Digi-Elegida
Donde el Futuro se Prueba un Vestido Negro
Era una sensación tan extraña que bordeaba lo cómico. Taichi Kamiya, el chico que había surfeado sobre Greymon y cuyo uniforme escolar solía estar perpetuamente manchado de barro o de algún condimento de fideos instantáneos, estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero que Mimi había insistido en comprar, ajustándose la corbata de un traje. No era un traje de oficinista rígido y corporativo, sino uno de corte moderno, de un azul oscuro casi negro, que se sentía a la vez caro y extrañamente ajeno a su piel. La camisa blanca estaba impecable. Sus zapatos, unos que nunca se habría comprado por sí mismo, brillaban bajo la luz del dormitorio. Parecía un impostor. Un niño jugando a ser adulto.
—¿Qué te parece? —preguntó al aire, su voz resonando en la quietud de la habitación. Se giró instintivamente hacia la derecha, hacia el rincón junto a su escritorio. El rincón que ahora solo albergaba una pequeña pila de libros de texto y una lámpara de lectura.
El silencio que le respondió fue una entidad física. Un peso que se asentó en su pecho, familiar y doloroso. Durante más de una década, esa pregunta habría sido respondida con un entusiasta «¡Te ves genial, Tai! ¡Pareces un líder de verdad! ¿Crees que en ese restaurante tengan ramen?». La ausencia de esa voz, de esa presencia naranja y torpe, seguía siendo una herida fantasma que a veces, en momentos de debilidad como este, dolía con una intensidad renovada.
Cerró los ojos por un instante, respirando hondo. El dolor no se había ido. Quizás nunca lo haría. Pero había aprendido a convivir con él. A reconocerlo, a asentir con la cabeza en su dirección y a seguir adelante. Era el precio de haber crecido, el peaje que había pagado por la victoria. Abrió los ojos de nuevo y su mirada en el espejo era más firme. Se enderezó, ajustó la corbata por última vez y se obligó a sonreír. No era su sonrisa de siempre, la sonrisa amplia y despreocupada del líder de los Niños Elegidos. Era una sonrisa más pequeña, más contenida, pero quizás más honesta. La sonrisa de un hombre que iba a tener una cita.
Una cita. Con Mimi.
La idea seguía siendo tan surrealista que casi se echó a reír. Había compartido con ella desiertos abrasadores, selvas hostiles, batallas contra los amos de la oscuridad y apocalipsis digitales. La había visto llorar por un sombrero perdido y dirigir a un ejército de Gekomon. Habían comido juntos en el suelo de su apartamento, rodeados de cajas de pizza vacías, mientras él se desmoronaba. Pero nunca, ni en el rincón más extraño de su imaginación, había pensado en llevarla a cenar a un restaurante con manteles de tela y una carta de vinos.
Y, sin embargo, aquí estaba. Con una reserva a su nombre en un lugar elegante de Ginza y un nudo de nervios en el estómago que no había sentido ni al enfrentarse a Diaboromon. Porque esto, de alguna manera, daba más miedo. Una batalla tenía reglas, un enemigo claro, un objetivo definido. Esto era territorio inexplorado. Un paso en falso aquí no resultaría en una explosión digital, sino en algo mucho peor: en la posibilidad de herir a la única persona que le había enseñado a respirar de nuevo.
—Bueno —murmuró para sí mismo, dirigiéndose a su propio reflejo—. No lo estropees, Kamiya.
***
Al otro lado del pasillo, en la habitación de invitados que se había convertido en el cuartel general de Mimi Tachikawa, reinaba un tipo de caos muy diferente. Un tornado de ropa cubría la cama, el suelo y la única silla del cuarto. Vestidos, faldas, blusas y pantalones de todos los colores y texturas formaban un paisaje montañoso de indecisión. En el centro de todo, Mimi, vestida solo con un albornoz de seda, se miraba en el espejo con una expresión de pánico controlado.
—¡No tengo nada que ponerme! —declaró con la solemnidad de un veredicto final.
Palmon, sentada en la cima de una pila de jerséis, inclinó la cabeza, sus ojos verdes brillando con perplejidad.
—Pero, Mimi, tienes más ropa que una tienda por departamentos. Si quieres, puedo usar mis lianas para descolgar la que está en el techo del armario, la que dijiste que era «solo para emergencias de moda».
—¡Esa es la cuestión, Palmon! —exclamó Mimi, girándose para enfrentarse a su compañera—. ¡Esto es una emergencia de moda nivel Mega! ¿Qué se pone una para su primera cita con su amigo de la infancia que de repente ya no es solo su amigo de la infancia y que la besó en la cocina? ¡No hay un manual para esto!
La pequeña Digimon se rascó la cabeza con una hoja.
—Bueno, podrías ponerte esa minifalda rosa con el top brillante. ¡Siempre dices que te hace sentir divertida!
—¡Demasiado poco! —descartó Mimi al instante—. Parecería que voy a un club, no a una cena elegante. Quiero que me vea… sofisticada.
—¡Oh! ¡Ya sé! —Palmon saltó de la pila de ropa con una inspiración repentina—. ¡El vestido de gala azul que compraste para la boda de Ken y Yolei! ¡El que tiene todos esos cristales! ¡Brillarías como una bola de discoteca!
—¡Ni pensarlo, es demasiado! —se lamentó Mimi, dejándose caer en el borde de la cama—. Parecería que voy a los premios de la Academia. No quiero asustarlo. Quiero verme… perfecta. Ni demasiado, ni demasiado poco. Quiero que me mire y piense… «guau».
Palmon se acercó y le dio un suave golpecito en la rodilla.
—Mimi, Tai siempre piensa «guau» cuando te mira. Últimamente, lo hace todo el tiempo. Incluso cuando llevas esa camiseta vieja con el agujero y estás comiendo helado directamente del bote.
Las palabras de su compañera, tan simples y sinceras, la hicieron detenerse. Era verdad. Había notado sus miradas. Miradas largas y pensativas que la recorrían cuando creía que no se daba cuenta. Miradas que ya no eran las de un amigo, sino las de un hombre que estaba descubriendo un nuevo continente en un mapa que creía conocer de memoria.
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Se levantó y caminó hacia el armario con una nueva determinación. Apartó perchas con volantes, lentejuelas y colores chillones hasta que sus dedos encontraron una tela suave y sencilla. La sacó. Era un vestido negro. Simple, liso, sin adornos. Pero el corte era exquisito. Se ceñía a la figura sin ser vulgar, con un escote barco que dejaba sus hombros y clavículas al descubierto. Era la elegancia en su forma más pura. La antítesis de la princesa de rosa que había sido.
—Este —dijo en voz baja, más para sí misma que para Palmon—. Este es el indicado.
Mientras se lo ponía, la tela deslizándose sobre su piel, se miró en el espejo. Ya no veía a una chica en pánico. Veía a una mujer. Una mujer que estaba nerviosa, sí, pero también emocionada. Una mujer que estaba a punto de tener una cita con el chico que la había visto en sus peores momentos y que, a pesar de todo, había decidido que ella era su hogar.
No eran novios. Todavía. Lo sabía. Un beso y una conversación nocturna no constituían una relación. Eran los cimientos. Esta noche, iban a empezar a construir. Ladrillo a ladrillo. Y ella quería asegurarse de que el primer ladrillo fuera sólido, elegante y absolutamente inolvidable.
***
El restaurante era un oasis de calma en el bullicio de Ginza. Luz tenue, música de jazz suave de fondo, el tintineo discreto de los cubiertos. Taichi se sintió instantáneamente fuera de lugar, como un Greymon en una tienda de porcelana. El camarero los guio a una mesa apartada en un rincón, junto a un gran ventanal que daba a las calles iluminadas de la ciudad. Era perfecto. Íntimo. Aterrador.
Y entonces la vio.
Mimi entró en el restaurante, y por un momento, Taichi olvidó cómo respirar. Había sabido, a un nivel abstracto, que Mimi era hermosa. Era un hecho del universo, como que el cielo es azul o que a Izzy le gustan los ordenadores. Pero esto era diferente. El vestido negro era una obra de arte, un lienzo oscuro que hacía resaltar el brillo de su piel, el color cálido de sus ojos, la curva de su sonrisa. Su pelo caía en ondas suaves sobre sus hombros desnudos. Llevaba unos pendientes de perlas que captaban la luz y un collar delicado que acentuaba la línea de su cuello.
No era hermosa. Era una calamidad. Una fuerza de la naturaleza que había tomado forma humana para poner a prueba la entereza de los hombres mortales. Si Apocalymon hubiera tenido ese aspecto, se habrían rendido en el primer minuto.
—Guau —murmuró él cuando ella llegó a la mesa, la única palabra que su cerebro en cortocircuito pudo formular.
Mimi sonrió, y la sonrisa iluminó el rincón oscuro del restaurante.
—Me alegro de que te guste —dijo, su voz con un matiz de diversión—. Estuve a punto de venir con un vestido de gala cubierto de cristales, pero Palmon me convenció de que sería demasiado.
Taichi se rió, el sonido un poco forzado por los nervios, mientras le apartaba la silla. Un gesto que había visto en las películas y que se sintió increíblemente torpe al hacerlo.
—Habrías estado increíble de todas formas —dijo, y la sinceridad de sus palabras sorprendió a ambos—. Aunque probablemente habrías cegado a la mitad de los comensales.
La cena transcurrió en una bruma de sensaciones. La comida era deliciosa, aunque Taichi apenas registró su sabor. Estaba demasiado ocupado observándola. Observando la forma en que sus ojos se iluminaban al hablar de un nuevo proyecto para su empresa, una línea de cosméticos veganos. Observando cómo gesticulaba con las manos para enfatizar una anécdota divertida sobre un viaje de negocios a Italia. Observando cómo se mordía el labio inferior cuando se concentraba en la carta de postres como si fuera el documento más importante del mundo.
Se dio cuenta de que estaba aprendiendo un nuevo idioma: el idioma de Mimi. Un idioma que no estaba hecho de palabras, sino de pequeños gestos, de matices en su voz, de la luz cambiante en sus ojos. Y se descubrió a sí mismo fascinado, deseando ser fluido en él.
—¿Y tú? —preguntó ella, sacándolo de su trance—. ¿Cómo va el ensayo sobre la diplomacia de la posguerra? ¿Ya has solucionado todos los problemas del mundo?
Él sonrió.
—Casi. Todavía estoy atascado en el capítulo sobre la intervención humanitaria. Es… complicado. Descubrir cuándo ayudar es realmente ayudar y cuándo es solo interferir.
—Suena como ser un Niño Elegido —comentó ella en voz baja.
La comparación lo golpeó.
—Sí —admitió—. Supongo que sí. Quizás por eso me interesa. Es el mismo problema, pero a una escala diferente. Y con menos explosiones.
—Bueno, yo prefiero que haya menos explosiones —rió ella—. Hacen un desastre con el pelo. Pero me gusta que pienses en esas cosas, Tai. Me gusta este nuevo tú. El pensador. Es… sexy.
La palabra flotó en el aire entre ellos. Taichi sintió que se sonrojaba, un calor que se extendió desde su cuello hasta las orejas. El Taichi de antes habría hecho una broma, habría cambiado de tema. El Taichi de ahora simplemente sostuvo su mirada.
—A mí también me gusta esta nueva tú —dijo, su voz más grave de lo normal—. La diosa que bebe vino blanco y habla de negocios internacionales.
Ella levantó su copa, una sonrisa traviesa jugando en sus labios.
—Brindemos por eso, entonces. Por los nuevos nosotros.
Chocaron las copas, y el sonido cristalino fue como el toque de una campana que marcaba el comienzo de algo. Algo emocionante, algo desconocido, algo que ambos, por primera vez, estaban ansiosos por descubrir.
***
El aire de la noche era fresco y olía a la promesa de lluvia. Las luces de neón de Ginza se reflejaban en los charcos de una llovizna anterior, convirtiendo el asfalto en un mosaico de colores vibrantes. Caminaban despacio, sin prisa por llegar a casa. El apartamento ya no era un refugio contra el mundo; el mundo, esa noche, se sentía como una extensión de su burbuja privada.
Mimi se había aferrado a su brazo, un gesto que se sentía a la vez íntimo y completamente natural. Su cabeza a veces se apoyaba en su hombro, y Taichi podía sentir el calor de su piel a través de la tela de su traje. Hablaban de trivialidades: una película que querían ver, el sabor ridículamente complicado del postre que habían compartido, los planes de Izzy para actualizar la red de comunicación de los Digivices.
Todo iba bien. Más que bien. Iba perfecto. La palabra resonaba en la mente de Taichi. Perfecto. Era una palabra peligrosa, una palabra que invitaba al desastre. Pero en ese momento, caminando por las calles de Tokio con el brazo de Mimi en el suyo, no se le ocurría ninguna otra. Se sentía en paz. Una paz profunda y serena que no había sentido en años, quizás nunca. Una paz que no dependía de haber salvado el mundo, sino de la simple y profunda alegría de la compañía de otra persona.
Ya no había un estancamiento. El futuro ya no era un lienzo en blanco y aterrador. Tenía color, tenía forma. Olía al perfume de Mimi y sonaba como su risa. Sabía lo que quería. Y lo que quería era esto. Más de esto. Todo esto.
Y entonces los vio.
A unos veinte metros de distancia, caminando en dirección opuesta, bajo la luz de una farola que creaba un halo a su alrededor. Dos figuras inconfundibles. La silueta alta y delgada de Yamato, su pelo rubio inconfundible incluso en la penumbra. Y a su lado, Sora, riendo de algo que él le decía, su pelo corto moviéndose con el gesto. Iban cogidos de la mano, sus dedos entrelazados. La imagen de la felicidad doméstica.
El corazón de Taichi dio un vuelco doloroso, un reflejo condicionado, el fantasma de un dolor antiguo. Sintió un nudo en el estómago, un frío que amenazaba con congelar la calidez de la noche. Su paso vaciló por una fracción de segundo. Sus músculos se tensaron. La vieja herida, la que creía cicatrizada, amenazó con abrirse.
Mimi lo sintió. Sintió la tensión repentina en su brazo, el cambio casi imperceptible en su respiración. No dijo nada. No lo miró. Simplemente, su mano, la que no estaba enlazada en su brazo, subió y cubrió la de él. Sus dedos se entrelazaron con los suyos, un gesto silencioso, un ancla en medio de la tormenta que amenazaba con desatarse en su interior.
El contacto fue como un rayo de luz en la oscuridad. El calor de su mano se extendió por su brazo, disipando el frío. La presión de sus dedos fue un recordatorio tangible del presente. De *este* presente.
Taichi respiró hondo. Levantó la vista. Volvió a mirarlos. Yamato y Sora. Su mejor amigo y su primer amor. Se acercaban. Diez metros. Cinco.
Y el dolor no llegó.
Había una punzada, sí. Una incomodidad, como el recuerdo de una fiebre pasada. Pero no era el dolor agudo y devastador que lo había derribado. Era nostalgia. Era el reconocimiento agridulce de un capítulo cerrado. Miró a Sora, a su sonrisa radiante dirigida a Yamato, y no sintió celos. Sintió… una distancia serena. Estaba feliz por ellos. La comprensión lo golpeó con una claridad absoluta. De verdad, genuinamente, estaba feliz por ellos.
Porque su felicidad ya no era un recordatorio de lo que él había perdido.
Su felicidad estaba a su lado, apretando su mano.
Nuestros caminos se cruzaron. Yamato levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Taichi. Hubo un instante de sorpresa en su rostro, seguido de una mirada que recorrió a Taichi y luego a Mimi, deteniéndose en sus manos entrelazadas. Una sonrisa lenta y comprensiva se dibujó en sus labios. Asintió con la cabeza, un gesto de aprobación silenciosa, de un amigo que por fin veía a su amigo en paz.
Sora también los vio. Su sonrisa vaciló por un momento, sus ojos se abrieron con sorpresa. Miró a Taichi, luego a Mimi, y luego de nuevo a Taichi. Y en su mirada, Taichi no vio lástima, ni culpa. Vio alivio. Un alivio profundo y sincero. Le dedicó una pequeña sonrisa, una sonrisa que decía «me alegro por ti», antes de volver su atención a Yamato.
Pasaron de largo. Cuatro Niños Elegidos, cuatro destinos que se habían entrelazado y que ahora seguían caminos separados pero paralelos. El momento duró apenas cinco segundos, pero para Taichi, fue una eternidad en la que toda su vida se reconfiguró.
Se quedaron parados un momento después de que ellos pasaran, en medio de la acera. Taichi miró la espalda de sus amigos mientras se alejaban, una pareja feliz desapareciendo en la noche de Tokio. No sintió nada más que una tranquila despedida.
Luego, se giró para mirar a Mimi.
Ella lo estaba observando, su rostro bañado por la luz de neón, sus ojos llenos de una preocupación silenciosa.
—Estoy bien —dijo él, su voz un poco ronca.
Pero ella negó con la cabeza, una pequeña sonrisa jugando en sus labios.
—No —corrigió en voz baja—. No estás «bien». Estás mucho mejor que eso.
Y tenía razón. No estaba simplemente «bien». Estaba completo. El estancamiento había terminado. El fantasma del pasado había sido exorcizado, no con una batalla épica, sino con la calidez de una mano y la certeza de un futuro compartido.
Levantó la mano de ella, la que todavía estaba entrelazada con la suya, y la llevó a sus labios, depositando un beso suave en sus nudillos.
—Gracias —susurró.
No necesitaba decir por qué. Ella lo sabía.
—No tienes que agradecerme por caminar a tu lado, Tai —respondió ella, sus ojos brillando.
Él sonrió, una sonrisa de verdad, amplia y llena de una luz que no había tenido en mucho tiempo.
—Entonces, ¿seguimos caminando? —preguntó.
—Siempre —dijo ella.
Y reanudaron su camino hacia casa, sus pasos sincronizados, sus manos firmemente unidas. La ciudad zumbaba a su alrededor, una sinfonía de luces y sonidos, pero para ellos, solo existía la música silenciosa de dos corazones que, después de un largo y tortuoso viaje, por fin habían encontrado el mismo ritmo. El futuro había dejado de ser un destino incierto. Era el camino que estaban recorriendo juntos, en ese preciso instante. Y era perfecto.