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Descendientes: heredero de dos reinas

Espejos, Mentiras y el Té de las Cinco

La mañana en Auradon amaneció con un brillo que me recordaba a la porcelana recién pulida. Era el Día de la Familia, un evento que en la Isla de los Perdidos habría sido motivo de burlas o, más probablemente, de una pelea multitudinaria por los restos de comida. Aquí, sin embargo, era una exhibición de colores pastel, sonrisas ensayadas y un optimismo que me revolvía el estómago.

Me encontraba en los jardines, lejos del bullicio principal, sentado a una mesa de hierro forjado con el grupo de Alina. Theo jugueteaba con un terrón de azúcar, haciéndolo desaparecer y aparecer entre sus dedos con una destreza que incluso a mí me impresionaba. Elliot consultaba tres de sus relojes simultáneamente, murmurando algo sobre la puntualidad de las nubes, mientras Nyx se balanceaba en su silla, su sonrisa pareciendo flotar independientemente de su rostro.

—Mi madre vendrá hoy —dijo Alina, sirviendo el té con una elegancia que hacía que el gesto pareciera un ritual sagrado—. Y tu tía también, Crimson. La Reina Blanca no se perdería esto por nada del mundo. Ella... ella siempre habla de lo que se perdió cuando la barrera se levantó.

—No soy su hijo, Alina —respondí, aunque el nombre de "tía" se sentía extrañamente natural en mi lengua—. Soy el hijo de la mujer que intentó cortarle la cabeza. No creo que esté muy ansiosa por conocerme.

—Te equivocas —intervino Nyx, cuyos ojos amarillos brillaron con una sabiduría inquietante—. Ella no busca a un villano. Busca un reflejo. Deberías hablar con ella. El País de las Maravillas tiene una forma curiosa de reconocer a los suyos, incluso a través de la sangre y el tiempo.

Me quedé en silencio, observando el vapor que subía de mi taza. Mi relación con la Reina Roja siempre había sido de posesión, no de afecto. La idea de una mujer que gobernaba con calma y bondad me resultaba tan alienígena como el concepto de un final feliz.

—Hazlo —insistió Theo, colocándome un sombrero de copa miniatura sobre el hombro—. El té siempre sabe mejor cuando se comparte con la familia adecuada.

Me levanté, asintiendo levemente hacia ellos. Antes de dirigirme al encuentro oficial, sentí una presencia a mis espaldas. No necesité girarme para saber quién era; el aire a mi alrededor bajó varios grados y el aroma a escarcha fresca inundó mis sentidos.

—Te ves pensativo, Crimson —dijo Luis de Arendelle, deslizándose a mi lado con una gracia depredadora. Su traje azul pálido y plateado lo hacía parecer una estatua de hielo viviente—. ¿Acaso el Día de la Familia te pone nostálgico?

—La nostalgia es para los que no tienen un futuro que construir, Luis —respondí, girándome para enfrentarlo.

Me sorprendió lo cerca que estaba. Podía ver las pequeñas motas de cristal en sus iris. Luis extendió una mano y, con una lentitud exasperante, ajustó el cuello de mi chaqueta roja. Sus dedos rozaron mi piel y un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío recorrió mi columna.

—Ben te está buscando —susurró, inclinándose hacia mi oído—. Está muy entusiasmado con presentarte a sus padres. Pero ten cuidado... el calor de Ben es reconfortante, pero mi frío es el que te mantendrá despierto.

—¿Qué pasa entre ustedes? —solté, incapaz de contener la duda por más tiempo—. Se supone que Ben está... bajo mi influencia. ¿Por qué permites que me hable así? ¿Por qué me coqueteas tú?

Luis soltó una risa suave, un sonido que recordaba al hielo rompiéndose bajo el peso de un patinador.

—En Auradon, las cosas no siempre son lo que parecen, pequeño corazón —dijo, dándome un golpecito juguetón en la mejilla antes de alejarse—. Disfruta de tu tía. Nos vemos en la coronación.

Me quedé allí, confundido y furioso. Mi escudo mental estaba intacto, pero mis emociones eran un campo de batalla. ¿Acaso Ben y Luis habían terminado? ¿O era este algún tipo de juego perverso de la realeza? No tuve tiempo de meditarlo, pues el Hada Madrina me llamó para la actividad principal.

En el centro del jardín, una gran pantalla mágica mostraba los rostros de los villanos desde la Isla. Vi a Mal hablando con Maléfica; la tensión entre ellas era casi palpable. Cuando fue mi turno, la imagen de la Reina Roja apareció. Estaba gritando a alguien fuera de cámara antes de notar mi presencia.

—¡Crimson! —chilló, y su voz distorsionada por la magia me hizo apretar los dientes—. ¡Mírate! Pareces un dandi de esos reinos de azúcar. ¿Ya tienes la corona? ¿Ya has cortado alguna cabeza?

—Estoy trabajando en ello, madre —respondí con una voz monótona, consciente de que los padres de Auradon nos observaban con horror—. Las cosas llevan su tiempo.

—¡El tiempo es lo único que no tenemos! —gritó ella, golpeando la mesa—. ¡Trae la varita! ¡Ábrenos la puerta! ¡Quiero mi trono de vuelta!

Cerré la conexión antes de que pudiera decir algo más vergonzoso. El Hada Madrina me miró con una mezcla de lástima y miedo, pero la ignoré. Mi atención se centró en una mujer que caminaba hacia mí desde el pabellón de mármol.

Vestía de un blanco tan puro que cegaba bajo el sol. Sus movimientos eran fluidos, casi etéreos, y su rostro emanaba una paz que me hizo sentir instantáneamente fuera de lugar. La Reina Blanca.

—Crimson —dijo ella, y su voz fue como una caricia—. He esperado mucho tiempo para este momento.

—Majestad —respondí, haciendo una reverencia perfecta, aunque mi interior era un caos—. No esperaba que quisiera conocerme.

—Eres mi sangre —dijo ella, tomando mis manos. Las suyas estaban cálidas, a diferencia de las de Luis o las de mi madre—. Tu tía... Bridget... se llevó algo muy valioso cuando se fue a la Isla. No solo su corona, sino la posibilidad de que este niño creciera en la luz.

—Ella es mi madre —dije, aunque la palabra sonó falsa incluso para mí.

—Ella es quien te crió —corrigió la Reina Blanca con una sonrisa triste—. Pero tus ojos... esos ojos no mienten. Tienes la chispa del País de las Maravillas, Crimson. Una magia que no pertenece al odio, sino al equilibrio. Me gustaría que, después de la coronación, habláramos sobre tu futuro. El trono de las Maravillas necesita un heredero que entienda ambos mundos.

Iba a responder, pero un estruendo al otro lado del jardín captó nuestra atención. Mal y su grupo estaban en medio de una discusión acalorada con Audrey y su abuela, la Reina Leah.

—¡Tú! —gritaba la Reina Leah, señalando a Mal con un dedo tembloroso—. ¡Tu madre hechizó mi reino! ¡Mi hija se perdió años de su vida por culpa de esa mujer! ¿Cómo te atreves a estar aquí?

—¡Yo no soy mi madre! —rugió Mal, pero nadie parecía escucharla.

Chad Encantador intervino, soltando comentarios venenosos sobre cómo "la manzana no cae lejos del árbol", y en un segundo, los chicos de la Isla estaban rodeados de miradas de desprecio y odio. Vi a Carlos encogerse y a Evie al borde de las lágrimas.

—Deberías ir con ellos —susurró mi tía—. Necesitan a alguien que mantenga la cabeza fría.

—No —respondí, observando la escena con desapego—. Ellos eligieron jugar a ser aceptados. Yo no busco su aceptación.

Me giré hacia la Reina Blanca y continuamos nuestra charla mientras el caos estallaba a nuestras espaldas. No me importaba la vieja abuela de Audrey ni sus prejuicios anticuados. Estaba aprendiendo más sobre mi verdadero linaje en diez minutos que en dieciocho años en la Isla.

—Crimson, ahí estás.

Ben se acercó, luciendo un poco agitado por la pelea que acababa de presenciar, pero su rostro se iluminó al verme con la Reina Blanca. Detrás de él, el Rey Bestia y la Reina Bella observaban con cautela.

—Madre, padre —dijo Ben, tomando mi mano con firmeza—, este es Crimson Red Heart. Crimson, estos son mis padres.

—Es un placer, Majestades —dije, recuperando mi máscara de príncipe perfecto.

—Hemos oído mucho sobre ti, joven —dijo el Rey Bestia, su voz profunda resonando en mi pecho—. Ben habla de ti con una pasión que... bueno, que no habíamos visto antes.

—Es un chico muy especial, Adam —intervino Bella, acercándose para examinarme con sus ojos amables—. Bridget no siempre fue como es ahora. Me alegra ver que su hijo ha heredado su elegancia y no solo su temperamento.

Hablamos durante un rato. Me moví por la conversación con la precisión de un relojero, diciendo exactamente lo que querían oír, mientras mi mente seguía procesando el encuentro con mi tía y las extrañas señales de Luis. Al final del día, cuando el sol empezaba a ponerse y las familias se despedían, me retiré a mi habitación, sintiéndome más agotado de lo que quería admitir.

Saqué mi espejo encantado y activé la llamada grupal. Las caras de mis amigos aparecieron de inmediato.

—¿Cómo fue? —preguntó José, que parecía estar mezclando algo sospechoso en un caldero al fondo—. ¿Ya te han nombrado santo de Auradon?

—Casi —respondí, dejándome caer en mi silla—. Hablé con mi tía. Alina tenía razón; ella me estaba buscando. Y los padres de Ben... creo que los tengo en el bolsillo.

—Mal y los demás metieron la pata, ¿verdad? —preguntó Moon con una sonrisa satisfecha—. Lo vimos en las noticias locales de la Isla. Un desastre total.

—Sí, Audrey y su abuela los humillaron frente a todos —les conté—. Pero eso nos beneficia. Mientras ellos son el centro de atención por su "maldad", nosotros nos movemos en las sombras de la cortesía. Estén listos. La coronación es pronto.

—Harry está fuera de control, Crimson —dijo Raúl, su tono volviéndose serio—. Se enteró de lo de Ben. De la canción, del picnic... Está rompiendo todo en el muelle. Dice que cuando la barrera caiga, lo primero que hará será buscarte.

Sentí un pinchazo de dolor en el pecho, pero lo aplasté con la frialdad que me caracterizaba.

—Harry Hook es parte del pasado, Raúl. Y el pasado es algo que yo controlo. No dejen que se acerque a nuestro territorio.

Cerré la llamada y me quedé mirando el techo.

Mientras tanto, en el balcón del palacio, Ben y Luis observaban las luces de la escuela. Luis tenía su cabeza apoyada en el hombro de Ben, y ambos miraban en dirección a la habitación de Crimson.

—Falta muy poco —susurró Luis, dejando que un poco de escarcha cubriera la barandilla—. La coronación será el momento perfecto.

—Sí —asintió Ben, rodeando la cintura de Luis—. Cuando el Hada Madrina me entregue la corona, haré pública nuestra relación. Auradon tendrá que aceptarlo.

—¿Y Crimson? —preguntó Luis, levantando la mirada—. ¿Crees que aceptará ser parte de nosotros? Su corazón está muy dañado, Ben.

—Lo hará —dijo Ben con una seguridad que rayaba en la obsesión—. Porque nosotros somos lo único que puede llenar ese vacío que siente. No somos solo dos príncipes buscando un amante, Luis. Somos la calma y el fuego que él necesita para no consumirse. Cuando todo termine, cuando la barrera sea solo un recuerdo, Crimson Red Heart entenderá que su lugar no es en el trono de las Maravillas solo, sino con nosotros.

Luis sonrió, una expresión de pura anticipación.

—Tres corazones, una sola corona. Me gusta cómo suena eso.

En mi habitación, el reloj de mi cintura dio un vuelco. Las manecillas se detuvieron en la medianoche, aunque solo eran las diez. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y, por un segundo, vi una fractura dorada en el aire frente a mí. El tiempo me estaba avisando. Algo grande se acercaba, una tormenta que ni mi magia ni mi escudo mental podrían detener.

Cerré los ojos, tratando de ignorar la imagen de Ben y Luis que se repetía en mi mente. No quería volver a sufrir. No quería amar. Pero en el silencio de Auradon, las mentiras que me contaba a mí mismo empezaban a sonar cada vez más bajas, superadas por el latido constante de un corazón que, a pesar de todo, aún quería sentir el calor del sol y el beso del hielo.