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Deseo Carnal

Sinfonía para un Secreto Expuesto

El tiempo se fracturó. Se estiró en un hilo insoportablemente fino, vibrando con el sonido de la piedra pateada, el grito ahogado de Mitsuri y el crepitar indiferente del fuego. Para Giyu Tomioka, fue como si la Undécima Postura se hubiera vuelto contra él. La calma se hizo añicos, reemplazada por un estruendo ensordecedor en su interior, un pánico helado que le subió por la espina dorsal y le congeló las entrañas. Estaba expuesto. No solo su cuerpo, cubierto de cicatrices y sudor, sino su necesidad, su debilidad, esa parte de sí mismo que mantenía encadenada en las profundidades de su océano interior. Y ahora, flotaba a la vista de todos, iluminada por los ojos desorbitados y horrorizados de la Pilar del Amor.

Shinobu reaccionó como el veneno que manejaba: de forma instantánea, silenciosa y letal. El calor del cuerpo de Giyu, que segundos antes era un ancla, se convirtió en una jaula. Se apartó de él con la velocidad de una serpiente, su movimiento tan fluido que desmentía el caos que se arremolinaba en su mente. Su rostro, antes relajado en un raro momento de abandono, se endureció hasta convertirse en una máscara de porcelana glacial. El pánico estaba ahí, un animal salvaje arañando el interior de su pecho, pero lo aplastó con la misma eficiencia con la que diseñaba sus toxinas. El control era su supervivencia. Siempre lo había sido.

—Kanroji-san.

La voz de Shinobu cortó el aire. No era un saludo, ni una pregunta. Era el sonido de una sentencia, fría y afilada, que pareció bajar la temperatura de la cueva varios grados.

Mitsuri Kanroji, por su parte, parecía estar viviendo las siete etapas del duelo en siete segundos. La negación, la ira (contra la piedra, contra sí misma), la negociación (con cualquier deidad que la escuchara para que la tierra se la tragara), la depresión y, finalmente, una aceptación aterrorizada. Se levantó de un salto, su cuerpo moviéndose con una torpeza que contradecía su agilidad de Pilar, e hizo una reverencia tan profunda que su frente casi tocó la tierra húmeda.

—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! —su voz era un torrente de pánico, cada palabra atropellando a la anterior—. ¡No vi nada! ¡Bueno, sí vi, pero no quería ver! ¡Oyakata-sama me envió porque estabais tardando y me preocupé y seguí el rastro y oí un ruido y pensé que estabais heridos! ¡Juro que no diré nada! ¡Mi boca es una tumba! ¡El amor secreto es algo sagrado! ¡Aunque esto no parecía muy…! ¡Ay, lo siento, hablé de más!

Giyu se movió. Su cuerpo, normalmente un instrumento de precisión letal, se sentía ajeno y torpe. Alcanzó su ropa oscura del montón, sus movimientos rígidos, mecánicos. El calor de la vergüenza le subía por el cuello, una marea roja que le quemaba las orejas. No miró a Shinobu. No se atrevió a mirar a la figura balbuceante en la entrada. Solo quería cubrirse, desaparecer. El haori, la memoria tangible de sus amigos, se sintió más pesado que nunca mientras se lo echaba sobre los hombros.

—Tomioka-san. Vístete —la orden de Shinobu fue innecesaria, pero sirvió para anclar la situación.

Mientras Giyu se vestía con una velocidad desesperada, Shinobu se puso de pie. No hizo ningún intento por cubrirse. Se enfrentó a la entrada de la cueva, su pequeña figura desnuda e imponente a la luz del fuego. Era una declaración de poder, una forma de tomar el control de su propia vulnerabilidad. Recogió su uniforme con una calma deliberada, como si estuviera eligiendo un kimono para una ceremonia del té.

—Cállate, Kanroji-san —dijo, su voz aún helada pero con un matiz de agotamiento—. Tu balbuceo solo empeora las cosas.

Mitsuri se calló al instante, su boca cerrándose con un chasquido audible. Siguió en su reverencia, temblando.

Shinobu se vistió con una eficiencia que habría hecho que Giyu se sintiera orgulloso, si no estuviera ocupado deseando que un demonio apareciera y lo devorara. Cada botón abrochado era una pieza de armadura volviendo a su lugar. Cuando su haori de mariposa estuvo sobre sus hombros, se sintió completa de nuevo. La Pilar del Insecto estaba de vuelta en el escenario.

Se acercó a Mitsuri, que seguía inclinada como una penitente. Giyu, ya vestido, permanecía junto al fuego, una estatua de granito y miseria, con la mirada perdida en las llamas. Sabía lo que venía. Shinobu iba a manejar la situación. Él era inútil en estos asuntos. Su única solución viable, «silenciarla», era, por supuesto, impensable y estúpida. Así que se quedó quieto, esperando el veredicto.

—Levanta la cabeza —ordenó Shinobu.

Mitsuri obedeció lentamente, su rostro una máscara de culpa y pánico. Sus grandes ojos verdes estaban llenos de lágrimas no derramadas.

—Shinobu-chan, yo…

—Escúchame con atención, Kanroji-san —la interrumpió Shinobu, su voz baja y precisa—. Lo que viste aquí no es lo que tu mente romántica está imaginando. No hay amor. No hay un romance secreto. No hay un cuento de hadas trágico.

Mitsuri parpadeó, confundida. —¿Entonces… qué es?

Shinobu miró por encima del hombro a Giyu, que seguía sin moverse. Su mirada fue fugaz, pero cargada de una complejidad que Mitsuri no pudo descifrar.

—Es un acuerdo —dijo Shinobu, volviendo su atención a Mitsuri. Su tono era clínico, como si estuviera explicando la composición de un veneno—. Un mecanismo de supervivencia. ¿Entiendes lo que es ser un Pilar, Kanroji-san? ¿El peso que llevamos? La certeza de que moriremos jóvenes y solos.

Mitsuri asintió, las lágrimas ahora sí brillando en sus pestañas.

—Bueno —continuó Shinobu, implacable—, hay necesidades. Físicas. Humanas. Necesidades que el deber y el entrenamiento no pueden suprimir. Tomioka-san y yo… encontramos una solución. Eficiente.

La palabra resonó en la cueva, tan fría y fuera de lugar que Mitsuri se estremeció. *Eficiente*. Miró a Shinobu, luego a Giyu. Vio las marcas de arañazos en la espalda de él, ahora cubiertas por la tela. Vio el moratón que empezaba a oscurecer la piel de la cadera de Shinobu cuando se vistió. Vio la desolación en la postura de ambos.

La burbuja romántica en el corazón de Mitsuri se pinchó con una tristeza abrumadora. No era un amor secreto. Era… un trueque de consuelo. Dos personas rotas usando sus cuerpos para intentar pegar las piezas de la otra, aunque solo fuera por unas horas. Era mucho más triste que un amor prohibido.

—Es solo sexo —concluyó Shinobu, la palabra cruda y fea en el aire de la cueva—. Un desahogo. Para no volvernos locos. Para poder seguir matando demonios mañana. Nada más.

—Oh —fue todo lo que Mitsuri pudo susurrar. Su corazón, siempre lleno de amor y alegría, se sentía pesado como una piedra—. Oh, Shinobu-chan…

—No quiero tu lástima —la cortó Shinobu, su voz afilándose—. Quiero tu silencio. Absoluto. ¿Entiendes las consecuencias si esto se sabe?

Mitsuri asintió vigorosamente.

—La confianza se rompería. Nuestros compañeros nos mirarían diferente. Oyakata-sama se decepcionaría. Se convertiría en un chisme, en una distracción, en una debilidad que un enemigo podría explotar. Nuestra «sinfonía», como la llaman, se convertiría en una cacofonía de vergüenza. No podemos permitirlo.

—No diré nada —prometió Mitsuri, su voz firme por primera vez—. Lo juro por mi honor como Pilar. Por mi amor a todos vosotros. No saldrá de mi boca.

Shinobu la escrutó durante un largo momento, sus ojos violetas buscando cualquier atisbo de duda. Finalmente, asintió.

—Bien. Ahora, salgamos de aquí. El sol no tardará en salir.

***

El viaje de vuelta a la sede fue una tortura en tres actos.

El primer acto fue el silencio de Giyu. No era su silencio habitual, el de un lago en calma. Era el silencio de un océano congelado hasta el fondo, denso y opresivo. Caminaba un poco por delante, su espalda una muralla infranqueable. Sentía la mirada de Mitsuri sobre él, una mezcla de lástima, curiosidad y pánico, y cada mirada era como un alfiler clavándose en su piel. La vergüenza era un sabor amargo en su boca, peor que cualquier veneno. Había permitido que su necesidad, su debilidad, fuera presenciada. Se había expuesto de la forma más patética posible. Y lo peor de todo, había arrastrado a Shinobu con él.

El segundo acto fue la normalidad forzada de Shinobu. Mantuvo su máscara de alegría con una tenacidad aterradora.

—Ara, ara, el bosque es tan bonito por la mañana, ¿no creéis? —decía, su voz un poco demasiado cantarina—. ¡Mirad esa flor! Me pregunto si tendrá propiedades medicinales interesantes.

Pero sus ojos no veían las flores. Su sonrisa no llegaba a sus ojos. Era una actuación, y tanto Giyu como Mitsuri eran el público cautivo y aterrorizado. Era su forma de reconstruir la fachada, de insistir en que nada había cambiado, aunque todo lo había hecho.

El tercer y más doloroso acto fue el entusiasmo nervioso de Mitsuri. Desesperada por llenar el silencio insoportable, hablaba sin parar de cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, su voz subiendo y bajando en tonos de pánico apenas disimulado.

—¡Oh, mirad, una ardilla! ¡Qué mona! ¿Creéis que las ardillas se enamoran? ¡Seguro que sí! ¡El amor está en todas partes! ¿No es maravilloso? —se detenía, se daba cuenta de lo que había dicho, y su cara se ponía de un rojo intenso—. ¡Quiero decir, el amor por la naturaleza! ¡Sí! ¡Eso!

En un momento dado, durante una parada para beber agua, Mitsuri sacó unos onigiri de su bolsa.

—¡Hice de más esta mañana! ¿Queréis uno? —ofreció, sosteniendo uno hacia Giyu y otro hacia Shinobu, su mirada yendo de uno a otro con una intensidad que gritaba: «¡POR FAVOR, ACTUAD NORMAL!».

Giyu simplemente negó con la cabeza sin mirarla. Shinobu aceptó con una sonrisa que parecía tallada en su rostro.

—Muchas gracias, Kanroji-san. ¡Qué amable! —dijo, mordisqueando el onigiri con una delicadeza que habría sido elegante si no estuviera cargada de una tensión monumental.

Fue un infierno. Un infierno de silencios pesados, sonrisas falsas y charlas nerviosas. Cuando finalmente vieron los tejados de la sede del Cuerpo de Cazadores, el alivio fue tan abrumador que casi se arrodillan. Se separaron sin una palabra, cada uno huyendo a su propia finca como si escaparan de la escena de un crimen.

***

Los días que siguieron fueron una danza extraña y torpe. Giyu y Shinobu, que antes mantenían una dinámica de púas y silencios, ahora practicaban una evitación casi perfecta. Si Giyu entraba en una habitación, Shinobu encontraba una excusa para salir. Si sus caminos se cruzaban en un pasillo, Giyu desviaba la mirada y aceleraba el paso, y Shinobu se quedaba mirando su espalda con una expresión indescifrable antes de que su sonrisa volviera a su sitio. Su interacción pública se había reducido a cero.

Y Mitsuri era el epicentro visible de este desastre invisible. Cada vez que los tres estaban en el mismo lugar, se ponía rígida. Si Shinobu le dirigía una palabra a Giyu (algo que ahora solo ocurría en reuniones de Pilares y era estrictamente profesional), Mitsuri contenía la respiración. Si Giyu miraba en dirección a Shinobu por más de un segundo, Mitsuri empezaba a sudar. Era un desastre andante, un neón parpadeante que decía: «¡AQUÍ PASA ALGO MUY RARO!».

Y había alguien que era un experto en leer luces de neón.

Tengen Uzui, el Pilar del Sonido, el dios de la extravagancia, notó el cambio de inmediato. Sus tres esposas le habían enseñado a ser un observador increíblemente agudo de las dinámicas humanas. Y la nueva dinámica entre el Pilar del Agua y la Pilar del Insecto no era, en absoluto, extravagante. Era torpe. Era silenciosa. Era… sospechosa.

—Algo no está bien —le comentó a Hinatsuru una noche, mientras pulía sus enormes espadas—. La mariposa ya no revolotea alrededor del témpano de hielo para molestarlo. Y el témpano de hielo parece que preferiría arrojarse a un volcán antes que estar a diez metros de ella. No es su dinámica habitual. Es… aburrida. Y lo aburrido, querida, es a menudo una tapadera para algo extravagantemente interesante.

Su oportunidad llegó durante un entrenamiento conjunto. Varios Pilares estaban reunidos, observando a los cazadores de menor rango. Giyu estaba de pie, solo como siempre, en un rincón. Shinobu estaba charlando animadamente con Mitsuri. O, más bien, Shinobu hablaba y Mitsuri asentía con una energía de pájaro asustado.

Tengen se acercó a ellas con su habitual pavoneo.

—¡Kanroji! ¡Kocho! ¡Qué día tan extravagantemente perfecto para ver a los jóvenes sudar!

—Uzui-san —saludó Shinobu con una sonrisa—. Siempre tan lleno de energía.

—¡Sí! ¡Es un día precioso! —exclamó Mitsuri, un poco demasiado alto.

Tengen la ignoró por un momento, sus ojos fijos en Giyu al otro lado del campo de entrenamiento.

—Hablando de energía —dijo, su voz bajando a un tono conspirador—, ¿qué le pasa a nuestro querido Tomioka? Parece aún más un funeral andante que de costumbre. Pensé que al menos tú, Kocho, podrías sacarle alguna reacción. Pero parece que habéis firmado un tratado de paz. ¡Qué poco extravagante!

La sonrisa de Shinobu se tensó una fracción.

—Ara, ara, Uzui-san. Quizás simplemente me he cansado de hablar con una pared. Hay causas más productivas en las que invertir mi tiempo.

Mitsuri, a su lado, se atragantó con su propio aliento.

Tengen arqueó una ceja. La respuesta era buena, pero el lenguaje corporal de Mitsuri era un libro abierto. Se giró hacia ella, su sonrisa volviéndose depredadora.

—¿Y tú, Kanroji? Pareces a punto de explotar. ¿Hay algún chisme jugoso que no quieras compartir con tu extravagante amigo?

—¡No! ¡Para nada! —chilló Mitsuri, agitando las manos—. ¡Todo es normal! ¡Súper normal! Shinobu-chan y Tomioka-san son muy… ¡muy…!

Su cerebro entró en pánico, buscando una palabra. Y, en un acto de traición neuronal, la única que encontró fue la que Shinobu había grabado a fuego en su mente en aquella cueva.

—¡…eficientes! ¡Son muy profesionales y eficientes juntos! ¡Eso es!

La palabra quedó flotando en el aire. *Eficientes*.

Tengen se quedó quieto. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de intensa concentración. *Eficientes*. Qué palabra tan extraña para describir la relación de nadie, y mucho menos la de Giyu y Shinobu. No era una palabra que Mitsuri usaría normalmente. Era específica. Clínica. Era una palabra aprendida.

Miró a Shinobu, que le lanzaba a Mitsuri una mirada que podría congelar el infierno. Miró a Mitsuri, que parecía querer que la tierra se la tragara. Y luego miró de nuevo a Giyu, que casualmente había girado la cabeza en su dirección en el momento exacto en que Mitsuri dijo «eficientes», solo para apartar la vista de inmediato.

Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en la mente de Tengen. No formaban una imagen clara, pero el contorno era inconfundible.

*Evitación. Tensión. Una actuación de normalidad por parte de Kocho. Pánico absoluto por parte de Kanroji. Y una palabra clave… «eficientes». No es un conflicto. Es una ocultación. Ocultan algo que Kanroji sabe y que los involucra a los dos…*

—Ya veo —dijo Tengen lentamente, una sonrisa perezosa y llena de conocimiento extendiéndose por su rostro—. «Eficientes». Qué forma tan… extravagante de decirlo. Tendré que recordarlo.

Se alejó de ellas, dejando a una Shinobu furiosa y a una Mitsuri al borde del colapso. No necesitaba preguntar más. Las preguntas directas solo levantarían muros. La observación era la clave.

Durante los días siguientes, Tengen se convirtió en una sombra. Observó. Vio cómo, en una reunión, Giyu dejó caer accidentalmente un pincel. Shinobu, que estaba más cerca, hizo un movimiento instintivo para recogerlo, pero se detuvo a medio camino, sus dedos crispándose, antes de que Sanemi lo pateara a un lado con un gruñido.

Observó cómo, después de una misión, Shinobu estaba explicando el estado de un cazador herido a Oyakata-sama. Giyu estaba presente. Cuando Shinobu describió una herida en el hombro, su propia mano subió inconscientemente para rozar su propio hombro, justo en el lugar donde Giyu a veces tenía marcas de sus uñas. Un microgesto, invisible para casi todos. Pero no para el Dios de la Extravagancia.

La pieza final cayó en su lugar una noche, cerca de los baños termales. Tengen salía cuando vio a Giyu acercarse. Momentos después, Shinobu venía por el pasillo opuesto. Estaban en curso de colisión. Tengen se escondió detrás de una esquina, curioso por ver qué pasaría.

Giyu vio a Shinobu. Se detuvo en seco. Shinobu lo vio a él. También se detuvo. Por un instante, el mundo pareció detenerse. No hubo sonrisas, no hubo burlas. Solo dos personas mirándose en un pasillo silencioso, sus rostros iluminados por la luna. Y en esa mirada, Tengen vio todo lo que necesitaba. Vio la historia de las noches frías, la desesperación compartida, la necesidad cruda. Vio el recuerdo del calor y el dolor. Vio la vergüenza del secreto expuesto.

Giyu fue el primero en romper el contacto. Se dio la vuelta bruscamente y se marchó por donde había venido, su silueta desapareciendo en la oscuridad. Shinobu se quedó allí un momento más, su pequeña figura pareciendo increíblemente sola. Luego, suspiró, un sonido apenas audible, y continuó su camino hacia los baños.

Tengen se recostó contra la pared, una sonrisa de pura y absoluta comprensión en su rostro. No era un romance. Mitsuri no mentía en eso. Era algo mucho más visceral, mucho más desesperado. *Eficiente*. La palabra ahora tenía un sentido terrible y perfecto. Era un mecanismo. Un ritual.

*Así que eso era…* pensó, el descubrimiento provocando un escalofrío de emoción en él. *El agua y el veneno. No solo en la batalla. Se usan el uno al otro para no ahogarse en su propia oscuridad. Un pacto de carne y silencio.*

Se rió en voz baja, un sonido que era una mezcla de asombro y diversión. Esto era mucho más interesante que un simple romance. Era un secreto peligroso, una sinfonía de desesperación que se tocaba en la más absoluta oscuridad.

—Nada extravagante en la superficie —susurró para sí mismo, mirando hacia el pasillo vacío—. Pero la tormenta que esconden… ¡Ah, eso, mis silenciosos amigos, es la forma más pura de extravagancia!

El secreto de Giyu Tomioka y Shinobu Kocho ya no era un dueto. Se había convertido en una sinfonía para tres, con un cuarto músico escuchando desde las sombras, listo para añadir su propia y llamativa nota a la composición. Y Tengen Uzui no podía esperar a ver cuándo, y cómo, toda la orquesta se vendría abajo.