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Digi-Elegida

Donde los Ecos Tienen Nombres Propios

La felicidad olía a ozono después de una tormenta de verano y a las páginas de un libro recién abierto. Era el sabor del café demasiado cargado que Taichi preparaba por la mañana y el del té de jazmín que Mimi dejaba enfriar en su escritorio por la tarde. Era el sonido del tecleo furioso de ella, concentrada en una hoja de cálculo, y el raspar suave del lápiz de él, subrayando párrafos sobre la teoría del realismo en las relaciones internacionales. El apartamento 502 se había convertido en un santuario de normalidad, un microcosmos de paz adulta construido sobre las ruinas de una infancia heroica.

Aquella tarde, la luz dorada se derramaba sobre el salón, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como esporas digitales. Taichi estaba absorto en un mapa de la Europa de 1914, intentando comprender cómo una red de alianzas, orgullo y miedo había podido arrastrar al mundo a una catástrofe. Era un puzle fascinante y terrible, un mecanismo complejo que contrastaba con la brutal simplicidad de sus propias guerras pasadas: aparecía un monstruo, lo derrotabas. Fin de la historia.

Mimi estaba en el otro extremo de la mesa, con unos auriculares puestos y el ceño fruncido, en una videoconferencia con un proveedor de Tailandia. Gesticulaba, señalaba muestras de envases sobre su escritorio y su voz, amortiguada por la distancia, era un murmullo de profesionalidad y encanto. Palmon dormitaba en su trono del sofá, un cojín que había reclamado con la autoridad de una monarca.

Era una estampa tan doméstica, tan pacífica, que a Taichi le costaba recordar que hubo un tiempo en que la paz era solo el breve interludio entre batallas. Había encontrado un nuevo ritmo, una nueva forma de existir. Ya no era el líder en la primera línea del frente. Era un observador, un analista. Y, por primera vez en su vida, se sentía cómodo en ese papel.

El zumbido insistente de su teléfono rompió la quietud. Era un tono de llamada que había reservado para una sola persona. Izzy.

Taichi descolgó al instante, su corazón dando un vuelco por puro instinto.

—Izzy, ¿qué pasa?

—Problemas, Taichi —la voz de su amigo sonaba tensa, desprovista de su habitual entusiasmo académico—. Grandes. Múltiples portales digitales abriéndose sobre Odaiba. No son estables. Las lecturas de energía son caóticas.

Taichi se levantó, sus músculos tensándose por un reflejo condicionado. Su mirada voló hacia la ventana, como si pudiera ver la amenaza desde allí.

—¿Qué tipo de Digimon?

Hubo una pausa en la línea, un instante de vacilación que a Taichi no le gustó nada.

—Esa es la parte extraña —dijo Izzy finalmente—. La signatura es… familiar. Demasiado familiar. Son insectoides, nivel Mega, atributo Virus. Daisuke y los demás ya están en camino, pero… Taichi, los datos preliminares sugieren que son GranKuwagamon. Una manada de ellos.

La sangre se le heló en las venas. GranKuwagamon. La forma Mega de Kuwagamon. El primer enemigo que vieron. La pesadilla roja y con pinzas que los había perseguido en la Isla File, el primer terror tangible del Mundo Digital. Y ahora, una manada. No era un ataque. Era una plaga.

Mimi se había quitado los auriculares y lo observaba, su rostro una máscara de preocupación. Había oído el nombre. Había visto el cambio en él.

—Izzy, esto no es una coincidencia —dijo Taichi, su voz un murmullo grave—. Primero los Devimon en Shinjuku, ahora esto. Alguien está eligiendo a nuestros enemigos.

—Mi análisis llega a la misma conclusión probabilística —confirmó Izzy—. El patrón es estadísticamente imposible que sea aleatorio. Ambos son Digimon de atributo Virus que jugaron un papel clave en nuestras primeras aventuras. He triangulado las coordenadas de origen de los portales. Son erráticas, pero parecen emanar de un punto ciego en nuestra red de vigilancia, una zona en los límites de la Bahía de Tokio que siempre hemos considerado de baja prioridad. Estoy enviando a Tentomon a investigar, pero necesito que todos estéis alerta. Esto no es como los ataques de Eosmon. Esto se siente… personal.

—Lo es —afirmó Taichi, su mente ya trabajando a toda velocidad, conectando puntos, buscando patrones como había aprendido a hacer en sus clases—. Sigue analizando los datos, Izzy. Busca cualquier anomalía, cualquier firma energética que no encaje. Esto no huele a un Digimon actuando por instinto. Esto huele a un plan.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla en negro, su propio reflejo devolviéndole una mirada sombría. La paz se había hecho añicos. El pasado no estaba muerto; ni siquiera era pasado. Estaba llamando a su puerta con garras y mandíbulas.

—¿GranKuwagamon? —susurró Mimi, acercándose a él. Palmon ya estaba a su lado, sus ojos muy abiertos—. ¿Como los de la Isla File?

—Una versión mucho más peligrosa —respondió él, sin apartar la vista de la ventana—. Izzy dice que Daisuke y los demás se están encargando.

—Deberíamos ir —dijo Palmon, sus lianas crispándose—. Lilimon puede ayudar. ¡Flor de Cañón!

Mimi puso una mano tranquilizadora sobre la cabeza de su compañera.

—No, Palmon. Nuestro papel es otro ahora.

Taichi se giró para mirarla, sorprendido por la calma en su voz. En sus ojos no había miedo, sino una determinación acerada. Y vio, con una claridad dolorosa, el leve parpadeo rítmico de la luz en el Digivice que ella llevaba en la muñeca, un metrónomo que marcaba el tiempo que les quedaba juntas. Su valentía, sabiendo eso, era mil veces más impresionante que la suya propia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él.

—Quiero decir que tú ya no eres el tipo que se lanza de cabeza —dijo ella, su mano encontrando la suya—. Eres el tipo que piensa. El que ve el patrón que los demás no ven. Daisuke y Ken son la fuerza. Tú eres el cerebro. Ese es tu nuevo campo de batalla. Aquí.

Señaló su sien con un dedo.

—No te necesitan en la primera línea, Tai. Te necesitan aquí, dirigiendo la estrategia, diciéndoles dónde mirar. Como un general en su cuartel.

La analogía le sentó extraña. Él nunca había sido un general. Había sido un soldado, un sargento que lideraba con el ejemplo, corriendo siempre el primero hacia el peligro. Pero ella tenía razón. Correr hacia Odaiba ahora sería un gesto inútil, un acto de nostalgia heroica. No tenía a Agumon. No tenía un arma. Pero tenía su mente. Y, por primera vez, pensó que quizás eso era suficiente.

—De acuerdo —dijo, apretando su mano—. De acuerdo. Cuartel general, entonces.

***

El «cuartel general» resultó ser una videoconferencia caótica en el portátil de Mimi. Las caras de sus amigos llenaban la pantalla, cada una un recuadro de ansiedad y determinación. Daisuke y Ken aparecían desde lo que parecía ser la azotea de un edificio, con el viento agitando sus cabellos y el sonido de sirenas de fondo.

—¡Ha sido una locura! —exclamó Daisuke, su rostro lleno de adrenalina—. Eran seis. Seis GranKuwagamon. Paildramon ha tenido que emplearse a fondo. ¡Pero lo hemos conseguido! ¡Desintegrador de Electrones y a otra cosa!

—No ha sido tan sencillo, Daisuke —intervino Ken, su tono más sosegado pero igual de tenso—. Se movían con una coordinación antinatural. No como una manada, sino como un escuadrón. Nos tendieron una emboscada. Si no fuera por la ayuda de Aquilamon y Stingmon para separarles…

—El punto es que ya no están —cortó Daisuke—. Sea lo que sea, podemos con ello. ¡La próxima vez usaremos a Imperialdramon desde el principio!

Taichi escuchaba en silencio, dejando que la adrenalina del combate se disipara. Observaba sus rostros, sus reacciones. Daisuke, siempre impulsivo, siempre centrado en el «cómo ganar». Ken, más táctico, preocupado por la estrategia del enemigo. Yolei y Cody, desde sus respectivas casas, ya estaban analizando los daños y coordinando con las autoridades civiles. Takeru y Kari, juntos como siempre, tenían una expresión sombría.

—No es solo su coordinación —dijo Takeru, su voz resonando con una seriedad que recordaba a la de su hermano—. Hay algo más. Una sensación. Una oscuridad que no sentía desde… desde hace mucho tiempo.

—Es un odio frío y concentrado —añadió Kari, y Taichi sabía que ella sentía esas cosas con más claridad que nadie—. No es la furia ciega de un Digimon salvaje. Es deliberado. Alguien nos odia.

Fue entonces cuando Taichi decidió hablar.

—Kari tiene razón. No se trata de poder, Daisuke. No vas a solucionar esto usando ataques más grandes.

Toda la atención de la pantalla se centró en él. Sintió una punzada de la vieja costumbre, la sensación de tener todas las miradas puestas en él, esperando órdenes. Pero esta vez no iba a dar órdenes. Iba a plantear una pregunta.

—Pensadlo. Devimon. El primer gran villano. El que nos separó, el que nos enseñó lo que era el miedo de verdad. Y ahora, GranKuwagamon. La forma final del primer enemigo que vimos en nuestras vidas. El que atacó Highton View Terrace. El que nos hizo ser quienes somos.

Un silencio incómodo se apoderó de la llamada. Taichi estaba desenterrando fantasmas, nombrando traumas que muchos habían preferido olvidar.

—Esto no es un ataque contra Tokio —continuó, su voz cobrando fuerza, la misma convicción que tenía antes de una batalla—. Es un ataque contra nosotros. Contra nuestra historia. Alguien conoce nuestro pasado. Conoce nuestros miedos. Y los está usando como arma. No está eligiendo a los Digimon más fuertes. Está eligiendo a los que tienen un mayor significado psicológico.

—Es una guerra psicológica —murmuró Ken, sus ojos muy abiertos por la comprensión—. Está intentando desmoralizarnos, recordarnos nuestros fracasos.

—Exacto —dijo Taichi—. Y si estoy en lo cierto, esto es solo el principio. ¿Quién viene después? ¿Etemon? ¿Myotismon? ¿Piedmon? Está siguiendo un guion. Nuestro guion.

—¿Pero quién? —preguntó Yolei, su rostro pálido—. ¿Qué Digimon tendría acceso a esa información? ¿Y por qué?

Taichi negó con la cabeza.

—Ahí es donde creo que nos equivocamos. No creo que esto sea obra de un Digimon.

La declaración cayó en la llamada como una bomba.

—¿Qué quieres decir, senpai? —preguntó Daisuke, confundido—. ¿Un humano? ¿Como el Emperador Digimon?

La mención hizo que Ken se tensara visiblemente, pero Taichi asintió.

—Peor. Menoa Bellucci creó a Eosmon a partir de su propio dolor, de su deseo de no perder a su compañero. Usó la tecnología para manifestar su trauma. ¿Qué pasaría si alguien estuviera haciendo lo mismo, pero no con su dolor, sino con el nuestro? ¿Un humano con un conocimiento íntimo de nuestras batallas, con acceso a tecnología de portales dimensionales y con un rencor profundo contra nosotros?

—Eso es… monstruoso —susurró Cody.

—Es una hipótesis, pero encaja con los datos —intervino Izzy, que había permanecido en silencio, analizando—. La firma energética enmascarada, la elección precisa de los enemigos, la estrategia psicológica… todo apunta a una inteligencia humana, no a la de un Digimon. Una inteligencia que nos conoce muy, muy bien.

La llamada terminó poco después, con la promesa de mantenerse alerta y de que Izzy intentaría rastrear cualquier pista sobre esa posible intervención humana. Pero el ambiente había cambiado. La victoria contra los GranKuwagamon ya no sabía a triunfo, sino a una escaramuza en una guerra mucho más grande y siniestra.

***

Taichi cerró el portátil y se pasó las manos por el pelo, un gesto de frustración y agotamiento. Se levantó y empezó a caminar por el apartamento, un león enjaulado. La adrenalina de la crisis había pasado, dejando tras de sí un residuo amargo de ansiedad.

—Un humano… —murmuró para sí mismo—. ¿Quién podría odiarnos tanto? ¿Alguien a quien no pudimos salvar? ¿Un familiar de alguien que resultó herido en uno de nuestros combates? Hay miles de posibilidades.

Se detuvo frente al mapa de Europa que había estado estudiando antes. Las flechas, las alianzas, las declaraciones de guerra. Todo había empezado con un solo acto, un asesinato en Sarajevo. Un solo evento que, como una chispa, había prendido fuego al polvorín de Europa. ¿Cuál había sido su Sarajevo? ¿Qué acto, qué batalla, qué decisión había creado a este enemigo invisible que ahora volvía para atormentarlos?

Mimi se acercó a él en silencio y le rodeó la cintura con los brazos por detrás, apoyando la mejilla en su espalda. Su presencia era un ancla de calma en su tormenta interior.

—Deja de torturarte —susurró—. No vas a resolverlo todo esta noche.

—No puedo evitarlo, Mimi —respondió él, su voz tensa—. Es como mis clases. La historia se repite. Y nosotros somos nuestra propia historia. Devimon nos enseñó a luchar por separado. Myotismon nos obligó a volver a casa y enfrentarnos a nuestras familias. Apocalymon nos hizo enfrentarnos a nuestra propia desesperación. Cada enemigo fue una lección. Quienquiera que sea, está usando esas lecciones en nuestra contra.

Se giró en sus brazos para poder mirarla a la cara. Sus ojos estaban llenos de una oscuridad que ella no había visto en mucho tiempo.

—Tengo miedo, Mimi.

La confesión fue un susurro, un acto de vulnerabilidad total.

—No tengo miedo de los Digimon. Hemos luchado contra cosas peores. Tengo miedo de la persona que está detrás. De alguien que puede tomar nuestros recuerdos más sagrados, nuestras batallas más duras, el mismo origen de nuestra amistad… y convertirlo en un arma para destruirnos. Es como si estuviera profanando nuestras tumbas antes incluso de que estemos muertos.

Ella levantó una mano y le acarició la mejilla, su pulgar trazando la línea de su mandíbula.

—Entonces no dejaremos que lo haga —dijo con una firmeza que lo sorprendió—. ¿Crees que eres el único que ha crecido, Tai? ¿Crees que el resto de nosotros seguimos siendo los niños asustados de la Isla File?

Su mirada era fiera, la mirada de la chica que había abofeteado a un Centarumon, la que había reunido a un ejército de Gekomon, la que había luchado contra un DarkTyranomon para protegerle.

—Ese enemigo cree que conoce nuestros miedos, pero no conoce nuestra fuerza. No la de ahora. No sabe que Daisuke y Ken son el mejor equipo de combate que ha existido. No sabe que la red de información de Izzy es más poderosa que la de cualquier agencia de inteligencia. No sabe que la empatía de Kari puede calmar a una ciudad entera. Y no sabe… —su voz se suavizó, sus ojos clavados en los de él—… que tú ya no eres el chico que solo sabe atacar. Eres el hombre que sabe pensar. Eres nuestra arma secreta.

Se puso de puntillas y lo besó, un beso corto, firme, lleno de propósito. No fue un beso de consuelo, sino de empoderamiento.

—No estás solo en esto, Taichi Kamiya. Ya no tienes que llevar todo el peso sobre tus hombros. Somos un equipo. Tu emblema es el Valor, pero el mío es la Sinceridad. Y la verdad sincera es que vamos a encontrar a este desgraciado y le vamos a hacer desear no haber oído hablar nunca de los Niños Elegidos.

Taichi la miró, a esa mujer increíble que se erguía frente a él como una fortaleza. El miedo no desapareció, pero se transformó. La ansiedad se convirtió en determinación. La oscuridad en su interior encontró un contrapunto en la luz que ella irradiaba.

Sonrió, una sonrisa lenta, cansada, pero genuina.

—Tienes razón. Siempre la tienes.

La abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su pelo, que olía a flores y a hogar. El mundo exterior seguía siendo un lugar peligroso, y un enemigo sin rostro estaba usando su pasado como un arma contra ellos. Pero allí, en sus brazos, en el santuario que habían construido, Taichi Kamiya no se sentía como un héroe retirado o una víctima de su propia historia.

Se sentía como un hombre que tenía algo por lo que luchar. Algo más que un mundo abstracto. Un hogar. Una pareja. Un futuro.

—De acuerdo —murmuró contra su pelo—. Que venga. Quienquiera que sea. Le estaremos esperando.

Y mientras las luces de Tokio parpadeaban a través de la ventana, como estrellas distantes en una noche incierta, Taichi supo que una nueva guerra había comenzado. Una guerra silenciosa, librada no en el campo de batalla, sino en los pasillos de la memoria. Y por primera vez, no sentía la necesidad de un Digimon a su lado para enfrentarla. Tenía a Mimi. Y juntos, eran un equipo invencible. El pasado había vuelto para atormentarlos, sí, pero el futuro, se dio cuenta, estaba allí mismo, en sus brazos. Y era un futuro por el que valía la pena luchar con todo lo que tenía.