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El Omega del alfa

El nido de seda y el reclamo del alma

La penumbra de la habitación principal de la mansión Hong estaba cargada de una fragancia tan densa que casi podía palparse. Era una mezcla embriagadora de sándalo profundo, madera de cedro y un toque de lluvia fresca, el aroma característico de Joshua, que ahora envolvía cada rincón del espacio. En el centro de la enorme cama de roble, Jeonghan se movía con una parsimonia instintiva, guiado por una necesidad que nacía desde lo más profundo de su biología omega.

Hacía apenas unas horas que Joshua había regresado de su viaje de emergencia a Tokio. El joven alfa, de apenas veinticuatro años, no había esperado a que los criados subieran sus maletas ni a que sus padres, Sam y Daniel, lo interrogaran sobre los contratos firmados. Había subido las escaleras de dos en dos, impulsado por un instinto que rugía en su pecho al sentir, a través del vínculo, que su omega lo llamaba en sueños.

Al entrar en la habitación, Joshua se detuvo en seco. El espectáculo frente a él hizo que su lobo interno soltara un aullido de satisfacción y posesividad. Jeonghan había construido un nido perfecto con sus camisas, sudaderas y hasta algunas mantas que conservaban su esencia. Allí, ovillado en el centro, el omega de treinta y seis años dormía con una expresión de cansancio y anhelo.

Joshua se despojó de su chaqueta de traje, de su corbata y de sus zapatos con movimientos rápidos. Necesitaba estar allí, integrarse en ese santuario de telas y feromonas. Se deslizó con cuidado sobre el colchón, tratando de no romper la estructura de seda y algodón, y envolvió a Jeonghan por la espalda.

—He vuelto, mi vida —susurró Joshua contra la nuca de su omega, aspirando el aroma a vainilla que ahora, debido al embarazo de casi tres meses, olía mucho más dulce y maduro.

Jeonghan comenzó a removerse, soltando un gemido bajo que hizo que la sangre de Joshua se calentara instantáneamente. El omega abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz mortecina de la tarde que se filtraba por las cortinas. Al sentir el calor sólido y el aroma abrasador de su alfa rodeándolo, se giró con torpeza en el nido, buscando el refugio del pecho de Joshua.

—Joshua... —la voz de Jeonghan sonó ronca, cargada de una sensibilidad que solo el embarazo podía provocar—. Viniste. Pensé que tardarías más.

—No podía pasar un segundo más lejos de ti, Han —respondió el alfa, besando su frente con devoción—. Te sentí inquieto todo el vuelo. Mi lobo estaba volviéndose loco porque no podía protegerte.

Jeonghan se frotó contra él, pero de repente soltó un jadeo de dolor sutil y se encogió, llevando sus manos hacia su pecho. El suéter fino que llevaba puesto parecía molestarle.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? —preguntó Joshua, alarmado, incorporándose un poco para inspeccionarlo.

—Es el embarazo... —murmuró Jeonghan, con las mejillas tiñéndose de un rosa intenso—. Mis senos están tan sensibles hoy, Joshua. Siento que me arden, están pesados. Es como si la piel me quedara pequeña.

Joshua observó cómo su omega se retorcía ligeramente, buscando alivio. El instinto protector del alfa se mezcló con un deseo primitivo al ver la vulnerabilidad de su pareja. Con manos grandes y cálidas, Joshua comenzó a levantar el suéter de Jeonghan con una lentitud tortuosa.

—Déjame ayudarte —dijo Joshua con voz profunda, una octava más baja de lo normal—. Déjame cuidarte.

Cuando la prenda fue retirada, Joshua contuvo el aliento. El pecho de Jeonghan, usualmente firme y pálido, estaba ligeramente más voluminoso, con las venas azuladas marcándose bajo la piel traslúcida y los pezones oscurecidos y erectos por la congestión hormonal. El aroma del omega cambió, volviéndose más lácteo, más fértil.

Joshua no pudo evitarlo. Se inclinó y comenzó a lamer con extrema delicadeza el área inflamada, rodeando la areola con su lengua caliente. Jeonghan soltó un suspiro largo, echando la cabeza hacia atrás sobre las almohadas del nido.

—Oh, Dios, Joshua... eso se siente tan bien —jadeó el omega, enredando sus dedos en el cabello castaño de su alfa—. Está tan frío... y tú estás tan caliente.

El alfa comenzó a succionar suavemente, aplicando una presión rítmica que buscaba aliviar la tensión de los tejidos. Sus colmillos rozaban apenas la piel, marcándola con una posesividad que hacía que Jeonghan vibrara de pies a cabeza. No era solo un acto de alivio médico; era un reclamo. Joshua estaba marcando a su omega y al padre de su futuro cachorro.

—Eres tan hermoso, Han —murmuró Joshua entre succión y succión, pasando de un pecho al otro—. No puedo creer que seas mío. No puedo creer que estés cargando a mi hijo.

—Soy tuyo —respondió Jeonghan, con la respiración entrecortada—. Siempre he sido tuyo, desde el primer día que entraste a esa mansión y me miraste como si fuera lo único que importaba en el mundo.

El deseo, latente durante los días de separación, estalló como una tormenta. Joshua subió de nuevo hacia los labios de Jeonghan, capturándolos en un beso hambriento que sabía a desesperación y a reencuentro. Sus lenguas se entrelazaron con una urgencia salvaje, mientras las manos de Joshua bajaban por los costados del omega, acariciando la curva incipiente de su vientre con una reverencia casi religiosa.

—Te necesito, Han —gruñó Joshua contra su boca—. He estado soñando con este nido y contigo desde que me bajé del avión.

—Hazme el amor, Joshua —suplicó Jeonghan, abriendo las piernas para invitar al alfa a posicionarse entre ellas—. Hazme sentir que has vuelto. Necesito tu nudo, necesito tu peso sobre mí. Mi lobo se siente vacío sin ti.

Joshua no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con una agilidad que demostraba su juventud y su vigor, se deshizo del resto de su ropa y ayudó a Jeonghan a quedar completamente desnudo en medio de la seda. El contraste entre ellos era una obra de arte: Joshua, joven, musculoso y vibrante; Jeonghan, maduro, suave y radiante por la gestación.

El alfa entró en él con un empuje lento y profundo, llenándolo por completo. Jeonghan soltó un grito ahogado, rodeando la cintura de Joshua con sus piernas, atrayéndolo más hacia sí. El contacto piel con piel, el intercambio de aromas y la fricción perfecta hicieron que el mundo exterior desapareciera.

—Mírame, Han —ordenó Joshua, sujetando las manos de su omega contra el colchón—. Quiero que veas quién te está amando.

Jeonghan abrió los ojos, empañados por el placer, y se encontró con la mirada ardiente de su alfa. En esos ojos marrones no solo había deseo carnal; había una devoción absoluta, una promesa de protección que trascendía los años que los separaban.

—Eres tú... mi Joshua —susurró el mayor, moviendo sus caderas al ritmo de las estocadas del alfa.

Joshua aumentó la velocidad, perdiendo el control por el aroma embriagador que Jeonghan desprendía. Cada movimiento era una caricia, cada gemido era una oración. El nido, construido con tanto anhelo, servía ahora de escenario para la unión más pura. Joshua se inclinó para besar de nuevo los senos de Jeonghan mientras lo poseía, maravillado por cómo su cuerpo se adaptaba para dar vida y placer al mismo tiempo.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz. Joshua se hundió profundamente, anudándose en el interior de su omega mientras liberaba su semilla, sellando el vínculo una vez más. Jeonghan se aferró a su espalda, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, sollozando de pura plenitud.

Se quedaron así durante mucho tiempo, unidos por el nudo del alfa, dejando que sus respiraciones se acompasaran. El silencio de la habitación solo era roto por el sonido de sus corazones latiendo al unísono.

—¿Estás mejor? —preguntó Joshua después de un rato, acariciando el cabello sudado de Jeonghan.

—Mucho mejor —respondió el omega con una sonrisa lánguida—. El dolor se ha ido. Solo queda... tu calor.

Joshua se separó con cuidado y se acostó a su lado, atrayéndolo hacia su pecho. Cubrió a ambos con una de las mantas del nido, creando una burbuja de paz.

—Sé que a veces te preocupa nuestra edad, Han —dijo Joshua en voz baja, besando la coronilla de su pareja—. Pero quiero que sepas que nadie en este mundo podría haberme dado lo que tú me das. Tu madurez me calma, tu belleza me inspira y el hecho de que me hayas elegido como tu alfa es mi mayor orgullo.

Jeonghan se acurrucó más cerca, sintiendo la mano de Joshua descansar protectoramente sobre su vientre, donde su cachorro dormía ajeno a la tormenta de pasión que acababa de ocurrir.

—Y tú, mi joven alfa, me has devuelto la vida —respondió Jeonghan—. No importa cuántos años pasen. Siempre seré el omega que construya nidos con tu ropa cuando te vayas, y siempre seré el que te espere con los brazos abiertos.

Joshua sonrió, cerrando los ojos con la satisfacción del alfa que ha regresado a casa. El aroma a sándalo, lluvia y vainilla se asentó en la habitación, marcando el inicio de una nueva etapa de calma. Afuera, el mundo de los negocios y las grandes organizaciones seguía su curso, pero dentro de ese nido de seda, en el corazón de la mansión Hong, el tiempo se había detenido para celebrar el amor predeterminado de un alfa y su omega.

—Duerme, mi vida —susurró Joshua—. Mañana despertaremos siendo tres.

—Te amo, Joshua.

—Te amo, Han. Más que a mi propia vida.

Y bajo el amparo de la noche, la familia Hong descansó en paz, protegida por el vínculo inquebrantable de sus almas.