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El guerrero sayajin

Llamas de Orgullo y el Maestro de la Esperanza

Gohan caminaba por los pasillos de la Academia Kuoh con una expresión de ligera preocupación. Aunque solo llevaba un par de días en la institución, sus sentidos agudizados le permitían percibir los cambios en la atmósfera antes que a cualquier otro. Al acercarse al edificio del Club de Investigación de lo Oculto, una presión densa y desagradable golpeó sus sentidos. No era solo el Ki de Rias y los demás; había una presencia nueva, una que desprendía un calor sofocante y una arrogancia que se sentía como un sabor amargo en el aire.

—Esta energía... es sofocante —murmuró Gohan para sí mismo, acelerando el paso—. Hay alguien con malas intenciones ahí dentro. No se siente como la curiosidad de Rias-san, esto es malicia pura.

Al abrir las puertas del club, la escena que encontró lo dejó paralizado por un segundo. El salón, usualmente elegante y tranquilo, estaba envuelto en una tensión insoportable. En el centro, un hombre de cabello rubio oxigenado y un traje que gritaba opulencia se pavoneaba con una sonrisa de superioridad. Era Raiser Phenex.

—¡Entiéndelo de una vez, mi querida Rias! —exclamó Raiser con una voz que destilaba veneno—. Este matrimonio ha sido decidido por nuestras familias. Eres mi prometida, y tu deber es aceptar tu lugar a mi lado.

Rias Gremory estaba de pie, con los puños apretados y el rostro encendido de furia. Sus ojos carmesí brillaban con un odio contenido que Gohan nunca le había visto.

—¡Ya te lo he dicho, Raiser! —gritó Rias—. ¡No soy un objeto que puedas reclamar! ¡Anularé este compromiso aunque sea lo último que haga!

Raiser soltó una carcajada estridente y, con una confianza asquerosa, extendió su mano para intentar tocar la mejilla de Rias de forma lasciva. Issei, que estaba a pocos metros, no pudo contenerse más.

—¡Oye, tú, idiota rubio! —rugió Issei dando un paso al frente—. ¡Rias-san ha dicho que no! ¡No me importa si eres un noble o un rey, deja de tocarla!

Raiser ni siquiera se molestó en mirar al joven castaño. Con un gesto de desdén, hizo una señal a una de las chicas de su séquito, quien sostenía una vara imbuida en energía mágica.

—Qué ruidoso es este siervo —dijo Raiser con frialdad—. Mira, hazlo callar. Rompe un par de sus huesos para que aprenda su lugar.

La chica se lanzó hacia Issei con una velocidad sorprendente para un humano, pero ridícula para un guerrero como Gohan. La vara descendió con fuerza, buscando el hombro de Issei, pero el golpe nunca llegó a su destino.

En un parpadeo, Gohan apareció frente a Issei. Sin aparente esfuerzo, detuvo la vara con la palma de su mano. El impacto generó una onda de choque que hizo ondear las cortinas del salón, pero Gohan ni siquiera se movió un milímetro.

—¿Quién...? —la chica del clan Phenex abrió los ojos de par en par, tratando de retirar su arma, pero era como si estuviera atrapada en una prensa hidráulica.

—Gohan-kun... —susurró Rias, sintiendo un alivio instantáneo al ver la espalda del joven híbrido.

Gohan soltó la vara y miró fijamente a Raiser. Sus ojos negros, usualmente amables, ahora tenían una chispa de acero.

—No sé quién eres —dijo Gohan con una calma que resultaba aterradora—, pero no me gusta la forma en que tratas a mis amigos. Rias-san claramente no quiere estar cerca de ti. Deberías irte.

Raiser soltó una carcajada, mirando de arriba abajo al niño de doce años.

—¿Y quién es este mocoso? ¿Una nueva mascota, Rias? —Raiser caminó hacia Gohan, rodeándolo como un depredador—. Escucha bien, niño. Soy Raiser Phenex, un demonio de clase alta y poseedor de la inmortalidad del fénix. No eres más que un insecto en mi camino.

—Puede que seas inmortal —respondió Gohan, sin retroceder—, pero eso no significa que no puedas sentir dolor. Si intentas lastimar a Rias o a Issei otra vez, te detendré.

Rias corrió hacia Gohan, poniéndole una mano en el brazo.

—¡Gohan, no! —suplicó ella—. No conoces su poder. Él es un Phenex, sus heridas se curan al instante. No quiero que te lastimes por mi culpa.

Gohan le dedicó una sonrisa reconfortante.

—No te preocupes, Rias-san. Estaré bien.

Raiser, enfurecido por ser ignorado, lanzó un puñetazo envuelto en llamas hacia el rostro de Gohan.

—¡Muere, mocoso pretencioso!

Sin embargo, el puño de Raiser solo golpeó el aire. Gohan había desaparecido. Un segundo después, se escuchó un estruendo masivo. Raiser salió volando por los aires, atravesando el salón hasta incrustarse en la pared del fondo, dejando una grieta profunda en el concreto.

Gohan estaba en el centro de la habitación, con los dedos índice y corazón en su frente, concentrando una cantidad de Ki que hizo que las luces del edificio parpadearan.

—¡Ka... me...! —comenzó Gohan, y el aire empezó a arremolinarse violentamente a su alrededor.

—¡Basta! —una voz autoritaria y gélida resonó en todo el club.

Un círculo mágico apareció en el techo y de él descendió Grayfia Lucifuge, la Reina de Sirzechs. Su sola presencia enfrió los ánimos de todos. Raiser salió de los escombros, regenerando sus heridas, aunque su rostro estaba pálido de la impresión.

—Se ha decidido que este conflicto se resolverá mediante un Rating Game —declaró Grayfia, mirando a Rias y luego a Gohan con una ceja levantada—. Rias Gremory, si ganas, el matrimonio será anulado. Tienes diez días para prepararte.

Raiser, recuperando su compostura pero lanzando una mirada de puro odio a Gohan, asintió.

—Diez días no cambiarán nada. Me vengaré de ese golpe, niño. Disfruta de tu vida mientras puedas.

Cuando los Phenex se marcharon, el silencio volvió al club, pero era un silencio cargado de urgencia. Grayfia miró a Gohan.

—Son Gohan, como no eres un demonio y no formas parte de las piezas de Rias, no puedes participar directamente en el juego. Son las reglas del Inframundo.

Rias bajó la mirada, desanimada. Sabía que sin Gohan, sus posibilidades contra un veterano como Raiser eran mínimas. Pero Gohan dio un paso al frente.

—No puedo pelear por ustedes, pero puedo ayudarlos a que ustedes mismos ganen —dijo Gohan con determinación—. Rias-san, déjenme entrenarlos. En diez días, les enseñaré a usar el Ki. Si combinan su poder demoníaco con el Ki, nadie podrá detenerlos.

Rias miró a Gohan con ojos brillantes. En ese momento, no solo veía a un aliado poderoso, sino a alguien que realmente se preocupaba por ella. Un sentimiento cálido, diferente a la amistad, empezó a florecer en su pecho.

—Gracias, Gohan-kun. Aceptamos tu ayuda.

Esa noche, Gohan regresó a la Montaña Paoz. Al entrar, encontró a su padre, Goku, haciendo algunas flexiones en el patio bajo la luz de la luna.

—¡Papá! ¡Necesito tu ayuda! —exclamó Gohan, corriendo hacia él.

Goku se puso de pie, limpiándose el sudor con una sonrisa.

—¿Qué pasa, Gohan? Te ves muy emocionado.

Gohan le explicó toda la situación: el compromiso de Rias, la arrogancia de Raiser y la necesidad de entrenar a sus amigos en solo diez días. Le habló detalladamente de cada uno de ellos.

—Rias-san tiene el Poder de la Destrucción, pero se agota rápido —explicó Gohan—. Akeno-san usa rayos, pero su energía es inestable. Kiba es muy rápido con la espada, pero le falta fuerza física. Asia es una sanadora increíble, y Koneko-chan... ella ya sabe usar el Ki, papá, pero parece que tiene miedo de hacerlo. Y luego está Issei, tiene un dragón dentro de él, pero no sabe cómo canalizar ese poder.

Goku escuchó con atención, rascándose la barbilla mientras procesaba la información.

—Diez días es muy poco tiempo para enseñarles a dominar el Ki desde cero —dijo Goku con seriedad—, pero si son tan talentosos como dices, podemos lograrlo. Yo me encargaré de Issei y de esa pequeña, Koneko. Sé lo que es tener un poder que te asusta, y creo que puedo ayudarla a superar ese trauma. Además, ¡tengo mucha curiosidad por ver a ese dragón!

Gohan sonrió ampliamente.

—¡Gracias, papá! Yo me encargaré de Rias, Akeno, Kiba y Asia. Tengo planes específicos para cada uno.

A la mañana siguiente, el Clan Gremory se encontraba en un recinto privado de la familia de Rias en las afueras de la ciudad. Era una mansión rodeada de bosques y montañas, el lugar perfecto para un entrenamiento que destruiría cualquier estructura normal.

Rias, Akeno, Kiba, Issei, Asia y Koneko estaban esperando en el gran jardín trasero. Todos estaban nerviosos.

—¿Creen que Gohan-kun realmente pueda hacernos tan fuertes en diez días? —preguntó Asia, abrazando su báculo.

—Gohan no es un niño normal, Asia —respondió Kiba, ajustándose los guantes—. Si lo que vimos ayer fue solo una muestra, no puedo imaginar lo que es su verdadero entrenamiento.

De repente, dos ráfagas de viento descendieron del cielo con un silbido agudo. El impacto levantó una nube de polvo. Cuando esta se disipó, el clan Gremory quedó mudo de la impresión.

Gohan estaba allí, pero no vestía su uniforme escolar. Llevaba su dogi morado, con muñequeras azules y una faja roja, el atuendo que le había dado el señor Piccolo. Su postura era firme y su mirada irradiaba una confianza absoluta. Pero lo que más llamó la atención fue el hombre que estaba a su lado.

Goku vestía su clásico traje naranja con el kanji de "Tortuga". Su sola presencia emanaba una presión tan vasta y pacífica que incluso Issei sintió que el aire se volvía más pesado.

—¡Hola a todos! —saludó Goku con una mano en alto y una sonrisa radiante—. Gohan me habló mucho de ustedes. Soy su padre, Son Goku.

Rias se quedó sin aliento. Había visto fotos y escuchado leyendas, pero tener frente a ella al hombre que derrotó al emperador del universo era algo difícil de procesar.

—Es... es un honor, Son Goku-sama —dijo Rias, haciendo una reverencia profunda, seguida de inmediato por los demás.

—¡No hace falta tanta formalidad! —rió Goku—. Estamos aquí para trabajar duro. Gohan, ¿empezamos?

Gohan asintió y dio un paso al frente.

—Escuchen bien. Estos diez días serán los más difíciles de sus vidas. No entrenaremos magia, entrenaremos el espíritu y el cuerpo. Rias-san, Akeno-san, Kiba y Asia, vendrán conmigo. Vamos a trabajar en la circulación del Ki para potenciar sus habilidades naturales.

Gohan miró a Kiba.

—Kiba, tu velocidad es buena, pero tus ataques carecen de peso. Te enseñaré a concentrar el Ki en la punta de tu espada para que puedas cortar incluso el acero más denso sin esfuerzo.

Luego se dirigió a Rias y Akeno.

—Ustedes dos tienen un poder destructivo inmenso, pero lo lanzan como si fuera agua. Les enseñaré a comprimirlo. Un pequeño punto de energía concentrada es mil veces más letal que una gran explosión dispersa.

Mientras tanto, Goku se acercó a Issei y Koneko. Issei estaba temblando un poco.

—Así que tú tienes al Dragón Rojo, ¿eh? —Goku puso una mano en el hombro de Issei y, por un momento, Issei sintió como si una montaña entera lo estuviera sosteniendo—. Tienes mucho potencial, pero tu cuerpo es demasiado débil para el poder que guardas. Si no fortalecemos tus músculos y tu voluntad, ese dragón te consumirá antes de que puedas ganar.

Goku luego miró a Koneko, quien mantenía la mirada baja.

—Y tú, pequeña... huelo el Senjutsu en ti. Es una energía hermosa y natural. No tienes por qué temerle a lo que eres. El poder no es bueno ni malo, lo que importa es el corazón de quien lo usa. Yo te enseñaré a reconciliarte con esa fuerza.

Koneko levantó la vista, sorprendida por la calidez en las palabras de Goku. Nadie, aparte de Rias, le había hablado con tanta comprensión sobre su naturaleza.

—¡Muy bien! —exclamó Gohan—. ¡A sus posiciones! ¡El primer paso es aprender a sentir la energía de la naturaleza!

El entrenamiento comenzó de inmediato. Bajo la supervisión de los dos Sayayines, el Clan Gremory empezó a realizar ejercicios que desafiaban la resistencia física y mental. Flexiones con rocas gigantes sobre sus espaldas, meditación bajo cascadas de agua helada y combates de práctica a velocidades que apenas podían manejar.

Rias observaba a Gohan mientras él le explicaba cómo respirar para sincronizar su Ki con su Poder de la Destrucción. Verlo tan concentrado, tan dedicado a ayudarla, hizo que su corazón latiera con fuerza. "No solo es un guerrero legendario", pensó Rias, "es el alma más noble que he conocido".

A lo lejos, Goku reía mientras esquivaba los golpes desesperados de Issei.

—¡Vamos, Issei! ¡Si no me golpeas al menos una vez antes del atardecer, no habrá cena!

—¡Eso es imposible, viejo! —gritaba Issei, aunque en el fondo, sentía que por primera vez estaba empezando a entender qué significaba realmente ser un guerrero.

Los diez días apenas comenzaban, pero el destino de la casa Gremory ya estaba cambiando. El poder de los Sayayines no solo les daría la fuerza para vencer a Raiser, sino que les abriría las puertas a un nivel de existencia que los demonios nunca creyeron posible. En las montañas de Kuoh, el rugido de los dragones y el grito de guerra de los Sayayines se fundían en un solo eco de esperanza.