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El Omega del alfa

El eco de una traición bajo la lluvia

La tarde se había teñido de un gris plomizo, como si el cielo de la ciudad quisiera mimetizarse con el humor sombrío que empezaba a gestarse en los alrededores de la universidad. Joshua caminaba hacia el estacionamiento privado, con la mente dividida entre el último examen de gestión empresarial y el deseo irrefrenable de llegar a casa para oler el cuello de Han. Desde que sus padres habían aceptado la relación, el alfa se sentía invencible, pero esa misma seguridad lo hacía bajar la guardia ante las serpientes que acechaban en la hierba.

—¡Joshua! —El grito agudo de Clara rompió el silencio del área VIP del estacionamiento.

El joven alfa se detuvo, soltando un suspiro de fastidio. Se giró lentamente, encontrando a la chica rubia con el rostro desencajado y los ojos inyectados en una mezcla de rabia y desesperación.

—Clara, ya te lo he dicho mil veces. No tengo nada de qué hablar contigo —dijo Joshua, manteniendo una distancia prudente—. Mi relación con Han no es un juego ni una fase. Es mi vida.

—¿Tu vida? —Clara soltó una carcajada histérica, acercándose a zancadas—. ¡Ese omega es un viejo, Joshua! Te ha lavado el cerebro con su cara de lástima y su aroma barato. Tú eres un Hong, estás destinado a estar con alguien que brille a tu lado, no con un niñero que se marchitará mientras tú aún estés en tu mejor momento.

—Vuelve a insultarlo y te juro que olvidaré que eres una mujer —gruñó Joshua, y su aroma a sándalo se volvió picante, una advertencia clara de su lobo interno.

Pero Clara estaba fuera de sí. En un movimiento desesperado, nacido de la obsesión y el rechazo, se lanzó hacia adelante. Antes de que Joshua pudiera reaccionar o apartarse, ella rodeó su cuello con los brazos y estampó sus labios contra los de él. Fue un beso forzado, amargo, carente de cualquier química, pero visualmente devastador para cualquiera que lo viera desde lejos.

Joshua la empujó con fuerza bruta apenas un segundo después, limpiándose la boca con el dorso de la mano con una expresión de asco puro.

—¿Qué demonios te pasa? —exclamó él, retrocediendo como si ella fuera una plaga—. Estás loca, Clara. Aléjate de mí de una vez por todas.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. A unos metros de distancia, oculto tras una columna de concreto, Han permanecía petrificado. Había decidido darle una sorpresa a Joshua, trayéndole su café favorito y queriendo caminar juntos hasta la mansión, pero la imagen de la alfa rubia colgada del cuello de su pareja lo había golpeado como un mazo en el pecho.

El vaso de cartón resbaló de las manos de Han, derramando el líquido caliente sobre el asfalto. El sonido llamó la atención de Joshua, quien giró la cabeza con el corazón deteniéndosele en el pecho al ver la figura delgada y temblorosa de su omega.

—¡Han! —gritó Joshua, ignorando por completo a Clara, que ahora sonreía con malicia triunfante.

Han no se quedó a escuchar. Sus inseguridades, aquellas que Joshua había intentado sanar con tanta paciencia, regresaron todas de golpe, como una marea negra que lo ahogaba. Corrió hacia la salida del estacionamiento, con las lágrimas desbordándose de sus ojos oscuros. Escuchaba los pasos pesados de Joshua detrás de él, pero el dolor en su pecho era tan agudo que solo quería desaparecer.

—¡Han, detente! ¡Por favor, escúchame! —rogaba Joshua mientras lo alcanzaba cerca de la fuente del campus, bajo la lluvia que empezaba a caer con fuerza.

Joshua logró sujetarlo por el brazo, obligándolo a girarse. Han estaba empapado, con el cabello pegado a la frente y los hombros sacudidos por sollozos desgarradores. Su aroma a vainilla, usualmente dulce y reconfortante, ahora olía a tristeza profunda y a flores marchitas.

—¡Suéltame, Joshua! —sollozó Han, tratando de zafarse—. Ella tiene razón... yo no encajo aquí. Soy mayor, soy solo alguien que contrataron para limpiar tu ropa. Ella es hermosa, es joven, es de tu mundo...

—¡Mírame! —Joshua lo tomó por los hombros con firmeza, obligándolo a sostenerle la mirada—. ¡Mírame a los ojos, Yoon Jeonghan! Esa mujer no significa nada. Ella me atacó, me besó a la fuerza porque sabe que te amo y quiere destruirnos.

—Pero la besaste... —Han hipó, con el rostro cubierto de lágrimas y gotas de lluvia—. Te vi... y me sentí tan pequeño, Joshua. Sentí que en cualquier momento te darías cuenta de que mereces a alguien mejor que un omega de treinta y dos años que no tiene nada que ofrecerte más que su inseguridad.

Joshua sintió que el alma se le partía. Ver a Han así, tan vulnerable y roto por culpa de una mentira, era más de lo que su instinto de alfa podía soportar. Sin soltarlo, lo atrajo hacia su cuerpo con una posesividad que no admitía discusiones, envolviéndolo en un abrazo tan apretado que apenas dejaba espacio para el aire.

—Escúchame bien —susurró Joshua contra su oído, su voz rompiéndose por la emoción—. Si tú te vas de mi lado, yo muero de tristeza, Han. No es una frase hecha. Mi lobo te eligió a ti. Sin tu aroma en mi cama, sin tu risa en la cocina, esta mansión es solo una tumba de mármol. No quiero a una alfa de mi "posición". Te quiero a ti, con tus miedos, con tus años, con tu belleza que me vuelve loco cada vez que despierto.

Han seguía llorando, pero el calor de Joshua empezaba a filtrarse a través de su ropa mojada, calmando el temblor de sus miembros.

—No me dejes, por favor —continuó Joshua, ocultando su rostro en el cuello de Han, buscando desesperadamente el aroma de su pareja para calmar su propio pánico—. No me dejes solo en este mundo de apariencias. Eres lo único real que tengo. Si te pierdo, pierdo mi norte. Me marchitaré, Han. Me convertiré en una sombra.

Han levantó sus manos temblorosas y las apoyó en el pecho de Joshua, sintiendo el latido errático y potente del corazón del alfa. Se dio cuenta de que Joshua estaba tan asustado como él. El gran heredero, el joven más deseado del colegio, estaba temblando ante la sola idea de perder a su "niñero".

—¿De verdad me necesitas tanto? —preguntó Han en un susurro apenas audible entre el murmullo de la lluvia.

—Más que al aire para respirar —respondió Joshua, alejándose solo lo suficiente para acunar el rostro de Han entre sus manos grandes y cálidas—. Eres mi vida entera, Jeonghan. Nunca vuelvas a dudar de eso. No importa cuántas Claras intenten interponerse, nadie puede romper lo que la sangre y el alma han unido.

Han cerró los ojos, dejando que las últimas lágrimas se mezclaran con el agua de lluvia. La seguridad en la voz de Joshua, esa devoción absoluta que brillaba en sus pupilas oscuras, terminó por derribar los muros de su inseguridad.

—Lo siento —murmuró Han—. Siento ser tan difícil a veces.

—Eres perfecto —sentenció Joshua—. Y ahora, deja que te demuestre a quién pertenecen estos labios.

Joshua bajó la cabeza y selló el pacto con un beso que borró cualquier rastro del ataque de Clara. Fue un beso profundo, lento, que sabía a lluvia y a perdón. Las manos de Joshua bajaron desde el rostro de Han hasta su cintura, apretándolo contra él con una fuerza que reclamaba cada centímetro de su ser. Han se aferró a los hombros de Joshua, perdiéndose en la calidez del sándalo que ahora lo envolvía como un escudo impenetrable.

En ese momento, bajo la tormenta, ya no importaba la diferencia de edad, ni los berrinches de una alfa despechada, ni las miradas de los curiosos. Solo existían ellos dos: un joven alfa que había encontrado su alma en un hombre maduro, y un omega que finalmente entendía que su valor no residía en su edad o su estatus, sino en el inmenso amor que era capaz de inspirar.

—Vamos a casa —dijo Joshua sobre los labios de Han, con una sonrisa que iluminó la tarde gris—. Te prepararé un baño caliente y no te soltaré en toda la noche.

—Promételo —pidió Han, con un brillo de esperanza en sus ojos.

—Te lo prometo por mi vida —respondió el alfa, volviendo a besarlo, dejando claro que a partir de ese día, cualquiera que tocara lo que era suyo, tendría que enfrentarse a la furia de un Hong enamorado.