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Deseo Carnal

Donde el Agua y las Glicinas se Encuentran

El secreto, una vez expuesto a la luz, no desaparece. Se transforma. Se vuelve un tumor, visible bajo la piel de la normalidad, un bulto incómodo que todos los que lo conocen fingen no ver. Para el Cuerpo de Cazadores de Demonios, el tumor tenía la forma de un silencio antinatural entre el Pilar del Agua y la Pilar del Insecto.

La dinámica que había sido una constante —las burlas afiladas de Shinobu, la impasible indiferencia de Giyu— se había evaporado, dejando un vacío incómodo. Ahora, en las reuniones, se sentaban lo más lejos posible. Sus informes eran escuetos, profesionales hasta un punto gélido. Si sus miradas se cruzaban por accidente, se desviaban con una velocidad que era, en sí misma, una confesión.

Y los tres guardianes del secreto reaccionaban a su manera. Obanai Iguro los observaba con un desdén que podría cuajar la leche, su mirada heterocromática juzgándolos por su «indecencia» y, peor aún, por su descuido. Mitsuri Kanroji, un manojo de nervios y corazones rotos, intentaba compensar la tensión con una alegría tan forzada que era casi dolorosa, ofreciéndoles dulces que ninguno de los dos aceptaba.

Y luego estaba Tengen Uzui. El Dios de la Extravagancia había encontrado su nuevo espectáculo favorito. Se deleitaba en la tensión, lanzando comentarios deliberadamente ambiguos que hacían que Mitsuri se atragantara y que Obanai apretara los puños.

—¡Ah, Tomioka! —había exclamado en el campo de entrenamiento esa misma mañana—. Te ves pálido. ¿Seguro que no te ha picado ningún insecto venenoso últimamente? ¡Algunos dejan unas marcas extravagantemente persistentes!

Giyu no había respondido, simplemente se había alejado, pero Tengen vio el ínfimo temblor en su mano mientras agarraba la empuñadura de su katana. Vio la mirada asesina que Shinobu le lanzó desde el otro lado del patio. Era una sinfonía de caos, y él era el único que disfrutaba de la música.

La exposición no había detenido el pacto. Al contrario, lo había hecho más necesario. Ahora no solo luchaban contra sus demonios internos, sino también contra la vergüenza y el juicio de sus compañeros. El ritual se había convertido en un acto de desafío.

Aquella noche, fue Giyu quien rompió el silencio. No fue a la Finca Mariposa. Sabía que el riesgo era demasiado alto, ahora que había ojos observando. Envió a su cuervo Kasugai con un mensaje de una sola palabra: «Cascada». Era el nombre en clave de un lugar que habían usado una vez, una pequeña gruta escondida en las profundidades del bosque que rodeaba la sede, lo suficientemente lejos para garantizar la privacidad, lo suficientemente cerca para una escapada nocturna.

Shinobu recibió el mensaje mientras terminaba de catalogar una nueva variante del veneno de glicina. Su cuervo, una criatura tan diminuta y silenciosa como ella, le entregó el pergamino. Al leer la palabra, una oleada de algo que no supo identificar —alivio, rabia, necesidad— la recorrió. Habían pasado cuatro días desde la debacle en el jardín. Cuatro días de sonrisas falsas y noches en vela.

Se excusó con Aoi, diciendo que necesitaba recolectar unas hierbas que solo florecían bajo la luna nueva. Era una mentira endeble, pero Aoi, leal y discreta, simplemente asintió.

La encontró esperando junto a la cortina de agua, su silueta alta y oscura apenas visible contra la roca mojada. No hubo saludo. No hubo palabras. Él simplemente apartó la enredadera que ocultaba la entrada y ella entró.

Dentro, la oscuridad era casi total, solo rota por un pequeño farol que él había traído. El aire olía a tierra húmeda y a la soledad de Giyu.

—Es arriesgado —dijo ella, su voz un susurro en la penumbra.

—Quedarse solo es más arriesgado —respondió él, su voz grave y desprovista de emoción.

Esa noche, no hubo lentitud, ni ternura accidental. Fue una colisión. Una descarga de la frustración y la humillación acumuladas durante días. Fue un acto furioso, casi violento, un intento desesperado de reafirmar que aquel espacio, aquel ritual, todavía les pertenecía solo a ellos. Sus cuerpos se encontraron con la fuerza de dos combatientes, cada roce un desafío, cada gemido un grito de guerra contra el mundo que los juzgaba.

Se aferraron el uno al otro como si el suelo bajo sus pies se estuviera desmoronando, porque, en cierto modo, lo hacía. Cada caricia era una reclamación, cada beso un intento de borrar las miradas de lástima y desprecio. No hablaron del tema. No necesitaban hacerlo. Sus cuerpos hablaban el lenguaje de la desesperación compartida.

Cuando todo terminó, quedaron tendidos en el suelo frío de la cueva, sus pechos subiendo y bajando en una danza errática. Giyu la sostuvo un poco más de lo habitual, su rostro enterrado en su cabello, inhalando su aroma a flores y veneno, el único antídoto que conocía para su propia ponzoña.

—Hueles a mí —murmuró ella contra su pecho, una constatación, no una queja.

—Y tú a mí —respondió él.

Era la verdad de su pacto. Se impregnaban el uno del otro, un intercambio químico que dejaba un rastro invisible, un secreto olfativo. Un secreto que, hasta ahora, nadie había sido capaz de descifrar.

***

Tanjiro Kamado creía en la bondad fundamental del mundo, pero su nariz le decía que algo olía a podrido.

No literalmente. El aire en la Finca Mariposa, como siempre, era una mezcla agradable de glicinas en flor, el olor limpio de la ropa secándose al sol y el penetrante pero extrañamente reconfortante aroma de las medicinas y los antisépticos que emanaban del laboratorio de Shinobu. No, el problema no era el ambiente. El problema eran las personas. O, más concretamente, dos personas.

Había estado en la finca recuperándose de su última misión, un proceso que ahora le resultaba familiar. Aoi lo regañaba, Kiyo, Sumi y Naho lo animaban, y Zenitsu e Inosuke hacían suficiente ruido para tres ejércitos. Era su hogar temporal. Y como era su hogar, se preocupaba por sus habitantes.

La primera nota discordante llegó una mañana muy temprano. Tanjiro se había levantado antes del amanecer para practicar la Respiración de Agua Total, empujando sus límites en el jardín trasero. El aire era fresco y puro. Vio una figura alta saliendo de la parte más alejada de la finca, cerca del laboratorio de Shinobu, un área que generalmente estaba fuera de los límites. Era Tomioka-san.

Giyu se movía con su habitual sigilo, pero parecía… apurado. Su haori, normalmente impecable, estaba ligeramente descolocado. Tanjiro, siendo el joven educado que era, se detuvo y hizo una reverencia.

—¡Tomioka-san! ¡Buenos días!

Giyu se detuvo en seco, visiblemente sorprendido de que alguien estuviera despierto. Lo miró, sus ojos azules insondables como siempre. Asintió bruscamente, un gesto que en su lenguaje equivalía a un saludo completo.

—Kamado.

Y entonces, una ráfaga de viento sopló entre ellos. Y la nariz de Tanjiro se volvió loca.

No era solo el olor habitual de Giyu, ese aroma a agua limpia, a lago profundo y a la quietud de la nieve. Había algo más superpuesto, entretejido en las fibras de su uniforme y su haori. Era inconfundible. El olor de Shinobu-san. No solo el perfume de las glicinas que siempre la rodeaba, sino el olor más íntimo de su laboratorio: una mezcla compleja de hierbas medicinales, alcohol, y ese aroma particular, casi metálico, que tenían sus venenos. Y debajo de todo eso, algo más. Algo cálido, personal… el olor de la propia Shinobu.

Tanjiro se quedó congelado, su nariz arrugada por la confusión. Era como oler un plato y que supiera a otro completamente diferente. Era incorrecto. Desconcertante.

Giyu, notando su extraña expresión, frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Usted… —comenzó Tanjiro, señalando su propia nariz—. Usted huele…

Se detuvo. ¿Cómo se le dice a un Pilar que huele a otro Pilar? Era extraño. Grosero, incluso.

—Huele… ¿diferente? —terminó, la frase sonando más como una pregunta.

La expresión de Giyu no cambió, pero Tanjiro, con su aguda percepción de las emociones, olió una repentina oleada de pánico bajo la calma habitual. Un olor agrio, como el del hielo al resquebrajarse.

—He estado entrenando —dijo Giyu bruscamente. Y sin más, se dio la vuelta y desapareció entre los árboles con una velocidad que dejó a Tanjiro parpadeando.

Tanjiro se quedó solo en el jardín, profundamente confundido. ¿Entrenando? ¿Qué tipo de entrenamiento te hace oler exactamente como el laboratorio de Shinobu-san? ¿Habían estado desarrollando una nueva técnica? ¿Una que implicaba venenos? ¿Estaba Tomioka-san probando antídotos? Eso explicaría por qué estaba en esa parte de la finca tan temprano. Sí, eso debía ser. Tenía sentido.

Se sintió aliviado. Por un momento, había pensado que algo malo estaba pasando. Con esa explicación lógica en mente, reanudó su entrenamiento, aunque la extraña combinación de olores permaneció en su memoria.

El segundo incidente ocurrió dos días después. Shinobu estaba haciendo su ronda por el ala de los heridos. Se movía con su gracia habitual, su sonrisa amable firmemente en su lugar. Se detuvo junto a la cama de Tanjiro para revisar sus vendajes.

—Ara, ara, Kamado-kun. Parece que te estás curando a una velocidad impresionante. Debería tomar muestras de tu sangre para estudiarla —dijo, su tono juguetón como siempre.

—¡Gracias, Shinobu-san! —respondió Tanjiro alegremente.

Y entonces lo olió.

Era mucho más sutil que con Giyu. Casi imperceptible. Pero estaba ahí. Entre el abrumador aroma a desinfectante y flores de su haori, había una nota extraña. Un rastro débil, casi fantasma, del olor de Giyu. El olor a agua fría y a la tela de su distintivo haori. Era como encontrar una sola gota de agua de lago en un frasco de perfume.

Tanjiro inhaló profundamente, tratando de confirmarlo. Sí, no había duda.

Su cerebro, que ya había archivado el incidente anterior, lo recuperó de inmediato. Si Tomioka-san olía a Shinobu-san porque estaba probando sus venenos… ¿por qué Shinobu-san olía a Tomioka-san? ¿Se había contagiado el olor? ¿O era que el antídoto que estaban desarrollando requería algo de Tomioka-san? ¿Su sangre, quizás? La idea de que estuvieran mezclando sus sangres para crear una nueva técnica de lucha sonaba increíblemente heroica y peligrosa. ¡Típico de los Pilares!

Pero aun así… algo no encajaba. La reacción de pánico de Giyu. Y ahora, al observar a Shinobu más de cerca, notó que su sonrisa no llegaba a sus ojos. Había un olor a agotamiento y frustración en ella que era más fuerte de lo habitual.

Durante los días siguientes, Tanjiro se convirtió en un detective olfativo. Notó que Tomioka-san ya no visitaba la Finca Mariposa para sus chequeos, sino que enviaba a su cuervo. Notó que cuando el nombre de Giyu era mencionado, Shinobu hacía un comentario burlón como siempre, pero el olor de su irritación era más agudo, más personal. Notó que en la última reunión de emergencia a la que fue convocado, los dos Pilares se ignoraron con una dedicación que era más ruidosa que cualquier discusión.

Y el olor. Siempre el olor. A veces, después de una misión nocturna, uno de los dos regresaba con el rastro fantasmal del otro. Era su secreto más profundo, y la nariz de Tanjiro lo estaba gritando en silencio.

Su mente inocente y bien intencionada barajó todas las posibilidades, excepto la correcta. ¿Estaba Tomioka-san enfermo y Shinobu-san lo estaba tratando en secreto para que no pareciera débil? ¿Estaba Shinobu-san desarrollando un veneno tan peligroso que necesitaba la ayuda del Pilar más defensivo para contenerlo? ¿O… —y esta era su teoría más preocupante— estaban peleados? ¿Una pelea terrible y secreta que los estaba haciendo sufrir a ambos? El olor a tristeza que a veces percibía en ambos era desgarrador. Sí, eso debía ser. Una discusión. Y por alguna razón, para resolverla, tenían que reunirse en secreto, y por eso terminaban oliendo el uno al otro. Quizás se arrojaban cosas durante la discusión. ¡Frascos de laboratorio! ¡Cantimploras de agua! Era una teoría extraña, pero era lo mejor que tenía.

Estaba decidido a ayudarlos. Un Pilar no debería oler a tristeza. Dos Pilares no deberían oler a una pelea secreta. Pero, ¿cómo? No podía simplemente acercarse y decir: «Disculpen, ¿por qué huelen a una mezcla de desesperación y el perfume del otro?».

Necesitaba un aliado. Alguien que entendiera a Shinobu. Alguien discreto. Alguien que pudiera ayudarlo a descifrar el misterio.

Y solo había una persona que encajaba en esa descripción.

***

Encontró a Kanao Tsuyuri en su lugar habitual: el jardín, sentada en el borde del *engawa*, observando a las mariposas revolotear entre las flores. No estaba lanzando su moneda. Desde la batalla contra la Segunda Luna Superior, había empezado a tomar más decisiones por sí misma, aunque a menudo se la veía perdida en sus pensamientos, como si estuviera aprendiendo un nuevo idioma.

Tanjiro se acercó en silencio, no queriendo asustarla. Se sentó a una distancia respetuosa.

—Kanao —dijo suavemente.

Ella giró la cabeza, sus grandes ojos violetas, tan parecidos y a la vez tan diferentes a los de Shinobu, se posaron en él. Parpadeó, un gesto que era su forma de saludo.

—Hola, Tanjiro.

Su voz era suave, apenas un susurro, pero ya no era la voz de alguien que espera una orden.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Tanjiro, su rostro serio, su olor lleno de una preocupación genuina y abrumadora.

Kanao asintió, su curiosidad despertada por la intensidad de él.

—Es sobre Shinobu-san —comenzó Tanjiro, bajando la voz como si compartiera un secreto de estado—. Y sobre Tomioka-san.

Al oír los nombres, Kanao se tensó ligeramente. Había notado la extraña atmósfera entre su maestra y el Pilar del Agua. No entendía la razón, pero había aprendido a leer el estado de ánimo de Shinobu en los detalles más pequeños: la forma en que sus dedos apretaban una probeta, la tensión en su sonrisa, el silencio en la cena. Y últimamente, el silencio había sido muy ruidoso.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Kanao.

Tanjiro respiró hondo, como si estuviera a punto de sumergirse en aguas profundas.

—He notado algo… extraño —dijo, eligiendo sus palabras con cuidado—. Con mi nariz. A veces… a veces, Tomioka-san huele como el laboratorio de Shinobu-san. Y otras veces, Shinobu-san tiene un ligero olor a… bueno, a Tomioka-san. Como a lago.

Kanao lo miró fijamente, procesando la información. Ella no tenía la nariz de Tanjiro, pero era una observadora excepcional. Recordó haber visto a Giyu una vez, muy temprano, saliendo de la finca. Recordó a Shinobu volviendo tarde en la noche, con hojas y tierra en su uniforme, diciendo que había estado buscando hierbas. Las piezas no encajaban, pero ahora Tanjiro le estaba dando una nueva pieza, una pieza olfativa.

—No creo que sea algo malo, como si se estuvieran haciendo daño a propósito —continuó Tanjiro, su voz llena de una angustia honesta—. Pero el olor de sus emociones… es muy triste. Huelen a frustración, a cansancio… y a veces, después de que huelen el uno al otro, huelen un poco a… alivio. Pero es un alivio triste. ¿Eso tiene sentido?

Kanao negó con la cabeza. No, no tenía ningún sentido. Pero creía en Tanjiro. Creía en su nariz y, más importante, en su corazón. Si él decía que olía tristeza, entonces había tristeza.

—No sé qué es, Kanao. Pensé que tal vez estaban desarrollando una nueva técnica juntos, o que Tomioka-san estaba enfermo. Pero su comportamiento es muy extraño. Se evitan en público, pero mi nariz me dice que se han estado viendo en secreto. Y no sé por qué, pero siento que es algo que los está lastimando mucho.

Miró a Kanao, sus ojos rojos y sinceros llenos de una súplica desesperada.

—Tú conoces a Shinobu-san mejor que nadie. Has vivido con ella. Quizás tú entiendas qué puede estar pasando. No quiero ser entrometido, solo quiero ayudar. El olor a tristeza en ellos es demasiado fuerte.

Se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro urgente, el clímax de todas sus preocupaciones y teorías confusas. La declaración que, en su inocencia, era como encender una cerilla en una habitación llena de pólvora.

—Kanao, algo le pasa a Shinobu-san y a Giyu-san.

La frase quedó suspendida en el aire tranquilo del jardín, cargada con el peso de la preocupación de Tanjiro y la terrible verdad que él no podía ni empezar a imaginar.

Kanao se quedó en silencio, su mirada perdida en las mariposas. La lógica de Tanjiro era extraña, basada en algo que ella no podía percibir. Pero su conclusión… su conclusión resonaba con una verdad que ella sentía en sus huesos. Algo le pasaba a su maestra. Algo que tenía que ver con el Pilar del Agua.

No entendía el qué. No podía oler el sexo, la desesperación y la vergüenza entretejidos en la ropa de sus superiores. No podía saber que el «alivio triste» era el eco de un orgasmo desesperado. Su mente, al igual que la de Tanjiro, no estaba equipada para procesar esa cruda y adulta realidad.

Pero ahora tenía un objetivo. Una pregunta. Un misterio que resolver. Tanjiro le había dado el hilo, y ella, la aprendiz silenciosa de la mujer más compleja que conocía, iba a tirar de él.

Levantó la vista y asintió lentamente a Tanjiro, una promesa silenciosa en sus ojos.

Y en ese momento, el secreto de Giyu Tomioka y Shinobu Kocho, que ya era un secreto a voces entre los Pilares más ruidosos, acababa de adquirir a sus dos investigadores más peligrosos: un chico con una nariz demasiado honesta y una chica con unos ojos que lo veían todo.

Mierda, esto se iba a poner feo.