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El Indicado

Fragmentos en un Campo de Minas Emocional

El aire en la sala del consejo estudiantil se había vuelto pesado, denso y difícil de respirar. Yu Ishigami sentía que se ahogaba lentamente en un mar de tensiones que no comprendía. Hacía semanas que la habitación, antes un caótico pero funcional santuario, se había transformado en un campo de minas emocional donde cada paso en falso, cada palabra equivocada, amenazaba con detonar una explosión de hostilidad silenciosa.

Lo peor de todo era que él parecía ser el epicentro del desastre, y no tenía ni la más remota idea de por qué.

El cambio más doloroso era el del Presidente. Miyuki Shirogane, su amigo, su mentor en los estudios, el hombre al que admiraba a pesar de sus excentricidades, ahora era un extraño. Ishigami intentó hablar con él esa misma tarde, acercándose con la cautela de un artificiero.

—Presidente, sobre el presupuesto para el festival cultural del próximo mes… —comenzó, extendiéndole una carpeta.

Shirogane ni siquiera levantó la vista de los papeles que estaba revisando. Su respuesta fue inmediata, precisa y completamente desprovista de la camaradería que antes compartían.

—Déjalo en mi escritorio. Lo revisaré más tarde y te enviaré mis anotaciones por correo.

Su voz era un cristal roto, afilada y sin color. No había odio en ella, lo cual habría sido casi preferible. El odio era una emoción que Ishigami entendía. Esto era un vacío. Un abismo de indiferencia calculada que dolía mucho más. Era como si Shirogane estuviera hablando con un mueble, no con el amigo que le había ayudado a superar su miedo a los insectos y al que había enseñado a jugar a videojuegos.

—Pero… quería preguntarte sobre la asignación para el club de cine…

—El informe es claro, Ishigami —lo cortó Shirogane, esta vez levantando la vista. Sus ojos, normalmente llenos de una determinación feroz, parecían cansados, huecos. Había una tristeza profunda en ellos, una que Ishigami podía sentir físicamente, pero que no podía descifrar—. Si hay discrepancias, márcalas. No necesito una presentación verbal.

Se giró, dándole la espalda, y se sumergió de nuevo en su trabajo. La conversación había terminado. Ishigami se quedó de pie, con la carpeta en la mano, sintiendo un nudo frío en el estómago. Había perdido a su amigo, y ni siquiera sabía cuál había sido su crimen.

Luego estaba Miko Iino. La tirantez entre ellos era una constante en sus vidas, pero esto era diferente. Antes, sus miradas severas estaban cargadas de reproche por su pereza o su pesimismo. Ahora, había algo más. Algo oscuro y posesivo. Cuando sus ojos se encontraban, él sentía que lo estaba evaluando, no como a un vago que necesitaba corrección, sino como a un objeto de valor que alguien más podría robar. No era odio… era la mirada de un carcelero vigilando a un prisionero que podría intentar escapar. Lo observaba constantemente, especialmente cuando Kaguya Shinomiya estaba cerca, y una tensión palpable llenaba el aire entre las dos mujeres, tan espesa que podría cortarse con un cuchillo.

Chika Fujiwara, bendita sea su alma caótica y ajena a todo, era la única constante. Ella era Chika. En ese mismo momento, estaba intentando construir una torre con gomas de borrar, tarareando una melodía sin sentido. Era un faro de normalidad en un océano de locura, pero su presencia solo servía para resaltar lo fracturado que estaba todo lo demás.

Y finalmente, estaba Kaguya Shinomiya. La fuente de su mayor confusión y, cada vez más, su único refugio. Con el resto del consejo, Kaguya se había vuelto una emperatriz de hielo. Sus palabras eran cortantes, sus órdenes, directas, y su paciencia, inexistente. La forma en que miraba a Iino era particularmente aterradora; era un desprecio tan puro y gélido que Ishigami temía que Iino pudiera romperse en mil pedazos de cristal si la mirada duraba demasiado.

Pero con él… con él, todo era diferente. En cuanto Kaguya posaba sus ojos rojos en él, el hielo se derretía. Su voz se volvía suave, sus gestos, amables, y su atención, absoluta. Era como si existiera en una burbuja protectora que solo ella podía crear. Le traía tés que olían a paraísos lejanos, le ofrecía consejos sobre sus tareas con una paciencia infinita y le preguntaba por sus juegos con un interés que, aunque claramente estudiado, se sentía genuino.

Este contraste era lo que más lo aterraba. La sala era el infierno, pero el espacio de un metro a su alrededor, cuando Kaguya estaba cerca, era un extraño y confuso paraíso. Y él se sentía cada vez más atraído por ese paraíso, desesperado por escapar del infierno que lo rodeaba. Quería irse a casa. Quería encerrarse en su habitación y desaparecer en el mundo digital. Pero cada vez que intentaba escabullirse, ella lo encontraba.

—¡Guerra de pulgares por equipos! ¡El perdedor tendrá que limpiar el armario de suministros! —declaró Chika de repente, saltando sobre la mesa—. ¡Yo hago equipo con Miko-chan!

Miko la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—No tengo tiempo para tus tonterías, Fujiwara-san.

—¡Presidente! ¡Tú y yo contra ellas! —insistió Chika, ignorando a Miko.

—Estoy ocupado —fue la respuesta monótona de Shirogane.

El rostro de Chika se desinfló.

—Nadie quiere jugar conmigo… —murmuró, con un puchero.

Fue entonces cuando Kaguya se levantó.

—Ishigami-kun, acompáñame —dijo, su voz cortando la tensión. No era una pregunta—. Necesito tu opinión experta. Una de las empresas de mi familia está considerando adquirir una pequeña desarrolladora de software de gestión de activos. Me gustaría que revisaras su cartera de productos. Tu perspectiva como usuario final y tu conocimiento técnico serían de gran valor.

La excusa era tan perfecta, tan halagadora, que Ishigami no pudo negarse. Sentirse valorado, sentirse útil, era un bálsamo para su alma herida.

—Claro, Shinomiya-senpai —respondió, recogiendo sus cosas con una rapidez que lo sorprendió a sí mismo.

Al salir, lanzó una última mirada a la sala. Shirogane no se movió. Iino lo siguió con la mirada, una mezcla de dolor y resentimiento en su rostro. Era como escapar de una prisión, dejando atrás a los demás reclusos. Y Kaguya era su libertadora.

No fueron a ninguna oficina corporativa. El Rolls-Royce los llevó a un lugar que Ishigami solo había visto en documentales: los Jardines Hamarikyu, pero una sección privada, normalmente cerrada al público, que pertenecía a una de las fundaciones del Grupo Shinomiya.

El silencio fue lo primero que lo golpeó. Un silencio profundo, solo roto por el canto de los pájaros y el suave murmullo del agua. Caminaron por senderos de grava perfectamente rastrillada, entre pinos centenarios podados con una precisión artística y sobre puentes de madera que cruzaban estanques llenos de carpas koi de colores vibrantes. El aire era fresco y olía a tierra húmeda y a flores.

—¿Y el software? —preguntó Ishigami, sintiéndose completamente fuera de lugar con su uniforme escolar en medio de tanta belleza atemporal.

—Lo he enviado a tu correo electrónico. Puedes revisarlo cuando tengas tiempo —respondió Kaguya con calma, deteniéndose junto a un estanque para observar a las carpas—. Pensé que un cambio de escenario podría ser beneficioso para la concentración. El ambiente en la sala del consejo no ha sido… óptimo últimamente.

Ahí estaba. La apertura. La oportunidad de preguntar, de intentar entender. Su corazón latió con fuerza.

—Shinomiya-senpai… —comenzó, su voz apenas un susurro—. ¿Qué está pasando?

Kaguya no lo miró. Siguió observando a las carpas, su perfil perfecto recortado contra el verde del jardín.

—¿A qué te refieres, Ishigami-kun?

—A todo. Al Presidente… ya casi no me habla. Iino-san me mira como si hubiera matado a su mascota. La sala se siente como una zona de guerra, y yo ni siquiera sé quiénes son los bandos. ¿Hice algo mal?

La angustia en su voz era palpable. Kaguya finalmente se giró para mirarlo. Su expresión era seria, pero sus ojos estaban llenos de una empatía que lo desarmó.

—Tú no has hecho nada malo, Ishigami-kun. Absolutamente nada.

Dio un paso hacia él, acortando la distancia. Su presencia era abrumadora en la quietud del jardín.

—Las relaciones humanas son complejas —dijo, su voz suave y persuasiva—. Especialmente cuando hay ambiciones, orgullo y sentimientos no expresados de por medio. El Presidente está bajo mucha presión. Iino-san… bueno, ella siempre ha sido una persona muy intensa. A veces, las dinámicas cambian, las alianzas se tensan. Es parte de crecer, supongo.

La explicación era tan vaga y, sin embargo, tan sofisticada que Ishigami se sintió como un niño escuchando a dos adultos hablar de hipotecas. No entendía los detalles, pero el tono le decía que era algo serio y complicado.

—Pero, ¿por qué todos actúan así conmigo?

—Porque estás en el medio, sin darte cuenta —respondió Kaguya, y había un matiz de protección feroz en su voz—. Eres una persona amable y honesta en un entorno que se ha vuelto complicado. Y la gente a veces proyecta sus propias frustraciones en los demás. Mi único interés —dijo, dando otro pequeño paso, sus ojos fijos en los suyos— es asegurarme de que tú no te veas arrastrado a conflictos que no te conciernen. Eres demasiado valioso para el consejo, y para mí, como para permitir que te distraigan con sus dramas.

Las palabras «y para mí» resonaron en el aire, cargadas de un peso que Ishigami no se atrevió a analizar. Se sintió abrumado. Ella no solo lo estaba tranquilizando; lo estaba defendiendo. Lo estaba elevando por encima de la refriega, colocándolo en un pedestal.

Una parte de su cerebro, la parte cínica y pesimista que había sido su compañera durante años, le gritaba que era una trampa. Que era manipulación. Pero la otra parte, la parte solitaria y anhelante de afecto, se aferraba a sus palabras como a un salvavidas.

Se quedó en silencio, procesando, mirando el suelo. Fue entonces cuando Kaguya se movió.

—Espera —dijo en voz baja.

Levantó una mano y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón de su pelo que le caía sobre la frente. Sus dedos eran suaves y cálidos. Luego, su mirada bajó a su cuello.

—Tienes una pequeña hoja en el cuello del uniforme.

Antes de que él pudiera reaccionar, ella se inclinó aún más. Su rostro estaba a centímetros del suyo. Podía oler su perfume, una fragancia sutil y cara que olía a flores de cerezo y a noche de verano. Sus dedos rozaron la piel de su cuello mientras quitaba la hoja inexistente. Su toque fue tan ligero como el ala de una mariposa, pero envió una corriente de mil voltios por toda su columna vertebral.

Se quedó completamente paralizado, sin atreverse a respirar. Podía ver el detalle de sus pestañas, el brillo de sus ojos rojos, la suavidad de su piel. El mundo entero se redujo a ese espacio minúsculo entre ellos.

—Ya está —susurró ella, retrocediendo lentamente, aunque no del todo.

El rostro de Ishigami ardía. Estaba seguro de que estaba tan rojo como una señal de stop. Tartamudeó algo ininteligible, una mezcla de «gracias» y «perdón».

Kaguya sonrió, una sonrisa pequeña y genuina que le llegó a los ojos.

—Te ves lindo cuando te sonrojas, Ishigami-kun.

Y con eso, el cerebro de Yu Ishigami se apagó. Pantalla azul. Error fatal del sistema.

Mientras él luchaba por reiniciar sus funciones cognitivas, el tribunal mental de Kaguya Shinomiya estaba en plena sesión.

*¡Orden! ¡Orden en la sala!* —declaró la Juez Kaguya, golpeando el mazo.

La Fiscal Kaguya se levantó de un salto, indignada.

*¡Protesto, Señoría! ¡Esta operación se está saliendo de control! ¡Hemos creado un ambiente tóxico en el consejo estudiantil, alienando a dos de sus miembros clave! ¡El Presidente Shirogane está claramente sufriendo, y la acusada —dijo, señalando a Kaguya— es la causa directa! ¡Y ni hablemos de Iino! ¡El daño colateral es inaceptable! Hemos desestabilizado nuestro propio cuartel general.*

La Abogada Defensora Kaguya se levantó con calma.

*La fiscalía es dramática y miope. ¿Daño colateral? Yo lo llamo una reestructuración estratégica del campo de batalla. Un incendio controlado. El Presidente Shirogane era un rival, sí, pero también una distracción para nuestro objetivo. Su estado actual, aunque lamentable, lo ha neutralizado eficazmente como una variable en la ecuación de Ishigami-kun.*

Caminó por la sala, su voz segura y firme.

*En cuanto a Iino-san, su hostilidad y posesividad hacia Ishigami-kun eran un obstáculo. Una influencia negativa que lo mantenía anclado en su visión de sí mismo como una víctima que necesitaba ser defendida. Al provocar una confrontación y establecer un dominio claro, no solo hemos eliminado esa influencia, sino que hemos reforzado nuestra posición como la única protectora real de Ishigami-kun. Le hemos quitado sus muletas para que aprenda a apoyarse en nosotras.*

La Fiscal Kaguya parecía horrorizada.

*¡Eso es monstruoso! ¡Hemos aislado al objetivo de sus amigos para hacerlo dependiente de nosotras!*

*¡Exacto!* —replicó la Abogada, sonriendo—. *Un movimiento brillante. Ahora, él nos ve no solo como una figura de afecto, sino como su único refugio seguro en un mundo que de repente se ha vuelto hostil. Su gratitud, su confianza, su dependencia… todo se ha acelerado exponencialmente. La táctica ha sido arriesgada, pero los resultados hablan por sí mismos.*

Señaló a la escena en el jardín, donde Ishigami todavía estaba rojo como un tomate, mirando a Kaguya con una mezcla de pánico y adoración.

*El sujeto ya no solo acepta nuestro afecto, lo necesita. La Fase Uno está prácticamente completa. El progreso de hoy, combinando la validación emocional y el contacto físico íntimo, nos ha llevado a un 40% estimado. Un salto cuántico.*

La Juez Kaguya asintió, satisfecha.

*Los argumentos de la defensa son sólidos. El daño colateral se considera aceptable en la consecución de un objetivo superior. La misión sigue su curso. ¡Veredicto: La estrategia es válida y debe continuar con mayor intensidad! ¡Caso cerrado!*

Kaguya parpadeó, volviendo a la realidad del jardín. Ishigami finalmente había logrado formar una frase coherente.

—Deberíamos… deberíamos volver. Se está haciendo tarde.

—Por supuesto —convino Kaguya, su sonrisa nunca vaciló.

El viaje de regreso fue silencioso, pero era un silencio diferente. Ishigami seguía nervioso, pero había una nueva corriente subterránea de algo más. Una conciencia de ella como mujer, no solo como senpai. De vez en cuando, sus ojos se encontraban, y él apartaba la mirada rápidamente, con las orejas sonrojadas.

Cuando llegaron a la puerta de la academia, ya casi había anochecido. El Rolls-Royce esperaba a Kaguya.

—Gracias por hoy, Shinomiya-senpai —dijo él, haciendo una pequeña reverencia—. Y por… todo.

—El placer ha sido mío, Ishigami-kun —respondió ella—. Recuerda, si el ambiente en la sala se vuelve demasiado pesado, solo tienes que decírmelo. Siempre encontraremos una excusa para escapar.

Le guiñó un ojo. Un guiño. Kaguya Shinomiya le había guiñado un ojo. Era oficial, el mundo se había vuelto loco.

Mientras Ishigami se alejaba, sintiéndose más ligero y confundido que nunca, Kaguya subió al coche. Hayasaka estaba dentro, esperándola con su tablet.

—Informe de la misión «Rehabilitación del Activo Depresivo» —comenzó Hayasaka sin preámbulos—. El protocolo de «Aislamiento y Creación de Dependencia» ha sido ejecutado. Los sensores de estrés en la sala del consejo indican niveles de toxicidad ambiental un 300% por encima de la media. El activo Shirogane muestra patrones de evitación. La activa Iino muestra patrones de hostilidad contenida.

—Excelente —dijo Kaguya, mirando por la ventanilla al Ishigami que se alejaba.

—La respuesta del objetivo principal ha sido positiva —continuó Hayasaka, con un tono monótono que no lograba ocultar su desaprobación—. Se ha registrado un aumento del 150% en la frecuencia cardíaca y un rubor facial de Nivel 6 tras la aplicación del protocolo de «Contacto Íntimo en Cuello/Cabello». El tartamudeo ha regresado, indicando una sobrecarga emocional máxima. Se ha establecido un vínculo de dependencia emocional.

—Bien —repitió Kaguya, una sonrisa de triunfo jugando en sus labios.

Hayasaka la miró por encima de la tablet.

—Señorita, con el debido respeto, ha convertido la sala del consejo estudiantil en un drama psicológico de Bergman. Ha destrozado el corazón del Presidente y ha declarado la guerra a Iino. ¿Realmente valía la pena?

Kaguya se giró para mirarla, sus ojos rojos brillando con una determinación fría y apasionada.

—Cada segundo, Hayasaka. Cada segundo. El amor no es un juego de mesa donde todos se divierten. Es una guerra. Y en la guerra, para asegurar la victoria, a veces hay que quemar el campo de batalla y reconstruirlo a tu gusto.

Se reclinó en el asiento de cuero, su mente ya trabajando en la siguiente fase. El festival de verano estaba a la vuelta de la esquina. Fuegos artificiales. Yukatas. El escenario perfecto.

—Ishigami-kun ya no me ve solo como una senpai amable —pensó—. Ha comenzado a verme como su refugio, su ancla en la tormenta. Pronto, comenzará a verme como la única persona que realmente lo entiende. La única que necesita.

La Fase Uno estaba llegando a su fin. La tierra no solo había sido arada; había sido purgada. Y sobre las cenizas de las viejas amistades de Yu Ishigami, Kaguya Shinomiya estaba a punto de plantar un jardín del que él nunca querría, ni podría, escapar.