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El amorrrrrr

El Sacrificio del Silencio y la Marcha de los Héroes

La mañana se arrastró sobre el comedor real con la pesadez de una mortaja. El sol, aunque brillante, no lograba calentar la estancia, donde el único sonido que rompía el aire era el tintineo metálico de los cubiertos chocando contra la porcelana. Nadie hablaba. Nadie se atrevía a levantar la vista del plato, como si el simple acto de mirar a otro a los ojos pudiera confirmar los horrores que todos ya conocían en susurros.

Eric, que debido a sus excesos nocturnos aún no había sido informado de los últimos reportes del consejo, observó la escena con una ceja arqueada y una sonrisa cínica que se desvaneció al notar el temblor en las manos de su padre.

—¿Se puede saber qué mosca les ha picado a todos? —preguntó Eric, dejando caer su tenedor con estrépito—. Parece que estuviéramos en un funeral en lugar de un desayuno real.

Pedri, que estaba sentado frente a él, levantó la mirada. Sus ojos estaban inyectados en sangre, carentes de su brillo habitual, pero su voz salió sorprendentemente firme, aunque cargada de una amargura que heló la sangre de los presentes.

—Lo estamos, Eric —dijo Pedri—. Solo que aún no hemos enterrado los cuerpos. Los mensajeros de la Torre Negra han confirmado que esas cosas no solo matan. Devoran a los vivos. Se alzan después de morir y marchan hacia nosotros. No hay cura, no hay tregua. Solo hambre.

El silencio que siguió fue absoluto. Eric palideció, su arrogancia evaporándose mientras procesaba la imagen de una horda de muertos devorando la carne de sus súbditos. Las reinas soltaron gemidos ahogados. La madre de Pedri se tambaleó en su silla, siendo sostenida de inmediato por Maite, quien a pesar de su propio miedo, mantenía una entereza admirable.

Sira se aferró al brazo de su madre, su habitual máscara de superioridad resquebrajada por un terror primigenio. Lucas, al otro lado de la mesa, se levantó para rodear los hombros de su madre y de su suegra, tratando de ofrecer un consuelo que él mismo no sentía. Pedri permanecía inmóvil, con el miedo atenazándole las entrañas, pero negándose a mostrar una sola lágrima frente a los reyes del Oeste.

Ferran, de pie tras la silla de Sira como dictaba el protocolo de su reciente y forzado matrimonio, sintió un impulso casi violento de cruzar la sala y estrechar a Pedri entre sus brazos. Ver al príncipe tan pequeño y vulnerable, enfrentando la verdad con esa valentía desesperada, le quemaba el alma. Sin embargo, se obligó a mantener la compostura militar.

—Majestades —intervino Ferran, su voz resonando con la autoridad de un general veterano—, el miedo es un lujo que no podemos permitirnos. Sugiero que, en lugar de lamentarnos, comencemos los preparativos inmediatos. Debemos fortificar cada brecha y preparar a los hombres para lo impensable. Estar asustados no detendrá a los muertos, pero el acero y el fuego sí lo harán.

Los reyes levantaron la vista hacia él. El padre de Pedri frunció el ceño, molesto por la imprudencia del guardia al romper el protocolo del desayuno, pero el Rey del Oeste asintió lentamente, reconociendo la lógica implacable del caballero.

—Tenéis razón, Ferran —dijo el Rey del Oeste—. La imprudencia de hablar así en la mesa es notable, pero la razón os asiste. No hay tiempo para desayunos tranquilos.

Esa misma tarde, el castillo se transformó en una colmena de actividad febril. Los reyes, los príncipes y los generales se encerraron nuevamente en la Gran Cámara de Consejo para ultimar los detalles de la defensa y la expedición de reconocimiento.

Sira, indignada por ser relegada una vez más a las sombras de los pasillos, intentó irrumpir en la sala.

—¡Dejadme pasar! —gritó Sira a los guardias de la puerta—. ¡Soy la princesa del Oeste! ¡Si ese debilucho de Pedri puede estar ahí dentro, yo tengo más derecho que él!

Las puertas se abrieron de golpe y el Rey, el padre de Pedri, apareció en el umbral con el rostro encendido de furia.

—¡Basta! —rugió el monarca—. Vuestra imprudencia no conoce límites, princesa. Estamos decidiendo el destino de la humanidad y vos hacéis un escándalo por orgullo.

El padre de Sira y Eric se acercaron también, avergonzados por el comportamiento de la joven.

—Sira, calla de una vez —le espetó su padre—. Eres una princesa y no puedes levantarle la voz a un rey, ni a tu esposo, ni a ningún hombre de este consejo. Compórtate o serás recluida en tus aposentos.

El monarca se volvió hacia Ferran, quien observaba la escena con una mezcla de hastío y vergüenza ajena.

—General Ferran —dijo el Rey con severidad—, os ordeno que pongáis orden en vuestro matrimonio. No podemos permitir estas distracciones mientras el enemigo marcha hacia nuestras puertas.

Ferran asintió, aunque el mandato le supo a ceniza. Eric también regañó a su hermana, recordándole que su posición dependía de su obediencia en tiempos de crisis. Maite, que había presenciado todo desde una distancia prudencial, se acercó y pidió con calma que se apresuraran a tomar las decisiones finales, pues el tiempo se agotaba.

Pasaron tres días de una tensión insoportable. Los informes confirmaban que la horda venía desde el norte, una marea de sombras y carne putrefacta que avanzaba sin descanso. El castillo se había convertido en una fortaleza inexpugnable: arqueros en las almenas, calderos de aceite hirviendo listos y las puertas reforzadas con vigas de hierro.

Pero la defensa no era suficiente. Se necesitaba una salida, un ataque preventivo para frenar el avance en el desfiladero.

La tarde de la partida llegó con un cielo plomizo. En el patio de armas, los caballos relinchaban nerviosos, presintiendo el horror que les esperaba. Los soldados se despedían de sus familias en susurros ahogados.

Maite se aferraba a Lucas, con el rostro escondido en su pecho.

—No vayas, Lucas... te lo ruego —sollozaba ella—. He visto lo que esas cosas hacen. No quiero que te conviertas en uno de ellos.

—Tengo que hacerlo, Maite —respondió Lucas, besándole la frente con ternura—. Si no los frenamos allí, no habrá castillo que nos proteja. Lo hago por ti, para que tengas un mañana.

Sira, por primera vez, parecía genuinamente aterrada. Su padre, su hermano y su esposo estaban listos para partir hacia una muerte casi segura.

—Padre... Eric... —Sira temblaba, mirando a Ferran con una mezcla de posesividad y miedo—. No quiero quedarme sola. No vayáis.

Pero los hombres no escuchaban. El deber y la supervivencia pesaban más que las súplicas.

Pedri estaba apartado de la multitud, cerca de una de las columnas de piedra del patio. No se acercó a nadie. No hubo abrazos para él, ni promesas susurradas al oído. Sus ojos estaban anegados en lágrimas que se negaba a dejar caer, observando la figura de Ferran, quien ajustaba las correas de su montura con movimientos mecánicos.

Ferran sintió la mirada de Pedri como una quemadura en la espalda. Quiso girarse, quiso correr hacia él y decirle que todo lo que hacía, cada tajo que daría y cada riesgo que correría, era por él. Pero Sira estaba allí, vigilante incluso en su dolor, y los reyes observaban.

—Es hora —dijo Ferran, su voz proyectándose sobre el ruido del patio.

Fue el primero en montar. No miró atrás. Espoleó a su caballo y salió por el gran portón, seguido por Eric, Lucas y el grueso de la caballería. El sonido de los cascos contra el puente levadizo fue como el redoble de un tambor fúnebre.

En el momento en que la última capa desapareció tras el recodo del camino, la fuerza de Pedri se desvaneció.

—¡Ferran! —el grito quedó atrapado en su garganta, convirtiéndose en un sollozo desgarrador.

Pedri se derrumbó de rodillas en el suelo frío del patio, rompiendo a llorar con una angustia que parecía no tener fin. Maite corrió hacia él, envolviéndolo en sus brazos mientras ella misma lloraba por Lucas. Sira, a unos metros de distancia, se dejó caer sobre un banco de piedra, ocultando el rostro entre las manos, sus sollozos uniéndose al coro de lamento de las reinas y las doncellas.

El patio de armas, antes lleno de la testosterona y el acero de los guerreros, quedó habitado solo por el llanto de los que se quedaban atrás, unidos por el hilo invisible del miedo y la incertidumbre de no saber si volverían a ver a sus seres queridos como hombres o como monstruos hambrientos. Las próximas horas decidirían el destino del mundo, pero para Pedri, el mundo ya se había acabado en el momento en que el caballero de la armadura dorada se perdió de vista en el horizonte.

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