Dolor y Culpa
El Peso de la Corona
Las semanas se deslizaron unas sobre otras, tejiendo un tapiz de normalidad frágil y remendada. El nuevo sistema de Yuji y Nobara, con Megumi como observador silencioso y pilar de apoyo, funcionaba con la eficiencia de una máquina bien engrasada pero ruidosa. No había conversaciones profundas todos los días, ni abrazos torpes en dojos vacíos. En su lugar, había miradas agudas a través del comedor, un codazo firme en las costillas durante un paseo, o un simple «cállate y come» cuando la mirada de Yuji se perdía en el vacío por demasiado tiempo. Eran anclas pequeñas y afiladas, lanzadas sin ceremonia, que lo mantenían amarrado a la orilla del presente.
El entrenamiento se había vuelto su refugio compartido. Aquella tarde, el aire del campo de práctica vibraba con la tensión de la energía maldita. Yuji esquivó por poco una ráfaga de kunais lanzados por Maki, aterrizando en una posición agachada, con la respiración agitada pero controlada. Frente a él, Megumi tejía sellos con las manos, y las sombras del suelo se alargaron, retorciéndose como serpientes vivas.
—¡No te contengas, Fushiguro! —gritó Yuji, una sonrisa tensa pero genuina en su rostro.
—Nunca lo hago —respondió Megumi, y las sombras se solidificaron, formando la silueta familiar de un Perro Divino.
El animal, una bestia de oscuridad y poder, se lanzó hacia él. Por un instante, solo un latido del corazón, la negrura absoluta de la criatura le recordó a Yuji otra oscuridad. Una más sofocante, la que precedía al cierre de un Dominio, el eco del aplauso de un monstruo con retazos. Sus músculos se tensaron, el instinto gritándole que huyera. Pero entonces, su mirada se cruzó con la de Nobara, que observaba desde el margen con los brazos cruzados. Ella no dijo nada. Simplemente arqueó una ceja, un gesto mínimo que lo decía todo: *Estoy aquí. Esto es real. Lucha*.
Yuji inhaló bruscamente, anclándose en ese gesto. La memoria del Dominio se desvaneció, reemplazada por la realidad del perro de sombras que se abalanzaba sobre él. En lugar de retroceder, se lanzó hacia adelante, su puño envuelto en un aura azul brillante de energía maldita. El impacto resonó en el campo de entrenamiento.
Estaba funcionando. Poco a poco, estaba aprendiendo a diferenciar los fantasmas de la realidad.
Más tarde, mientras caminaban de vuelta a los dormitorios, sudorosos y magullados, escucharon el murmullo que recorría los pasillos.
—¿Has oído? Okkotsu-senpai ha vuelto.
—¿Ya? Pero si se fue hace tres días. Dicen que ha completado tres misiones de categoría especial seguidas.
—Es un monstruo. Definitivamente es el nuevo «Más Fuerte».
Yuji sintió una punzada de admiración y alivio. Yuta Okkotsu. El nombre era sinónimo de esperanza. Un pilar en el que el mundo de la hechicería, tan dañado, podía empezar a apoyarse. Aún recordaba el poder abrumador que había sentido cuando Yuta lo «ejecutó» durante los Juegos del Sacrificio, una actuación tan convincente que había engañado incluso a los altos cargos. Era increíblemente fuerte, amable y, según había oído, ahora mantenía una relación con Maki. Era un senpai al que admirar, un objetivo al que aspirar.
—Vamos a ver si está bien —dijo Yuji, su paso acelerándose con una nueva energía.
Nobara y Megumi lo siguieron sin decir palabra.
Lo encontraron cerca de la entrada principal de los terrenos de la escuela. O, más bien, encontraron la escena. Yuta no estaba de pie, erguido y triunfante como Yuji había imaginado. Estaba desplomado, su cuerpo apoyado casi por completo contra el de Maki. Su uniforme, normalmente impecable, estaba rasgado y manchado de sangre y suciedad. Su rostro, pálido como la cera, estaba hundido por un agotamiento que parecía ir más allá de lo físico; era un cansancio del alma. Su famosa energía maldita, una reserva que rivalizaba con la de Gojo, no era un océano rugiente, sino una vela parpadeante, a punto de extinguirse.
Maki lo sostenía con una fuerza tranquila y una familiaridad que hablaba de innumerables escenas como aquella. Su brazo rodeaba su cintura, soportando su peso, mientras su otra mano le apartaba suavemente un mechón de pelo de la frente sudorosa. En su rostro no había pánico, solo una profunda y sombría preocupación, la de alguien que ve a la persona que ama empujarse más allá de todos los límites humanos una y otra vez.
—Solo un poco más, Yuta —murmuró ella, su voz demasiado baja para que la oyeran, pero su intención era clara—. Ya casi hemos llegado.
Yuta asintió débilmente, sus pies arrastrándose por el suelo. Levantó la vista por un momento, y sus ojos se encontraron con los de Yuji. No había reconocimiento en ellos, solo una niebla de pura y absoluta extenuación.
La imagen se grabó a fuego en la mente de Yuji. Fue como recibir un golpe de Divergent Fist directamente en el pecho, uno que no atacaba el cuerpo, sino el precario andamiaje de su recuperación.
*Gojo-sensei…*
El pensamiento fue un susurro venenoso. Gojo-sensei habría vuelto de esas mismas misiones con una sonrisa despreocupada, quejándose de que no le habían traído ningún dulce de recuerdo. Habría parecido como si acabara de dar un paseo por el parque. Porque tenía los Seis Ojos. Porque su energía era, en la práctica, infinita. No se cansaba.
Pero Yuta no tenía los Seis Ojos.
Yuta, a pesar de su poder descomunal, era humano. Se cansaba. Se rompía. Sufría.
Y entonces, la culpa regresó. No se deslizó sigilosamente; irrumpió con la fuerza de una inundación, arrasando las frágiles defensas que había construido. La lógica retorcida y autodestructiva se apoderó de su mente con una claridad aterradora.
*Gojo-sensei está muerto.* *Sukuna lo mató.* *Sukuna estaba dentro de mí.* *Es mi culpa.* *Como Gojo-sensei ya no está, alguien tiene que ocupar su lugar.* *Ese es Yuta-senpai.* *Está llevando una carga que no debería ser suya. Una carga que solo Gojo-sensei podía soportar sin esfuerzo.* *Se está destrozando a sí mismo para mantener el mundo a flote. Un mundo que yo ayudé a romper.* *Su agotamiento… su dolor… cada gota de su sudor… es mi culpa.*
El mundo alrededor de Yuji perdió su color. El sonido se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. Vio a Yuta y Maki, pero no como sus senpais, sino como otra prueba más de su pecado. Otro nombre en la interminable lista de personas que sufrían por su existencia. Nanami, Choso, los cientos de muertos en Shibuya, y ahora Yuta, pagando un precio insoportable por un crimen que era de Yuji.
Sintió la mirada de Nobara sobre él, pero no podía girarse. Estaba paralizado, atrapado en la espiral descendente. Los fantasmas que había mantenido a raya volvieron con saña, susurrando desde la periferia de su visión. La sonrisa burlona de Mahito, el aplauso de Sukuna, el último suspiro de Nanami. *El resto te lo encargo a ti*. Le había encargado el resto, y lo único que había conseguido era pasarle la carga al siguiente más fuerte, condenándolo a un lento suicidio por agotamiento.
—Ni se te ocurra.
La voz de Nobara fue un siseo bajo y peligroso, directamente en su oído. No se había dado cuenta de que se había acercado tanto. Su mano se cerró como un torno alrededor de su muñeca, sus uñas clavándose en su piel. El dolor fue agudo, real. Un ancla.
—No te atrevas a volver a ese lugar —continuó, su voz una furia contenida—. No delante de mí.
Sin decir una palabra más, lo giró y empezó a arrastrarlo lejos de allí, en dirección opuesta a los dormitorios. Yuji tropezó, sus pies negándose a cooperar. Su mente seguía fija en la imagen de Yuta, desplomado y roto.
—Pero, Kugisaki… él…
—¡Cállate! —espetó ella, sin aflojar el agarre.
Lo arrastró por los terrenos de la escuela hasta un rincón apartado, un pequeño jardín de rocas olvidado detrás de uno de los edificios auxiliares. Allí, lo soltó con un empujón que lo hizo tambalearse.
Se plantó frente a él, con el pecho subiendo y bajando por la ira, sus ojos naranjas lanzando chispas.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo, su voz cortante como un bisturí—. Puedo verlo en tu estúpida cara de mártir. «Es mi culpa, es mi culpa, pobre de mí, soy una maldición andante». ¿Me equivoco?
Yuji no pudo responder. Simplemente la miró, la miseria grabada en cada una de sus facciones.
Nobara soltó una risa seca, sin rastro de alegría.
—Por supuesto que no. Mírale. Míralo bien en tu cabeza —ordenó—. Ese es el nuevo «Hechicero Más Fuerte». Un título que Gojo-sensei llevaba como si fuera una broma, como una corona de papel. Pero para Yuta-senpai, es una corona de plomo. Y sí, está destrozado. Porque no es un dios. Es un chico, casi de nuestra edad, con una cantidad de energía maldita demencial y la responsabilidad de un mundo entero sobre sus hombros.
Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran. Yuji se encogió, porque cada palabra confirmaba sus peores temores. Nobara pareció leerle el pensamiento y se inclinó hacia él, su rostro a escasos centímetros del suyo.
—¿Y tú qué vas a hacer al respecto? —siseó—. ¿Vas a quedarte ahí, con esa cara de cachorro apaleado, revolcándote en tu propia miseria? ¿Crees que tu culpa le ayuda a dormir mejor por la noche? ¿Crees que si lloras lo suficiente, su carga se volverá más ligera? ¡Tu culpa no vale nada, Yuji! ¡Es inútil! ¡Es un peso muerto que no solo te hunde a ti, sino que nos arrastra a todos los demás!
—¡Pero es mi culpa! —gritó él finalmente, la voz rota por la angustia—. ¡Si yo no…!
—¡Ya basta de «es mi culpa»! —le interrumpió ella, su voz resonando en el pequeño jardín—. ¡Te lo diré una última vez! ¡No es tu *culpa*! ¡Es tu *responsabilidad*!
Yuji la miró, confundido. La distinción se le escapaba.
—¿No es lo mismo?
—¡No, no lo es, idiota! —exclamó ella, exasperada—. ¡La culpa te paraliza! ¡Te convierte en una víctima que se lamenta en un rincón! ¡La responsabilidad te obliga a actuar! ¡Es la obligación que todos tenemos como hechiceros de limpiar el desastre, sin importar quién lo causó! ¡Es la responsabilidad que tenemos con los que cayeron de seguir luchando! ¡La que Nanamin te dio!
Las palabras lo golpearon con una fuerza inesperada. Responsabilidad. No como una carga de pecados, sino como un deber.
Nobara vio el atisbo de comprensión en sus ojos y presionó su ventaja. Su tono cambió, volviéndose menos furioso y más estratégico, como si le estuviera explicando una táctica de batalla.
—Así que tienes dos opciones, Itadori. Puedes seguir siendo un niño llorón, ahogándote en una culpa que no ayuda a nadie y que solo sirve para que Megumi y yo tengamos que estar vigilándote como si fueras de porcelana. O puedes hacer lo que un verdadero hechicero haría.
Lo señaló con un dedo acusador.
—Usa esa culpa. Ya que te niegas a soltarla, úsala. Conviértela en combustible. Cada vez que pienses en Gojo-sensei, en lugar de llorar, haz cien flexiones más. Cada vez que recuerdes Shibuya, en lugar de quedarte paralizado, corre hasta que tus pulmones ardan. Cada vez que veas a Yuta-senpai así, en lugar de sentirte miserable, entra en ese maldito dojo y entrena hasta que no puedas ni levantar los brazos.
Su voz se volvió un susurro intenso, lleno de una convicción feroz.
—Deja de ser una víctima de tu pasado y empieza a usarlo como un arma. Hazte más fuerte. Más rápido. Más inteligente. Conviértete en alguien en quien Yuta-senpai pueda confiar para quitarle de encima una o dos de esas misiones de mierda. Conviértete en alguien tan fuerte que los altos cargos no tengan más remedio que contar contigo. ¡Conviértete en un pilar, Yuji, no en otra puta grieta que hay que reparar!
El silencio que siguió fue absoluto. Yuji se quedó sin aliento, como si las palabras de Nobara le hubieran arrancado el aire de los pulmones y lo hubieran reemplazado con fuego.
*Conviértete en un pilar.*
La frase resonó en su cabeza, haciendo añicos la narrativa de la víctima. No era un consuelo. No era un «todo irá bien». Era una orden. Un desafío. Una hoja de ruta para salir del infierno de su propia mente. No le ofrecía el perdón, le ofrecía un propósito. Un propósito nacido directamente de su dolor más profundo.
Lentamente, bajó la mirada hacia sus manos. Las mismas manos que Sukuna había usado para matar. Las mismas manos que no habían podido salvar a nadie. Pero ahora, bajo la luz cruda de las palabras de Nobara, las vio de otra manera. No eran solo instrumentos de destrucción pasada. Eran herramientas. Herramientas que podían fortalecerse. Herramientas que podían, algún día, sostener parte del peso.
Levantó la cabeza y miró a Nobara. La ira en el rostro de ella se había disipado, reemplazada por una expectación tensa. Estaba esperando su respuesta, su elección.
Una nueva determinación, frágil pero ardiente, se encendió en sus ojos. No era la alegría forzada de antes, ni la desesperación vacía. Era la mirada de un soldado al que acaban de darle sus órdenes de marcha.
—Entendido —dijo, su voz ronca pero firme.
Nobara lo escudriñó por un momento más, y luego asintió, satisfecha. El nudo de tensión en sus hombros se aflojó.
—Bien —dijo, su tono volviendo a su brusquedad habitual—. Porque estaba a punto de darte una paliza si elegías la opción uno. Ahora, vamos. Tenemos que entrenar.
Se dio la vuelta y empezó a caminar, sin mirar atrás, dando por sentado que la seguiría.
Yuji se quedó un segundo más en el jardín de rocas. Respiró hondo, el aire frío llenando sus pulmones. La culpa no se había ido. Seguía ahí, un monstruo agazapado en el fondo de su corazón. Pero ahora tenía una correa. Ahora sabía qué hacer con ella.
Corrió para alcanzar a Nobara, cayendo a su paso. Caminaron en silencio, pero era un silencio diferente. No era pesado, sino lleno de un propósito compartido.
—Gracias, Kugisaki —dijo en voz baja.
Ella resopló.
—No me des las gracias. Demuéstralo. Quiero ver que para fin de año eres capaz de enfrentarte a una maldición de primer grado tú solo sin sudar. De lo contrario, consideraré esto una pérdida de mi valioso tiempo.
Una sonrisa genuina, la primera en horas, se dibujó en el rostro de Yuji.
—Trato hecho.
***
Al atardecer, en un banco con vistas a los campos de entrenamiento, Yuta Okkotsu sorbía lentamente un té caliente que Maki le había traído. Se había duchado y cambiado, pero el agotamiento seguía grabado en sus facciones. Apoyaba la cabeza en el hombro de Maki, encontrando consuelo en su sólida presencia.
Su mirada se dirigió hacia el campo de entrenamiento, ahora casi vacío a excepción de dos figuras. Yuji y Nobara. No estaban hablando. Estaban entrenando, moviéndose con una intensidad que iba más allá de su rutina habitual. Yuji practicaba sus katas, cada golpe cortando el aire con una precisión feroz, su rostro una máscara de concentración absoluta. Nobara, a cierta distancia, lanzaba clavos a un objetivo, cada impacto dando en el centro con una fuerza viciosa.
—Kugisaki es… intensa —murmuró Yuta, su voz todavía ronca.
Maki siguió su mirada, una pequeña sonrisa casi imperceptible en sus labios.
—Lo es. Es exactamente lo que él necesita. Una patada en el culo en lugar de un pañuelo para las lágrimas.
—Funciona —admitió Yuta—. Su energía… se siente diferente. Más afilada.
Observaron en silencio durante un rato, viendo cómo Yuji terminaba una serie y, sin descanso, comenzaba la siguiente, empujándose a sí mismo hasta el límite.
—A veces, cuando los veo… —comenzó Yuta en voz baja, una nota de nostalgia en su voz—, me recuerdan a nosotros. Antes de… bueno, ya sabes. Toda esa torpeza, la forma en que se apoyan el uno en el otro sin siquiera saber cómo llamarlo.
Maki se giró para mirarlo, sus ojos, normalmente tan duros, se suavizaron por un instante.
—No termines esa frase, Yuta.
Él le sonrió débilmente, una sonrisa cansada pero genuina.
—No lo haré.
Volvieron su atención al campo. Yuji y Nobara seguían allí, dos siluetas recortadas contra el cielo anaranjado del atardecer, forjando su propia fuerza en el crisol de un mundo roto. Dos supervivientes que se negaban a ahogarse, sosteniéndose mutuamente a flote con anclas, martillos y una lealtad tan afilada como una espada. Yuta cerró los ojos, sintiendo el calor del hombro de Maki contra su mejilla. El peso de su corona seguía siendo insoportable, pero al verlos, sintió, por primera vez en mucho tiempo, que quizás no tendría que llevarla solo para siempre.