El Omega del alfa
El despertar de la bestia y el perfume del sacrificio
El aire en la mansión Hong se había vuelto irrespirable en menos de una hora. No era el calor del verano, que golpeaba los ventanales con una intensidad inusual para esa época del año, sino algo mucho más primitivo, denso y oscuro. Un aroma a sándalo quemado, mezclado con notas de almizcle y tierra mojada, se filtraba por debajo de las puertas dobles de la habitación principal, inundando los pasillos con una advertencia silenciosa pero letal.
Joshua Hong, a sus veinte años, estaba experimentando su primer celo de alfa adulto con una potencia que había pillado por sorpresa incluso a sus padres. Sam y Daniel, conocedores de la genética dominante de su linaje, habían tomado medidas drásticas de inmediato. Sabían que un alfa de la casta de Joshua, en pleno pico de hormonas y deseo territorial, podía ser peligroso, no por maldad, sino por la pérdida absoluta de control sobre sus instintos más básicos.
—¡Han, por favor, escúchame! —Daniel detuvo al omega en la mitad del gran pasillo, sujetándolo suavemente por los hombros—. No puedes entrar ahí. Joshua ha sido muy claro antes de perder el juicio por completo: te prohibió la entrada. Se encerró con llave para protegerte de él mismo.
Han, que vestía un suéter ligero de color lavanda que acentuaba la palidez de su piel y la suavidad de sus rasgos, temblaba ligeramente. Sus ojos oscuros estaban fijos en la puerta de roble al final del corredor. Podía escuchar los gruñidos sordos que emanaban del interior, el sonido de muebles siendo arrastrados y el jadeo errático de su alfa.
—Pero está sufriendo, Daniel —susurró Han, con la voz quebrada por la angustia—. Puedo oler su dolor. Su aroma está herido, está llamándome aunque su boca diga lo contrario. Tiene veintidós años menos que la experiencia que yo debería tener, pero sigue siendo mi alfa. No puedo dejarlo solo en ese estado.
—Es un celo de sangre, Han —intervino Sam, acercándose con una expresión sombría—. Es el primer celo después de haber encontrado a su pareja destinada. Su instinto de reclamo es tan fuerte que si entras ahora, no tendrá delicadeza. Su lobo solo querrá marcarte, anudarte y poseerte hasta que ambos queden exhaustos. Él tiene miedo de lastimarte, de ser demasiado brusco debido a tu... delicadeza.
Han soltó una risa triste, negando con la cabeza. Se soltó del agarre de Daniel y dio un paso firme hacia la puerta prohibida.
—Ustedes lo ven como un heredero que debe ser protegido, o como un alfa que puede ser una amenaza —dijo Han, girándose para mirar a los padres de Joshua con una determinación que nunca antes había mostrado—. Pero yo lo veo como el hombre que me rescató de la invisibilidad. Me da igual si es brusco, me da igual si me marca hasta que me duela la piel. Soy su omega. Si él está en el infierno, yo voy a entrar ahí para ser su consuelo.
—Han, es peligroso... —advirtió Daniel, pero no hizo ademán de detenerlo de nuevo. Había algo en la mirada del omega, una chispa de sacrificio y amor absoluto, que le recordó a su propia juventud con Sam.
Han caminó hacia la puerta. A medida que se acercaba, el aroma de Joshua lo golpeaba como una ola física. Era embriagador, masculino y terriblemente demandante. Su propio cuerpo de omega empezó a reaccionar de inmediato; sus piernas se sentían pesadas, su vientre comenzó a contraerse con un anhelo sordo y su aroma a vainilla empezó a fluir con mayor intensidad, respondiendo a la llamada del sándalo.
Se detuvo frente a la madera tallada. Puso una mano temblorosa sobre el pomo. Estaba cerrado por dentro, tal como habían dicho.
—¡Joshua! —llamó Han, pegando la frente a la puerta—. Joshua, soy yo. Abre la puerta, por favor.
Desde el interior, se hizo un silencio sepulcral que duró apenas unos segundos antes de ser roto por un rugido que hizo vibrar la estructura de la casa.
—¡Vete, Han! —La voz de Joshua no se parecía en nada a su tono habitual, tranquilo y elegante. Era una voz rota, gutural, cargada de una necesidad salvaje—. ¡Vete ahora mismo! No puedo... no puedo controlarlo. Te voy a lastimar. ¡Vete con mis padres, sal de la casa!
—No me voy a ir —respondió Han, con lágrimas de determinación asomando en sus ojos—. No me importa lo que pase. No me importa si pierdes el control. Quiero estar contigo. Quiero que me hagas tuyo, Joshua. No como un niño al que hay que cuidar, sino como tu compañero.
—¡No entiendes! —se escuchó un golpe seco contra la puerta, como si Joshua hubiera golpeado la madera con el puño—. Mi lobo te quiere reclamar ahora mismo. Siento que voy a romperte si te toco. ¡Hueles demasiado bien, Han! Tu vainilla me está volviendo loco... ¡Vete antes de que rompa esta maldita puerta!
Han buscó en el bolsillo de su pantalón. Sabía que los empleados tenían una llave maestra para emergencias, y él la había tomado de la cocina antes de subir. Con manos temblorosas, insertó la llave en la cerradura.
—Si no abres tú, entraré yo —anunció Han.
El giro de la llave sonó como un disparo en el pasillo silencioso. Han empujó la puerta y entró en la habitación, cerrándola inmediatamente detrás de él.
El cuarto estaba en penumbra, con las pesadas cortinas de terciopelo corridas. El aire estaba tan saturado de feromonas que Han sintió un mareo instantáneo. En el centro de la habitación, junto a la cama deshecha, Joshua estaba de rodillas, con el torso desnudo y el sudor recorriendo sus músculos tensos y definidos. Su cabello estaba revuelto y sus ojos, usualmente de un marrón cálido, brillaban con un tinte rojizo, la marca del alfa en celo.
Al ver a Han, Joshua soltó un gruñido de advertencia, retrocediendo hacia la esquina de la habitación como una fiera acorralada.
—Te dije que no entraras —siseó Joshua, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula parecía a punto de estallar—. Vete, Han. Por lo que más quieras.
Han no retrocedió. Al contrario, empezó a desabotonar su suéter con movimientos lentos, dejando que su aroma a vainilla inundara el espacio, mezclándose deliberadamente con el sándalo agresivo de Joshua.
—Mírame, Joshua —dijo Han, dejando caer la prenda al suelo y quedando solo en una camiseta fina que transparentaba su piel—. No soy de cristal. He esperado treinta y dos años para encontrar a alguien que me mire como tú lo haces. ¿Crees que me asusta tu fuerza? Lo que me asusta es que sufras solo por miedo a hacerme daño.
Joshua sollozó, un sonido desgarrador que rompió el corazón de Han. El alfa se cubrió el rostro con las manos, luchando contra el impulso de saltar sobre el omega y reclamarlo allí mismo sobre la alfombra.
—Eres tan pequeño comparado conmigo ahora mismo... —jadeó Joshua—. Mi instinto me dice que te muerda, que te marque, que no te deje caminar en días. No quiero que me odies después, Han. No quiero que me tengas miedo.
Han se acercó con pasos suaves, arrodillándose frente a él. Estiró una mano y, con una valentía que desafiaba toda lógica biológica, acarició la mejilla ardiente de su alfa. Joshua se estremeció violentamente ante el contacto, cerrando los ojos y dejando escapar un gemido de pura necesidad.
—Nunca podría tenerte miedo —susurró Han, acercando su rostro al de Joshua hasta que sus alientos se mezclaron—. Hazlo. Muérdeme. Márcame. Hazme tuyo de la forma en que tu lobo lo pide. Prefiero morir en tus brazos que vivir una vida entera sabiendo que te rechacé cuando más me necesitabas.
Esa fue la gota que colmó el vaso. El autocontrol de Joshua, que ya pendía de un hilo, se rompió por completo. Con un movimiento rápido y fluido, atrapó las muñecas de Han y lo inmovilizó contra el suelo, posicionándose sobre él con una dominancia abrumadora.
Joshua hundió el rostro en el cuello de Han, aspirando el aroma de la glándula de olor con una desesperación casi dolorosa. Sus manos, grandes y fuertes, recorrieron el cuerpo del omega, reconociendo cada curva, cada rincón que ahora le pertenecía por derecho de sangre y elección.
—Han... —gruñó Joshua contra su piel—, te lo advertí. No voy a poder parar.
—No pares —respondió Han, rodeando la cintura del alfa con sus piernas, incitándolo a profundizar el contacto—. Soy tuyo, Joshua. Todo de mí es tuyo.
El encuentro fue una tormenta de sensaciones. Joshua se movía con una urgencia salvaje, impulsado por el celo que quemaba sus venas, pero incluso en medio de la neblina del deseo, había destellos de una ternura infinita. Cada vez que sus labios se encontraban, el mundo exterior desaparecía. Ya no importaba que Joshua fuera el heredero millonario de veinte años o que Han fuera el niñero de treinta y dos. En esa habitación, eran simplemente dos mitades de un todo que finalmente se unían.
Joshua mordía los hombros de Han, dejando marcas rojizas que durarían días, reclamando su territorio con una ferocidad que hacía que el omega soltara jadeos de placer y entrega. El aroma de ambos se fusionó en una fragancia nueva, poderosa, que llenó la mansión y anunció a todos los presentes que el vínculo se había sellado de manera definitiva.
—Eres mío —susurraba Joshua entre besos hambrientos—. Mi omega. Mi vida. Nadie volverá a tocarte, nadie volverá a hacerte sentir pequeño.
—Y tú eres mi alfa —respondía Han, con la voz entrecortada, aferrándose a la espalda de Joshua mientras sentía cómo el nudo del alfa empezaba a formarse, uniéndolos en el acto más íntimo y sagrado de su especie—. Siempre seré tuyo.
Horas más tarde, cuando la primera fase del celo había dado paso a una calma exhausta pero cálida, Joshua permanecía abrazado a Han en la cama. El omega dormitaba con la cabeza apoyada en el pecho del alfa, envuelto en las sábanas de seda y en el calor protector de su pareja. Joshua, ya con los ojos recuperando su color normal pero aún brillantes por la emoción, le acariciaba el cabello con una delicadeza infinita.
Observó las marcas en el cuello de Han, los rastros de su propia pasión, y sintió una oleada de gratitud. Han no le había tenido miedo. Han había cruzado la frontera del peligro solo para estar a su lado, demostrando que su amor era mucho más fuerte que cualquier jerarquía o diferencia de edad.
—Perdóname por ser tan brusco —susurró Joshua, besando la coronilla de Han.
Han abrió los ojos lentamente, regalándole una sonrisa llena de paz. Se estiró un poco para besar la barbilla de su alfa.
—No tienes nada que perdonar, Joshua. Ha sido... perfecto. Me siento completo por primera vez en mi vida.
—Mis padres van a querer matarme cuando vean cómo te dejé —bromeó Joshua, aunque en su voz se notaba el orgullo territorial del alfa que ha reclamado con éxito a su pareja.
—Tus padres sabían exactamente lo que iba a pasar cuando me dejaron entrar —respondió Han, acomodándose mejor entre sus brazos—. Ellos saben que tú y yo somos uno solo ahora.
Joshua suspiró, cerrando los ojos y disfrutando del latido acompasado del corazón de Han contra el suyo. El celo duraría unos días más, y sabía que habría más momentos de intensidad, pero el miedo se había ido. Ya no temía lastimar a Han, porque entendía que el omega era mucho más fuerte de lo que aparentaba, y que su vínculo era capaz de soportar cualquier tempestad.
En la planta baja, Sam y Daniel compartían una copa de vino en silencio. El aroma que bajaba desde la habitación principal les decía todo lo que necesitaban saber.
—Joshua ha madurado hoy más que en todos estos años —comentó Daniel, mirando hacia la escalera—. Ha encontrado su ancla.
—Y Han ha encontrado su hogar —añadió Sam—. Ese omega tiene una fuerza que muchos alfas envidiarían. Han hecho bien en encontrarse.
Mientras tanto, en la penumbra de la habitación, Joshua Hong, el alfa más deseado y poderoso de su generación, se quedaba dormido con la certeza de que su mayor fortuna no estaba en los bancos ni en las empresas de su familia, sino en los brazos del hombre de treinta y dos años que lo amaba sin condiciones.
—Te amo, Han —susurró Joshua antes de sucumbir al sueño.
—Te amo, mi joven alfa —respondió Han, sellando la promesa con un último beso antes de que el silencio y el aroma a sándalo y vainilla los envolvieran en un sueño profundo y compartido.
La mansión Hong finalmente estaba en paz, custodiando el secreto de un amor que había desafiado al tiempo, a la edad y a los instintos, para convertirse en una leyenda grabada en la piel y en el alma.