El Hijo de El Más Fuerte
El rugido del fénix de ceniza
La quietud en el Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre era un espejismo, una capa de barniz sobre una estructura que crujía bajo el peso de mil maldiciones. Para Shoko Ieiri, esa calma se había vuelto especialmente frágil. Tres meses de embarazo no eran fáciles de ocultar cuando se compartía pasillo con hechiceros cuyos sentidos estaban entrenados para detectar la más mínima alteración en el flujo de la vida.
Shoko se ajustó la bata de laboratorio, que ahora le quedaba notablemente más estrecha. Se miró al espejo de la morgue y suspiró. El cansancio no era solo físico; era la erosión constante de vivir una mentira frente a los ojos más poderosos del mundo. Aunque Satoru ya lo sabía, y su protección era un muro absoluto, el resto del mundo seguía siendo una amenaza.
—Deberías dejar de mirarte así —dijo una voz desde la sombra de la puerta—. Vas a terminar haciéndote un agujero en la frente de tanto pensar.
Utahime Iori entró en la habitación, cerrando la puerta con un clic sonoro. Traía consigo un fardo de amuletos de supresión de energía que Shoko utilizaba para camuflar el doble latido que emanaba de su cuerpo.
—Es difícil no pensar cuando siento que camino sobre cristales rotos, Utahime —respondió Shoko, aceptando los amuletos—. Satoru está cada vez más paranoico. Ayer casi destruye un campo de entrenamiento porque un espíritu de grado tres se acercó demasiado a la enfermería.
—Ese idiota no sabe lo que es la sutileza —bufó Utahime, sentándose en la mesa metálica—. Pero tiene razones para estar alerta. Algo no huele bien en la academia. Desde que perdimos el rastro de Mechamaru, el ambiente está... cargado.
Shoko asintió. Kokichi Muta, el chico detrás de Mechamaru, había desaparecido, y con él, la seguridad de que los secretos de la escuela estaban a salvo. Lo que nadie sabía aún era que Mechamaru no solo había muerto a manos de Mahito tras cumplir su voto vinculante, sino que en sus últimos momentos de desesperación y transmisión de datos, la información más sensible de la facción de Gojo había sido filtrada.
Las maldiciones ahora lo sabían. Sabían que el "Más Fuerte" tenía un ancla. Un punto de presión. Un heredero.
El silencio de la morgue fue roto súbitamente por una explosión que hizo vibrar los cimientos del edificio. Las luces parpadearon y se apagaron, dejando el lugar sumergido en una penumbra rojiza alimentada por las alarmas de emergencia.
—¿Qué demonios...? —Utahime se puso en pie de un salto, invocando su energía maldita.
—El velo —susurró Shoko, sintiendo una presión gélida en la nuca—. Alguien ha bajado un velo sobre la escuela.
No era un ataque común. No eran flechas de energía ni explosiones aleatorias. Era un asalto quirúrgico. En el patio central, el aire se rasgó para dar paso a una figura desgarbada, de piel cosida y ojos heterocromáticos que brillaban con una alegría malévola. Mahito caminaba por el recinto como si fuera el dueño del lugar, seguido por una estela de humanos transfigurados que gruñían y se retorcían.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Mahito, extendiendo los brazos—. Así que aquí es donde esconden el tesoro. Kokichi fue muy amable al dejarnos el mapa antes de romperse.
A unos metros de él, Nanami Kento y el Director Yaga salieron al encuentro, con los rostros endurecidos por la gravedad de la situación.
—No deberías estar aquí, maldición —dijo Yaga, con sus manos ya imbuidas en energía para animar a sus cadáveres malditos.
—Oh, no he venido por ustedes, ancianos —rio Mahito, transformando su brazo en una cuchilla de hueso—. He venido por la doctora. Dicen que lleva algo muy interesante en su interior. Algo que Satoru Gojo valoraría más que su propia vida. Imaginen el festín de desesperación que sentirá el hombre más fuerte del mundo cuando vea a su linaje convertido en... bueno, en una de mis obras de arte.
Nanami apretó el agarre de su espada envuelta en tela. La mención del secreto de Shoko congeló la sangre de los presentes. El traidor no solo había revelado las defensas; había entregado el corazón de Satoru en bandeja de plata.
—No darás un paso más —sentenció Nanami, lanzándose al ataque con una precisión matemática.
Mientras la batalla estallaba en el exterior, Shoko y Utahime intentaban salir de la morgue por el túnel de evacuación. Sin embargo, el camino fue bloqueado por una masa de carne oscura que goteaba desde el techo. Hanami, la maldición de los bosques, emergió de las sombras, sus cuernos de madera crujiendo.
—La vida que llevas es un insulto a la naturaleza —la voz de Hanami resonó directamente en sus mentes—. Un híbrido de tal poder no debe nacer. El equilibrio exige tu sacrificio.
Utahime se puso delante de Shoko, extendiendo sus brazos.
—¡Atrás, Shoko! —gritó—. ¡No dejes que te toque!
—Utahime, no puedes enfrentarte a un grado especial sola —dijo Shoko, buscando desesperadamente su bisturí imbuido en energía, aunque sabía que sus habilidades de combate eran limitadas comparadas con las de sus compañeros.
—¡No estoy sola! —replicó Utahime, comenzando a entonar su ritual para potenciar la energía de todos los aliados en el rango—. ¡Corre hacia el ala oeste! ¡Satoru está en camino, lo siento!
Pero Satoru no estaba en camino. El velo que rodeaba la escuela no era solo para ocultar el ataque; era una barrera diseñada específicamente para filtrar su firma de energía, un laberinto espacial que lo mantenía saltando entre dimensiones vacías a kilómetros de distancia, luchando contra una técnica de barrera de nivel divino que Kenjaku había preparado con meses de antelación.
Shoko corrió por los pasillos, sintiendo el peso de su vientre como nunca antes. Cada respiración le quemaba los pulmones. Al doblar una esquina, se encontró cara a cara con Mahito, quien se había deshecho de Nanami momentáneamente gracias a una distracción de sus humanos transfigurados.
—Te encontré, pequeña humana —dijo Mahito, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja—. Tienes un alma muy curiosa ahora mismo. Es como si dos llamas estuvieran intentando fundirse en una sola. ¿Qué pasará si las soplo?
Mahito extendió su mano hacia el vientre de Shoko. Ella cerró los ojos, protegiendo su abdomen con sus propios brazos, esperando el contacto que deformaría su alma y la de su hijo.
Pero el contacto nunca llegó.
Un estruendo sordo, como si el mismo tejido de la realidad se hubiera rasgado, sacudió el pasillo. Una presión gravitatoria tan inmensa que Mahito fue aplastado contra el suelo, sus huesos crujiendo bajo un peso invisible.
—Te atreviste a tocarla —la voz no era la de Satoru Gojo, el maestro juguetón. Era la voz de una deidad enfurecida.
Satoru estaba allí, pero no flotaba. Estaba de pie, con la venda desgarrada colgando de un lado de su rostro, revelando un ojo azul que brillaba con una luz blanca cegadora. Su aura era tan densa que las paredes de hormigón se desintegraban a su paso. Había forzado su entrada a través del velo, rompiendo las leyes del espacio-tiempo por pura rabia.
—Satoru... —susurró Shoko, dejándose caer de rodillas, temblando por la descarga de adrenalina.
Gojo no la miró de inmediato. Su atención estaba fija en Mahito, quien intentaba regenerarse mientras su cuerpo era comprimido por el "Azul" de Satoru.
—Iba a dejar que los chicos se encargaran de ustedes este semestre —dijo Satoru, dando un paso adelante. El suelo bajo sus pies se convirtió en polvo—. Pero han cometido el error de creer que mi paciencia es infinita. Han amenazado lo único que me hace sentir humano.
—¡Gojo Satoru! —gritó Mahito, riendo entre dientes a pesar de que su mandíbula estaba desencajada—. ¡Ya es tarde! ¡Los ancianos lo saben! ¡El secreto está fuera! ¡Tu debilidad es pública!
—¿Debilidad? —Satoru soltó una carcajada que heló la sangre de Shoko—. Crees que tener algo por lo que luchar me hace débil. Qué pensamiento tan propio de una maldición.
Con un movimiento casi imperceptible de sus dedos, Satoru activó una técnica que Shoko nunca le había visto usar con tal ferocidad. No fue un Púrpura masivo, sino una serie de micro-vacíos que comenzaron a despedazar a Mahito átomo por átomo, impidiendo cualquier tipo de regeneración.
—¡Satoru, basta! —gritó Shoko—. ¡Vienen los refuerzos del alto mando! Si te ven así, si ven esto...
Satoru se detuvo. Giró la cabeza y, por fin, sus ojos se suavizaron al posarse en Shoko. En un parpadeo, estuvo a su lado, envolviéndola en sus brazos. El Infinito los rodeaba, creando una burbuja de silencio absoluto en medio del caos.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz temblando ligeramente—. ¿Él... el bebé está bien?
Shoko asintió, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el latido frenético del corazón de Satoru contra su oído.
—Estamos bien. Pero Mahito tiene razón. Se acabó el secreto, Satoru. Utahime, Yaga, Nanami... y ahora las maldiciones. Los ancianos no tardarán en llegar con sus "sentencias".
Satoru la apartó un poco, tomándole el rostro con ambas manos. Su mirada era de una determinación absoluta.
—Que vengan —dijo él—. He pasado años jugando a ser su herramienta, manteniendo este sistema podrido solo porque era lo más fácil. Pero si creen que voy a permitir que toquen a mi familia, es que no han entendido quién soy realmente.
En ese momento, varias figuras aterrizaron en el patio. Eran los emisarios del alto mando, hechiceros de clanes conservadores que habían llegado tras la caída del velo. Al ver a Gojo sosteniendo a Ieiri, y notar la energía que emanaba de la doctora, sus rostros pasaron de la confusión a la indignación.
—¡Gojo Satoru! —exclamó uno de los ancianos, un hombre de rostro severo y túnica tradicional—. ¡Explicad esto de inmediato! ¿Es cierto lo que dicen los informes de inteligencia? ¿Habéis engendrado un descendiente fuera de los protocolos de los clanes? ¡Esto es una traición a la estabilidad del mundo de la hechicería!
Satoru se giró hacia ellos, pero no soltó la mano de Shoko. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de ella, mostrándolos al mundo.
—No es una traición —dijo Satoru, y su voz resonó por toda la academia como un trueno—. Es una evolución. Y si tienen algún problema con el hecho de que el próximo portador de los Seis Ojos o de la Técnica de Inversión más poderosa del mundo esté en camino, los invito a intentar detenerme. Pero les advierto... hoy no estoy de humor para ser diplomático.
Los ancianos retrocedieron, intimidados por la presión que Satoru liberaba. Nanami, que se acercaba cojeando y limpiándose la sangre de la frente, intercambió una mirada con Shoko. Había cansancio en sus ojos, pero también un respeto renovado.
—Parece que las noches de paz en el apartamento se han terminado definitivamente —comentó Shoko, tratando de aligerar la tensión, aunque su mano apretaba la de Satoru con fuerza.
—Al contrario —respondió Satoru, volviendo a ponerse la venda, aunque su aura no disminuyó—. Ahora es cuando empezamos a luchar de verdad por nuestra paz. Shoko, ve con Utahime a la enfermería central. Voy a limpiar este lugar de basura, tanto de maldiciones como de políticos.
—Ten cuidado —le pidió ella.
—Siempre lo tengo —mintió él con una sonrisa arrogante.
Shoko se alejó escoltada por Utahime y los cadáveres malditos de Yaga, que formaron un cordón de seguridad alrededor de ella. Mientras caminaba, se llevó la mano al vientre. Podía sentirlo. El pequeño núcleo de energía en su interior parecía haber respondido a la presencia de su padre, vibrando con una intensidad que prometía un poder sin precedentes.
Esa noche, el Colegio de Tokio no durmió. El ataque de las maldiciones fue repelido, pero la guerra civil silenciosa dentro de la jerarquía de los hechiceros acababa de estallar. Shoko Ieiri, la mujer que siempre había preferido las sombras y el silencio de la morgue, se encontraba ahora en el centro del huracán.
Satoru se quedó solo en el patio, observando cómo los últimos restos de Mahito se desvanecían en el aire. Sabía que el camino por delante sería sangriento. Sabía que Kenjaku y los suyos no se detendrían. Pero mientras miraba hacia la enfermería donde Shoko estaba a salvo, sintió una claridad que nunca antes había tenido.
—Lo perfecto tiene patas cortas, ¿eh? —murmuró Satoru para sí mismo, recordando una frase que Shoko solía decir—. Tal vez. Pero lo que nosotros tenemos... eso es infinito.
El sol comenzó a salir sobre las montañas de Tokio, bañando la escuela en una luz dorada que contrastaba con las ruinas de la batalla. El secreto había muerto, pero en su lugar había nacido una resolución inquebrantable. Satoru Gojo ya no era solo el guardián del mundo de la hechicería; era un hombre protegiendo su futuro. Y el mundo pronto descubriría que no había nada más peligroso que un dios con algo que perder.