El Omega del alfa
El eco de los latidos compartidos
La luz del sol de Seúl se filtraba con una suavidad dorada a través de los ventanales de la suite principal de la mansión Hong. Cuatro años habían pasado desde que el aroma a sándalo y lluvia de Joshua se entrelazara definitivamente con la dulzura de la vainilla de Jeonghan. A sus veinticuatro años, Joshua ya no era solo el heredero; era el rostro visible y respetado de la organización, un alfa cuya presencia imponía respeto en las juntas directivas y cuya devoción por su omega era leyenda en los círculos sociales más exclusivos.
Jeonghan, a sus treinta y seis años, parecía haber detenido el tiempo. Su belleza, antes marcada por una melancolía sutil, ahora florecía con la madurez de quien se sabe profundamente amado. Sin embargo, esa mañana, el brillo habitual de sus ojos estaba empañado por un cansancio inusual.
—¿Han? ¿Estás bien? —La voz de Joshua resonó desde el vestidor. Apareció abotonándose una camisa de seda negra, con el porte atlético de un alfa en su plenitud. Al ver a Jeonghan sentado en el borde de la cama, con la palidez tiñendo sus mejillas, se acercó de inmediato.
—Solo es un mareo, Joshie —respondió Jeonghan, intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Creo que la cena de anoche con tus padres fue demasiado pesada. El salmón no me sentó del todo bien.
Joshua se arrodilló frente a él, tomando sus manos entre las suyas. El contraste de sus edades seguía siendo evidente, pero la conexión entre sus lobos era tan fuerte que el tiempo parecía una cifra irrelevante. El alfa frunció el ceño, olfateando el aire con preocupación.
—Tu aroma está... diferente —murmuró Joshua, hundiendo la nariz en el cuello de su omega—. Sigue siendo vainilla, pero hay algo más, algo denso, como si estuvieras ocultando una fiebre. Deberíamos llamar al médico de la familia.
—No seas exagerado, mi joven alfa —bromeó Jeonghan, acariciando el cabello de Joshua—. Tienes una reunión importante con los inversores de Japón en una hora. No puedes cancelarla por un simple malestar estomacal. Estoy bien, de verdad. Solo necesito un té de jengibre y un poco de descanso.
Joshua no parecía convencido. Su instinto territorial, aquel que se había despertado con tanta furia años atrás, seguía siendo extremadamente sensible cuando se trataba de Jeonghan.
—Si no te sientes mejor para el almuerzo, regresaré de inmediato —sentenció Joshua, poniéndose en pie y depositando un beso posesivo en la frente de su pareja—. No me importa la inversión japonesa si mi omega no está bien.
—Ve a trabajar, Joshua —dijo Jeonghan, empujándolo suavemente hacia la puerta—. Estaré aquí cuando vuelvas.
Apenas se cerró la puerta principal y escuchó el motor del coche de Joshua alejarse, Jeonghan corrió hacia el cuarto de baño. El ataque de náuseas fue repentino y violento. Se arrodilló frente al inodoro, vaciando su estómago mientras el sudor frío le perlabla la frente. No era la primera vez esa semana; de hecho, era la cuarta mañana consecutiva que comenzaba así.
—Maldita sea... —susurró Jeonghan, apoyando la cabeza contra el azulejo frío—. Debo tener una infección realmente mala.
Se puso en pie con dificultad y se lavó la cara. Al mirarse al espejo, notó que sus facciones estaban más suaves, casi radiantes a pesar del malestar. Su mente, siempre lógica y a veces demasiado precavida por la diferencia de edad, empezó a barajar posibilidades que su corazón temía nombrar.
—No puede ser —se dijo a sí mismo, tocando su vientre plano—. Tengo treinta y seis años. Las probabilidades son tan bajas...
Decidido a salir de dudas antes de que Joshua regresara con su ejército de médicos y preocupaciones, Jeonghan se vistió con ropa cómoda y salió de la mansión. No quería usar a los chóferes de la familia, así que tomó un taxi hacia una clínica privada en el centro, una donde no fuera reconocido de inmediato como el "omega de los Hong".
Mientras esperaba en la sala, el olor de la clínica —desinfectante y café barato— le revolvió el estómago nuevamente. Se cubrió la nariz con el antebrazo, tratando de concentrarse en cualquier otra cosa. Sus pensamientos volaron hacia Joshua. A los veinticuatro años, Joshua estaba en la cima del mundo. Era joven, poderoso y tenía toda una vida por delante. Jeonghan siempre había tenido ese pequeño temor residual de que, en algún momento, la brecha de doce años se sintiera como un abismo. ¿Qué pasaría si Joshua quería hijos ahora? ¿Qué pasaría si él ya no podía dárselos?
—¿Señor Yoon Jeonghan? —La enfermera lo llamó, interrumpiendo su espiral de ansiedad.
Entró en el consultorio de una doctora beta de mediana edad, quien lo recibió con una sonrisa profesional.
—Dígame, señor Yoon, ¿cuáles son sus síntomas? —preguntó la doctora mientras revisaba su historial.
—Náuseas matutinas, mareos y un cansancio que no se quita ni durmiendo diez horas —explicó Jeonghan, jugando nerviosamente con el anillo de compromiso que Joshua le había regalado hacía dos años—. Pensé que era una intoxicación alimentaria, pero ya dura casi una semana.
La doctora lo observó por encima de sus gafas, anotando algo en su tableta.
—Soy un omega, doctora —añadió él, como si necesitara justificar su presencia—. Tengo un alfa estable. Estamos vinculados.
—Entiendo. Vamos a hacer un análisis de sangre y una ecografía rápida para descartar cualquier problema gástrico —dijo ella con calma—. Pase por aquí, por favor.
El proceso fue rápido, pero para Jeonghan cada minuto se sintió como una hora. Cuando regresó al consultorio para los resultados, la doctora tenía una expresión que él no pudo descifrar.
—Señor Yoon —comenzó ella, dejando los papeles sobre el escritorio—, sus niveles de hormonas están por las nubes. No tiene ninguna infección ni problemas estomacales.
Jeonghan sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—Entonces... ¿qué es?
—Está usted embarazado —anunció la doctora con una sonrisa—. Aproximadamente de ocho semanas. El latido es fuerte y todo parece estar en orden, a pesar de que a los treinta y seis años consideramos que es un embarazo que requiere cuidados especiales, usted está en excelente salud.
El mundo pareció detenerse. Jeonghan sintió una mezcla de terror puro y una alegría tan intensa que le costaba respirar. Un hijo. Un pequeño cachorro que llevaría el aroma a sándalo de Joshua y, quizás, sus mismos ojos decididos.
—¿Un bebé? —susurró Jeonghan, con las lágrimas asomando finalmente—. ¿De verdad?
—De verdad. Felicidades, señor Yoon.
Salió de la clínica en un estado de trance. Caminó por las calles de Seúl sin ver realmente a la gente que pasaba a su alrededor. Su mente era un caos de preguntas. ¿Cómo se lo diría a Joshua? ¿Estaría asustado? Joshua era tan joven, apenas estaba consolidando su lugar en la empresa. Un hijo cambiaría todo.
Cuando llegó a la mansión, el coche de Joshua ya estaba en la entrada. El alfa había regresado temprano, tal como prometió. Jeonghan entró en la casa y escuchó voces en el estudio principal. Eran Dk y Woozi, quienes seguían siendo los mejores amigos de Joshua y visitantes frecuentes.
—Te lo digo, Shua, estás paranoico —decía la voz burlona de Dk—. Jeonghan es un hombre adulto. Seguramente solo necesita unas vacaciones. Llévatelo a las Maldivas o algo así.
—No es paranoia, Dk —respondió Joshua, y su voz sonaba tensa, cargada de esa autoridad que usaba en la oficina—. Su aroma ha cambiado. Mi lobo está inquieto, como si necesitara construir un nido a su alrededor. Siento que algo está pasando y él no me lo dice.
—Si está enfermo, lo mejor es que descanse —intervino Woozi con su pragmatismo habitual—. Pero tu agitación no lo ayuda. Cálmate, Joshua. Estás inundando la casa con olor a alfa estresado.
Jeonghan decidió que era el momento. Respiró hondo, ajustó su postura y entró en el estudio. Los tres alfas se giraron de inmediato. Joshua se puso en pie en un segundo, cruzando la habitación para llegar hasta él.
—¿Dónde estabas? —preguntó Joshua, tomándolo por los hombros y escaneando su rostro con desesperación—. Te busqué por toda la casa. Los empleados dijeron que saliste solo.
—Fui al médico, Joshua —respondió Jeonghan, tratando de mantener la voz firme.
Dk y Woozi se intercambiaron una mirada y, con una discreción poco común en ellos, decidieron retirarse.
—Creo que nosotros nos vamos —dijo Dk, palmeando el hombro de Joshua—. Avísanos si necesitas algo, Shua.
Cuando la puerta del estudio se cerró, el silencio se volvió denso. Joshua no soltaba a Jeonghan; sus manos temblaban ligeramente sobre los hombros del omega.
—Dime qué tienes —suplicó Joshua—. Si es algo grave, no me importa lo que cueste. Buscaremos a los mejores especialistas del mundo. No voy a dejar que nada te pase, Han. Eres mi vida.
Jeonghan sintió que el corazón se le derretía. La devoción de Joshua, después de cuatro años, no había disminuido ni un ápice; al contrario, se había vuelto más profunda, más madura.
—No estoy enfermo, Joshie —dijo Jeonghan, tomando las manos del alfa y llevándolas hacia su propio vientre—. Las náuseas, el cansancio... todo tiene una explicación.
Joshua se quedó congelado. Sus ojos bajaron hacia sus propias manos, que ahora descansaban sobre el estómago de Jeonghan. Por un momento, el alfa pareció procesar la información a una velocidad vertiginosa. Su lobo, de repente, soltó un aullido de triunfo en su interior. El aroma de Jeonghan, ese "algo más" que Joshua había detectado esa mañana, cobró sentido de repente. Era el aroma de la vida nueva, del cachorro que crecía bajo la protección de su omega.
—¿Estás...? —Joshua no pudo terminar la frase. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su expresión de dureza empresarial se desmoronó por completo.
—Estoy embarazado, Joshua —confirmó Jeonghan con una sonrisa temblorosa—. Vamos a tener un bebé.
Joshua se dejó caer de rodillas frente a él, abrazando la cintura de Jeonghan y pegando la oreja a su vientre, como si pudiera escuchar algo en ese mismo instante. Sus hombros empezaron a sacudirse con sollozos de pura alegría.
—Un cachorro... —sollozó Joshua contra la tela de la camisa de Jeonghan—. ¡Un cachorro nuestro! Gracias, Han... gracias por esto.
—¿No tienes miedo? —preguntó Jeonghan, acariciando el cabello rubio de su alfa—. Eres tan joven, Joshua. Apenas tienes veinticuatro. Esto cambiará todos tus planes.
Joshua levantó la cabeza, y Jeonghan vio en sus ojos una determinación que le quitó cualquier rastro de duda.
—¿Planes? —Joshua se puso en pie, tomando el rostro de Jeonghan entre sus manos—. Mi único plan desde los veinte años ha sido hacerte feliz y construir una vida contigo. Este bebé es el mayor regalo que podrías darme. No me importa mi edad, ni la tuya, ni lo que diga nadie. Voy a ser el mejor padre del mundo para este cachorro, y voy a cuidarte más de lo que jamás he cuidado nada en este planeta.
Se besaron entonces, un beso que sabía a lágrimas saladas y a promesas eternas. El aroma a sándalo y vainilla en la habitación se volvió tan dulce y protector que parecía crear una burbuja física alrededor de ellos.
Esa noche, cuando Sam y Daniel llegaron a cenar y recibieron la noticia, la mansión Hong estalló en una celebración que duró hasta la madrugada. Sam abrazó a Jeonghan con la ternura de un padre, mientras Daniel compartía un brindis con Joshua, reconociendo en su hijo al hombre completo en el que se había convertido.
—¿Quién lo diría? —comentó Daniel, mirando a la pareja desde el otro lado del comedor—. Contratamos a un niñero y terminamos ganando un hijo y un nieto.
—Fue la mejor inversión de nuestra vida —respondió Sam con una sonrisa.
Más tarde, en la paz de su habitación, Joshua y Jeonghan estaban acostados, observando la luna a través del ventanal. Joshua tenía una mano posesiva sobre el vientre de Jeonghan, acariciando la piel con una suavidad extrema.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —susurró Jeonghan, acomodándose en el pecho de su alfa.
—¿Qué, amor?
—Que hace cuatro años, yo tenía miedo de que no me quisieras porque era "demasiado mayor" para ti —dijo Jeonghan con una risita suave—. Y ahora, aquí estamos, esperando un hijo y más enamorados que nunca.
Joshua lo apretó contra sí, aspirando su aroma con devoción.
—Nunca fuiste demasiado mayor, Han. Fuiste exactamente lo que mi alma necesitaba para despertar. Y ahora que este pequeño está aquí... —Joshua besó su hombro—, me doy cuenta de que nuestra historia apenas está comenzando.
—Te amo, Joshua —susurró Jeonghan, cerrando los ojos bajo el arrullo del latido del corazón del alfa.
—Te amo más de lo que las palabras pueden explicar, mi dulce omega —respondió Joshua—. Duerme ahora. Mañana empieza el resto de nuestras vidas.
El silencio volvió a reinar en la mansión, pero era un silencio vibrante, lleno de esperanza y del eco de un amor que había desafiado todas las barreras. El joven alfa y su hermoso omega ya no eran solo dos personas que se habían encontrado por azar; eran el inicio de una nueva estirpe, unidos por un vínculo que el tiempo solo lograba fortalecer. Bajo la luz de las estrellas, el aroma a sándalo, lluvia y vainilla se fundía en una sola esencia: la de una familia que, contra todo pronóstico, lo tenía todo.