Deseo y amor
Bajo el incienso y el barro del camino
El aire de Galicia en septiembre no tenía nada que ver con la humedad pegajosa de Mallorca ni con el calor seco de Almería. Era una brisa que olía a eucalipto, a tierra mojada y a ese cansancio satisfactorio que solo se siente cuando los pies han recorrido más de veinte kilómetros diarios. Ana se ajustó las correas de su mochila, sintiendo cómo el peso se distribuía sobre sus hombros, ahora más fuertes que nunca. Sus botas, el regalo de Ferran que ya no brillaban como el primer día sino que estaban cubiertas de un fino polvo gris, se habían convertido en su mejor aliado.
—¿Cómo van esas ampollas, campeona? —preguntó David, caminando a su lado con un ritmo envidiable.
—Ni una sola, te lo prometo —respondió Ana, dedicándole una sonrisa radiante—. Ferran sabía lo que hacía cuando eligió estas botas. Creo que tiene un radar para la anatomía humana, o quizás es que me conoce mejor de lo que pensaba.
David soltó una carcajada, sacando su cantimplora.
—Ese chico no tiene un radar, tiene una obsesión saludable contigo. Me ha escrito tres veces esta mañana para saber si habíamos pasado ya por Melide. Creo que está más nervioso él en Barcelona que nosotros aquí subiendo cuestas.
Ana sintió ese calorcito familiar en el pecho. Ferran no había fallado ni una sola noche. A pesar de los entrenamientos, de la presión de la prensa tras un empate amargo y de los viajes con el equipo, siempre encontraba el momento. A veces eran videollamadas de cinco minutos antes de que ella cayera rendida en el albergue; otras, audios interminables donde él le contaba cómo echaba de menos el olor de su pelo y el silencio de sus mañanas juntos.
—Faltan solo cinco kilómetros para el Monte do Gozo, Ana —dijo David, deteniéndose para mirar el mapa en su móvil—. ¿Estás lista? Porque sospecho que el final de este camino no va a ser precisamente tranquilo.
—Estoy lista para lo que sea —afirmó ella, aunque el estómago le dio un vuelco de pura anticipación.
Habían pasado diez días desde que empezó la ruta. Diez días de reflexión, de risas con David y de extrañar a Ferran con una intensidad que la asustaba. Lo que empezó como un choque casual en Ibiza se había transformado en una necesidad vital. Ana, la enfermera acostumbrada a controlar las constantes vitales de los demás, se encontraba con que sus propias pulsaciones dependían ahora de un mensaje de texto o de una voz al otro lado del teléfono.
La subida al Monte do Gozo fue dura, pero la adrenalina actuaba como anestesia. Cuando finalmente coronaron la cima y vieron a lo lejos las torres de la Catedral de Santiago recortándose contra el cielo nublado, Ana sintió que las lágrimas empezaban a brotar. No era solo por el esfuerzo físico; era el cierre de una etapa de soledad y el comienzo de algo que se sentía definitivo.
—Mira allí —susurró David, señalando hacia una figura que permanecía de espaldas, apoyada en el monumento a los peregrinos.
El corazón de Ana se detuvo y luego arrancó a galopar como si estuviera en medio de un entrenamiento de alta intensidad. La figura vestía una sudadera oscura con la capucha puesta y unos pantalones deportivos, pero ella reconocería esa postura, esa anchura de hombros y esa forma de plantar los pies en cualquier lugar del mundo.
—Ve —dijo David, dándole un empujoncito—. Yo me quedo aquí haciendo fotos dignas de un Pulitzer. Este es tu momento, Ana.
Ella caminó despacio, sintiendo el peso de la mochila desaparecer ante la ligereza de su alma. Cuando estuvo a apenas dos metros, la figura se giró. Ferran tenía los ojos brillantes, una barba de un par de días que le daba un aire maduro y esa sonrisa que hacía que a Ana se le olvidara hasta su propio nombre.
—Llegas tarde, enfermera —dijo él, con la voz cargada de emoción.
Ana no respondió con palabras. Se lanzó a sus brazos, rodeando su cuello y dejando que él la elevara del suelo, igual que aquel día en el aeropuerto de Ibiza. El olor a su perfume, mezclado con el aire puro de la montaña, la embriagó.
—¡Has venido! —exclamó ella cuando él la bajó, aunque no la soltó—. Ferran, tienes partido mañana, ¿cómo es posible?
—He movido cielo y tierra, Ana —dijo él, acunando su rostro con las manos, sin importarle que ella estuviera sudada o cubierta de polvo—. He cogido un vuelo privado a las seis de la mañana y tengo otro de vuelta en tres horas. Pero no podía dejar que entraras en la plaza sola. Te dije que caminaríamos la última etapa juntos, y yo siempre cumplo mis promesas.
—Estás loco —susurró ella, apoyando su frente contra la de él.
—Loco por ti, eso seguro.
Caminaron los últimos kilómetros hacia el centro de Santiago de la mano. David iba unos metros por detrás, dándoles espacio pero disfrutando de la estampa. Ferran insistió en llevar la mochila de Ana, cargándola sobre un solo hombro como si no pesara nada. A medida que se adentraban en las calles empedradas, la gente empezaba a murmurar. Algunos reconocían al "Tiburón", al héroe del Mundial, pero Ferran no les prestaba atención. Su mundo se reducía a la mujer de 164 cm que caminaba a su lado, la enfermera de Almería que le había enseñado que el éxito no era un trofeo, sino tener a alguien con quien compartir el silencio.
Al entrar en la Plaza del Obradoiro, la magnitud del momento los golpeó. La gaita sonaba de fondo y cientos de peregrinos celebraban su llegada. Ana se detuvo en el centro de la plaza, mirando hacia arriba, hacia la imponente fachada de la catedral.
—Lo hemos hecho —dijo ella, con la voz quebrada.
—Lo has hecho tú, Ana —la corrigió Ferran, abrazándola por la espalda—. Has recorrido cientos de kilómetros, has cuidado de la gente en el hospital, has viajado por medio mundo buscando algo... y espero que lo hayas encontrado.
Ana se giró en sus brazos, ignorando a los curiosos que empezaban a sacar sus teléfonos móviles.
—Lo encontré en un muelle en Ibiza, Ferran. Todo lo demás ha sido el camino para llegar aquí.
Él la besó con una pasión que detuvo el tiempo en la plaza. Fue un beso que sabía a victoria, a alivio y a un compromiso silencioso. En ese momento, Ana no era la enfermera cansada ni él era el futbolista estrella. Eran simplemente dos personas que se habían elegido contra todo pronóstico.
—Tengo que irme al aeropuerto en media hora —dijo Ferran con pesar, rompiendo el beso pero manteniendo sus manos entrelazadas con las de ella—. Pero escucha, Ana. El fin de semana que viene no tengo partido por el parón de selecciones. He alquilado una casa en la costa de Almería, cerca de tu familia. Quiero conocer tu tierra, quiero ver dónde creciste.
Ana abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿A Almería? ¿Estás seguro? Es un sitio pequeño, nos verán...
—Que nos vean —la interrumpió él con firmeza—. Quiero que el mundo sepa que estoy con la mujer más increíble que he conocido. Quiero que tus padres sepan quién es el hombre que va a intentar hacerte feliz todos los días de su vida.
—Ferran... —ella se sintió abrumada por la intensidad de sus palabras.
—No me digas nada ahora. Solo camina conmigo hasta el coche que me espera. David se queda contigo, ¿verdad?
—Sí, vamos a celebrarlo con una cena de las que hacen época —dijo David, acercándose por fin—. Ferran, gracias por venir. Has hecho que esta tía se crea por fin que es la protagonista de su propia película.
—Es que lo es, David —respondió Ferran, dándole un apretón de manos al amigo de Ana—. Cuídamela hasta el viernes.
El adiós en el coche fue rápido pero intenso. Ferran la besó una última vez, prometiéndole que la llamaría en cuanto aterrizara. Ana se quedó en la acera, viendo cómo el vehículo se alejaba, sintiendo una mezcla de vacío y plenitud que nunca había experimentado.
—Bueno —dijo David, rodeando los hombros de Ana con su brazo—, ¿qué se siente al ser la mujer más envidiada de España y, probablemente, la más feliz?
—Se siente... —Ana buscó la palabra mientras miraba sus botas sucias— se siente como si por fin hubiera llegado a casa.
La cena con David fue una celebración de la amistad y de la vida. Hablaron de los turnos que le esperaban a Ana a su vuelta a Mallorca, de los pacientes de la UCI y de los WODs de Tiago. Pero el tema recurrente era Ferran. Ana se dio cuenta de que lo que más le gustaba de él no era su fama ni su físico, sino la forma en que él la integraba en su futuro sin dudarlo.
El viernes llegó más rápido de lo esperado. Ana voló de Santiago a Almería, sintiendo una extraña mezcla de nervios y nostalgia. Hacía tiempo que no volvía a su casa con esa sensación de triunfo personal. En el aeropuerto de Almería, Ferran la esperaba en un coche de alquiler, con una gorra baja para intentar pasar desapercibido.
—Bienvenida a casa, Ana —dijo él, abriéndole la puerta.
Pasaron el fin de semana recorriendo el Cabo de Gata. Ana le enseñó sus playas favoritas, los rincones donde se escondía de adolescente y los bares donde servían las mejores tapas. Ferran estaba fascinado. Se bañaron en las aguas cristalinas de la Playa de los Muertos, lejos de las cámaras, y por la noche, bajo un cielo estrellado que solo Almería puede ofrecer, la química sexual y sentimental que los unía alcanzó nuevas cotas.
—Nunca pensé que Almería fuera tan bonita —dijo Ferran una noche, mientras cenaban en la terraza de la casa que había alquilado—. O quizás es que tú la haces ver así.
—Es una tierra dura, Ferran. Como yo —rio ella—. Tienes que saber dónde mirar para encontrar la belleza.
—Yo ya la he encontrado —respondió él, mirándola fijamente—. Ana, he estado hablando con mi representante.
Ella se puso tensa. El mundo del fútbol siempre traía complicaciones.
—¿Qué pasa? ¿Te vas a otro equipo?
—No, no es eso. Es que quiero que vengas a Barcelona más a menudo. Y he estado mirando... hay una clínica privada de urgencias muy prestigiosa allí. Tienen una vacante en la UCI. Solo quería que lo supieras. No te estoy pidiendo que dejes tu vida en Mallorca, pero... quiero que sepas que hay un sitio para ti a mi lado, si alguna vez decides que quieres cambiar de aires.
Ana se quedó en silencio, conmovida por el gesto. Él no le estaba pidiendo que fuera una acompañante; le estaba buscando oportunidades para que siguiera siendo la profesional que amaba ser.
—Me lo pensaré, Ferran. De verdad. Pero ahora mismo, solo quiero estar aquí.
El fin de semana terminó con una comida familiar. Ana presentó a Ferran a sus padres como "un amigo muy especial", aunque la cara de su madre al ver al goleador de la selección en su comedor fue digna de una fotografía. Ferran se ganó a su padre hablando de agricultura y de la paciencia que requería el campo, demostrando una vez más que era mucho más que un deportista de élite.
De vuelta en Mallorca, la realidad del hospital la golpeó de nuevo. Pero ahora, los turnos de noche no se sentían tan pesados. Tenía un propósito, tenía un amor que la sostenía y tenía la certeza de que, por fin, era la prioridad de alguien.
Un martes, mientras salía de la clínica privada tras un turno de tarde agotador, Ana se encontró con un ramo de flores blancas en el mostrador de recepción.
—Para la mejor enfermera del mundo —leyó en la tarjeta—. Hoy el Tiburón ha marcado dos goles, pero los dos han sido gracias a la energía que me diste el fin de semana. Te veo el viernes en Barcelona. Tengo una sorpresa.
Ana sonrió, guardando la tarjeta en el bolsillo de su bata. Sus compañeras la miraban con envidia sana, pero ella solo podía pensar en lo afortunada que era. Había viajado a Cerler, a Puerto Rico, a Tenerife y había hecho el Camino de Santiago, pero el viaje más importante lo estaba haciendo cada día al lado de Ferran.
La química entre ellos seguía siendo eléctrica. Cada vez que se veían, era como si el mundo exterior desapareciera. En la cama, se entendían con una voracidad que no disminuía con el tiempo; fuera de ella, se apoyaban con una ternura que los sorprendía a ambos. Ferran aprendió a lidiar con el cansancio de Ana tras una guardia de doce horas, y ella aprendió a ser su refugio tras la presión de un partido perdido.
Meses después, Ana tomó una decisión. Se sentó con David en su café favorito de Palma.
—Me mudo, David. He aceptado la oferta de la clínica en Barcelona.
David sonrió, aunque sus ojos estaban un poco tristes.
—Ya era hora, Ana. Mallorca se te ha quedado pequeña, y ese chico te necesita tanto como tú a él. Pero prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Que el año que viene volveremos a hacer una etapa del Camino. Pero esta vez, Ferran viene con nosotros desde el principio. Quiero ver si de verdad es tan fuerte como dice o si una enfermera de Almería le puede dar lecciones de resistencia.
Ana rió, sintiendo que su vida finalmente tenía todas las piezas en su lugar.
—Te lo prometo, David. Ferran vendrá. Y te aseguro que, aunque él meta los goles, la que lleva el ritmo de este partido soy yo.
El amor, al igual que una guardia en la UCI o un partido de final de Mundial, requería entrega, resistencia y, sobre todo, corazón. Y Ana y Ferran tenían de sobra. Lo que empezó con un choque accidental en Ibiza se había convertido en la victoria más dulce de sus vidas. Porque al final, no se trata de quién marca el gol, sino de quién te espera en la banda para celebrar que, pase lo que pase, habéis ganado el juego más difícil de todos: el de encontrarse y no soltarse jamás.