figura había ganado al menos otros veinte kilos en una sola tarde—. Pero tienes razón... estaba deliciosa.

Shinobu, cuya papada ahora rozaba su propio pecho debido al nuevo volumen, asintió con dificultad.

— Me siento... como si fuera a estallar... pero es tan cálido...

La puerta se abrió de nuevo y Doragon’eiji entró. Se detuvo en seco al ver la nueva adición. Nezuko, con su bambú aún en la boca pero rodeada de pliegues de carne suave y brillante por el aceite, lo miró con ojos soñolientos y satisfechos.

— Gasuto... ¿qué significa esto? —preguntó el Jefe, aunque su voz no denotaba enfado, sino una profunda fascinación.

— Parece que la familia ha crecido, mi Señor —respondió Gasuto, acercándose para ajustar el yukata de Nezuko, que apenas cubría su nueva e inmensa figura—. La joven Nezuko ha decidido unirse a sus hermanas. Ha demostrado una afinidad natural por nuestra... hospitalidad.

Doragon’eiji se acercó y se sentó frente al trío de mujeres. La mansión ahora parecía pequeña para albergar tanta suavidad. Mitsuri y Shinobu flanqueaban a Nezuko, creando un muro de carne y seda que ocupaba casi tres cuartas partes de la habitación.

— Tres esposas... —murmuró Doragon’eiji, extendiendo una mano para tocar el vientre de Nezuko. La piel de la demonio era fresca pero increíblemente elástica y suave—. Tres pilares de belleza y paz para mi aldea.

Nezuko soltó un pequeño sonido a través del bambú, un ronroneo de satisfacción, y se hundió más profundamente en el abrazo de Mitsuri. La Hashira del Amor la rodeó con su brazo, que ahora era tan ancho como el torso de un hombre, y la apretó contra su pecho.

— Ella será la tercera —declaró Mitsuri con una sonrisa soñolienta—. Yo la cuidaré. Le enseñaré todo sobre los dulces... y sobre cómo amarte, esposo.

Shinobu, desde el otro lado, apoyó su cabeza sobre el hombro de Nezuko, que ahora era una plataforma de carne firme.

— Y yo me aseguraré de que su salud sea... óptima —dijo Shinobu con una chispa de su antiguo humor—. Aunque creo que mi primera prescripción médica será una siesta de tres días para las tres.

Gasuto hizo una señal y las asistentes trajeron mantas de seda extra grandes, diseñadas para cubrir la vasta extensión de las tres mujeres unidas. Mientras las cubrían, el Jefe Doragon’eiji se acomodó en el único espacio libre, apoyando su espalda contra el costado de Shinobu y sus pies contra el muslo de Mitsuri.

— Nunca imaginé que el Jefe de los Herreros viviría en un palacio de nubes —dijo él, cerrando los ojos.

— No son nubes, querido —corrigió Mitsuri, su voz apagándose mientras el sueño la vencía—. Es amor. Mucho, mucho amor.

Nezuko, en medio de sus dos nuevas hermanas mayores, sintió una paz que no había conocido desde que su familia fue atacada. Aquí no había cazadores, no había demonios enemigos, no había cajas oscuras. Solo había calor, el sabor persistente de la crema en su lengua y la sensación de ser parte de algo inmenso y eterno. Sus instintos de demonio se calmaron por completo, sustituidos por una voracidad diferente: la de la comodidad.

Afuera, la luna se alzaba sobre la Aldea de los Herreros. Los aldeanos, al pasar cerca de la mansión del Jefe, caminaban de puntillas, sabiendo que dentro descansaba el tesoro más grande de su historia. Tres mujeres que alguna vez fueron las guerreras más temidas de Japón, ahora convertidas en los símbolos definitivos de la abundancia y la paz.

Gasuto, antes de salir y cerrar las puertas, echó una última mirada. Vio a Mitsuri, cuya barriga subía y bajaba como una marea poderosa; a Shinobu, cuya elegancia se había fundido en una calidez maternal; y a Nezuko, la pequeña demonio que había encontrado su hogar definitivo en el exceso.

— La aldea nunca tendrá hambre —susurró Gasuto para sí misma—. Y ellas... ellas nunca volverán a conocer el frío.

Con un clic suave, las puertas se cerraron, sellando el santuario. En el silencio de la noche, solo se escuchaba el sonido de tres respiraciones profundas y pesadas, sincronizadas en un ritmo de satisfacción absoluta. La Hashira del Amor, la Hashira del Insecto y la Niña Demonio habían dejado atrás sus nombres y sus armas para convertirse en algo nuevo: el corazón latente, suave y eterno de la Aldea de los Herreros.

El festín forzado de Nezuko no solo las había hecho más grandes en cuerpo, sino que había sellado su vínculo de hermandad. Ya no había dudas, ya no había planes de escape. Solo quedaba el dulce peso de la lealtad y el conocimiento de que, al amanecer, habría un nuevo banquete esperando para ser devorado. Y así, bajo el manto de la primavera, las tres esposas del Jefe durmieron, soñando con montañas de mochi y ríos de miel, perdidas para siempre en el veneno más dulce de todos: el olvido de la lucha y el triunfo del placer.

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