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El amorrrrrr

El Banquete de las Sombras Hambrientas

La calma que siguió a la emboscada en las colinas de Valdeverde fue un espejismo, una capa de seda fina cubriendo una herida infectada. Aunque el grupo había regresado al castillo con vida, el silencio que se instaló en las estancias reales no era de alivio, sino de una anticipación aterradora. Los rumores, antes susurros erráticos de mercaderes asustados, habían cobrado una forma monstruosa y un nombre que la lengua se resistía a pronunciar: los muertos caminantes.

Zombis.

La palabra sonaba a blasfemia, a una ruptura de las leyes naturales que regían el mundo. Se decía que en las aldeas fronterizas, aquellos que sucumbían a la extraña sombra no descansaban en paz. Sus almas abandonaban el cuerpo, pero la carne, impulsada por una voluntad maligna y hambrienta, volvía a ponerse en pie.

La urgencia obligó a una reunión de emergencia en la Gran Cámara de Consejo. El ambiente estaba cargado de incienso para enmascarar el olor a miedo. Los tres reyes presidían la mesa larga, rodeados por sus generales más veteranos y los príncipes herederos. Eric, Lucas y Pedri ocupaban sus asientos, mientras que Ferran, en su doble papel de general y ahora consorte real, permanecía firme detrás de la silla del Rey del Oeste, aunque sus ojos buscaban constantemente la figura de Pedri al otro lado de la sala.

Las princesas, Maite y Sira, habían sido escoltadas hasta la puerta, donde se les prohibió el paso.

—¡Esto es un insulto! —había gritado Sira antes de que las pesadas puertas de roble se cerraran—. Soy la futura reina del Oeste, tengo tanto derecho a saber qué amenaza a mi pueblo como cualquiera de estos hombres.

Maite, aunque más contenida, mantenía una expresión de gélida indignación. Sin embargo, los reyes fueron inflexibles. En tiempos de guerra y horrores sobrenaturales, el consejo era un territorio de espadas y coronas masculinas. Las puertas se cerraron, dejando a las mujeres en el pasillo, hirviendo en una mezcla de rabia y exclusión.

Dentro, la reunión se tornó oscura con una rapidez alarmante.

—No es una enfermedad, es una plaga del alma —sentenció el general de las fuerzas del Este, arrojando sobre la mesa un jirón de tela negra manchado de una sustancia viscosa y oscura—. Los informes de mis exploradores son consistentes. Los que mueren se levantan a la luna siguiente. No sienten dolor, no responden a la razón. Solo buscan... alimentarse.

Pedri sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Miró a Ferran, buscando en el caballero esa seguridad inquebrantable, pero vio que incluso el rostro de su protector estaba pálido bajo la luz de las antorchas.

—¿Cómo se les detiene? —preguntó Pedri, su voz sonando pequeña en la inmensidad del salón.

—El fuego parece ser la única respuesta definitiva —respondió el Rey del Este con tono sombrío—. Pero son demasiados. Si una aldea entera cae, tenemos un ejército de cadáveres marchando hacia nuestras murallas en cuestión de días.

La discusión se prolongó durante catorce horas agónicas. Se trazaron mapas, se discutieron suministros y se debatieron estrategias de contención que incluían el sacrificio de pueblos enteros para salvar las capitales. La crudeza de las palabras —hablar de ciudadanos como si fueran leña para el fuego— drenó la poca esperanza que quedaba en el corazón de Pedri.

Cuando la sesión finalmente terminó, los hombres salieron de la cámara con los hombros hundidos. Lucas y Ferran se dirigieron a los aposentos donde sus esposas los esperaban con preguntas afiladas y reproches por la exclusión. Eric, por su parte, se marchó hacia las caballerizas, necesitando el aire frío para disipar el hedor a muerte de la sala.

Pedri, sintiéndose más solo que nunca, regresó a su cuarto, pero el sueño era un lujo que su mente no podía permitirse. Cada vez que cerraba los ojos, veía las figuras de Valdeverde, esas marionetas rotas moviéndose en la oscuridad.

Cerca de la madrugada, incapaz de soportar el peso de las mantas, Pedri se vistió con una túnica sencilla y salió a caminar por los jardines reales. El rocío de la noche empapaba sus botas, y el aire olía a tierra húmeda y jazmín, un contraste doloroso con las historias de putrefacción que acababa de escuchar.

Al llegar a la fuente central, vio una figura solitaria sentada en un banco de piedra. Era su madre, la Reina. Su porte, siempre majestuoso, se veía quebrantado. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos brillaban blancos bajo la luna.

—¿Madre? —susurró Pedri, acercándose con cautela.

La Reina se sobresaltó, pero al ver que era su hijo menor, relajó levemente los hombros.

—Pedri... ¿qué haces despierto a estas horas? —preguntó ella, con una voz que delataba noches de vigilia.

—No podía dormir —confesó él, sentándose a su lado—. La reunión fue... difícil.

—Lo sé. He visto las caras de los generales —la Reina suspiró, mirando hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a teñirse de un gris mortecino—. Siento que el mundo que conocemos se está desmoronando, hijo. Esta peste... no es algo que podamos combatir con tratados o matrimonios.

Pedri le tomó la mano, tratando de transmitirle un calor que él mismo sentía que perdía.

—Ferran y Lucas están aquí. Y mi padre no permitirá que el reino caiga. Tenemos muros fuertes, madre.

—Los muros no sirven de nada cuando el enemigo ya no es humano, Pedri —dijo ella con una tristeza profunda—. Temo por ti. Eres tan cálido, tan lleno de vida... este mundo que viene es frío y hambriento.

Permanecieron en silencio un momento, unidos por el miedo compartido, hasta que el sonido de pasos pesados sobre la grava los puso en alerta. El Rey apareció entre los arbustos de rosas. Su rostro estaba desencajado, sus ojos inyectados en sangre. Sostenía un pergamino arrugado en la mano derecha.

—¿Qué ocurre? —preguntó la Reina, poniéndose en pie de inmediato—. ¿Ha llegado más información?

El Rey miró a su esposa y luego a su hijo. Sus labios temblaron antes de hablar.

—Un mensajero ha llegado hace una hora desde el puesto de avanzada de la Torre Negra. Los generales no lo saben aún, no quise decírselo hasta estar seguro del horror.

—Dinos, padre —instó Pedri, sintiendo que el aire se volvía irrespirable.

—Esas cosas... —el Rey tragó saliva, su voz quebrándose—, no solo matan. Comen, Pedri. Comen carne humana. Carne viva. Se abalanzan sobre los aldeanos y los desgarran con los dientes, devorándolos mientras aún gritan. No buscan territorio, buscan alimento. Y cada persona que devoran y no terminan de consumir, se levanta para unirse a ellos.

La Reina soltó un grito ahogado, un sonido de puro terror que pareció desgarrar la noche. Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron.

—¡Madre! —exclamó Pedri, lanzándose para atraparla, pero el Rey fue más rápido, sosteniéndola contra su pecho mientras ella se desvanecía en un desmayo profundo.

—¡Guardias! —rugó el monarca—. ¡Llamad al médico real! ¡Traed una camilla de inmediato!

El caos estalló en el jardín. Pedri observó, paralizado, cómo se llevaban a su madre hacia el ala médica del palacio. Se quedó solo en medio de los rosales, con el eco del grito de la Reina resonando en sus oídos. La revelación de su padre había cambiado las reglas del juego. Ya no era una guerra defensiva; era una lucha por no ser devorados.

Pedri caminó hacia la sala de espera principal, un salón inmenso de techos altos que ahora se sentía como una tumba. Allí encontró a los demás. Nadie dormía. La noticia del desmayo de la Reina se había extendido como el fuego en la paja seca.

Maite estaba sentada en un rincón, abrazada a sí misma, mientras Lucas le hablaba en susurros. Eric permanecía de pie junto a la ventana, con la mano en el pomo de su espada, mirando hacia la oscuridad exterior como si esperara ver a los muertos emergiendo del bosque en cualquier momento.

Y entonces estaba Ferran.

El caballero estaba apoyado contra una columna, alejado de Sira, quien dormitaba en un diván cercano, ajena por un momento a la gravedad de la situación. Cuando Ferran vio entrar a Pedri, su instinto de protección fue más fuerte que cualquier protocolo. Cruzó la sala en tres zancadas y se detuvo frente al príncipe, lo suficientemente cerca para que Pedri pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo, pero manteniendo la distancia mínima que los ojos de los demás exigían.

—¿Cómo está ella? —preguntó Ferran, su voz grave y cargada de una preocupación que iba más allá del deber.

—El médico está con ella —respondió Pedri, con los labios temblando—. Mi padre le contó... le contó lo que hacen esas cosas. Ferran, comen personas.

El caballero cerró los puños, el metal de sus guanteletes crujiendo.

—Lo sé —dijo Ferran en un susurro apenas audible—. Algunos de mis hombres en la frontera mencionaron escenas dantescas, pero pensamos que eran exageraciones del miedo. Dios nos perdone si es verdad.

Pedri levantó la vista hacia él, buscando desesperadamente un ancla.

—Tengo miedo, Ferran. Por primera vez, no sé si tu espada será suficiente.

Ferran dio un paso más, rompiendo la barrera de la prudencia. Su mano rozó brevemente el antebrazo de Pedri, un contacto fugaz que inyectó una chispa de fuerza en el príncipe.

—Escúchame, Pedri —dijo Ferran, mirándolo fijamente a los ojos con una intensidad feroz—. Mientras yo respire, nada te tocará. Ni los vivos, ni los muertos, ni las sombras que caminan. Si el mundo se va al infierno, yo seré el escudo que te mantenga a salvo en medio de las llamas.

—¿Y quién te protegerá a ti? —preguntó Pedri con tristeza.

—Tu seguridad es mi única protección —respondió el caballero con una solemnidad absoluta.

En ese momento, Sira se despertó y, al ver a su esposo tan cerca del príncipe, se incorporó con una expresión de sospecha.

—Ferran, ven aquí —ordenó ella, con su voz habitual de mando—. Tengo frío y necesito que me escoltes a mis aposentos. Si la Reina está enferma, no hay nada que podamos hacer aquí.

Ferran tensó la mandíbula, pero asintió con rigidez.

—Debo irme, mi señor —dijo, dirigiendo una última mirada cargada de promesas silenciosas a Pedri antes de volverse hacia su esposa.

Pedri se quedó en la sala, observando cómo Ferran se alejaba con la mujer que lo chantajeaba, mientras su hermana lloraba en brazos de Lucas y su padre rezaba en el cuarto de al lado.

La noche parecía no tener fin. El médico real salió finalmente de la habitación de la Reina, con el rostro sombrío.

—Está estable, pero el choque ha sido muy fuerte para su corazón —informó a los presentes—. Necesita reposo absoluto y silencio.

El Rey salió tras él, pareciendo un hombre que hubiera envejecido veinte años en una noche. Miró a los príncipes y a los generales que aún quedaban en la sala.

—Preparad los suministros —dijo el monarca con una voz que no admitía réplica—. Reforzad las puertas de la ciudad baja. Repartid aceite y antorchas a cada ciudadano capaz de sostener una.

—¿Padre? —intervino Pedri.

—Mañana al alba —continuó el Rey, ignorándolo—, enviaremos una patrulla de sacrificio a la aldea más cercana que haya caído. Necesitamos saber si hay alguna debilidad en esas criaturas. Ferran liderará la expedición.

Pedri sintió que el mundo se detenía. Mandar a Ferran a una aldea de muertos vivientes que comían carne humana era casi una sentencia de muerte.

—¡No podéis hacer eso! —exclamó Pedri, dando un paso al frente con una valentía que sorprendió a todos—. ¡Es vuestro mejor general! ¡Lo necesitamos aquí para defender el castillo!

—Precisamente porque es el mejor, es el único que puede volver con información útil —replicó el Rey con frialdad—. Es una decisión tomada, Pedri. Ve a descansar.

El príncipe retrocedió, sintiendo una náusea creciente. Miró a su alrededor; Maite estaba pálida, Lucas asentía con resignación guerrera y Eric sonreía con una crueldad oculta, probablemente complacido de que el hombre que Sira deseaba fuera enviado al peligro.

Pedri no fue a descansar. Se quedó en la gran ventana del salón, viendo cómo las primeras luces del alba empezaban a iluminar el horizonte. Pero no era una luz de esperanza; era una claridad fría que revelaba la inmensidad del peligro que acechaba en los bosques.

Sabía que Ferran estaría preparándose en la armería. Sabía que Sira estaría durmiendo, ajena al sacrificio de su esposo. Y sabía que él, el príncipe tímido y adorable, no podía quedarse de brazos cruzados mientras el hombre que amaba marchaba hacia las fauces de la muerte.

—Si él es mi escudo —susurró Pedri para sí mismo, apretando los puños—, yo tendré que ser su espada.

Esa noche nadie durmió en el reino, pero mientras los reyes planeaban defensas y los generales afilaban sus aceros, Pedri tomó una decisión que cambiaría el curso de la plaga. Si el amor era lo único que sobrevivía a la muerte, él se encargaría de que la muerte no tuviera la última palabra. La peste de los zombis había llegado, pero con ella, el despertar de un príncipe que estaba dispuesto a quemar el mundo con tal de no perder al caballero que le había enseñado a latir.

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