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El príncipe que cambio por completo: continuación

Entre la marea de sentimientos y el jardín de la redención

El sol de la tarde en la villa costera se filtraba a través de los ventanales de cristal, bañando la estancia en un tono ámbar que invitaba a la melancolía. Mai, sentada en una silla de terciopelo, observaba las pilas de libros de protocolo y economía que Albert había intentado apartar de su vista. Sentía el peso de la vida que crecía en su interior, pero también el peso de una corona que amenazaba con aplastar su verdadera identidad antes de que siquiera pudiera ceñírsela.

Escuchó los pasos firmes y elegantes de Albert acercándose. Sabía que venía con esa sonrisa perfecta, listo para envolverla en mimos y promesas de aislamiento protector. Pero esta vez, Mai no se dejaría llevar por la corriente.

—Mi pequeña Sophie, te he traído un poco de té de jazmín —dijo Albert al entrar, dejando la bandeja sobre la mesa con una gracia impecable—. Te ves pensativa. ¿Es el mar el que te distrae, o es que echas de menos el bullicio del palacio?

Mai se levantó con lentitud, ignorando el té, y lo miró directamente a los ojos. Albert se detuvo, notando de inmediato el cambio en su atmósfera.

—Albert, tenemos que hablar. Y esta vez no voy a permitir que me distraigas con besos o con promesas de descanso —dijo ella con una firmeza que lo sorprendió—. Me amas, lo sé. Pero tu amor se está convirtiendo en un muro que me impide respirar.

La expresión de Albert se ensombreció, esa chispa de posesividad yandere asomando en sus pupilas azules.

—Todo lo que hago es para protegerte, Mai. El mundo exterior es cruel, y tu estado es delicado. No permitiré que nada te agote.

—¡Pero me agotas tú! —exclamó ella, dando un paso hacia él—. Me agota el no poder hablar con mi única amiga, me agota que me prohíbas tocar la tierra de mi propio jardín y me agota que pienses que soy incapaz de aprender lo que necesito para ser tu reina. Si de verdad me amas por quien soy, debes entender que yo también me esfuerzo por ti. Estudio porque quiero ser digna de estar a tu lado, no solo como un adorno, sino como tu compañera.

Albert guardó silencio, su mandíbula tensándose. El aire en la habitación se volvió pesado. Mai sintió un escalofrío, pero no retrocedió.

—Si yo hago el esfuerzo de adaptarme a este mundo, a este embarazo y a tu intensidad —continuó ella, suavizando el tono pero manteniendo la determinación—, tú debes hacer el esfuerzo de confiar en mí. Un rey y una reina son un equipo, Albert. No un carcelero y su prisionera.

El príncipe bajó la mirada, sus puños se apretaron y luego se relajaron. Por un momento, la máscara de perfección se agrietó, dejando ver al joven que temía perder lo único que le daba sentido a su existencia.

—Tengo miedo, Mai —susurró él, una confesión que rara vez salía de sus labios—. Tengo miedo de que, si te dejo demasiada libertad, te des cuenta de que este mundo es horrible y quieras volver a ese lugar de donde viniste. O que el peso de la corona te haga odiarme.

Mai se acercó y tomó sus manos entre las suyas. Estaban frías, a pesar del calor de la costa.

—No voy a irme a ninguna parte. Pero si me sigues asfixiando, terminaré marchitándome. Por favor, Albert... intenta ceder. Necesito a Sabina. Necesito mis flores. Y te necesito a ti, pero al Albert que me apoya, no al que me encadena.

Albert soltó un largo suspiro, cerrando los ojos. Cuando los abrió, la oscuridad yandere había sido reemplazada por una vulnerabilidad genuina. Se inclinó y apoyó su frente contra la de ella.

—Perdóname —dijo en un hilo de voz—. Me dejo llevar por mis instintos más bajos cuando se trata de ti. Tienes razón... he sido un egoísta. Podemos llegar a acuerdos. No quiero que seas infeliz a mi lado.

Mai sintió que una presión inmensa se liberaba de su pecho. Lo abrazó con fuerza, y esta vez, el abrazo de Albert no se sintió como una trampa, sino como un refugio.

—Empezaremos por algo sencillo —dijo él, separándose un poco para acariciar su mejilla—. Enviaré un mensajero a Sabina ahora mismo. Puede venir a visitarte mañana. Y... he visto que hay una zona en la parte trasera de la villa con tierra fértil. Si prometes usar guantes y no excederte, dejaré que tú misma dirijas la plantación de las nuevas flores.

—¿De verdad? —Los ojos de Mai se iluminaron con una alegría que Albert no había visto en semanas.

—De verdad —confirmó él con una sonrisa más natural—. Y respecto a tus estudios... si tanto insistes en aprender esas aburridas leyes de comercio, yo mismo te daré las lecciones. Nadie conoce mejor el funcionamiento del reino que yo. Pero bajo una condición, Mai.

—¿Cuál? —preguntó ella, sospechando que habría una "trampa" amorosa.

—Que no te exigirás hasta el agotamiento —sentenció él—. Por cada hora de estudio, tendremos una hora de descanso o una cita. Quiero llevarte al pueblo cercano, a ver los mercados de telas, o simplemente caminar por la playa al atardecer. Quiero que este viaje sea el descanso que prometí, no una extensión de la academia.

Aceptó el trato con un beso sellado por la esperanza. Al día siguiente, el ambiente en la villa cambió por completo. La llegada de Sabina fue como una ráfaga de aire fresco. La princesa entró en el salón con su habitual elegancia, pero su sonrisa era radiante al ver a Mai esperándola en la terraza.

—¡Mai! Por fin ese príncipe sobreprotector ha entrado en razón —dijo Sabina, abrazándola con cuidado—. Estaba a punto de venir con una escolta armada para exigirte ver.

—Albert ha prometido ser más flexible —explicó Mai, riendo—. Mira, incluso nos ha permitido tomar el té aquí fuera sin diez guardias rodeándonos.

Albert, que estaba a unos metros hablando con Ben, quien había acompañado a Sabina, las observaba con una expresión contenida. Aunque no era el mejor amigo de su hermano menor, la presencia de Ben ayudaba a mantener la cordialidad.

—Parece que tu prometida ha logrado lo imposible, hermano —comentó Ben, observando a las chicas—. Ha domesticado un poco a la fiera.

—No te equivoques, Ben —respondió Albert con una mirada de advertencia—. Simplemente he decidido que su felicidad es prioritaria para la salud del bebé. Pero si Sabina la agota, no dudaré en terminar la visita.

—Siempre tan encantador —murmuró Ben con sarcasmo, aunque agradecía que el ambiente fuera menos tenso que en la capital.

Esa tarde, los cuatro salieron a explorar los alrededores de la villa. Albert, cumpliendo su promesa, llevó a Mai a ver la flora local. Caminaron por senderos llenos de flores silvestres que solo crecían cerca del mar. Mai se sentía viva de nuevo, señalando especies y comentando cómo quedarían en el jardín del ala este del palacio.

—Esa flor azul se llama "Suspiro de Sirena" —explicó Albert, sosteniendo la mano de Mai para que no tropezara con una raíz—. Dicen que solo florece cuando el aire es puro. Es tan delicada como tú.

—Es hermosa —dijo Mai, sintiéndose realmente en paz—. Gracias por esto, Albert.

Por la noche, después de que Sabina y Ben se retiraran a sus aposentos, Albert cumplió con la otra parte del trato. En la biblioteca de la villa, iluminada por velas aromáticas, se sentaron juntos con un pesado tomo de historia regional.

—Bien, mi aplicada alumna —dijo Albert, sentándola en su regazo mientras abría el libro—. El tratado de 1742 entre nuestra casa y el ducado del norte se basó en el intercambio de minerales, pero lo que realmente importa es la cláusula de lealtad matrimonial que se firmó en secreto.

Mai escuchaba con atención, dándose cuenta de que Albert era, de hecho, un profesor excelente. Su voz era melodiosa y explicaba los conceptos complejos con una sencillez que Harrison nunca lograba. Sin embargo, después de unos cuarenta minutos, Albert cerró el libro de golpe.

—Se acabó el tiempo de estudio —declaró él, besando su cuello.

—¡Pero si apenas íbamos por la mitad del capítulo! —protestó Mai.

—El trato era claro. Ahora es tiempo de descansar... o de que yo te preste toda mi atención de una forma menos académica —susurró él, su voz volviéndose profunda y cargada de ese deseo que siempre la desarmaba.

Mai suspiró, dejándose llevar por la calidez de su cuerpo. Sabía que Albert nunca dejaría de ser posesivo, que siempre habría una parte de él que querría guardarla en una caja de cristal, pero al menos ahora estaban construyendo los puentes para entenderse.

—Mañana iremos al pueblo, ¿recuerdas? —dijo ella, acariciando el cabello rubio del príncipe.

—Mañana haremos lo que tú desees —respondió él, alzándola en sus brazos para llevarla a la cama—. Pero esta noche, solo quiero que seas Sophie, la mujer que me cambió la vida con un simple comentario sobre el destino.

En la oscuridad de la villa, con el murmullo del mar como testigo, Mai se dio cuenta de que su vida en este mundo no era solo un juego otome. Era una realidad compleja, llena de desafíos y de un amor que, aunque a veces resultaba abrumador, era lo más real que había sentido jamás. Albert la amaba con una intensidad aterradora, sí, pero bajo su guía y su firmeza, él estaba aprendiendo a ser el hombre que ella necesitaba, y no solo el príncipe yandere que el guion del juego había dictado.

Mientras se hundía en el sueño en los brazos de su prometido, Mai sintió, por primera vez, que realmente podría llegar a ser la reina que el reino esperaba, y la mujer que Albert merecía, siempre y cuando nunca dejaran de caminar juntos, entre el peso de la corona y la suavidad de las flores que ahora, por fin, podía plantar con sus propias manos.