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Descendientes: heredero de dos reinas

El Vals de las Tres Coronas

El carruaje real era una burbuja de seda y oro que se desplazaba con una parsimonia exasperante hacia la catedral. A través de las ventanas de cristal, podía ver a la multitud agitando banderas con el rostro de Ben, pero dentro, el aire estaba cargado de una electricidad que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Ben estaba sentado frente a mí, luciendo una túnica azul que resaltaba la nobleza de sus facciones, pero sus manos temblaban ligeramente.

Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta roja y saqué una pequeña bolsa de tela. Dentro, las galletas que había preparado con el contrahechizo brillaban bajo la luz filtrada. Según mi plan, Ben debía comerlas después de la ceremonia. Una vez que el "hechizo de amor" se desvaneciera, él volvería a la normalidad, yo habría cumplido mi trato con Mal y podría retirarme a las sombras para ejecutar mis propios objetivos con la Reina Blanca.

—Ben —dije, extendiendo la bolsa—, quiero que te comas esto. Pero no ahora. Hazlo cuando la corona esté sobre tu cabeza y todo el alboroto haya terminado. Es... una tradición de mi familia para asegurar la claridad mental.

Ben me miró, y por un segundo, juraría que vi una chispa de travesura en sus ojos castaños. Sin decir una palabra, metió la mano en la bolsa, sacó una galleta y se la llevó a la boca antes de que yo pudiera reaccionar.

—¡No! —exclamé, estirándome para detenerlo, pero ya era tarde. Lo vi masticar y tragar con una calma aterradora—. ¿Qué has hecho? Te dije que esperaras.

Me eché hacia atrás en el asiento, frotándome las sienes. El contrahechizo era potente; en cuestión de segundos, cualquier rastro de la poción de amor de la Isla desaparecería de su sistema. Me preparé para el impacto, para ver cómo su mirada se volvía fría, cómo se daba cuenta de que yo lo había manipulado y cómo me echaba del carruaje por traidor.

—¿Y bien? —preguntó Ben, inclinándose hacia delante. Su voz era firme, carente de la neblina soñadora de los días anteriores—. ¿Qué se supone que debo sentir ahora?

—Deberías sentirte... tú mismo —respondí, sin mirarlo a los ojos—. El hechizo se ha ido, Ben. Ya no estás obligado a quererme. Puedes dejar de fingir que soy lo más importante de tu vida.

El carruaje se sumió en un silencio sepulcral. Esperé el grito, la orden de arresto, pero lo que escuché fue una risa. Una risa suave, profunda y genuina que me hizo levantar la cabeza de golpe. Ben se estaba riendo de mí.

—¿Todavía sientes atracción por mí? —pregunté, mi voz apenas un susurro de incredulidad.

—Esperemos a que el contrahechizo haga efecto total, Crimson —respondió él, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Asentí mecánicamente, procesando sus palabras, hasta que el significado real me golpeó como un mazo. Mis ojos se abrieron de par en par y sentí que la sangre se me congelaba en las venas.

—Espera... —dije, mi voz subiendo de octava—. ¿Cómo que "esperemos"? Si lo has dicho así es porque... ¿Cómo y cuándo te enteraste? Se supone que la poción era infalible, ni siquiera el agua del Lago Encantado la rompió.

Ben se acomodó en su asiento, cruzando las piernas con una elegancia que gritaba poder.

—Crimson, ¿realmente pensaste que Luis me dejaría desprotegido? —preguntó, y su tono tenía un filo de orgullo—. Desde el momento en que pusiste un pie en Auradon, él supo que intentarían algo. Luis bajo una bendición de hielo sobre mi corazón. Ninguna magia externa, ninguna poción de amor, por muy poderosa que sea, puede penetrar ese escudo.

Me quedé helado. Mi mente, con su memoria perfecta, empezó a rebobinar cada momento, cada beso, cada palabra susurrada. El Lago Encantado. La canción. El picnic. Todo había sido una mentira. O peor, una verdad que yo no había querido ver.

—¿Me estuviste utilizando? —pregunté, y la explosividad de la Reina Roja empezó a burbujear en mi pecho—. ¿Jugaste conmigo para ver hasta dónde llegaba? ¿Y qué hay de Luis? ¿Acaso él sabe que me besaste, que me dijiste que me amabas?

—Luis no solo lo sabe, Crimson —dijo Ben, tomando mi mano con una fuerza que no me permitió soltarme—. Él fue parte del plan. Queríamos acercarnos a ti. Queríamos ver quién eras realmente detrás de esos muros de hielo y relojes rotos. Y lo que encontramos... nos fascinó a ambos.

—¿A ambos? —repetí, mi escudo mental vibrando ante la confusión—. Ben, eso es una locura. Ustedes son los príncipes dorados de Auradon. Yo soy...

—Tú eres la pieza que nos faltaba —me interrumpió—. Sentimos una atracción por ti que va más allá de la política o los cuentos de hadas. Es algo visceral. Luis y yo seguimos juntos, Crimson. Siempre lo estaremos. Pero queremos que tú estés con nosotros.

No supe qué decir. Mi corazón, que había estado cerrado bajo siete llaves desde lo de Harry, latía con una violencia que me asustaba. Ben sacó un anillo de oro con un rubí incrustado, una joya que irradiaba una calidez antigua, y lo dejó en la palma de mi mano.

—Piénsalo —dijo Ben mientras el carruaje se detenía—. No tienes que decidir ahora, pero la oferta está sobre la mesa. Tres corazones, una sola corona.

Las puertas del carruaje se abrieron y el estruendo de la multitud nos golpeó. Salimos de la mano, una imagen de unidad que sabía que daría la vuelta al mundo. Frente a nosotros, las cámaras de televisión parpadeaban. Vi a Blancanieves, con un vestido amarillo chillón y un micrófono en la mano, narrando nuestra llegada para todo el reino.

—¡Y aquí llegan! —exclamaba Blancanieves a la cámara—. El Príncipe Ben y el joven Crimson Red Heart, caminando de la mano hacia la catedral. ¡Una imagen que sin duda pasará a la historia de Auradon!

Sabía que en la Isla de los Perdidos, en cada rincón mugriento y cada taberna infecta, la gente estaba pegada a las pantallas. Vi a mi madre en mi mente, gritando de alegría al pensar que su plan estaba funcionando. Vi a Harry Hook, probablemente rompiendo un televisor en un ataque de celos. Y sentí una satisfacción amarga.

Entramos en la catedral. El aire olía a incienso y a siglos de tradición. Me separé de Ben para ocupar mi lugar junto a los otros hijos de villanos. Mal me lanzó una mirada de complicidad, pensando que todo iba según lo previsto. Yo solo le devolví un asentimiento gélido.

La ceremonia comenzó. El Hada Madrina recitaba las antiguas palabras de poder mientras Ben se arrodillaba. Todo era solemne, hasta que el caos, ese viejo amigo mío, decidió hacer acto de presencia.

Jane, la hija del Hada Madrina, cuya inseguridad yo había notado desde el primer día, se lanzó hacia la varita. En un arrebato de locura, la arrebató de las manos de su madre.

—¡Si no me haces bonita, yo misma lo haré! —gritó, agitando la varita con una torpeza peligrosa.

Un rayo de magia pura salió disparado, golpeando la cúpula de la catedral. Antes de que pudiera causar más daño, Mal saltó sobre ella y le quitó la madera mágica. Se giró hacia nosotros, con los ojos brillando de color verde.

—¡Atrás! —le gritó a Ben, quien intentaba acercarse—. ¡Es hora de la venganza! ¡Es hora de que ellos paguen por lo que nos hicieron!

Jay, Evie y Carlos se acercaron a ella, pero sus rostros no mostraban odio, sino duda. Ben, con esa calma que ahora sabía que era su mayor arma, se mantuvo firme.

—Mal, no tienes que hacer esto —dijo Ben—. Tus padres tomaron sus decisiones, pero ustedes no son ellos. Miren a su alrededor. Evie, amas el diseño, no necesitas un espejo para ser hermosa. Carlos, encontraste un amigo en Chico, no eres un cazador. Jay, eres parte de un equipo ahora. Pueden ser buenos.

El silencio que siguió fue denso. Vi cómo la resolución de Mal se desmoronaba. Se dio cuenta de que en Auradon no era una paria, sino alguien con futuro.

—Tengo ganas de ser buena —susurró Mal, bajando la varita.

—Yo también —coincidieron los demás.

Pero el destino tenía otros planes. Un humo verde y denso empezó a filtrarse por las grietas del suelo. El aire se volvió pesado, cargado de una maldad que hacía que mi escudo mental se tensara al máximo. Maléfica apareció en el centro del altar, con su báculo en alto y una risa que helaba la sangre.

—¡Qué conmovedor! —escupió la villana—. ¡Mis pequeños traidores! Si ustedes no lo hacen, lo haré yo. ¡Dame la varita, Mal!

La pelea que siguió fue un borrón de luces y gritos. Maléfica se transformó en un dragón imponente, lanzando fuego contra las columnas de mármol. Vi a Ben intentar proteger a la gente, y vi a Luis, que había aparecido de la nada, conjurando muros de hielo para contener las llamas.

Sentí el impulso de ayudar, de usar mi magia del tiempo para congelar al dragón en un instante eterno, pero me contuve. Este era el momento de Mal. Ella debía derrotar a su madre. Y así lo hizo, usando un hechizo de reducción que convirtió a la temible Maléfica en una pequeña lagartija del tamaño de su ego.

Cuando el polvo se asentó y los guardias se llevaron a la criatura, el Hada Madrina retomó la ceremonia con manos temblorosas. Ben fue coronado finalmente como Rey de Auradon.

El banquete posterior en los jardines del palacio fue una explosión de alegría. La música sonaba y la gente bailaba, celebrando no solo al nuevo rey, sino la derrota de la oscuridad. Ben se subió al escenario improvisado, con Luis a su izquierda y yo a su derecha, aunque yo me mantenía un paso por detrás.

—¡Pueblo de Auradon! —anunció Ben, su voz proyectada mágicamente por todo el reino—. Hoy no solo celebramos una coronación. Celebramos una nueva era. Una era de apertura y verdad. Por eso, quiero anunciar que mi corazón no pertenece a una sola persona, sino a dos.

La multitud se quedó en silencio. Ben tomó la mano de Luis y luego, ante la mirada atónita de todos, tomó la mía.

—Luis de Arendelle y Crimson Red Heart son mis compañeros de vida. Juntos, gobernaremos con justicia y amor. ¡Que empiece la fiesta!

La música de "Set It Off" estalló, y los chicos empezaron a bailar en una coreografía llena de energía. Vi a Mal y Ben cantar, a Evie y Doug girar, y sentí que, por primera vez, el tiempo no era algo que tuviera que manipular para ser feliz. Luis se acercó a mí, rodeando mi cintura con un brazo, mientras Ben me tomaba de la otra mano.

—Te lo dije —susurró Luis en mi oído, su aliento frío enviando chispas a mi sangre—. No puedes escapar de nosotros, Crimson.

—No estoy seguro de querer hacerlo —admití, dejando que una sonrisa real, la primera en años, iluminara mi rostro.

Me separé un poco del grupo, caminando hacia el borde del balcón para mirar hacia la Isla, que se veía pequeña y oscura en el horizonte. Sabía que esto era solo el principio. Mi madre seguía allí, mis amigos estaban tomando el control de las zonas, y yo... yo ahora era parte del núcleo de poder de Auradon.

Miré a la cámara que seguía transmitiendo en vivo para la Isla. Mis ojos brillaron con ese rojo carmesí intenso, y por un segundo, dejé que las fracturas doradas del tiempo se hicieran visibles en mis iris.

—Creen que esto ha terminado, ¿verdad? —dije, con una voz que solo los que me conocían bien en la Isla reconocerían como una promesa de caos—. No esperarán que este sea el final de la historia, ¿o sí?

Un leve pulso de magia salió de mis dedos, haciendo que la cámara se apagara en un estallido de chispas. Me giré hacia Ben y Luis, que me esperaban con los brazos abiertos. El tablero de ajedrez había cambiado, pero yo seguía siendo el jugador más peligroso de la partida. Y esta vez, tenía a dos reyes a mi lado.