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Deseo Carnal

La Extravagancia de un Secreto a Voces

El mundo, para Tengen Uzui, era una sinfonía. Una composición grandiosa y a menudo disonante, donde cada persona era un instrumento con su propia melodía. Él, por supuesto, era el extravagante director de orquesta, capaz de percibir la más mínima nota fuera de lugar. Y últimamente, la sección de cuerdas y vientos de la orquesta de los Pilares estaba desafinando de una manera espectacularmente interesante.

La nueva partitura entre Tomioka y Kocho era un adagio de silencios incómodos, una fuga de miradas evitadas. Y Kanroji, la pobre, era un trémolo de pánico andante, vibrando con una ansiedad tan poco sutil que era casi un insulto a su propio y extravagante sentido de la percepción.

La oportunidad perfecta para afinar los instrumentos se presentó en el jardín de la finca Ubuyashiki. Una tarde tranquila, después de un informe de rutina. Los Pilares estaban dispersos, disfrutando de un raro momento de paz. Sanemi discutía a gritos con un kakushi por alguna nimiedad. Gyomei rezaba bajo un glicino. Y allí, cerca del estanque de carpas koi, estaba el trío disonante.

Shinobu Kocho conversaba con Mitsuri Kanroji. Su sonrisa era brillante, su voz un tintineo melódico, pero sus hombros estaban tensos. Mitsuri asentía a todo, su propia sonrisa tan forzada que parecía dolerle. A unos metros de distancia, Giyu Tomioka observaba el agua con una intensidad que sugería que los peces le estaban revelando los secretos del universo. La distancia entre él y las dos mujeres era un abismo cuidadosamente medido.

Tengen se acercó con el andar de un depredador magnífico, sus adornos tintineando suavemente.

—¡Kocho! ¡Kanroji! ¡Qué tarde tan extravagantemente serena! Casi aburrida, si no fuera por vuestra brillante compañía.

—Uzui-san —saludó Shinobu, su sonrisa sin vacilar—. Es raro verte tan quieto. Pensé que estarías en algún lugar haciendo algo... ruidoso.

—¡El silencio también puede ser extravagante, querida Kocho! Permite apreciar los detalles más sutiles.

Y sus ojos, afilados y divertidos, se posaron en el cuello de Shinobu. Allí, justo donde el cuello alto de su uniforme se encontraba con la pálida piel, asomaba una pequeña marca. Un óvalo de un color púrpura oscuro, discreto, casi insignificante. Un observador casual no lo habría notado. Un observador menos agudo lo habría ignorado. Pero Tengen Uzui no era ninguna de esas cosas.

—Ara, ara —dijo, imitando el tono de Shinobu con una floritura dramática—. Parece que los mosquitos de la finca están especialmente voraces últimamente. ¡Qué falta de estilo! Dejar una marca tan poco elegante en la piel de una dama.

El cuerpo de Mitsuri se tensó como la cuerda de un arco. La sonrisa de Shinobu, por primera vez en todo el día, se congeló por una fracción de segundo. Su mano subió instintivamente hacia la marca, pero se detuvo a medio camino, un gesto abortado que fue más revelador que si la hubiera tocado.

—No es nada —respondió ella, su voz recuperando su ligereza con un esfuerzo casi audible—. Un pequeño insecto impertinente. Ya me he encargado de él.

Tengen soltó una carcajada, un sonido rico y resonante.

—¡Me lo imagino! ¡Pobre criatura! No tuvo ninguna oportunidad.

Sus ojos se deslizaron hacia Giyu, que no se había movido, pero cuya espalda parecía haberse vuelto aún más rígida. El «mosquito», pensó Tengen con una oleada de regocijo. El mosquito acababa de llegar con su típica cara de pocos amigos.

Esto era demasiado bueno. La partitura se estaba volviendo interesante. Era hora de que el director tomara la batuta.

—Kanroji, querida, pareces a punto de desmayarte. ¿Por qué no vas a buscar algo de té? Esta conversación se está volviendo extravagantemente seca —dijo, despidiéndola con un gesto de la mano.

Mitsuri pareció increíblemente aliviada. Hizo una reverencia torpe y prácticamente huyó, lanzando una mirada de pánico a Shinobu por encima del hombro. Ahora estaban solos. Bueno, casi. Giyu seguía siendo una estatua silenciosa a unos metros de distancia, fingiendo un interés desmedido en la vida acuática.

—Ahora que no tenemos a nuestra nerviosa flautista... —comenzó Tengen, su voz bajando a un susurro conspirador—. Hablemos de «mosquitos», Kocho. Y de «eficiencia».

El color abandonó el rostro de Shinobu. La sonrisa se desvaneció por completo, reemplazada por una frialdad polar. Sus ojos violetas, desprovistos de su falsa alegría, se fijaron en él.

—No sé de qué hablas, Uzui-san.

—¡Oh, yo creo que sí! —replicó él, deleitándose con el cambio—. Soy el Dios de la Extravagancia y los Festivales. Mis sentidos son impecables. Y últimamente, la música entre tú y Tomioka ha cambiado. Se ha vuelto silenciosa, tensa. Kanroji es incapaz de mantener el ritmo. Y todo empezó después de vuestra pequeña excursión a la cueva. La misma en la que Kanroji os encontró siendo tan… «eficientes».

Shinobu no respondió. Su silencio era una admisión. Su mandíbula estaba apretada, sus manos cerradas en puños a sus costados.

—No soy estúpido, Kocho. No soy Sanemi, que solo ve rojo. No soy Rengoku, que solo veía el bien —su voz se suavizó por un instante al mencionar al Pilar caído—. Yo veo los patrones. Las notas discordantes. Y vosotros dos sois una sonata de secretos. Así que dime, ¿qué teméis? ¿Ser descubiertos? Un amorío no es ilegal en el Cuerpo. Aunque, por la desolación en vuestros rostros, esto no es un amorío.

Fue entonces cuando Giyu se movió. Se dio la vuelta lentamente, su rostro una máscara impasible que no lograba ocultar la tormenta en sus ojos azules. Se acercó, no para defender a Shinobu, sino como si una fuerza invisible lo arrastrara al centro del escenario.

—Uzui —dijo, su voz grave y tensa—. Déjala en paz.

Tengen sonrió, una sonrisa ancha y depredadora.

—¡Ah, el mosquito habla! —exclamó, haciendo un gesto teatral hacia Giyu—. ¡Y qué picadura tan extravagante! No sabía que tenías esos talentos ocultos, Tomioka.

Giyu se detuvo, la palabra «mosquito» golpeándolo como una bofetada. Su estoicismo se resquebrajó, revelando una oleada de pura y absoluta humillación. Miró a Shinobu, luego a Tengen, y por primera vez en años, pareció completamente perdido.

—Esto no es asunto tuyo —logró decir Shinobu, su voz un siseo bajo y peligroso.

—¡Todo lo que es extravagante es asunto mío! —tronó Tengen—. ¡Y dos Pilares que se usan mutuamente para no romperse en pedazos es el colmo de la extravagancia! ¿Creísteis que podíais ocultarlo? ¿A mí?

La confrontación quedó suspendida en el aire, tensa y vibrante. Shinobu parecía a punto de sacar su espada. Giyu parecía a punto de desintegrarse. Y fue en ese preciso momento cuando la orquesta decidió añadir más instrumentos.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz era fría, cortante y llena de un desdén apenas contenido. Obanai Iguro había aparecido, tan silencioso como la serpiente que se enroscaba en sus hombros. A su lado, temblando como una hoja, estaba Mitsuri Kanroji. Había ido a buscar a Iguro. Por supuesto que lo había hecho.

La expresión de Shinobu pasó del hielo a la furia pura. Miró a Mitsuri, y si las miradas pudieran matar, la Pilar del Amor habría caído fulminada.

—Kanroji-san… —susurró, y el nombre fue una maldición.

Iguro ignoró a los demás y se centró en Mitsuri, que estaba al borde de las lágrimas.

—Me has dicho que Uzui los estaba molestando —dijo, su mirada heterocromática clavándose en Tengen—. ¿Qué les has hecho ahora, payaso ruidoso?

—¡Solo estoy intentando dirigir esta pequeña y desafinada orquesta! —respondió Tengen, sin inmutarse—. Parece que tu amada Kanroji no pudo guardar el secreto y te lo cantó todo. ¡Qué giro tan dramático! ¿Quién sigue? ¿Himejima-san se enterará a través de una revelación divina?

El rostro de Iguro se contrajo de disgusto. Miró a Giyu, luego a Shinobu, y una comprensión lenta y asqueada se dibujó en sus facciones.

—Así que era eso —siseó—. La razón por la que Kanroji ha estado tan angustiada. Vuestra… indecencia.

—¡No es indecencia, Iguro-kun! —sollozó Mitsuri—. ¡Están sufriendo!

—Están siendo descuidados y egoístas —replicó Iguro, su voz goteando veneno—. Arrastrando a otros a su desorden.

Cuatro Pilares. Cuatro puntos de vista. Un secreto hecho añicos en el centro. Giyu estaba pálido, sus manos temblando imperceptiblemente. Shinobu, sin embargo, pareció encontrar una nueva fuerza en el caos. Se irguió, su pequeña figura emanando una autoridad gélida.

—Suficiente —dijo, su voz cortando el drama como un bisturí—. Queréis saberlo, ¿verdad? Queréis ponerle un nombre a lo que habéis descubierto para poder juzgarlo cómodamente. Bien.

Respiró hondo, su mirada encontrándose con la de cada uno de ellos.

—Tomioka-san y yo tenemos… encuentros íntimos —dijo, la frase tan clínica y desprovista de emoción que sonó obscena—. Es un acuerdo. Una transacción. Liberamos el estrés y la desesperación que esta vida nos impone para poder seguir siendo funcionales. Para poder seguir matando demonios sin que el veneno de nuestro propio dolor nos consuma.

Se hizo un silencio sepulcral. Incluso Tengen pareció sorprendido por la brutal honestidad.

—Sexo carnal —dijo finalmente, la sonrisa volviendo a su rostro, aunque ahora tenía un matiz diferente, menos divertido y más comprensivo—. Llámalo por su nombre extravagante y sucio, Kocho. Es solo sexo carnal para no volverse locos.

—Como quieras llamarlo —replicó Shinobu, encogiéndose de hombros, un gesto de indiferencia que era la mentira más grande de todas—. No es amor. No es un romance. Es una necesidad. Una herramienta. Y ahora que vuestra curiosidad ha sido satisfecha, os agradecería que mantuvierais vuestras opiniones para vosotros mismos.

Con eso, se dio la vuelta. Miró a Giyu, cuyo rostro era una máscara de agonía silenciosa.

—Vamos, Tomioka-san. Tenemos cosas más importantes que hacer que entretener a esta audiencia.

Y sin decir una palabra más, ambos se alejaron. Giyu la siguió como una sombra, su espalda encorvada por el peso de la exposición. Caminaron juntos, no uno al lado del otro, sino con un pequeño espacio entre ellos, un abismo de vergüenza compartida.

Detrás de ellos, el resto del público se quedó en silencio por un momento. Luego, Tengen Uzui echó la cabeza hacia atrás y se rió. Una risa extravagante, sin alegría, que resonó en todo el jardín.

—¡Increíble! —exclamó, secándose una lágrima de diversión—. ¡Simplemente increíble! ¡El secreto más deprimente y extravagante de la historia!

Iguro le lanzó una mirada asesina antes de tomar a la sollozante Mitsuri por el brazo y alejarla de allí, susurrándole palabras que eran una mezcla de consuelo y reprimenda.

El secreto ya no era un secreto. Era una bomba de relojería en el corazón del Cuerpo de Cazadores de Demonios.

***

No hablaron mientras se alejaban. Caminaron sin rumbo, sus pasos sincronizados en un ritmo fúnebre, hasta que llegaron a una parte aislada de la finca, un pequeño bosquecillo de bambú que se mecía con el viento. Allí, lejos de cualquier mirada, se detuvieron.

Giyu se apoyó contra uno de los troncos de bambú, pasando una mano por su rostro en un gesto de absoluta derrota.

—Se acabó —murmuró, su voz ronca—. Ahora todos lo saben.

—No todos —corrigió Shinobu, su espalda aún vuelta hacia él—. Solo los más ruidosos y los más entrometidos.

—Es lo mismo. Se extenderá.

—¿Y qué? —replicó ella, girándose para enfrentarlo. Había una chispa de desafío en sus ojos, una furia que reemplazaba la vergüenza—. ¿Qué van a hacer? ¿Denunciarnos? No hemos roto ninguna regla. ¿Burlarse de nosotros? Ya lo hacen. Esto solo les da más munición.

—Nos mirarán diferente. Con lástima. Con desprecio.

—Siempre nos han mirado diferente, Tomioka-san —dijo ella, su voz suavizándose un poco, teñida de una amarga resignación—. A ti por tu silencio, a mí por mi sonrisa. Siempre hemos estado en una isla. La única diferencia es que ahora saben lo que hacemos en esa isla durante la noche.

Giyu la miró, la desesperación clara en su rostro.

—Deberíamos parar. Esto… se ha complicado demasiado.

Shinobu se acercó a él, sus pasos silenciosos sobre la tierra. Se detuvo a un palmo de distancia, obligándolo a mirarla a los ojos.

—¿Parar? —repitió, su voz un susurro intenso—. ¿Y qué harás tú, Tomioka-san, la próxima vez que los fantasmas de Sabito y tu hermana te griten en mitad de la noche? ¿Te ahogarás en tu silencio hasta que te asfixie?

Él se estremeció ante la mención de sus nombres, una herida abierta que ella sabía exactamente cómo tocar.

—¿Y yo? —continuó ella, sus ojos ardiendo—. La próxima vez que el odio hacia el demonio que mató a Kanae amenace con consumirme, ¿qué se supone que haga? ¿Sonreír más fuerte? ¿Mezclar un veneno tan potente que me destruya a mí también?

Extendió la mano y, en lugar de tocarlo, sus dedos se detuvieron a un milímetro de su pecho.

—No. No voy a parar. No voy a dejar que sus juicios me quiten la única cosa, la única jodida cosa, que me mantiene cuerda en este infierno. Esto no es para ellos, Tomioka-san. Es para nosotros. Es nuestra válvula de escape. Nuestra «eficiencia».

Giyu la miró, viendo más allá de la ira, hasta la desesperación que la alimentaba. Era la misma desesperación que sentía él. La misma necesidad cruda y primordial. La vergüenza seguía ahí, un monstruo agazapado en su estómago, pero la lógica fría y egoísta de la supervivencia era más fuerte.

—No quiero tu lástima —dijo él finalmente, su voz apenas un murmullo—. No quiero que me miren como a un perro herido.

—Entonces no les des una razón para hacerlo —replicó Shinobu, su voz recuperando su filo—. Levanta la cabeza. Ignóralos. No les debemos ninguna explicación. No les debemos nada. Nuestro acuerdo, nuestras reglas.

Se quedaron en silencio, el viento susurrando a través del bambú a su alrededor. El ultimátum estaba en el aire. Shinobu no iba a ceder. No podía permitírselo. Y él… ¿podía él permitirse perder esto? ¿Volver a la soledad absoluta, al frío ininterrumpido?

La respuesta era no.

Él asintió lentamente, un movimiento casi imperceptible. Fue suficiente.

Shinobu retiró la mano y dio un paso atrás. La tensión se rompió.

—Bien —dijo, su tono volviéndose más ligero, la máscara comenzando a reconstruirse—. Ahora, si me disculpas, tengo pacientes que atender. Y quizás un veneno especial para mosquitos ruidosos y extravagantes.

Se dio la vuelta y se marchó, su haori de mariposa ondeando tras ella. Giyu se quedó solo en el bosquecillo de bambú, el eco de sus palabras resonando en su mente.

*Nuestro acuerdo, nuestras reglas.*

Tenía razón. Era lo único que tenían. Su sucio y desesperado secreto ahora era de dominio público entre sus compañeros, pero seguía siendo suyo. No iban a parar. No podían.

Un pensamiento absurdo cruzó su mente, una pequeña isla de claridad en su océano de confusión. Solo había dos cosas en el mundo que le daban un placer simple y sin complicaciones. El sabor limpio y salado del salmón con daikon. Y el calor del cuerpo perfecto de Shinobu contra el suyo en la oscuridad de la noche. Uno alimentaba su cuerpo. El otro impedía que su alma se congelara.

No iba a renunciar a ninguno de los dos. Que los demás pensaran lo que quisieran. Que susurraran, que juzgaran. Él seguiría luchando. Y en las noches oscuras, buscaría su ancla.

La sinfonía de su secreto se había vuelto más ruidosa, más caótica, con nuevos y extravagantes instrumentos uniéndose sin ser invitados. Pero la melodía central, el dueto desesperado entre el agua y el veneno, continuaría tocando en la oscuridad. Tenía que hacerlo.