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El Omega del alfa

El nido de seda y la espera del alfa

La penumbra de la habitación principal de la mansión Hong estaba cargada de una fragancia tan densa que casi podía palparse. Era una mezcla embriagadora de sándalo profundo, madera de cedro y un toque de lluvia fresca, el aroma característico de Joshua, que ahora envolvía cada rincón del espacio. En el centro de la enorme cama de roble, Jeonghan se movía con una parsimonia instintiva, guiado por una necesidad que nacía desde lo más profundo de su biología omega.

Hacía apenas unas horas que Joshua había recibido una llamada de emergencia de la sede central en Tokio. Un problema con las rutas de distribución exigía su presencia física inmediata, y aunque el joven alfa se había negado rotundamente a dejar a su omega embarazado, había sido el propio Jeonghan quien, con una madurez serena, lo había convencido de partir.

—Es solo un viaje de dos días, Joshie —le había dicho Jeonghan mientras le anudaba la corbata—. Tus padres estarán aquí. No me pasará nada.

Pero ahora, con el silencio de la casa pesando sobre sus hombros y el vacío en el lado izquierdo de la cama, el instinto de nificación de Jeonghan se había activado con una fuerza arrolladora.

Con manos temblorosas pero decididas, Jeonghan comenzó a saquear el vestidor de Joshua. Sacó las camisas de seda que el alfa había usado durante la semana, aquellas que aún conservaban el calor de su piel y la potencia de sus feromonas. Tomó sudaderas de algodón, bufandas de lana y hasta una de las chaquetas de cuero que Joshua solía usar cuando salían a caminar por el jardín.

—Necesito más —susurró Jeonghan para sí mismo, con la respiración entrecortada—. No es suficiente.

Llevó el botín a la cama y comenzó a disponer las prendas en un círculo perfecto. Colocó las camisas más suaves en el centro, creando un colchón mullido donde su vientre, aún incipiente pero ya sagrado, pudiera descansar. Alrededor, erigió una barrera con las prendas más pesadas, impregnadas con el aroma dominante de su alfa, construyendo un refugio que olía a protección, a hogar y a Joshua.

Finalmente, se despojó de su propia ropa y se vistió únicamente con una de las camisas blancas de Joshua, que le quedaba grande y le rozaba los muslos. Se sumergió en el centro del nido, ovillándose sobre sí mismo. Al cerrar los ojos, el aroma lo golpeó con tal intensidad que por un momento pudo jurar que Joshua estaba allí, abrazándolo por la espalda, susurrándole promesas al oído.

—Estamos a salvo, pequeño —murmuró Jeonghan, acariciando su vientre por encima de la tela fina—. Papá volverá pronto. Solo necesitamos su olor para estar bien.

Mientras tanto, en la planta baja, el ambiente era de una calma vigilante. Sam y Daniel, los padres de Joshua, estaban sentados en la sala de estar, compartiendo un té mientras escuchaban el silencio absoluto que provenía del piso superior.

—¿Has subido a verlo? —preguntó Daniel, dejando la taza sobre la mesa de cristal.

—Hace una hora —respondió Sam con una sonrisa llena de nostalgia—. Estaba terminando de acomodar las chaquetas de Joshua. Sabes cómo se ponen los omegas cuando el vínculo es tan fuerte y el alfa se ausenta durante el embarazo. El instinto de nificación es su forma de lidiar con la ansiedad de la separación.

—Me recuerda a ti cuando yo tenía que viajar por los negocios de la familia en los inicios —comentó Daniel, tomando la mano de su esposo—. Te encerrabas en el vestidor y no salías hasta que escuchabas mi coche en la entrada.

—Es una conexión que Joshua heredó de nosotros, pero multiplicada —añadió Sam—. Nunca he visto a un alfa tan joven estar tan sintonizado con su omega. Joshua se fue con el corazón roto, Daniel. Si no fuera porque la empresa depende de este acuerdo, habría mandado a todo Tokio al demonio.

De repente, un suave sonido de pasos en la escalera llamó su atención. No era Jeonghan; era una de las empleadas domésticas que bajaba con una bandeja vacía.

—Señores —dijo la mujer con voz baja—, el señor Jeonghan se ha quedado dormido en el nido. He intentado entrar para dejarle algo de fruta, pero el aroma a alfa en la habitación es tan fuerte que me ha dado un poco de mareo. No creo que quiera ser molestado.

—Gracias, María —dijo Daniel con autoridad—. Asegúrate de que nadie suba al ala este a menos que sea estrictamente necesario. Queremos que descanse. La ausencia de Joshua es estresante para el bebé.

En la habitación, Jeonghan estaba sumido en un sueño profundo y reparador. En su mente, las imágenes de Joshua se sucedían como una película borrosa: Joshua riendo mientras intentaba cocinar para él, Joshua defendiéndolo de Clara años atrás, Joshua llorando de alegría al enterarse del embarazo. Cada recuerdo estaba anclado al aroma que lo rodeaba, creando una barrera psíquica contra la soledad.

Sin embargo, a miles de kilómetros de distancia, en un jet privado que cruzaba el océano hacia Japón, Joshua Hong no encontraba la paz. Estaba sentado en su asiento de cuero, con un ordenador portátil frente a él, pero sus ojos estaban fijos en el teléfono móvil.

—¿Por qué no responde? —gruñó Joshua, pasándose una mano por el cabello con frustración.

—Señor Hong —dijo su secretario, un beta joven que intentaba mantener la compostura—, hace apenas cuarenta minutos que despegamos. Es probable que el señor Jeonghan esté descansando. Sus padres enviaron un mensaje diciendo que todo está bajo control.

—No lo entiendes —dijo Joshua, y su voz tenía un tinte de desesperación que rara vez mostraba en público—. Puedo sentirlo. Mi lazo con él está vibrando. Está triste, se siente solo. Debería estar allí, no aquí arriba en este estúpido avión.

—Es solo un viaje de negocios, señor.

—Es mi vida entera la que se quedó en esa casa —sentenció Joshua, cerrando el ordenador de un golpe—. En cuanto aterricemos, quiero una línea directa con mis padres. Y quiero que el vuelo de regreso esté listo para el momento exacto en que firme el último documento. No me quedaré ni un segundo extra para cenas de cortesía.

Joshua cerró los ojos y trató de proyectar su aroma a través del vínculo, una técnica que su padre le había enseñado para calmar a su pareja a la distancia. "Estoy yendo, Han", pensó con toda su voluntad. "Espérame en nuestro nido".

De vuelta en la mansión, Jeonghan se despertó sobresaltado en mitad de la noche. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas entreabiertas. Por un momento, el pánico lo atenazó. El nido se sentía frío.

—Joshua... —susurró, buscando a tientas entre las prendas.

Sus dedos rozaron la sudadera gris que Joshua solía usar para dormir. La acercó a su rostro y aspiró profundamente. El aroma seguía allí, pero empezaba a disiparse, o al menos eso le dictaba su mente ansiosa. Se levantó con torpeza, sintiendo el peso de su vientre y la ligera hinchazón de sus pies.

Caminó hacia la puerta de la habitación y la abrió apenas unos centímetros. El pasillo estaba en silencio, pero pudo percibir el aroma reconfortante de sus suegros en la planta baja. Sam y Daniel no se habían ido a dormir; estaban cumpliendo su promesa de cuidar de él.

Bajó las escaleras lentamente, con la camisa de Joshua aún puesta y una manta envuelta alrededor de sus hombros. Al llegar a la sala de estar, encontró a Sam leyendo un libro cerca de la chimenea.

—¿Han? ¿Qué haces despierto, cariño? —preguntó Sam, levantándose de inmediato para ayudarlo a sentarse—. ¿Te sientes mal? ¿Es el bebé?

—No, Sam... es solo que... —Jeonghan bajó la mirada, sintiéndose repentinamente como un niño pequeño—. El nido se siente vacío. Sé que suena tonto, tengo treinta y seis años, debería ser capaz de pasar una noche solo, pero me falta el aire sin él.

Sam lo abrazó con ternura, dejando que Jeonghan apoyara la cabeza en su hombro.

—No es tonto, Han. Es el vínculo. Joshua es un alfa muy dominante, y tú eres su pareja destinada. Durante el embarazo, tu lobo necesita la seguridad de su presencia para sentir que el cachorro está a salvo. Daniel y yo estamos aquí para protegerte, pero sabemos que no somos él.

—¿Crees que esté bien? —preguntó Jeonghan con voz pequeña—. Tengo miedo de que su estrés en el trabajo afecte al bebé a través de nuestro lazo.

—Joshua es fuerte —intervino Daniel, quien acababa de entrar desde el estudio—. Acabo de hablar con su secretario. Ya aterrizaron en Tokio. Lo primero que hizo fue preguntar por ti. Dice que si no le enviamos una foto tuya durmiendo, va a cancelar la reunión de mañana y se va a subir al primer avión de carga que encuentre.

Jeonghan soltó una risita suave, la primera de la noche.

—Es un exagerado.

—Es un Hong —corrigió Daniel con una sonrisa—. Ven, come algo de fruta y luego te ayudaremos a volver arriba. Joshua me pidió que te diera algo.

Daniel sacó de un cajón una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, Jeonghan encontró un reloj de pulsera de plata, pero lo importante no era el valor material. El reloj estaba envuelto en un pañuelo de seda que Joshua había llevado pegado a su piel durante todo el día anterior, saturado con su aroma más puro y concentrado.

—Dijo que esto te ayudaría a mantener el nido "fresco" hasta que él vuelva —explicó Daniel.

Jeonghan tomó el pañuelo y lo presionó contra su pecho, sintiendo una oleada instantánea de alivio. Era como si una parte de la esencia vital de Joshua hubiera sido encapsulada para él.

—Gracias... gracias a los dos por estar aquí.

—Somos una familia, Han —dijo Sam, besando su mejilla—. Ahora, vuelve a tu refugio. Mañana será un día menos para su regreso.

Jeonghan regresó a la habitación con el pañuelo apretado contra su corazón. Al entrar en el nido, colocó el nuevo tesoro justo debajo de su almohada. Se acomodó de nuevo, sintiéndose mucho más tranquilo. El cachorro en su vientre, que antes se movía inquieto, pareció calmarse también, respondiendo al aroma renovado del alfa.

Mientras caía en un sueño más profundo, Jeonghan tuvo una visión. Vio a Joshua en una sala de juntas, rodeado de hombres serios, pero con la mente claramente en otro lugar. Vio a su alfa firmando papeles con una velocidad asombrosa, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el reloj.

—Vuelve pronto, mi joven alfa —susurró Jeonghan en el umbral del sueño.

Dos días después, el sonido de un coche frenando bruscamente en la entrada de la mansión rompió la calma de la tarde. No hubo protocolo, no hubo saludos formales. La puerta principal se abrió con un estruendo y Joshua Hong entró como un torbellino, con el traje arrugado y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.

—¿Dónde está? —preguntó Joshua, ignorando las maletas que su chófer dejaba en el suelo.

—Arriba —respondió Daniel, señalando con la cabeza—. No ha salido del nido en las últimas seis horas.

Joshua subió las escaleras de dos en dos, impulsado por un instinto que rugía en su pecho. Al llegar a la habitación, abrió la puerta con suavidad, temiendo romper el santuario que su omega había construido.

La escena que encontró lo dejó sin aliento. Jeonghan estaba profundamente dormido en medio del caos de sus prendas. El nido era una obra de arte de amor y necesidad. Joshua se acercó lentamente, despojándose de su chaqueta y sus zapatos por el camino. Se arrodilló al borde de la cama y observó a su omega.

Jeonghan se veía etéreo, con la piel pálida resaltando contra las telas oscuras de Joshua. Su aroma a vainilla era ahora más fuerte, mezclado con el cansancio de la espera.

—He vuelto, mi vida —susurró Joshua, subiendo a la cama con una agilidad felina.

Se deslizó dentro del nido, teniendo cuidado de no deshacer la estructura que tanto esfuerzo le había costado a Jeonghan. En cuanto su cuerpo tocó el de su omega, Jeonghan soltó un suspiro largo y tembloroso, despertándose lentamente.

—¿Joshua? —preguntó Jeonghan, con la voz ronca por el sueño—. ¿Eres tú de verdad?

—Soy yo, amor. Estoy aquí. No volveré a dejarte solo, te lo prometo.

Jeonghan se giró y se lanzó a los brazos de su alfa, sollozando de puro alivio. Joshua lo envolvió con sus brazos y sus piernas, convirtiéndose él mismo en el nido definitivo. Enterró su rostro en el cuello de Jeonghan, marcándolo de nuevo con su aroma, reclamando cada centímetro de su piel y asegurándole a su lobo interno que su tesoro estaba a salvo.

—El nido... —murmuró Jeonghan, escondiendo la cara en el pecho de Joshua—, olía a ti, pero no era suficiente. Te necesitaba a ti.

—Lo sé, lo sentí —respondió Joshua, acariciando el vientre de Jeonghan con una mano que temblaba de emoción—. El cachorro y tú son mi único mundo, Han. He terminado todo en Tokio. No habrá más viajes largos hasta que nuestro bebé nazca. Me quedaré aquí, cuidando de mi nido y de mi omega.

Pasaron el resto de la tarde así, entrelazados entre las prendas que habían servido de consuelo durante la ausencia. Joshua no dejaba de besar a Jeonghan, de acariciar su vientre y de liberar sus feromonas para saturar el ambiente con una sensación de seguridad absoluta.

Abajo, Sam y Daniel escucharon la risa suave de Jeonghan y el tono bajo y protector de Joshua. Se miraron y sonrieron, sabiendo que el equilibrio de la casa había sido restaurado.

—El joven alfa ha vuelto a casa —dijo Sam, cerrando el libro que estaba leyendo.

—Y el nido finalmente está completo —concluyó Daniel.

En la habitación, rodeados de seda, algodón y el aroma eterno del sándalo y la vainilla, Joshua y Jeonghan se quedaron dormidos, ajenos al mundo exterior. No importaba la diferencia de edad, ni las responsabilidades de una gran organización, ni las sombras del pasado. En ese nido, bajo el techo de la mansión Hong, solo existía el latido compartido de tres corazones que habían aprendido que, cuando el amor es predeterminado por el destino, ninguna distancia es lo suficientemente grande como para romper el vínculo de una verdadera familia.