Deseo Carnal
El Sonido de la Piel contra la Hierba
La paranoia era un veneno de acción lenta. No mataba de inmediato, pero se infiltraba en el torrente sanguíneo, agudizaba los sentidos hasta el dolor y convertía cada sombra en una amenaza. Desde la debacle en el jardín de Ubuyashiki, Giyu Tomioka y Shinobu Kocho vivían sumergidos en ese veneno. La Finca Mariposa, antes un santuario de secretismo, se había convertido en territorio enemigo. Cada ventana parecía un ojo, cada pasillo un escenario.
Giyu sentía las miradas como si fueran insectos arrastrándose por su piel. La lástima en los ojos de Kanroji, el desprecio en los de Iguro, y peor que todo, la diversión depredadora en los de Uzui. El mundo se había encogido, dejándolo con aún menos espacio para respirar. Su silencio, antes un refugio, ahora era una celda de aislamiento con paredes de cristal. Y en esa celda, una obsesión nueva y perturbadora había echado raíces.
Ya no era solo la necesidad de un ancla, de un alivio catártico. Era algo más primitivo. Imágenes de Shinobu asaltaban su mente en los momentos más inoportunos. El arco de su espalda contra la dura madera del cobertizo, sus pequeñas manos arañando su piel, la forma en que sus piernas se aferraban a su cintura. Y su cuerpo… su cuerpo era una contradicción. Menuda y delicada a simple vista, pero bajo el uniforme, era una sinfonía de curvas suaves y músculos tensos. Su mente, en un acto de traición que lo avergonzaba, había hecho una comparación clínica y puramente física: los pechos de Shinobu, siempre ocultos por el corte holgado de su uniforme, eran más llenos, más pesados en sus manos, que los de Kanroji, cuya figura era celebrada abiertamente. El pensamiento era intrusivo, objetivizante y profundamente impropio de él. Y sin embargo, volvía una y otra vez, una prueba más de cómo este pacto lo estaba cambiando, erosionando su control. No podía parar. No quería parar. Se había vuelto adicto al veneno, al antídoto, a ella.
Shinobu, por su parte, sentía la paranoia como una jaula. La sonrisa que antes era su máscara ahora se sentía como un bozal. Cada «Ara, ara» era un esfuerzo monumental. Había perdido el control de su secreto, y eso la enfurecía más que cualquier otra cosa. Su «máquina de placer», como lo llamaba en los rincones más oscuros y posesivos de su mente, su herramienta para no estallar, estaba ahora bajo el escrutinio de otros. Y peor aún, había un nuevo frente de batalla.
Kamado-kun, con su nariz absurdamente honesta. Tsuyuri-chan, con sus ojos silenciosos que lo veían todo. Y, por extensión, el chico rubio y llorón, cuya audición era una leyenda. Eran un trío de sentidos sobrehumanos envueltos en una ingenuidad peligrosa. No eran como Uzui, que buscaba drama, o Iguro, que juzgaba. Ellos buscarían la «verdad» con una sinceridad que podría destrozarlo todo. Ellos eran, sin duda, sus más grandes y peligrosos rivales.
Y porque estaban preocupados, porque el riesgo se había multiplicado por diez, no pararon. La lógica dictaba cautela, distancia. Pero la necesidad, esa bestia hambrienta que ambos alimentaban en la oscuridad, no entendía de lógica. Solo entendía de hambre. Y estaba hambrienta.
—No sé, Tanjiro… —la voz de Zenitsu Agatsuma era un quejido tembloroso, cargado de pavor—. ¿Espiar a dos Pilares? ¿A Kocho-san Y a Tomioka-san? ¡Nos van a matar! ¡Kocho-san nos usará para probar nuevos venenos y Tomioka-san nos cortará en pedacitos tan pequeños que ni siquiera podrán encontrarlos para nuestro funeral! ¡Voy a morir! ¡Lo sabía!
Estaban los tres reunidos detrás de los dormitorios, en una zona supuestamente tranquila. Tanjiro había arrastrado a Zenitsu allí, con Kanao siguiéndolos como una sombra silenciosa.
—No vamos a espiarlos, Zenitsu —dijo Tanjiro, su voz llena de una paciencia que Zenitsu no merecía—. Vamos a ayudarlos. Huelen a tristeza. Una tristeza muy profunda y secreta.
—¡El único que va a oler a tristeza aquí soy yo cuando esté muerto! —chilló Zenitsu, agarrándose la cabeza—. ¿Y qué es eso de los olores? ¡Siempre estás con tus olores! ¡Huele a demonio, huele a mentira, huele a tristeza! ¡Yo oigo cosas, y ahora mismo oigo el sonido de mi propia muerte acercándose!
Kanao, que había permanecido en silencio, dio un paso al frente.
—Tanjiro tiene razón —dijo, su voz suave pero firme. Zenitsu se calló de golpe, sorprendido de que ella hablara—. Mi maestra no está bien. Y el Pilar del Agua tampoco. Se evitan. Pero… a veces, mi maestra vuelve tarde en la noche. Dice que fue a buscar hierbas, pero no trae ninguna. Y al día siguiente, parece más cansada, pero también… más tranquila. Como después de una tormenta.
Tanjiro asintió vigorosamente.
—¡Exacto! ¡Ese es el olor! ¡El olor a después de la tormenta! Pero es una tormenta muy triste. Y lo más extraño es que cuando Shinobu-san vuelve así, huele un poco a Tomioka-san. Y cuando Tomioka-san huele a Shinobu-san, también tiene ese olor a tormenta triste.
Zenitsu los miró como si estuvieran locos. Un chico que olía emociones y una chica que veía atmósferas. Era el único normal en este manicomio.
—¿Y qué se supone que haga yo? —preguntó, resignado—. ¿Escuchar sus tristes pensamientos?
—Tu oído es el mejor, Zenitsu —dijo Tanjiro, poniendo una mano en su hombro—. Puedes oír los latidos de sus corazones, ¿verdad? Puedes oír si están mintiendo o si están sufriendo. Si los seguimos, quizás podamos entender qué está pasando.
Zenitsu estaba a punto de lanzar otra letanía de protestas cuando su propia habilidad lo traicionó. Se quedó quieto, su cabeza ladeada.
—Espera…
Sus ojos se cerraron. Se concentró.
—El sonido de Tanjiro… es pura preocupación. Sincero. Ni una pizca de mentira. El sonido de Kanao… es firme. Decidido. También preocupado. Pero hay algo más… un sonido de confusión, como una nota que no sabe dónde encajar…
Abrió los ojos, su rostro pálido.
—No estáis bromeando —susurró, horrorizado—. Realmente creéis que algo malo está pasando. El sonido de vuestra sinceridad es aterrador.
—Por favor, Zenitsu —rogó Tanjiro—. Solo esta vez. Si descubrimos que es solo una discusión, lo dejaremos. Pero mi nariz me dice que es algo más.
Zenitsu gimió, un sonido lastimero. Sabía que había perdido. Cuando el sonido de la sinceridad de Tanjiro era tan fuerte, era imposible negarse.
—De acuerdo —se lamentó—. Pero si muero, quiero que en mi lápida ponga: «Murió por culpa de un idiota con buen corazón y una nariz demasiado grande».
***
El cuervo Kasugai de Giyu era una criatura tan estoica como su dueño. Aterrizó en el alféizar de la ventana del laboratorio de Shinobu sin hacer ruido. Llevaba un pequeño pergamino atado a la pata. Shinobu lo tomó, sus dedos rozando las plumas negras. Lo desenrolló. No había una palabra. Solo el dibujo tosco de una luna creciente sobre un campo de hierba alta.
Un descampado. Al anochecer.
Shinobu apretó el pergamino en su puño. Una imprudencia. Un descampado era un lugar abierto, expuesto. Pero también era un lugar donde nadie pensaría en buscarlos. Lejos de la finca, lejos de ojos y oídos indiscretos. O eso esperaban. La necesidad, una vez más, superó a la cautela. Quemó el pergamino en la llama de una vela, observando cómo el mensaje se convertía en cenizas.
Esa tarde, Giyu salió de su finca con la excusa de una patrulla personal en el perímetro oeste. Shinobu informó a Aoi que necesitaba probar la eficacia de un nuevo repelente de insectos demoníacos en un entorno natural al este. Sus caminos, aparentemente opuestos, estaban destinados a converger en un punto intermedio, en un prado olvidado por el tiempo que ambos conocían de misiones pasadas.
Mientras caminaban bajo el sol poniente, cada uno por su lado, la misma tensión los embargaba. Era una mezcla de anticipación febril y vergüenza helada. Estaban actuando como adolescentes furtivos, escondiéndose para satisfacer un deseo que se negaban a llamar por su nombre. Era patético. Y absolutamente necesario.
No sabían que, a una distancia prudente, tres sombras los seguían.
—Se han separado —susurró Tanjiro, agachado detrás de unos arbustos—. Pero sus olores… van en la misma dirección general. Como dos ríos que desembocan en el mismo lago.
—El sonido de sus pasos es deliberado. Furtivo —añadió Zenitsu, temblando—. ¡Esto es malo! ¡Esto es muy malo! ¡Es el sonido de gente que no quiere ser encontrada! ¡Y nosotros los estamos encontrando!
Kanao no dijo nada. Sus ojos escrutaban el horizonte, siguiendo la diminuta figura de su maestra hasta que se perdió en la línea de los árboles. Luego se giró, buscando la silueta de Giyu en la dirección opuesta. Estaban creando una pinza, y el objetivo estaba en el centro.
La caza había comenzado.
***
El prado era hermoso y desolado. La hierba alta, dorada por la luz del crepúsculo, se mecía con la brisa nocturna, creando olas silenciosas. Los grillos habían comenzado su sinfonía nocturna. Era un lugar pacífico. Un escenario irónico para el caos que estaban a punto de desatar.
Giyu llegó primero. Esperó, una estatua oscura en medio del mar dorado. Cuando vio la figura de Shinobu acercarse desde el otro lado, una tensión familiar se anudó en su estómago. Ella se movió entre la hierba alta, su haori de mariposa un espectro pálido en la luz moribunda.
Se encontraron en el centro del prado. No hubo palabras. Las palabras eran para el mundo exterior, para las máscaras que llevaban. Aquí, en su santuario temporal, solo existía el lenguaje del cuerpo.
Se miraron durante un largo momento. En los ojos de él, ella vio el reflejo de su propia hambre. En los ojos de ella, él vio la promesa de un olvido temporal.
Fue Shinobu quien se movió primero. Dejó caer su katana en la hierba. Luego, con una lentitud deliberada, se desató el cinturón de su uniforme. Giyu hizo lo mismo, su propia espada uniéndose a la de ella en el suelo.
La ropa cayó, pieza por pieza, sobre la hierba alta, creando un nido desordenado de tela oscura y patrones coloridos. El haori de Giyu, mitad memoria de su hermana, mitad de su mejor amigo, quedó junto al haori de Shinobu, la reliquia sagrada de Kanae. Dos pasados, dos culpas, abandonados en el suelo por un breve interludio de presente carnal.
La brisa nocturna era fría contra su piel desnuda, un recordatorio de su vulnerabilidad. Giyu la atrajo hacia él, y sus bocas se encontraron en un beso que no era de castigo ni de desesperación, sino de una profunda y adictiva familiaridad. Sabía a ella. A glicinas y a la amargura de su determinación.
Cayeron sobre la hierba, que se aplastó bajo su peso, suave y húmeda. La tierra olía a vida y a descomposición, un perfume primario que encajaba con la naturaleza de su acto.
Esta vez fue lento, casi lánguido. Un redescubrimiento. Las manos de Giyu recorrieron su cuerpo no con la urgencia de borrar el mundo, sino con la curiosidad de un hombre que memoriza un mapa. Sus dedos trazaron la línea de su columna, se hundieron en la suavidad de sus caderas, ahuecaron sus pechos, su pulgar rozando el pezón hasta que se endureció. La imagen de la comparación con Kanroji volvió, pero esta vez no había vergüenza, solo una constatación: esto era real, esto estaba aquí, bajo sus manos.
Shinobu suspiró, un sonido que no era de dolor ni de rabia, sino de pura rendición. Sus brazos se enlazaron alrededor del cuello de él, sus dedos jugando con el pelo de su nuca. Se sentía bien. Jodidamente bien. Era la única droga que funcionaba, el único veneno que la curaba momentáneamente de sí misma. Se sentía posesiva. Este hombre, este océano de silencio y culpa, era suyo en estos momentos. Su cuerpo, su calor, sus gemidos ahogados. Eran suyos.
Él entró en ella con una lentitud que era casi una tortura, uniendo sus cuerpos con una suavidad que contradecía la dureza de sus vidas. Y entonces comenzaron a moverse, un ritmo ancestral, como las olas subiendo y bajando en la orilla. Los gemidos de Shinobu eran bajos y guturales, el sonido del placer mezclado con el alivio de soltar por fin la tensión. La respiración de Giyu era entrecortada, cada embestida un punto y aparte en la larga y tediosa novela de su existencia.
Estaban solos. Completamente solos. Dos náufragos en una balsa en medio de un océano de hierba dorada, bajo un cielo salpicado de estrellas indiferentes.
O eso creían.
***
A unos cien metros de distancia, agazapados en el borde del bosque, el trío de detectives estaba llegando al límite de sus capacidades.
—El olor es muy fuerte aquí —susurró Tanjiro, su nariz arrugada no de disgusto, sino de una profunda y abrumadora confusión—. Huelen a ellos mismos, sí, pero también a sudor… a hierba aplastada… y la tristeza… la tristeza es tan densa que casi puedo saborearla. Pero hay algo más… un olor que no reconozco. Es… es muy intenso. Muy… privado.
Kanao, a su lado, había encontrado un pequeño promontorio que le daba una vista ligeramente mejor del prado. Entrecerró los ojos, su visión sobrehumana intentando perforar la penumbra. Veía movimiento en el centro del campo, en un lugar donde la hierba parecía más oscura, aplastada. No podía distinguir formas claras, solo… un destello de piel pálida a la luz de la luna. Un movimiento rítmico. Y vio sus ropas. El haori de dos patrones y el haori de mariposa, juntos en el suelo. No como si hubieran caído en una pelea. Como si hubieran sido… descartados.
Pero fue Zenitsu quien recibió el impacto completo.
Había estado escuchando, su rostro contorsionado por el esfuerzo y el miedo. Al principio, solo oía el viento y los grillos. Luego, los latidos de sus corazones. Eran rápidos, pero sincronizados. Extraño. Y entonces… oyó los otros sonidos.
Susurros. Jadeos. El sonido de la piel contra la piel, un roce húmedo y rítmico. Y gemidos. Gemidos bajos y ahogados que no eran de dolor. O sí lo eran, pero de un tipo de dolor que él no entendía, un dolor que sonaba peligrosamente parecido al placer.
El rostro de Zenitsu pasó del blanco al rojo y luego a un verde enfermizo. Se tapó los oídos con las manos, pero era inútil. Podía oírlo todo a través de sus propios huesos.
—No… no… no… —gimoteó, meciéndose hacia adelante y hacia atrás—. ¡Es un sonido indecente! ¡Un sonido lascivo! ¡Un sonido prohibido para menores de edad como yo!
Tanjiro y Kanao se giraron para mirarlo, alarmados por su reacción.
—¿Zenitsu? ¿Qué oyes? —preguntó Tanjiro, preocupado.
—¡Oigo cosas que ningún hombre debería oír! ¡Oigo… oigo…! —Zenitsu tragó saliva, sus ojos desorbitados por el horror y la revelación—. Están… ¡están desnudos! ¡Y están…! ¡Oh, por todos los dioses, están haciendo *eso*!
La palabra «eso» quedó suspendida en el aire, cargada de un significado terrible y prohibido.
Tanjiro parpadeó, completamente perdido. —¿Haciendo qué? ¿Luchando? ¿Están heridos?
—¡No es una lucha, idiota! —siseó Zenitsu, su voz un chillido ahogado—. ¡Es lo que hacen las personas casadas! ¡Lo que yo quiero hacer con Nezuko-chan algún día pero de una forma pura y sagrada, no como dos animales salvajes en un campo!
La mente de Tanjiro, pura e inocente, luchó por procesar la información. ¿Desnudos? ¿Haciendo «eso»? La imagen no encajaba con los Pilares, con sus figuras heroicas e intocables. Miró a Kanao, buscando ayuda, pero ella estaba pálida como un fantasma. Sus ojos estaban fijos en el prado, y una comprensión lenta y horrorizada se dibujaba en su rostro. La visión del movimiento rítmico, la ropa descartada, los sonidos que Zenitsu describía… las piezas encajaron en un cuadro que no quería ver.
En ese momento, desde el centro del prado, un sonido más claro llegó hasta ellos, llevado por el viento. Un grito ahogado de Shinobu, un sonido que era mitad sollozo, mitad éxtasis, seguido de un gruñido profundo y gutural de Giyu. Y luego, un silencio aplastante, solo roto por el sonido de dos personas jadeando desesperadamente por aire.
Ya no había duda.
El trío se quedó congelado. Habían venido buscando una pelea, una enfermedad, una discusión secreta. Habían encontrado algo infinitamente más complejo y perturbador.
Tanjiro, por primera vez, entendió el olor «privado». Era el olor del sexo. Y ahora que lo había identificado, podía oler todo lo demás con una claridad aterradora. La desesperación que lo impregnaba todo. La soledad que intentaban combatir. La tristeza que venía después. No era un acto de amor, como los que Zenitsu soñaba. Era un acto de pura y cruda necesidad. Eran dos personas ahogándose que se usaban mutuamente como boyas salvavidas, aunque el acto mismo los hundiera más profundamente.
El olor a «tormenta triste» cobró todo su sentido.
Zenitsu había dejado de temblar. Ahora solo miraba al suelo, su rostro una máscara de conmoción. El «sonido indecente» ya no era solo lascivo. Ahora podía oír las notas subyacentes. El sonido de dos corazones rotos intentando latir como uno solo, aunque fuera por unos minutos. El sonido de la soledad de Giyu, tan profundo y vasto como un océano nocturno. El sonido de la ira contenida de Shinobu, un zumbido constante y venenoso. Y el sonido de su encuentro, una disonancia temporal que, de alguna manera, creaba una armonía frágil y dolorosa.
Kanao bajó la vista de su promontorio, sus manos temblando. La imagen de su maestra, la mujer que la había salvado, la que siempre sonreía, la que era la encarnación del control, ahora estaba rota. La había visto en su momento más vulnerable, no en una batalla contra un demonio, sino en un acto de desesperación humana. Entendió por qué volvía tarde, por qué parecía más tranquila pero más triste. Estaba buscando un consuelo que no podía encontrar en la luz del día.
Se miraron los tres en la oscuridad. No había nada que decir. Habían violado una intimidad, habían descubierto un secreto que no estaba destinado a ellos. Y la verdad no era simple. Era fea, triste y terriblemente humana.
—Vámonos —susurró Tanjiro, su voz ronca. El olor a culpa, ahora la suya propia, era abrumador.
Se retiraron en silencio, moviéndose como fantasmas, dejando a los dos Pilares en su nido de hierba aplastada.
Habían descubierto el secreto. Y ahora, la pregunta que colgaba sobre ellos, más pesada que cualquier otra, ya no era «¿qué les pasa?».
Era «¿qué hacemos ahora?».