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El amorrrrrr

El Banquete de las Máscaras Rotas

La luz del alba entró hiriente por los ventanales de la suite nupcial, golpeando los párpados de Sira con la sutileza de un mazo. La princesa del Oeste soltó un quejido gutural, llevándose las manos a las sienes. El mundo parecía girar en un eje descentrado y el sabor a vino barato y bilis le inundaba la boca.

—Agua... —logró articular, con la garganta seca como el desierto.

Al instante, una mano firme pero distante le ofreció una copa de plata. Sira bebió con avidez, y al levantar la vista, se encontró con la figura imperturbable de Ferran. Él ya estaba vestido con su uniforme de gala, impecable, con el cabello peinado hacia atrás y la mirada fija en algún punto de la pared, evitando el contacto visual con la mujer que ahora compartía legalmente su nombre.

—Habéis dormido mucho, Alteza —dijo Ferran con una voz neutral, carente de cualquier afecto—. Los reyes y vuestro hermano ya están en el salón de desayuno.

Sira se incorporó, sintiendo una punzada de dolor en la nuca. Miró las sábanas, luego a Ferran, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios a pesar del malestar físico.

—¿No te has metido en la cama conmigo, maridito? —preguntó ella con sorna, notando que el lado de la cama de Ferran estaba intacto—. Qué poco caballeroso de tu parte dejar a tu esposa sola en su noche de bodas.

—Mi deber era vigilar vuestro descanso, Princesa —respondió Ferran, apretando la mandíbula—. Además, el exceso de alcohol os dejó... indispuesta. No habría sido honorable molestaros.

Sira soltó una carcajada que terminó en una mueca de dolor.

—Honorable. Siempre tan lleno de palabras vacías. Ayúdame a levantarme. Me duele todo.

Ferran se acercó y le tendió el brazo. Sira se apoyó en él con un peso innecesario, restregando su hombro contra el pecho del caballero, buscando una reacción que no llegó. Ferran era una estatua de hielo. Su mente, sin embargo, estaba a leguas de allí, reviviendo el calor del heno, el aroma de Pedri y la promesa de amor eterno que habían sellado en la oscuridad del establo.

Mientras tanto, en el gran comedor, el ambiente era inusualmente animado. El Rey del Este había llegado al amanecer junto a su hijo, el Príncipe Lucas, para visitar a Maite, la hermana mayor de Pedri. Lucas, un hombre de hombros anchos y sonrisa fácil, no había podido soportar más tiempo alejado de su prometida y había convencido a su padre de adelantar la visita diplomática.

—¡Maite! —exclamó Lucas al verla entrar, levantándose del asiento sin importarle el protocolo para rodearla con sus brazos—. Siento como si hubieran pasado años, no semanas.

Maite rió, devolviéndole el abrazo con una calidez que hizo que Pedri, sentado a un lado, sintiera una punzada de envidia sana. Lucas saludó a sus suegros con respeto y luego se volvió hacia Pedri, dándole una palmada afectuosa en el hombro.

—Príncipe Pedri, cada vez que os veo parecéis más sabio y más serio. ¿Es que los libros os están robando la juventud? —bromeó Lucas, sentándose a la mesa.

—Solo trato de estar a la altura de las circunstancias, Lucas —respondió Pedri con una sonrisa forzada—. Bienvenido de nuevo.

La conversación fluyó hacia temas de estado. Los dos reyes, junto a Eric y Lucas, comenzaron a discutir las nuevas rutas comerciales que unirían los tres reinos. Pedri escuchaba en silencio, tratando de ocultar las ojeras que delataban su noche de insomnio y pasión. Se sentía extraño; por un lado, su cuerpo todavía vibraba con el recuerdo de Ferran, pero por otro, ver a Eric sentado allí, con esa suficiencia de quien cree haber ganado, le revolvía el estómago.

Fue a la hora del almuerzo cuando el ambiente se tensó. Sira hizo su entrada triunfal, todavía algo pálida pero luciendo un vestido de seda esmeralda que resaltaba su mirada depredadora. A su lado, Ferran caminaba como una sombra obligada.

—¡Ah, los recién casados! —exclamó el Rey, haciendo un gesto para que se sentaran—. Lucas, te presento al nuevo caballero de la familia, Ferran, y a su esposa, la Princesa Sira.

Lucas se levantó para saludar, observando con curiosidad la pareja. Como hombre perspicaz que era, notó de inmediato la rigidez de Ferran y la forma en que Sira lo sujetaba del brazo, como si fuera un halcón encadenado.

—Es un placer —dijo Lucas, estrechando la mano de Ferran—. He oído que sois el mejor acero de este reino, caballero.

—Es un honor, Príncipe Lucas —respondió Ferran brevemente.

Durante el almuerzo, Sira se encargó de convertir cada minuto en un suplicio para Pedri. No dejaba de inclinarse hacia Ferran, susurrándole cosas al oído que hacían que el caballero tuviera que agachar la cabeza para escucharla.

—¿No te parece delicioso este faisán, querido? —decía ella en voz alta, pasando una mano por el brazo de Ferran de forma lenta y posesiva—. Deberíamos pedirle al cocinero que nos lo sirva en nuestras habitaciones esta noche.

Ferran, consciente de que todos los ojos estaban sobre ellos, y especialmente los de Pedri, asentía con cortesía forzada.

—Como deseéis, Alteza.

—Oh, Ferran, no seas tan formal —continuó Sira, rozándole la mejilla con un dedo—. Ayer en la ceremonia me llamabas de otra forma.

Pedri apretó los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Cada caricia de Sira era como una puñalada. Sabía que Ferran lo hacía por protección, sabía que lo de anoche había sido real, pero ver a la mujer que había chantajeado a su amante actuar como si fuera la dueña de su cuerpo era insoportable.

Maite, que observaba a su hermano desde el otro lado de la mesa, frunció el ceño. Ella conocía a Pedri mejor que nadie y veía cómo la máscara de indiferencia del príncipe se agrietaba con cada gesto de Sira.

Al caer la noche, Pedri se refugió en sus aposentos, sintiéndose agotado emocionalmente. Se sentó junto a la chimenea, mirando las llamas sin verlas realmente, hasta que un suave golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Quién es? —preguntó, tratando de aclarar su voz.

—Somos nosotros, Pedri —respondió la voz de Maite.

La puerta se abrió y entraron su hermana y Lucas. El príncipe del Este no traía su corona ni su capa formal; se veía mucho más relajado, pero sus ojos reflejaban una seriedad inusual.

—Maite me ha dicho que necesitabas hablar —dijo Lucas, sentándose en una silla frente a Pedri sin esperar invitación—. Y a juzgar por tu cara durante el almuerzo, creo que tienes un volcán a punto de estallar en el pecho.

Pedri miró a su hermana, quien se sentó a su lado y le tomó la mano.

—Puedes confiar en él, Pedri —susurró Maite—. Lucas sabe lo que es luchar por lo que uno ama.

El príncipe suspiró, dejando caer los hombros. La presión de las últimas semanas finalmente cedió y las palabras empezaron a salir como un torrente. Les contó todo: el amor secreto con Ferran, las amenazas de Sira, el sacrificio del caballero para salvarlo del escándalo y el encuentro desesperado en los establos la noche anterior.

—Esa mujer es una víbora —gruñó Lucas tras escuchar la historia—. Utilizar el honor de un hombre para encadenarlo es la táctica más baja que he oído.

—Ferran lo hizo por mí —dijo Pedri con lágrimas en los ojos—. Se condenó a una vida de infelicidad para que yo no perdiera mi corona. Pero verla tocarlo, Maite... sentir que ella cree que ha ganado... me está matando.

Maite le apretó la mano con fuerza.

—No ha ganado, Pedri. Ella tiene el contrato, pero tú tienes el corazón. Y eso, para una mujer como Sira, es la mayor derrota, aunque todavía no lo sepa.

Lucas se inclinó hacia adelante, cruzando los brazos sobre sus rodillas.

—Escucha, Pedri. El amor en la realeza nunca es fácil. ¿Crees que lo mío con Maite fue un camino de rosas?

Pedri levantó la vista, curioso. Siempre había visto a su hermana y a Lucas como la pareja perfecta, una unión ideal entre dos reinos poderosos.

—Al principio, nuestros padres solo hablaban de fronteras y dotes —continuó Lucas con una sonrisa melancólica—. Yo estaba enamorado de otra persona, un joven escudero de mi guardia, y Maite... bueno, ella tenía sus propios secretos. Nos obligaron a conocernos, a pasear por los jardines bajo vigilancia. Nos odiábamos.

—Es verdad —rió Maite suavemente—. Yo pensaba que Lucas era un bárbaro engreído que solo sabía hablar de caza.

—Y yo pensaba que ella era una muñeca de porcelana sin cerebro —añadió Lucas—. Pero una noche, nos escapamos de una cena aburrida y terminamos hablando de verdad, como estamos haciendo ahora. Nos dimos cuenta de que ambos estábamos atrapados en la misma jaula de oro. Decidimos que, si íbamos a estar juntos, lo haríamos bajo nuestras propias reglas. Aprendimos a amarnos, no porque nos obligaran, sino porque encontramos en el otro al único aliado posible en este mundo de lobos.

Pedri los miró con asombro. Nunca se habría imaginado que su felicidad actual fuera fruto de una rebelión interna.

—Lo que quiero decirte, Pedri —dijo Lucas, volviéndose serio de nuevo—, es que no puedes dejar que Sira gane la batalla mental. Ferran está haciendo su parte, protegiéndote desde el frente. Ahora tú tienes que hacer la tuya. Sé el príncipe que este reino necesita, mantén la cabeza fría y, sobre todo, no dejes de luchar por él en la sombra. Los reinos cambian, los reyes mueren, pero lo que tú y Ferran tenéis... eso es lo único que sobrevive a la historia.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Pedri, sintiéndose un poco más fuerte gracias al apoyo de su cuñado.

—De momento, fingir —dijo Maite—. Sé amable con Sira, no le des el gusto de verte sufrir. Y con Ferran... busca los momentos. Lucas y yo te ayudaremos. Podemos organizar cacerías, excursiones, momentos donde la guardia tenga que estar presente pero donde la vigilancia de Sira se relaje.

Lucas asintió, con una chispa de picardía en los ojos.

—Soy el príncipe heredero del Este, Pedri. Si decido que necesito a Ferran como mi escolta personal durante una tarde para "aprender sus técnicas de combate", nadie podrá decir nada. Y si tú, casualmente, vienes conmigo... bueno, las cosas pasan.

Pedri sintió que un peso inmenso se levantaba de sus hombros. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo en su lucha.

—Gracias —susurró Pedri—. A ambos. No sé qué habría hecho sin vosotros.

—Somos familia, Pedri —dijo Lucas, levantándose y dándole un abrazo fraternal—. Y en esta familia, nos protegemos. Además, me cae bien ese Ferran. Tiene los ojos de un hombre que mataría a un dragón por ti, y ese tipo de lealtad es difícil de encontrar.

Cuando se marcharon, Pedri se quedó solo en la habitación, pero el silencio ya no era opresivo. Se acercó a la ventana y miró hacia el ala del palacio donde se encontraba la habitación de Sira y Ferran. Sabía que el caballero estaría allí, sufriendo en silencio, cumpliendo su papel de escudo.

"Aguanta, Ferran", pensó Pedri, apoyando la frente contra el cristal frío. "Ya no estamos solos. Y juro que encontraré la forma de romper esas cadenas".

Esa noche, Pedri no lloró. Se acostó y cerró los ojos, visualizando un futuro donde las coronas no importaran y donde el amor no tuviera que esconderse en establos ni pasadizos. Con el apoyo de Maite y Lucas, la guerra fría contra Sira acababa de tomar un giro inesperado. La princesa del Oeste creía que tenía al caballero bajo su bota, pero no sabía que el príncipe tímido acababa de encontrar a sus mejores aliados para recuperar lo que, por derecho de alma, le pertenecía.

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