Volver al resumen

El amorrrrrr

La Peste de las Sombras y el Acero

La mañana se arrastraba por los pasillos del palacio como un animal herido, cargada de una pesadez que ni siquiera el sol más brillante podía disipar. Pedri se encontraba sentado a la mesa del desayuno, removiendo mecánicamente su avena con una cuchara de plata. Sus ojos, habitualmente cálidos y llenos de una timidez adorable, estaban enrojecidos y rodeados de sombras oscuras. Cada vez que parpadeaba, una humedad traicionera amenazaba con desbordarse.

Sira entró en el comedor con un aire de triunfo que resultaba casi obsceno. No caminaba, desfilaba. Su vestido de seda violeta crujía con cada paso, y su sonrisa era la de alguien que acababa de conquistar un imperio. A su lado, Ferran caminaba con la mirada perdida en el mármol del suelo. El caballero parecía haber envejecido diez años en una sola noche; su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello se tensaban como cuerdas de violín.

—Buenos días a todos —dijo Sira, sentándose con una elegancia exagerada—. Vaya, parece que el aire del campo no le sienta bien a todo el mundo. Príncipe Pedri, parecéis haber pasado una noche... agotadora.

Pedri no levantó la vista. El nudo en su garganta le impedía articular palabra.

—Fue una noche muy especial, ¿verdad, querido? —continuó Sira, inclinándose hacia Ferran y rozando su mano con una familiaridad posesiva—. Debo decir que mi esposo es mucho más... vigoroso de lo que su armadura sugiere. Apenas pegamos ojo.

Ferran cerró los ojos un instante, un gesto de agonía pura que solo Pedri captó. El príncipe sintió que el corazón se le hacía pedazos. La imagen de Ferran siendo obligado a cumplir con su "deber" con aquella mujer, después de lo que habían compartido en el heno, era una tortura que no creía poder soportar. Una lágrima solitaria escapó y rodó por su mejilla antes de que pudiera ocultarla.

Maite, que observaba la escena con una furia contenida, dejó caer su servilleta sobre la mesa con un golpe seco. Sabía que su hermano estaba a punto de quebrarse frente a todos.

—Padre —dijo Maite, dirigiéndose al Rey con una voz firme que cortó el veneno de Sira—, el aire en el palacio está muy viciado hoy. Pedri y yo necesitamos salir a los jardines bajos para supervisar la llegada de los nuevos rosales. Le vendrá bien caminar un poco.

El Rey, que estaba sumido en sus propios pensamientos y no parecía notar la tensión eléctrica entre los jóvenes, asintió distraídamente.

—Id, id. Pero no os alejéis demasiado. Hay noticias inquietantes llegando de las fronteras.

Sira soltó una risita por lo bajo, disfrutando del dolor evidente en el rostro de Pedri mientras este se levantaba apresuradamente para seguir a su hermana. Ferran hizo un amago de seguirlos, su instinto de protección gritándole que corriera tras el príncipe, pero Sira le retuvo del brazo con una fuerza sorprendente.

—Tú te quedas aquí, esposo —susurró ella, con una dulzura cargada de amenaza—. Tenemos mucho de qué hablar sobre nuestra nueva alcoba.

Mientras los hermanos se alejaban, una atmósfera de secreto se apoderó de los niveles superiores del castillo. Los tres reyes —el del Este, el del Oeste y el monarca local— se encerraron en la Gran Cámara de Consejo. Los guardias reales fueron apostados en las puertas dobles con órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie, ni siquiera a los herederos.

El rumor ya corría por las cocinas y las caballerizas: una peste sin nombre estaba devorando las aldeas fronterizas. No era una enfermedad común; los mensajeros hablaban de una sombra que marchitaba la piel y apagaba la vida en cuestión de horas, sin cura conocida.

Eric, el príncipe del Oeste, caminaba de un lado a otro en el pasillo exterior, molesto por haber sido excluido de la reunión. A pesar de su arrogancia, era un hombre de acción y odiaba que le ocultaran información, especialmente cuando se trataba de amenazas militares o biológicas. Al ver a Lucas y a Pedri regresar de los jardines —este último con el rostro un poco más sereno gracias a los consuelos de Maite—, Eric les interceptó.

—Vuestros padres se comportan como viejas asustadizas —espetó Eric, cruzándose de brazos—. Se encierran a susurrar sobre esta supuesta "peste" mientras el pueblo empieza a entrar en pánico. Si hay un peligro real, nosotros deberíamos estar informados.

—Mi padre dice que es por nuestra seguridad —respondió Pedri en voz baja, evitando mirar a Eric a los ojos.

—La seguridad es para los niños, príncipe —replicó Eric con desdén—. Lucas, tú eres un hombre de mundo. ¿De verdad crees que una enfermedad puede surgir de la nada y no tener cura?

Lucas frunció el ceño, acariciándose la barbilla.

—Dudo que sea algo tan simple como una peste natural. Los informes que he interceptado hablan de síntomas extraños. Algunos dicen que es magia negra, otros que es un envenenamiento de los pozos. Si no vamos a verlo por nosotros mismos, nunca sabremos la verdad.

—Propongo una expedición —dijo Eric, mirando de reojo a Pedri—. Vayamos a la aldea de Valdeverde. Está a solo medio día de camino. Veremos qué hay de cierto en todo esto antes de que los reyes decidan sellar las fronteras y dejarnos atrapados aquí como ratas.

Pedri sintió un escalofrío. La idea de salir del palacio le aterraba, pero la curiosidad y el deseo de ser útil empezaban a superar su miedo.

—Necesitaremos escolta —señaló Lucas—. Y si vamos a ir, necesitamos al mejor. Ferran vendrá con nosotros.

—Mi hermana no estará contenta de separarse de su juguete —se burló Eric—, pero yo me encargaré de ella. Además, Sira me ha pedido que no te quite el ojo de encima, Pedri. Dice que eres demasiado... propenso a los accidentes.

La mención de Sira hizo que Pedri se tensara, pero asintió. La oportunidad de estar cerca de Ferran, lejos de la mirada depredadora de la princesa, era un riesgo que estaba dispuesto a correr.

La petición a los reyes fue recibida con una negativa rotunda al principio.

—Es demasiado peligroso —rugió el Rey del Oeste—. No sabemos a qué nos enfrentamos.

—Precisamente por eso debemos ir, padre —insistió Eric—. Si la peste llega a las puertas del castillo y no sabemos cómo se transmite, estaremos perdidos. Dejadnos ir como una patrulla de reconocimiento. Ferran nos protegerá.

Tras horas de discusión, y ante la insistencia de Lucas, los reyes cedieron con una condición: no entrarían en la aldea, solo observarían desde las colinas y hablarían con el magistrado local a distancia.

El grupo partió al atardecer. Ferran cabalgaba a la vanguardia, manteniendo una distancia profesional que le desgarraba el alma. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Pedri a través del espejo retrovisor de su armadura, el caballero sentía una punzada de culpa. El secreto de la noche anterior pesaba entre ellos como una losa de plomo.

Eric cabalgaba justo al lado de Pedri, vigilando cada uno de sus movimientos con una intensidad que incomodaba al joven príncipe.

—Parecéis muy callado hoy, Ferran —comentó Eric, espoleando a su caballo para ponerse a la altura del caballero—. ¿Acaso la vida matrimonial os ha quitado la lengua?

—Tengo la mente en el camino, príncipe Eric —respondió Ferran con voz ronca—. Mi deber es vuestra seguridad, no la charla trivial.

—Un guardia ejemplar —dijo Eric con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Aunque mi hermana dice que sois mucho más elocuente en la intimidad.

Pedri apretó las riendas de su caballo hasta que el cuero le lastimó las manos. Lucas, notando la tensión, intervino rápidamente.

—Centrémonos en lo que tenemos delante. Mirad el cielo.

A medida que se acercaban a Valdeverde, el azul del atardecer se volvía de un tono grisáceo y enfermizo. No había pájaros cantando, ni humo saliendo de las chimeneas de las granjas periféricas. Un silencio sepulcral envolvía el valle.

—Algo no va bien —susurró Pedri, su valentía empezando a flaquear—. El aire huele a... metal quemado.

Se detuvieron en la cima de una colina que dominaba el pueblo. Lo que vieron les heló la sangre. No había pilas de cadáveres en las calles, ni gente gritando. Las figuras humanas que se divisaban a lo lejos se movían con una lentitud antinatural, como si fueran marionetas cuyos hilos estuvieran a punto de romperse.

—Eso no es una peste —dijo Lucas, desenvainando su espada instintivamente—. Es una maldición.

De repente, Ferran alzó la mano, ordenando silencio absoluto. Sus sentidos de guerrero estaban en alerta máxima.

—Altezas, debemos dar la vuelta —dijo Ferran, girando su caballo—. Ahora mismo.

—¿Por qué? Solo estamos observando —protestó Eric, aunque su mano también buscó la empuñadura de su arma.

—Porque no estamos solos —respondió Ferran.

De entre los matorrales secos, surgieron figuras encapuchadas. No eran enfermos, eran hombres armados con ballestas y túnicas oscuras que llevaban el emblema de una secta prohibida hace siglos.

—¡Emboscada! —gritó Ferran, interponiéndose inmediatamente entre los atacantes y Pedri.

Una lluvia de saetas surcó el aire. Ferran las desvió con su escudo con una destreza sobrehumana, su complejo de protector estallando en una furia defensiva.

—¡Lucas, Eric, sacad a Pedri de aquí! —rugó Ferran, espoleando a su caballo hacia los atacantes para ganar tiempo.

—¡No te dejaré! —gritó Pedri, el pánico apoderándose de él al ver a Ferran arrojarse al peligro.

—¡Idos! —ordenó Ferran, volviéndose un segundo para mirar a Pedri con una intensidad desesperada—. ¡Si te pasa algo, mi vida no vale nada! ¡Corre!

Eric agarró las riendas del caballo de Pedri, obligándolo a girar.

—¡Muévete, estúpido, o nos matarán a todos! —le gritó Eric.

Mientras galopaban de regreso bajo la luz de una luna que parecía teñida de sangre, Pedri miró hacia atrás. Vio a Ferran rodeado de sombras, su espada brillando como un faro en medio de la oscuridad. La peste no era una enfermedad, era una trampa, una distracción para sacar a los príncipes del castillo.

El galope era frenético. El viento azotaba el rostro de Pedri, mezclándose con sus lágrimas. La imagen de Sira burlándose de él esa mañana parecía ahora algo de otro mundo, algo insignificante frente a la posibilidad de perder a Ferran para siempre.

—¡Tenemos que volver por él! —sollozó Pedri cuando estuvieron a una distancia segura.

—Ferran sabe cuidarse solo —dijo Lucas, aunque su rostro reflejaba una gran preocupación—. Si volvemos, solo seremos un estorbo. Él es un caballero real, Pedri. Su vida es el precio de la nuestra.

—¡No para mí! —gritó el príncipe, deteniendo su caballo en seco.

Eric se detuvo también, mirando a Pedri con una mezcla de sospecha y curiosidad.

—¿Por qué te importa tanto un simple guardia, Pedri? —preguntó Eric, acercándose peligrosamente—. Tu reacción es... excesiva, incluso para alguien tan blando como tú.

Pedri le devolvió la mirada con una valentía que nunca supo que poseía. La timidez había desaparecido, reemplazada por una determinación feroz.

—Porque él es el único hombre de honor en este camino, Eric. Y si le pasa algo, te juro que no habrá alianza ni reino que te proteja de lo que soy capaz de hacer.

Lucas intervino antes de que Eric pudiera responder.

—Mirad.

En el horizonte, una silueta se acercaba al galope. Era Ferran. Su armadura estaba manchada de sangre oscura y su capa estaba desgarrada, pero seguía firme sobre la silla. Pedri no pudo contenerse; espoleó a su caballo y cabalgó hacia él, encontrándose a mitad de camino.

Ferran detuvo a su animal, respirando con dificultad. Sus ojos buscaron los de Pedri, escaneándolo en busca de heridas.

—¿Estáis bien, mi señor? —preguntó Ferran, su voz apenas un susurro quebrado.

—Sí... gracias a ti —respondió Pedri, estirando una mano para rozar el guantelete ensangrentado del caballero.

Eric y Lucas se acercaron, el primero con una expresión de clara molestia.

—Has sobrevivido —dijo Eric con frialdad—. Impresionante. Ahora volvamos al palacio. Tenemos que informar a los reyes de que la peste es una tapadera para un ataque insurgente.

El regreso fue silencioso y tenso. Ferran se mantuvo cerca de Pedri, tanto que sus estribos chocaban ocasionalmente. En la oscuridad, protegidos por el ruido de los cascos de los caballos, Ferran susurró algo que solo Pedri pudo oír.

—Lo que dijo Sira esta mañana... lo que pasó anoche... fue un infierno, Pedri. No dejes que sus palabras te envenenen. Ella tiene mi cuerpo por obligación, pero tú tienes mi vida por elección.

Pedri asintió, sintiendo que el nudo en su pecho se aflojaba un poco. La amenaza de la peste y los insurgentes era real, pero mientras Ferran estuviera a su lado, sentía que podían enfrentar cualquier sombra.

Al llegar al castillo, la noticia de la emboscada causó un caos inmediato. Los reyes ordenaron el cierre total de las puertas. Sira corrió hacia Ferran, fingiendo una preocupación histérica frente a la corte, pero el caballero la apartó con una frialdad que no pasó desapercibida para nadie.

—Estoy cansado, Alteza —dijo Ferran—. Y tengo que informar al capitán de la guardia.

Esa noche, mientras el reino se preparaba para una guerra que ya no era invisible, Pedri se quedó en su balcón. La peste seguía allí afuera, y los secretos seguían devorando el palacio por dentro. Pero ahora sabía algo que Sira nunca entendería: el acero más fuerte no es el que se forja en el fuego, sino el que se templa en el sacrificio y se mantiene unido por un amor que ni la muerte, ni la traición, ni las sombras podían extinguir.

La guerra había comenzado, y Pedri, el príncipe tímido, estaba listo para dejar de esconderse. Porque por Ferran, estaba dispuesto a ser el guerrero que su reino, y su corazón, necesitaba.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.