El Indicado
Daño Colateral y Declaraciones de Guerra
Miyuki Shirogane se consideraba un estratega. Cada día en la Academia Shuchiin era un campo de batalla, y la sala del consejo estudiantil, su cuartel general. Había analizado a sus oponentes, previsto sus movimientos y preparado contraataques para cada posible contingencia. Su principal adversaria, Kaguya Shinomiya, era un enigma envuelto en un acertijo, pero uno que él había aprendido a leer. Conocía sus tácticas, su orgullo, la forma en que sus ojos rojos brillaban justo antes de lanzar una ofensiva verbal. Él había construido todo su mundo en torno a esa danza, a esa guerra.
Y entonces, un día, la guerra simplemente terminó. Y él ni siquiera había sido informado del armisticio.
Fue un proceso gradual, una erosión silenciosa de la realidad que había llegado a dar por sentada. Al principio, pensó que era una nueva y brillante estrategia por parte de ella. La «Táctica de la Indiferencia». Una maniobra psicológica de alto nivel diseñada para desequilibrarlo. Cuando sus intentos de provocarla, sus invitaciones veladas y sus ataques de manual eran recibidos no con un contraataque ingenioso, sino con una sonrisa serena y un desinterés casi clínico, asumió que estaba subiendo la apuesta.
Pero las semanas pasaban, y la indiferencia de Kaguya hacia él solo se solidificaba, mientras que una nueva y alarmante fijación crecía en su lugar. Toda esa energía, esa intensidad aterradora que antes se dirigía a él, ahora tenía un nuevo epicentro: Yu Ishigami.
Shirogane lo observaba todo con la impotencia de un rey depuesto viendo cómo su sucesor era coronado. Veía cómo Kaguya le ofrecía a Ishigami tés exóticos con explicaciones dignas de un botánico, cómo le daba barritas energéticas personalizadas con análisis nutricionales que rivalizaban con los de un atleta olímpico. Escuchaba, atónito, cómo ella entablaba conversaciones con el tesorero sobre videojuegos, citando críticas y mostrando un conocimiento del tema que era a la vez impresionante y profundamente perturbador.
Al principio, intentó racionalizarlo. Era una estrategia para darle celos. Una forma elaborada de hacerle sentir que estaba a punto de perderla, para forzar su confesión. Se aferró a esa idea con la desesperación de un hombre que se ahoga. Pero la evidencia en contra era abrumadora y crecía cada día.
El clavo final en el ataúd de su negación fue el contacto físico.
Kaguya Shinomiya no tocaba a la gente. Su espacio personal era una fortaleza más inexpugnable que la mansión de su familia. Sin embargo, allí estaba, rozando deliberadamente los dedos de Ishigami al pasarle un informe, o peor aún, como ocurrió la semana pasada, inclinándose sobre él para señalar algo en su portátil y dejando que su largo cabello negro rozara su hombro. El pánico y el posterior sonrojo en el rostro de Ishigami eran evidentes, pero la serenidad con la que Kaguya realizaba estos actos era lo que realmente helaba la sangre de Shirogane. No había malicia en ello, ni la tensión de un movimiento de ajedrez. Había… una ternura calculada. Un cuidado que nunca le había dedicado a él.
Era claro. Inevitable. Doloroso.
Había perdido.
No en una batalla gloriosa, no con un jaque mate final, sino por abandono. El campo de batalla había sido desmantelado mientras él seguía puliendo su armadura. La guerra había terminado porque su oponente había encontrado una causa mejor, un frente más interesante. Y la amarga verdad, la que le quemaba en el fondo del estómago cada vez que los veía interactuar, era que no podía culpar a nadie más que a sí mismo.
Fue un cobarde. Durante meses, había tenido la confesión en la punta de la lengua, pero su orgullo, su miedo a ser el que cediera primero, lo habían silenciado. Esperó el momento perfecto, la estrategia perfecta, y mientras esperaba, la oportunidad se había marchitado y muerto.
Lo más frustrante era que ni siquiera podía odiar a Ishigami. ¿Cómo podría? El pobre chico parecía tan desconcertado por la atención como todos los demás, al menos al principio. Era un participante involuntario en un juego cuyas reglas no entendía. No, Ishigami no tenía la culpa. La única culpa era suya.
Así que Miyuki Shirogane, el genio número uno de la nación, el presidente del consejo estudiantil, hizo lo único que podía hacer. Aceptó su derrota en silencio, con una dignidad que no sentía. Observó desde la distancia, un fantasma en su propio cuartel general, y se preguntó qué haría ahora que la guerra de su vida había terminado.
Sin embargo, había otra persona en la sala del consejo estudiantil que observaba la misma escena y llegaba a una conclusión muy diferente. Una que no tenía nada que ver con la aceptación o la resignación.
Miko Iino sentía que su mundo se estaba poniendo patas arriba. Su brújula moral, siempre apuntando firmemente hacia el norte de la justicia y el decoro, giraba sin control. Las primeras seis semanas de la nueva dinámica entre Kaguya e Ishigami la habían dejado con un persistente mal sabor de boca. La actitud de Shinomiya-senpai era… inapropiada. Coqueta. Indecorosa. Era una «regalada».
La palabra resonaba en la cabeza de Miko, fea y acusatoria, cada vez que veía a Kaguya inclinarse sobre Ishigami, su voz un susurro suave, sus ojos fijos en él. ¿No se suponía que estaba en una guerra de amor con el Presidente? ¿No era esa la comidilla de toda la escuela? ¿Cómo podía cambiar de objetivo tan descaradamente? Era frívolo. Indigno de una vicepresidenta.
Pero a medida que las semanas se convertían en meses, la molestia inicial de Miko se transformó en algo más oscuro, más visceral. Una hostilidad fría que se asentaba en su pecho cada vez que Kaguya le sonreía a Ishigami, una sonrisa que Miko nunca había visto en ella, una que carecía de la habitual condescendencia de la heredera Shinomiya.
¿Por qué Ishigami? ¿Desde cuándo? ¿Qué demonios estaba pasando?
La respuesta, dolorosa y punzante, surgió de un rincón de su corazón que prefería mantener cerrado. Era porque era Ishigami. «SU» Ishigami.
No, eso no era correcto. Él no era suyo. Pero… había una parte de ella que sentía que debería serlo. Nadie en esa academia, y ciertamente nadie en esa sala, entendía a Yu Ishigami como ella. Ella lo había visto en su peor momento, en la secundaria, un paria condenado por un acto de justicia que nadie más había entendido. Mientras todos los demás lo señalaban y susurraban, él había aguantado. Y en medio de su propio infierno, había encontrado la manera de apoyarla a ella.
Nunca se lo dijo, nunca se lo agradeció adecuadamente, pero él siempre estuvo allí. El chico que se aseguraba de que sus folletos de moralidad, a menudo tirados a la basura por otros, encontraran su camino de vuelta a su escritorio. El que, a pesar de su reputación de vago, había escrito en secreto una carta al director defendiendo su derecho a hacer cumplir las reglas, incluso cuando era impopular. El único que la había defendido de los matones, no con los puños, sino con una lógica mordaz y un desprecio tan absoluto que los dejaba sin palabras.
Él era la única persona que se había preocupado por ella sin pedir nada a cambio, la que la apoyaba incluso cuando ella no se daba cuenta. Y ahora… ahora Kaguya Shinomiya, con su dinero y su belleza y su encanto calculado, se estaba abalanzando sobre él como una depredadora.
No. No iba a dejarlo ir tan fácilmente. No iba a permitir que Shinomiya-senpai jugara con él como si fuera el último capricho de una niña rica.
La «Operación: Iluminar el Mundo de Ishigami» había entrado en su cuarto mes. El progreso, según los meticulosos gráficos mentales de Kaguya, había alcanzado un satisfactorio 19%. La evolución de Ishigami había sido notable. El terror inicial había dado paso a una confusión agonizante, que a su vez se había disuelto en una curiosidad cautelosa, y finalmente, se había asentado en una cómoda y feliz normalidad.
Ya no se sobresaltaba cuando Kaguya se acercaba. De hecho, sus ojos se iluminaban sutilmente cuando ella entraba en la habitación. Sus conversaciones eran más largas, más fáciles. Él le hablaba de sus juegos, y ella escuchaba, haciendo preguntas que demostraban que realmente había prestado atención. Él, a su vez, empezó a preguntarle sobre su día, sobre los libros que leía. El muro entre ellos, antes una fortaleza de pánico y sospecha, se había convertido en una valla baja y agradable sobre la que podían charlar. Parecía feliz. Tranquilo.
Ese viernes, Kaguya decidió que era hora de una nueva ofensiva, una que llevaría la batalla fuera de los confines de la sala del consejo.
—Ishigami-kun —dijo casualmente mientras él guardaba sus cosas—. Tengo que hacer unas compras en el centro comercial de Shinjuku. Hay una nueva pluma estilográfica alemana que quiero probar. Me preguntaba si te gustaría acompañarme. Podríamos pasar por la sección de electrónica después. He oído que la nueva tarjeta gráfica de Nvidia ya está en exhibición.
El cebo fue lanzado con una precisión quirúrgica. Mencionó algo de su interés (la pluma, que sonaba aburrida pero establecía un pretexto), seguido de algo de interés para él (la tarjeta gráfica, el santo grial de cualquier jugador de PC).
Ishigami parpadeó, sorprendido por la invitación directa. Pero la vacilación duró solo un segundo. La idea de pasar una tarde con Shinomiya-senpai, lejos de las miradas curiosas del consejo, era a la vez aterradora y extrañamente atractiva.
—Claro —respondió, un atisbo de sonrisa en sus labios—. No tengo nada mejor que hacer que morir en casa de aburrimiento.
Fue un día extrañamente normal. Divertido. Pasearon por los pasillos relucientes del centro comercial, Kaguya examinando plumas con la seriedad de un cirujano y él ofreciendo comentarios sarcásticos. Luego, como había prometido, fueron a la sección de electrónica, donde Ishigami se quedó embobado ante la nueva tecnología mientras Kaguya fingía interés, aunque en realidad estaba más fascinada por la pasión en los ojos de él.
Fue entonces cuando lo vieron: una promoción para una nueva experiencia de terror en realidad virtual. «Sobrevive al Hospital de las Almas Perdidas».
Los ojos de Ishigami se iluminaron.
—¡Oh, he leído sobre esto! ¡Dicen que los gráficos son hiperrealistas y que la IA del fantasma principal aprende de tus miedos!
Kaguya sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y no era de emoción. Odiaba las películas de terror. Odiaba los sobresaltos. Su control era absoluto en casi todas las áreas de su vida, y la idea de cederlo a un programa informático diseñado para asustarla era abominable.
Pero vio la expresión de niño en la cara de Ishigami, la emoción pura y sin filtros. Y en su mente, la estratega tomó el control.
*Análisis de la situación: Oportunidad de vulnerabilidad compartida. El miedo puede inducir una necesidad de proximidad física. Riesgo: pérdida temporal de la compostura. Recompensa potencial: Un avance significativo en la intimidad física.*
—Suena… fascinante —dijo, su voz una octava más alta de lo normal.
Quince minutos después, estaba sumida en una pesadilla digital. El casco de realidad virtual la aislaba del mundo, sumergiéndola en los pasillos decrépitos y manchados de sangre de un hospital abandonado. Los sonidos eran demasiado reales: el goteo del agua, el susurro de algo en la oscuridad, el llanto lejano de un niño.
Un ruido metálico sonó justo detrás de ella. Soltó un chillido ahogado y, sin pensar, su mano se lanzó a ciegas en la oscuridad del mundo real, buscando algo, cualquier cosa a lo que aferrarse.
Sus dedos encontraron otra mano. Cálida, un poco sudorosa, pero sólida. Real. Era la mano de Ishigami.
Instintivamente, la agarró con la fuerza de una náufraga aferrándose a una tabla. En el juego, un rostro descompuesto apareció de repente frente a ella. Gritó, un grito genuino y sin adornos, y apretó la mano de Ishigami con todas sus fuerzas, escondiendo su rostro virtual contra un hombro que no estaba allí.
Cuando finalmente se quitaron los cascos y la luz brillante del centro comercial volvió a inundar sus sentidos, Kaguya seguía temblando. Y su mano seguía firmemente entrelazada con la de Ishigami.
Él la miraba, no con burla, sino con una expresión de divertida preocupación.
—¿Estás bien, senpai? Te pusiste pálida como un fantasma.
Kaguya se dio cuenta de que seguía aferrada a él. Su corazón, que ya latía con fuerza por el miedo, se aceleró por una razón completamente diferente. Sus mejillas se calentaron. Debería soltarlo. Sería lo normal. Pero la sensación de su mano en la de ella era… reconfortante. Correcta.
—Estoy bien —murmuró, sin hacer ningún movimiento para soltarlo.
Para su sorpresa, él tampoco la soltó. Simplemente se quedó allí, permitiendo el contacto, su pulgar rozando distraídamente el dorso de la mano de ella.
Y así se quedaron. Caminaron por el resto del centro comercial tomados de la mano. Pasaron junto a tiendas de ropa, joyerías y parejas de adolescentes que los miraban con curiosidad. Kaguya Shinomiya, la princesa de hielo, caminando de la mano con Yu Ishigami, el paria otaku. Era una imagen tan improbable que bordeaba lo surrealista.
Para Kaguya, cada segundo era un triunfo. Cada paso, una victoria. El calor de su mano, la conexión silenciosa entre ellos… esto era más real, más significativo que cualquier confesión forzada en una guerra de orgullo. Esto era un 25% de progreso, como mínimo.
El viaje de vuelta a la academia fue silencioso. Siguieron tomados de la mano en el tren, un secreto compartido en medio de la multitud anónima. Se despidieron en la puerta de la escuela, bajo la luz dorada del atardecer.
—Gracias por hoy, Ishigami-kun. Fue… divertido —dijo Kaguya, su voz más suave de lo habitual.
—Sí —asintió él, sin mirarla directamente, la punta de sus orejas teñida de rojo—. Gracias a ti por invitarme.
Finalmente soltó su mano, y la pérdida repentina de calor fue casi dolorosa. Lo vio alejarse, con su habitual caminar encorvado, pero había algo diferente en su postura. Un poco menos de peso sobre sus hombros.
Kaguya se quedó sola, esperando a que el Rolls-Royce de su familia la recogiera. Una sonrisa genuina y radiante iluminaba su rostro. Fue un día perfecto. Un avance crucial. La Operación estaba más encaminada que nunca.
Fue entonces cuando sintió una presencia detrás de ella. Una sombra que bloqueaba la luz del atardecer.
Se dio la vuelta y se encontró con Miko Iino.
Su compañera de consejo estaba allí, de pie, con el uniforme perfectamente planchado, pero su rostro era una máscara de tormenta. Sus ojos, normalmente brillantes de fervor justiciero, estaban oscuros y llenos de una hostilidad que Kaguya no le había visto nunca.
—¿Iino-san? —preguntó Kaguya, su sonrisa desvaneciéndose, su instinto de estratega activándose ante la amenaza implícita—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Miko dio un paso adelante, su mandíbula apretada. Su voz, cuando habló, era baja y temblaba de una furia contenida.
—Aléjate de Ishigami.
La declaración quedó suspendida en el aire, fría y cortante. Kaguya parpadeó, procesando la orden. La audacia era tan inesperada, tan absurda, que su primera reacción fue la confusión. ¿Le estaba dando órdenes? ¿A ella?
Y entonces, la confusión dio paso a la diversión. Una pequeña risa, seca y condescendiente, escapó de sus labios.
—¿Disculpa? ¿Quién te crees que eres para darme órdenes, Iino-san?
—¡No es una orden, es una advertencia! —espetó Miko, su control rompiéndose—. ¡Deja de jugar con él! ¡Él no es uno de tus juguetes!
—¿Jugar con él? —repitió Kaguya, arqueando una ceja. La diversión se estaba convirtiendo en un cinismo helado. Se dio cuenta de lo que estaba pasando. Esto era celos. Posesividad. Qué… adorablemente patético—. ¿Acaso es de tu propiedad, Iino-san? ¿Has reclamado tu derecho sobre él? Porque hasta donde yo sé, Yu Ishigami es un individuo libre, capaz de tomar sus propias decisiones. Y hoy, ha decidido pasar el día conmigo.
La mención del día que habían pasado juntos fue como echar gasolina al fuego. El rostro de Miko se contrajo de dolor y rabia.
—¡Tú no lo entiendes! ¡Él… él es la única persona que…! —se interrumpiy, incapaz de articular el torbellino de gratitud y afecto que sentía por Ishigami. No iba a exponer su corazón así, no frente a ella—. ¡No voy a dejar que lo lastimes!
Kaguya soltó otra risa, esta vez más cruel. Se cruzó de brazos, mirando a Miko desde arriba, la heredera Shinomiya en toda su gloria arrogante.
—¿Lastimarlo? Oh, Iino-san, eres tan ingenua. ¿Por qué iba a querer lastimarlo? Me estoy divirtiendo mucho. Hemos tenido un día maravilloso. Compramos cosas, hablamos, incluso probamos una de esas nuevas experiencias de realidad virtual de terror. Fue tan aterrador… —Kaguya hizo una pausa, su voz volviéndose deliberadamente dulce y venenosa, saboreando cada palabra antes de lanzarla como un dardo—. Tuve que tomar su mano para no morir de miedo. Y, ¿sabes qué fue lo más curioso? No la soltó. Y nos tomamos de la mano por el resto del día.
La imagen que pintó, tan íntima y casual, golpeó a Miko con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Pudo verlos, en su mente, caminando por el centro comercial, sus dedos entrelazados. Un dolor agudo y punzante le atravesó el pecho, seguido de una oleada de odio tan intensa que la dejó sin aliento. Todas sus sospechas, sus peores miedos, se confirmaron en ese instante. Shinomiya no solo estaba coqueteando con él; lo estaba conquistando, robándoselo, manchando algo que Miko consideraba puro.
La rabia ahogó el dolor. Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, crudas y llenas de veneno.
—Entonces eres más puta de lo que pensé.
El silencio que siguió fue absoluto y ensordecedor. El aire pareció congelarse. La sonrisa cínica desapareció del rostro de Kaguya. Su expresión se volvió vacía, sus ojos rojos perdiendo todo rastro de emoción. Fue el silencio antes del rayo.
*¡PLAS!*
El sonido de la bofetada resonó en la quietud del atardecer. Fue un golpe rápido, brutal y preciso. La cabeza de Miko Iino se giró violentamente por la fuerza del impacto. Un ardor feroz se extendió por su mejilla, y sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias por el dolor agudo.
Cayó de rodillas, más por el shock que por la fuerza del golpe, con una mano en su rostro enrojecido.
Kaguya se cernía sobre ella, su pecho subiendo y bajando con una furia helada. La estratega, la jugadora, la encantadora Kaguya había desaparecido. En su lugar estaba la heredera del imperio Shinomiya, una criatura de orgullo y poder absoluto que acababa de ser desafiada de la manera más cruda posible.
Se inclinó, su rostro a centímetros del de Miko, su voz un siseo bajo y letal.
—Escúchame bien, Miko Iino —dijo, cada palabra goteando desprecio—. Jamás, en tu insignificante vida, vuelvas a dirigirte a mí de esa manera.
Se enderezó, alisando una arruga inexistente en su uniforme, su compostura regresando tan rápido como se había ido. Miró a la chica arrodillada en el suelo con una frialdad que congelaba el alma.
—Aprende tu lugar. El mundo no es un comité de moralidad donde tus reglas importan. Es una jerarquía. Y tú estás muy, muy por debajo de mí.
Una limusina negra se detuvo silenciosamente junto a la acera.
—Y en cuanto a él… —añadió Kaguya, su voz volviéndose casi un susurro antes de abrir la puerta del coche—. Nunca fue tuyo para empezar.
Entró en el coche y la puerta se cerró con un suave clic, sellando el mundo exterior. El vehículo se deslizó en el tráfico, desapareciendo tan silenciosamente como había llegado.
Miko Iino se quedó sola en el suelo, bajo el cielo que se oscurecía. El dolor punzante en su mejilla era un eco lejano del dolor que le desgarraba el pecho. Las lágrimas, antes de shock y dolor físico, ahora corrían libremente, calientes y amargas. Eran lágrimas de humillación, de rabia impotente y de una pérdida que apenas ahora comenzaba a comprender. La guerra por el corazón de Yu Ishigami acababa de ser declarada. Y ella acababa de perder la primera, y más brutal, de las batallas.