El Indicado
Evaluación de Amenazas y Vectores de Ataque Imprevistos
La mejilla de Yu Ishigami seguía ardiendo. No de forma literal, por supuesto. Habían pasado casi dos días desde el «Incidente del Masaje» y el posterior «Ataque de Labios a Corta Distancia», pero la memoria fantasma del beso de Kaguya Shinomiya estaba impresa en su piel como una marca de ganado invisible. Cada vez que una brisa rozaba su cara, cada vez que se apoyaba la mano en la barbilla para pensar, la sensación volvía: un relámpago de calor, suavidad y una fragancia floral que olía a pura y absoluta perdición.
Su cerebro, que ya operaba en un estado de perpetua alerta naranja, había ascendido a un nivel de pánico que no creía posible. El beso no había sido un accidente. No había sido un malentendido. Había sido un acto deliberado, calculado y ejecutado con la precisión de un francotirador. Y lo peor de todo era la mirada que ella le había dedicado después. Ese brillo triunfante en sus ojos rojos. No era la mirada de alguien que sentía afecto. Era la mirada de un cazador que acababa de marcar a su presa.
El ambiente en la sala del consejo estudiantil era, si era posible, aún más tóxico que antes de su «escapada» con Kaguya. Shirogane se había encerrado en un caparazón de trabajo y melancolía, comunicándose con gruñidos monosilábicos que parecían costarle un esfuerzo físico inmenso. Chika, ajena como siempre a las corrientes subterráneas de la miseria humana, intentaba enseñarle a su teléfono a cantar el himno nacional, con resultados predeciblemente desastrosos. Y Miko Iino…
Miko Iino era una tormenta de furia contenida. Su mirada ya no era solo de resentimiento; era de odio puro y sin adulterar, dirigido exclusivamente a Kaguya. Y Kaguya, a su vez, respondía con una indiferencia tan gélida que Ishigami temía que la temperatura de la habitación pudiera bajar varios grados. La guerra entre ellas era silenciosa, pero tan brutal y palpable que el aire crepitaba. Ishigami se sentía como un civil atrapado entre dos ejércitos nucleares a punto de aniquilarse mutuamente.
Y él era la maldita bomba atómica.
Estaba intentando hacerse invisible, encorvado sobre su portátil, rezando para que el poder de su patetismo lo volviera transparente, cuando la voz del Presidente rompió el silencio.
—Los exámenes parciales son en dos semanas.
La declaración cayó en la sala como una piedra en un estanque. Chika gimió. Miko frunció el ceño, como si los exámenes fueran otra ofensa moral contra el universo. Shirogane suspiró, un sonido lleno de un cansancio infinito.
Ishigami sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Exámenes. La pesadilla recurrente de su vida académica. Siempre lograba pasar por los pelos, gracias a sesiones de estudio de última hora alimentadas por bebidas energéticas y pura desesperación. Pero esta vez… esta vez la idea de encerrarse a estudiar era un alivio. Una excusa perfecta para desaparecer, para evitar… todo esto.
Fue entonces cuando sintió una mirada sobre él. Levantó la vista y se encontró con los ojos de Kaguya. Ella le sonrió, una sonrisa amable, tranquilizadora y, para Ishigami, absolutamente aterradora. Sabía lo que venía. Podía sentirlo en sus huesos, como un animal que siente un terremoto antes de que ocurra.
—Ishigami-kun —dijo Kaguya, su voz un bálsamo en el campo de batalla que era la habitación—. Recuerdo que la última vez que te ayudé a estudiar, tus notas mejoraron drásticamente. Sería una pena que ese progreso se perdiera.
La sala entera pareció contener la respiración. Ishigami podía sentir la mirada de Shirogane y la de Iino clavadas en él.
—No te preocupes, senpai —se apresuró a decir, intentando desactivar la bomba—. Puedo manejarlo solo esta vez.
Kaguya ladeó la cabeza, su expresión era de una preocupación perfectamente calibrada.
—¿Estás seguro? Con todo el estrés que hay últimamente en el consejo, sería comprensible que tu rendimiento académico se viera afectado. Mi deber como vicepresidenta es asegurar el bienestar y el éxito de todos los miembros. Incluido el tuyo.
La lógica era impecable. La oferta era generosa. Y la negativa era imposible. Era una jaula de oro, y ella le estaba abriendo la puerta con una sonrisa.
—Yo…
—Es una idea excelente —continuó Kaguya, sin darle oportunidad de negarse—. Hoy es jueves. Podríamos empezar esta misma tarde. La biblioteca está particularmente tranquila a estas horas. Un ambiente perfecto para la concentración.
*Informe de progreso*, pensó Kaguya, mientras observaba el pánico y la indecisión luchar en el rostro de Ishigami. *La Fase Dos de la «Operación: Iluminar el Mundo de Ishigami» ha comenzado. Nombre en clave: «Tutoría Táctica». El objetivo ya no es solo la normalización y el afecto, sino la creación de un vínculo de dependencia intelectual y una asociación directa entre mi presencia y su éxito. El señuelo de los exámenes es perfecto. No puede negarse sin admitir que no le importa su futuro, algo que su frágil ego no permitirá.*
—De acuerdo —suspiró Ishigami, derrotado. La palabra sonó como una sentencia de muerte.
La sonrisa de Kaguya se ensanchó. Era la sonrisa de un general cuyo plan se desarrollaba sin el menor contratiempo.
—Maravilloso. Recoge tus cosas. Nos vamos en cinco minutos.
El camino a la biblioteca fue una tortura. Ishigami sentía como si llevara un cartel de neón en la espalda que parpadeaba: «MÍRENME, SOY EL CHICO SOMBRÍO QUE CAMINA CON LA PRINCESA DE LA ACADEMIA». Cada par de ojos en el pasillo se giraba hacia ellos. Los susurros los seguían como un enjambre de mosquitos.
—¿Ese es Ishigami? ¿Qué hace con Shinomiya-sama?
—Oí que ella dejó al Presidente por él.
—Imposible. Míralo. Parece que no ha visto el sol en años.
Ishigami se encogió, deseando que la tierra se abriera y se lo tragara. Pero entonces, sintió un ligero toque en su brazo. Era Kaguya.
—Ignóralos —murmuró ella, su voz tan baja que solo él pudo oírla—. Son solo ruido de fondo. Personajes no jugables en tu historia. No tienen importancia.
La forma en que lo dijo, con esa mezcla de desdén por el resto del mundo y una concentración absoluta en él, fue extrañamente reconfortante. Era como si ella hubiera erigido un escudo invisible a su alrededor. Un escudo que lo protegía de las miradas y los susurros, dejándolos solos en su propia burbuja. Se sintió un poco menos miserable. Solo un poco.
La biblioteca de la Academia Shuchiin no era una simple biblioteca; era una catedral del conocimiento. Techos altos, estanterías de caoba que se perdían en la penumbra y un silencio tan reverencial que hablar en voz alta parecía un sacrilegio. Kaguya los guio a una mesa apartada en un rincón, cerca de una ventana que daba a un jardín interior. Era un lugar perfecto, aislado y tranquilo.
Se sentaron uno al lado del otro, no enfrentados. Una decisión táctica por parte de Kaguya, diseñada para maximizar la proximidad. Desplegaron sus libros y notas sobre la mesa de madera pulida.
—Bien —dijo Kaguya, adoptando un tono profesional—. Empecemos por tu asignatura más débil. ¿Literatura clásica japonesa?
Ishigami asintió, abriendo un libro lleno de caracteres que para él bien podrían haber sido jeroglíficos.
La siguiente hora fue un borrón de concentración intensa. Kaguya era una profesora increíble. Tenía una forma de explicar los conceptos más complejos que los hacía parecer sencillos. Desglosaba los poemas del período Heian no como aburridos artefactos históricos, sino como los tuits y los posts de Instagram de su época, llenos de drama, cotilleos y pasiones ocultas.
—¿Ves este poema de Ono no Komachi? —dijo, inclinándose sobre el libro. Su cabello rozó de nuevo el hombro de Ishigami, y él tuvo que reprimir un escalofrío—. No está hablando de la lluvia de primavera. Está lanzando una indirecta muy elaborada a su ex, que la ha dejado plantada. Es el equivalente del siglo IX a publicar una historia en Instagram con una canción triste de fondo.
Ishigami se encontró sonriendo. Por primera vez en semanas, una sonrisa genuina que no estaba teñida de pánico.
—Así que, básicamente, ¿era una reina del drama?
—La reina del drama original —confirmó Kaguya, y sus ojos brillaron con diversión—. Entender la literatura clásica no se trata de memorizar fechas, Ishigami-kun. Se trata de entender que la gente, en el fondo, no ha cambiado en mil años. Seguimos siendo criaturas mezquinas, apasionadas y un poco tontas.
Él la miró, realmente la miró. En ese momento, no era la aterradora heredera Shinomiya ni la depredadora que lo acechaba. Era solo una chica increíblemente inteligente y fascinante que le estaba enseñando sobre poesía. Y era… maravilloso.
Se inclinó sobre el libro, señalando un pasaje.
—Entonces, ¿qué significa esta parte sobre el color de las flores?
Sus cabezas estaban muy juntas. Podía sentir la calidez de su aliento en su mejilla. Su mano, al señalar el texto, rozó la suya. Un toque fugaz, eléctrico. El corazón de Ishigami dio un vuelco. Levantó la vista y sus ojos se encontraron. Estaban increíblemente cerca. Demasiado cerca. Podía ver las motas doradas en el rojo de sus iris. El mundo se desvaneció. Solo existían ellos dos, en ese rincón silencioso de la biblioteca, envueltos en el olor a libros viejos y el perfume de ella.
*Victoria*, declaró la Juez Kaguya en el palacio mental, golpeando el mazo con una fuerza atronadora. *¡VICTORIA ABSOLUTA! El sujeto ha bajado todas las defensas. La proximidad es estable. El contacto físico es aceptado sin pánico. ¡La asociación positiva entre nuestra presencia y su felicidad está solidificada! ¡Progreso estimado: 75%! ¡Estamos en la recta final!*
Kaguya estaba a punto de decir algo, de romper el hechizo con una palabra cuidadosamente elegida que lo empujaría un poco más hacia el abismo del afecto, cuando una tercera voz, alegre y melodiosa, rompió la burbuja.
—¡Ishigami-kun! ¡Qué coincidencia!
Ambos se sobresaltaron, separándose como si los hubieran descubierto cometiendo un crimen. Ishigami se giró y sintió que su corazón se detenía por una razón completamente diferente.
De pie, junto a su mesa, con una pila de libros en los brazos y una sonrisa que podría haber iluminado la habitación entera, estaba Tsubame Koyasu.
Tsubame-senpai. La chica más popular del tercer año. La exlíder del equipo de animadores. La diosa de la amabilidad y la belleza. Y, para el eterno horror de Ishigami, la chica de la que había estado secretamente enamorado durante casi un año, antes de que Kaguya Shinomiya llegara y arrasara su paisaje emocional como un huracán.
—¡Hola, Koyasu-senpai! —logró decir, su voz un chillido agudo. Se levantó tan rápido que casi tiró la silla.
—Vaya, ¿estás estudiando? ¡Qué aplicado! —dijo ella, sus ojos brillantes de una sinceridad desarmante—. Quería darte las gracias de nuevo por ayudar con el festival cultural el año pasado. ¡Fuiste un salvavidas!
Ishigami sintió que su rostro se calentaba.
—N-no fue nada. Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho.
—¡No es verdad! —insistió Tsubame—. Eres demasiado modesto. Oye, ¿vas a unirte a algún comité para el festival de este año? ¡El comité de planificación te necesita! ¡Tu habilidad para resolver problemas es legendaria!
Ishigami se quedó sin palabras. ¿Su habilidad era legendaria? ¿Ella pensaba que era increíble? Una sonrisa tonta, incontrolable, se dibujó en su rostro. Era una sonrisa que Kaguya nunca había visto. No era la sonrisa nerviosa que le dedicaba a ella, ni la sonrisa sarcástica que usaba con sus amigos. Era una sonrisa pura, llena de una alegría genuina y una admiración adolescente.
Mientras Ishigami balbuceaba una respuesta incoherente a Tsubame, Kaguya Shinomiya los observaba. Y en su mente, el triunfante tribunal se disolvió en un silencio de pánico.
*¿Quién… es… ella?* —siseó la Fiscal Kaguya, sus ojos entrecerrados.
La Abogada Defensora Kaguya tecleaba furiosamente en una tablet imaginaria.
*Nombre: Tsubame Koyasu. Tercer año. Popularidad: Rango SSS+. Afiliaciones: Excapitana del equipo de animadores, voluntaria en múltiples organizaciones benéficas, universalmente adorada por el cuerpo estudiantil y el profesorado. Rasgos de personalidad: Genuinamente amable, alegre, socialmente adepta. Nivel de amenaza…*
La abogada tragó saliva.
*Nivel de amenaza: Cataclísmico.*
*¡No la teníamos en los archivos!* —gritó la Fiscal—. *¡No estaba en el perfil psicológico de Ishigami! ¡Creíamos que su único interés romántico previo era una chica de secundaria que lo traicionó! ¡Esto es un fallo de inteligencia de proporciones épicas!*
Kaguya observaba la interacción. Observaba la forma en que los ojos de Ishigami seguían a Tsubame, la forma en que se sonrojaba no de pánico, sino de un genuino y feliz bochorno. La forma en que Tsubame le tocaba el brazo de forma casual y amistosa, un gesto que no tenía el peso calculado de los suyos, sino que era natural, fácil.
Y entonces, Tsubame se giró hacia ella. Su sonrisa no vaciló.
—¡Shinomiya-san! ¡Perdona por interrumpir! No sabía que estabas ayudando a Ishigami-kun a estudiar. ¡Eso es tan amable de tu parte!
La amabilidad era un arma, y Tsubame la blandía como una maestra espadachina. Era imposible odiarla. Y eso la hacía mil veces más peligrosa.
—Mi deber como vicepresidenta es ayudar a todos los miembros del consejo —respondió Kaguya, su voz un témpano de hielo recubierto de miel—. Ishigami-kun tiene un gran potencial, pero necesita una guía adecuada para no desperdiciarlo.
El sutil insulto hacia Ishigami, diseñado para reafirmar su posición como su tutora y mentora, pasó completamente desapercibido para Tsubame. O quizás, lo ignoró deliberadamente.
—¡Oh, estoy totalmente de acuerdo! —exclamó Tsubame, con un entusiasmo que era a la vez genuino y exasperante—. ¡Ishigami-kun es increíble! A veces es un poco pesimista, pero tiene un corazón de oro. ¡Es una de las personas más valientes que conozco!
La declaración dejó a Kaguya sin palabras. ¿Valiente? ¿Corazón de oro? Tsubame no estaba hablando del potencial de Ishigami, de su inteligencia oculta. Estaba hablando de su carácter. Y lo estaba haciendo con una convicción que Kaguya, con toda su estrategia, no podía igualar. Había pasado meses construyendo una elaborada tesis sobre el valor de Ishigami, y Tsubame acababa de resumirla en dos frases sencillas y sinceras, robándole todo el impacto.
Ishigami, que había escuchado el cumplido, parecía que iba a levitar de pura felicidad. Miraba a Tsubame con una devoción que heló la sangre de Kaguya.
—Bueno, os dejo estudiar —dijo Tsubame, dándoles otra sonrisa radiante—. ¡Nos vemos por ahí, Ishigami-kun! ¡Piénsalo, el comité te necesita!
Y con un último y alegre saludo, se alejó, dejando un rastro de perfume a flores y un silencio incómodo en su estela.
Ishigami se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido, con una expresión de ensueño en su rostro. Finalmente, pareció recordar que Kaguya estaba allí y se sentó de nuevo, pero la magia se había roto. El aire entre ellos ya no estaba cargado de tensión romántica, sino de una torpeza monumental.
—Eh… lo siento por eso —murmuró él, sin mirarla.
—No tienes por qué disculparte —respondió Kaguya, su voz peligrosamente tranquila.
Pero por dentro, su palacio mental estaba en ruinas. Edificios en llamas. El cielo rojo. La Juez Kaguya estaba de pie en medio de los escombros, su rostro una máscara de furia y conmoción.
*Análisis de la situación*, siseó a sus subordinadas, que temblaban entre los escombros. *Hemos cometido un error de cálculo fundamental. Nuestra estrategia se basaba en la premisa de que éramos la única fuerza de afecto positivo en el desolado mundo de Ishigami-kun. Asumimos que su corazón era un territorio virgen, listo para ser colonizado. Nos equivocamos.*
Señaló con un dedo tembloroso en la dirección por la que Tsubame se había ido.
*Esa mujer… Koyasu Tsubame… no es un rival. Un rival es alguien contra quien compites en igualdad de condiciones. Ella es una fuerza de la naturaleza. Representa todo lo que Ishigami cree que no puede tener: popularidad, aceptación, una amabilidad fácil y sin complicaciones. Y lo peor de todo… a ella parece que él ya le agrada. Genuinamente.*
La Fiscal Kaguya se desplomó en el suelo, sollozando.
*¡Todo nuestro trabajo! ¡Los tés! ¡Los masajes! ¡El beso! ¡Todo para que venga esta… esta animadora con sobredosis de sol y lo deshaga todo con una sonrisa y un cumplido!*
—¡Silencio! —rugió la Juez Kaguya—. El pánico es para los débiles. Esto no es una derrota. Es un reajuste estratégico. Hemos subestimado el campo de batalla. Hay otro jugador. Un jugador poderoso.
Se giró, sus ojos rojos ardiendo con una nueva y aterradora determinación.
—Nuestra operación ya no es una misión de cultivo en un campo vacío. Ahora es una guerra en dos frentes. Tenemos que neutralizar a Iino en el frente interno y ahora… ahora tenemos que lanzar una ofensiva contra esta nueva amenaza externa.
La Abogada Defensora se levantó, limpiándose el polvo de su traje imaginario.
—¿Cuál es el plan, Señoría?
—El plan… —comenzó la Juez, una sonrisa depredadora y maliciosa formándose en sus labios—. Es simple. No podemos competir con la «amabilidad genuina» de Koyasu. Es un campo en el que estamos en desventaja. Así que no jugaremos su juego. Jugaremos el nuestro.
Miró al Ishigami del mundo real, que ahora intentaba desesperadamente volver a concentrarse en su libro, fallando miserablemente.
—La amabilidad de Koyasu es un sol cálido y distante. Ofrece consuelo, pero a distancia. Nuestra estrategia, a partir de ahora, será la de una proximidad abrumadora. La intimidad. Le ofreceremos algo que esa chica alegre nunca podrá darle: el conocimiento de sus secretos más oscuros, la aceptación de sus peores defectos. Nos convertiremos en su confidente, en su cómplice. La haremos parecer una conocida agradable, mientras que nosotras nos convertimos en… su alma gemela.
Kaguya, en el mundo real, cerró el libro de literatura clásica con un suave chasquido que hizo que Ishigami diera un respingo.
—Creo que hemos estudiado suficiente por hoy —dijo, su voz de nuevo bajo control, suave como el terciopelo.
—Pero… apenas hemos empezado…
—El aprendizaje no es efectivo bajo estrés emocional —lo interrumpió ella, mirándolo directamente a los ojos—. Y parece que acabas de experimentar una sobrecarga.
Se levantó, recogiendo sus cosas con una eficiencia tranquila.
—Mañana continuaremos. Pero no aquí. En mi casa.
Ishigami se atragantó.
—¿T-tu casa?
—Sí. Es un ambiente más controlado. Sin distracciones —dijo, y la forma en que pronunció la palabra «distracciones» le dio un escalofrío a Ishigami. Había sonado como una amenaza—. Mi chófer te recogerá después de la escuela. No acepto un no por respuesta.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de la biblioteca, su espalda recta, su paso decidido. Ishigami se quedó sentado, su mente un torbellino de Tsubame-senpai, exámenes y la aterradora perspectiva de ir a la casa Shinomiya, un lugar que imaginaba como una fortaleza gótica llena de trampas mortales y mayordomos asesinos.
Justo antes de desaparecer entre las estanterías, Kaguya se detuvo y se giró, una última reflexión cruzando su mente.
—Por cierto, Ishigami-kun —dijo, su voz resonando en el silencio de la biblioteca—. La próxima vez que alguien te diga que tienes un corazón de oro, no te limites a sonreír como un idiota. Míralos a los ojos y diles: «Lo sé. Y solo la persona más digna tendrá la llave para abrirlo». Demuestra que conoces tu propio valor. Es mucho más atractivo.
Y con esa última lección, no de literatura, sino de guerra amorosa, desapareció, dejando a Yu Ishigami solo en la mesa, con el corazón dividido, la mente hecha un lío, y la certeza absoluta de que su vida estaba a punto de complicarse mucho, mucho más. La guerra por su alma acababa de encontrar una nueva y formidable combatiente, y la comandante en jefe del otro bando no estaba dispuesta a ceder ni un centímetro de terreno.