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El Indicado

El Fantasma en la Maquinaria

Miyuki Shirogane era un arquitecto de la victoria. Su mente no era simplemente un repositorio de conocimiento académico; era una fortaleza, un laboratorio de estrategia donde cada interacción social, cada mirada, cada palabra no dicha se diseccionaba, analizaba y archivaba para su uso futuro. Había construido su reinado en la Academia Shuchiin sobre la base de un esfuerzo sobrehumano y una capacidad de análisis que rozaba lo profético. Y su obra magna, el proyecto más complejo y absorbente de su vida, había sido la guerra no declarada contra Kaguya Shinomiya.

Ahora, el arquitecto vagaba por las ruinas de su propia catedral.

Cumplía con sus deberes como presidente con una eficiencia mecánica. Firmaba documentos, presidía reuniones, mediaba en disputas entre clubes. Su rostro era una máscara de impasible competencia, su voz, el tono medido y seguro que todos esperaban del mejor estudiante de Japón. Pero por dentro, era un fantasma. Un espectro que observaba el mundo a través de un velo de dolor sordo y una confusión que le quemaba el alma.

La guerra había terminado. Y él ni siquiera había escuchado el disparo final. Simplemente, un día, el campo de batalla amaneció vacío. La tensión que había definido su existencia, esa electricidad crepitante que llenaba la sala del consejo cada vez que él y Kaguya estaban juntos, se había disipado. Y en su lugar, había un silencio. Un silencio sepulcral que era mil veces más ruidoso que sus batallas más feroces.

Observaba. Era lo único que le quedaba. Observaba a Kaguya, y era como mirar a una estrella que había cambiado de órbita. Toda esa energía, esa intensidad aterradora que antes se había enfocado en él como un láser, ahora tenía un nuevo centro de gravedad: Yu Ishigami.

Veía cómo Kaguya le hablaba, su voz, que con él siempre había sido un arma de doble filo, se convertía en un bálsamo de miel y terciopelo. Veía cómo se inclinaba sobre él con el pretexto de revisar un documento, su cabello rozando su hombro, un gesto de intimidad tan casual y a la vez tan devastadoramente calculado que a Shirogane le costaba respirar.

Y observaba a Ishigami. Veía el terror inicial en los ojos del tesorero, el pánico de un animal atrapado en los faros de un coche. Pero lentamente, con el paso de las semanas, ese miedo se estaba erosionando, reemplazado por una confusión desconcertada, y luego, por una cautelosa y nerviosa aceptación. Ishigami seguía asustado, sí, pero ya no era el miedo a la muerte. Era el miedo a la esperanza. El miedo de un hombre que ha vivido tanto tiempo en la oscuridad que la luz del sol le quema los ojos.

Shirogane lo entendía. No era un genio por nada. El tablero de ajedrez no se había guardado; simplemente, él había sido retirado de la partida. Kaguya no había abandonado la guerra, había cambiado de oponente. Y había elegido a uno que no sabía que estaba jugando.

El dolor era una constante física, un nudo frío en su estómago. Se sentía roto, lastimado, traicionado. Había sido un cobarde. Había esperado el momento perfecto para confesar sus sentimientos, y mientras esperaba, el momento había pasado, llevándose consigo el corazón de la mujer que amaba. Pero debajo del dolor, la mente del estratega seguía funcionando, zumbando como una maquinaria incansable. Algo no encajaba. La transición había sido demasiado suave, demasiado perfecta. Kaguya era brillante, pero esto… esto requería un nivel de manipulación del entorno que bordeaba lo sobrenatural.

Al principio, lo atribuyó a la paranoia. Su corazón roto le hacía ver conspiraciones donde solo había coincidencias.

La primera «coincidencia» ocurrió un martes. El club de ocultismo, un grupo de tres estudiantes que se pasaban el día intentando invocar espíritus con una tabla ouija hecha de cartón, había presentado una solicitud de presupuesto para comprar «velas de sebo de origen ético». El presupuesto era ridículo, como siempre, pero el formulario había desaparecido del archivador.

—Esto es inaceptable —declaró Kaguya, su rostro una máscara de grave preocupación—. Un documento oficial del consejo estudiantil ha desaparecido. Es una brecha de seguridad. Ishigami-kun, tu atención al detalle es la única en la que confío. Necesito que realices una auditoría completa de todas las solicitudes de los últimos dos meses. Compara tus copias digitales con los archivos físicos. Debemos encontrar la discrepancia.

Ishigami, que parecía a punto de morir de aburrimiento cinco minutos antes, de repente se vio imbuido de un propósito. Se sentó más recto, sus ojos oscuros brillando con una seriedad recién descubierta.

—Entendido, Shinomiya-senpai. Comenzaré de inmediato.

Shirogane observó cómo Kaguya se sentaba junto a él, «supervisando» el proceso. Durante las siguientes dos horas, no hicieron más que susurrar sobre hojas de cálculo, pero sus cabezas estaban muy juntas, sus mundos reducidos a la pantalla del portátil y al espacio íntimo que los rodeaba. El formulario del club de ocultismo apareció al día siguiente, misteriosamente traspapelado en una carpeta equivocada. Una coincidencia.

La segunda «coincidencia» fue una semana después. El proyector de la sala del consejo, una pieza de tecnología de última generación que costaba más que el coche de Shirogane, se negó a funcionar. Justo cuando Miko Iino se disponía a hacer una presentación sobre la necesidad de implementar un código de vestimenta más estricto.

—Qué extraño —dijo Kaguya, examinando el aparato con el ceño fruncido—. Parece un fallo del firmware. Podría llamar a uno de los técnicos de mi familia, pero tardarían horas en llegar.

Miró a Ishigami, que estaba jugueteando con los cables, intentando solucionar el problema.

—Ishigami-kun, he leído que tienes experiencia desmontando y volviendo a montar consolas de videojuegos. Los principios de la electrónica son universales. Quizás podrías echarle un vistazo. Yo te ayudaré.

Y de nuevo, la escena se repitió. Kaguya e Ishigami, solos en un rincón de la habitación, inclinados sobre las entrañas del proyector, sus manos rozándose accidentalmente mientras buscaban un destornillador. Shirogane, desde su escritorio, sentía que estaba viendo una obra de teatro cuyo guion se repetía con variaciones sutiles. El problema se solucionó con un simple reinicio, algo que Kaguya, con su intelecto, debería haber sugerido en primer lugar. Otra coincidencia.

Cartas falsificadas que resultaron ser simples errores de archivo. Sabotajes que se resolvían con soluciones triviales. Cada incidente, por sí solo, era plausible. Pero juntos… juntos formaban un patrón. Un patrón de crisis manufacturadas, diseñadas con un único propósito: crear oportunidades para que Kaguya se acercara a Ishigami bajo un pretexto de colaboración profesional.

Shirogane se sentía como un detective en una novela de misterio, pero el crimen no era un asesinato, sino el robo de un corazón. El suyo.

La duda lo carcomía. ¿Estaba Kaguya realmente orquestando todo esto? ¿O era él, en su miseria, el que tejía una red de conspiraciones para darle sentido a su derrota? Necesitaba pruebas. Necesitaba ver la mano del titiritero moviendo los hilos.

La oportunidad llegó un viernes por la noche.

El trabajo del consejo había terminado. Chika se había ido, tarareando. Iino se había marchado, no sin antes lanzar una mirada cargada de veneno a la silla vacía de Kaguya. Ishigami, tras una breve pero intensa sesión de «tutoría» con la vicepresidenta, también se había ido, con el aspecto de un hombre que acababa de correr una maratón emocional.

Kaguya se había despedido de Shirogane con una inclinación de cabeza cortés y distante.

—Buenas noches, Presidente.

—Buenas noches, Shinomiya —respondió él, su voz un eco en la habitación vacía.

Pero Shirogane no se fue. Apagó las luces principales, dejando solo la pequeña lámpara de su escritorio encendida, proyectando largas y danzantes sombras en las paredes. Se hundió en su silla, el peso del día, de las semanas, aplastándolo. No quería ir a casa. Su pequeño apartamento, antes un refugio, ahora se sentía como una celda. La sala del consejo, este mausoleo de sus esperanzas perdidas, era el único lugar donde sentía que aún pertenecía.

Se quedó allí, en la penumbra, revisando documentos sin verlos realmente. El tiempo se estiró, volviéndose denso y pesado. Podría haber pasado una hora, o quizás dos. Estaba a punto de rendirse y enfrentarse a la soledad de su apartamento cuando oyó un sonido.

Un suave clic. La puerta de la sala del consejo se abría.

Su primer instinto fue tensarse, pero se obligó a relajarse. Probablemente era uno de los conserjes. Se encorvó sobre su escritorio, fingiendo estar profundamente dormido sobre una pila de papeles, una táctica que había perfeccionado durante sus años de estudio extenuante. Observó a través de sus pestañas entrecerradas.

No era un conserje.

Una figura esbelta y ágil se deslizó dentro de la habitación con la silenciosa eficiencia de un gato. Llevaba un uniforme escolar, pero no era el de Shuchiin. Era el uniforme de una academia femenina de menor categoría, un disfraz perfecto para pasar desapercibida. Pero Shirogane la reconoció al instante. El cabello rubio, atado en una coleta lateral. La expresión neutra y profesional.

Ai Hayasaka. La asistente personal de Kaguya. El fantasma en la maquinaria Shinomiya.

El corazón de Shirogane comenzó a latir con fuerza contra sus costillas, un tambor sordo en el silencio de la habitación. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, su mente analítica entrando en sobremarcha. Esto era. Esta era la mano del titiritero.

Hayasaka no perdió el tiempo. Se movió con un propósito claro, sus pasos no producían sonido alguno sobre la alfombra. Sus ojos escanearon la habitación, deteniéndose por un instante en la figura «dormida» de Shirogane. Por un segundo, él pensó que lo había descubierto, pero ella pareció descartarlo como un obstáculo irrelevante y continuó con su misión.

Primero, se dirigió al escritorio de Ishigami. Con unos guantes finos que sacó de su bolsillo, abrió el portátil del tesorero, que él siempre olvidaba apagar. Un pequeño dispositivo USB salió de su otro bolsillo y se conectó al puerto. Unos segundos de tecleo rápido y silencioso, y el dispositivo fue retirado. ¿Instalando un keylogger? ¿Copiando su historial de navegación? Las posibilidades eran aterradoras.

Luego, se acercó a uno de los archivadores. Sacó una carpeta, la que contenía las propuestas para el próximo festival de verano. Con una pluma que imitaba perfectamente la escritura de la secretaria del director, hizo una pequeña anotación en uno de los documentos, una que seguramente crearía una confusión burocrática en la próxima reunión. Plantando las semillas de la próxima crisis.

Pero el acto final fue el más revelador. El más descarado.

Se dirigió al pequeño armario donde guardaban los suministros de oficina y el té. Abrió la puerta y sacó la caja de bolsitas de té baratas, las que el consejo usaba a diario. De su bolso, sacó un paquete exquisitamente envuelto en papel washi. Era una caja de Gyokuro de primera cosecha, el mismo tipo de té que Kaguya había empezado a «compartir» con Ishigami. Con un movimiento rápido y preciso, cambió los paquetes. La evidencia del crimen barato y mundano fue ocultada en su bolso, reemplazada por un lujo sutil y calculado.

Era la prueba definitiva. La pistola humeante. Cada «coincidencia», cada acto de «amabilidad» de Kaguya, estaba respaldado por una operación de inteligencia encubierta. Kaguya no solo estaba jugando al ajedrez; tenía a alguien moviendo las piezas por ella mientras su oponente no miraba.

Hayasaka terminó su trabajo. Se dio la vuelta para irse, su misión cumplida. Fue entonces cuando Shirogane decidió que ya había visto suficiente.

Lentamente, levantó la cabeza de la pila de papeles, parpadeando como si acabara de despertar.

—Vaya, se me ha hecho tarde —dijo en voz alta, su voz sonando deliberadamente somnolienta y ronca. Se estiró, sus articulaciones crujiendo—. Creo que me prepararé una taza de té antes de irme a casa.

Hayasaka se congeló en el centro de la habitación. Su cuerpo no delató sorpresa, pero Shirogane vio la tensión imperceptible en sus hombros. Lentamente, se giró para encararlo. Su rostro era una máscara de educada indiferencia.

—Presidente —dijo, su voz tan suave como la seda—. No sabía que seguía aquí. Trabaja usted muy duro.

—A veces es necesario —respondió Shirogane, levantándose de su silla. Caminó lentamente hacia ella, rodeando la gran mesa del consejo. Sus ojos nunca dejaron los de ella—. No tanto como tú, al parecer. ¿Haciendo horas extras?

—Solo pasaba a dejarle un mensaje a la señorita Shinomiya —mintió Hayasaka sin pestañear.

—Qué considerada —dijo Shirogane, su voz ahora desprovista de toda somnolencia. Era fría, afilada como un bisturí—. Pero ella ya se ha ido. Al igual que todos los demás. Estamos solos.

Se detuvo frente al armario del té, a apenas un metro de ella. Abrió la puerta y sus ojos se posaron en la nueva y flamante caja de Gyokuro.

—Estaba pensando en prepararme un té —repitió, su voz bajando a un susurro peligroso—. Pero me encuentro ante un dilema. No recuerdo que compráramos esta marca. Es de muy alta calidad. Casi parece… fuera de lugar. ¿No crees, Hayasaka?

El silencio se apoderó de la habitación. Era un duelo, no de espadas, sino de voluntades. Hayasaka mantuvo su compostura, pero sus ojos, por primera vez, mostraron un atisbo de algo más. ¿Respeto? ¿Fastidio por haber sido descubierta?

—A veces, las cosas simplemente aparecen donde uno menos se lo espera —respondió ella, su voz un témpano.

Shirogane soltó una risa corta, sin alegría.

—Ah, las «coincidencias» —dijo, apoyándose en el armario, cruzando los brazos. La miró fijamente, y ahora todo el dolor, toda la traición y toda la furia fría de las últimas semanas se concentraron en su mirada—. Como los formularios que se pierden y luego aparecen. O los proyectores que se estropean y luego se arreglan solos. O las invitaciones a festivales de verano que se «traspapelan» y llegan justo a tiempo para que Shinomiya tenga que pedirle a Ishigami que la acompañe porque «no tiene con quién ir».

Enumeró los incidentes, su voz tranquila, metódica, implacable. Vio cómo la máscara de Hayasaka se resquebrajaba, no con pánico, sino con la resignación de una agente cuya tapadera ha sido descubierta.

—He estado intentando entenderlo —continuó Shirogane, su voz ahora teñida de una profunda y amarga tristeza—. Pensé que me estaba volviendo loco. Pero no es así, ¿verdad? Nada de esto es una coincidencia. Es una campaña. Una operación psicológica meticulosamente planificada y ejecutada.

Dio un paso hacia ella, su sombra engulléndola en la penumbra.

—Todo esto… no es por mí, ¿verdad? —La pregunta fue casi un ruego, una última y desesperada petición de que todo hubiera sido un juego retorcido para recuperarlo. Pero ya sabía la respuesta—. Ya no. Todo esto es por Ishigami.

El nombre quedó suspendido en el aire, pesado y definitivo.

Hayasaka no respondió. Su silencio fue la más elocuente de las confesiones.

Shirogane asintió lentamente, una única y solitaria lágrima trazando un surco en su mejilla antes de que la secara con un gesto furioso. La verdad dolía más de lo que jamás habría imaginado. No era solo que Kaguya se hubiera enamorado de otro. Era la escala, la pura y abrumadora premeditación de todo. Lo había borrado de la ecuación con la misma eficiencia clínica con la que su familia borraba a sus rivales comerciales.

Se recompuso. El presidente del consejo estudiantil, el estratega, tomó de nuevo el control.

—Dile a Kaguya… —comenzó, su voz ahora vacía de toda emoción, un desierto de resignación—. Dile que su estrategia es impecable. Que la felicito. Ha identificado un objetivo, ha analizado sus debilidades y ha lanzado una ofensiva multifacética utilizando recursos encubiertos. Es brillante. Digno de ella.

Hizo una pausa, y su mirada se encontró con la de Hayasaka, llena de una infinita desolación.

—Pero dile también… que los daños colaterales son… extensos.

Se apartó, volviendo a su escritorio, a su pequeña isla de luz en un océano de oscuridad. Se sentó, recogiendo un bolígrafo, fingiendo una normalidad que nunca más volvería a sentir.

—Puedes irte, Hayasaka. Tu misión aquí ha terminado. Y la mía también.

Ai Hayasaka lo observó por un largo momento. En sus ojos normalmente impasibles, Miyuki Shirogane creyó ver un destello de algo parecido a la compasión. O quizás solo era un reflejo de la luz de la lámpara.

—Entendido, Presidente —dijo ella en voz baja.

Y sin otra palabra, se dio la vuelta y desapareció tan silenciosamente como había llegado, dejando tras de sí una caja de té caro y el corazón hecho añicos de un rey depuesto.

Miyuki Shirogane se quedó solo en la vasta y silenciosa sala. El fantasma en su propio reino. La verdad, en toda su brutal y aterradora claridad, se había asentado sobre él como una losa de granito.

No había perdido una guerra de amor. Había sido una víctima, un daño colateral en una guerra completamente nueva. Una guerra por el alma de Yu Ishigami. Y Kaguya estaba luchando no solo con su ingenio y su encanto, sino con todo el poder del imperio Shinomiya a sus espaldas.

¿Qué podía hacer él? ¿Exponerla? ¿Advertir a Ishigami? No. Ishigami no le creería. Y aunque lo hiciera, ¿qué derecho tenía él? Era el hombre que no se había atrevido a hablar, el cobarde que había dejado que el orgullo lo silenciara. Había perdido su derecho a intervenir en el momento en que eligió el silencio.

Se reclinó en su silla, mirando el techo oscuro. La guerra de su vida había terminado. Había perdido. Pero ahora, por primera vez, entendía por qué. Y el conocimiento, aunque doloroso, era una forma de poder.

Ya no era un jugador. Era un espectador. Un espectador con un asiento en primera fila y un conocimiento completo de las reglas secretas del juego. Podía quedarse sentado y ver cómo se desarrollaba la tragedia. Ver cómo Kaguya, en su implacable conquista, aplastaba todo a su paso. O…

O podía hacer algo.

No como un rival. No como un amante despechado. Sino como el Presidente del Consejo Estudiantil. Como el amigo de Yu Ishigami. Como el único, aparte de la propia Kaguya, que ahora conocía toda la verdad.

Una nueva determinación, fría y afilada, comenzó a formarse en las cenizas de su corazón roto. La guerra de Miyuki Shirogane contra Kaguya Shinomiya había terminado.

Pero quizás, solo quizás, una nueva guerra estaba a punto de comenzar.